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Fundación de Buenos Aires. Te la cuento en pocas palabras.

Cómo y por qué se fundó Buenos Aires. Te la cuento en pocas palabras, tal como lo haría si vos y yo estuviésemos en una charla de bar.

Había una vez un rey, llamado Carlos que gobernaba España y El Sacro Imperio Romano Germánico. Lo hacía como Carlos V por los pagos germanos, y como Carlos I por los pagos hispánicos. O sea, el tipo tenía un doble avatar. Según donde jugaba, era Carlos V o Carlos I. En España la iba de reynaldo por herencia por vía materna, ya que era hijo de Juana la Loca, hija a su vez de los Reyes Católicos.

El tipo se la pasaba tranquilo en Alemania, reinando lo más orondo, yendo de putas y de tapas, posando para los pintores, cuando en 1533 se le dio por dar un paseo por su otro reino del sur, el de España. Allí tomó noticia de que los sumisos indígenas que habitaban el Perú tenían oro y plata para alimentar por largo tiempo las arcas reales, pero que, las riquezas del reino corrían peligro en su viaje desde América.

Si era por mar, las naves tenían que descender hasta el fin del mundo, para rodear el estrecho de Magallanes y remontar luego todo el Arlántico Sur. Meses de navegación por mares bravíos, costas desérticas y piratas por todos lados.

Si era por tierra, hacia el Este estaban las posesiones del rey de Portugal y, además, la selva de Amazonia, infranqueable. El único camino hacia la costa atlántica era hacia el sur de las posesiones portuguesas, o sea por tierra hasta donde los dos grandes ríos de Sudamérica desembocan en el río de la Plata y éste en el Atlántico.

Además, el rey de Portugal no era un reynaldo lerdo. El tipo tomó posesiones de la margen oriental del Rio de la Plata y fue sembrando mojones por todos lados: “Hola, estás en tierras de la corona del Portugal. Bienvenido. Aceptamos tarjetas Visa.” decía por todos lados.

Los abuelos de don Carlos I habían firmado en 1494 en Tordesillas, con otro rey, Juan II de Portugal, un tratado en el que se establecía: de aquí pa’llá, es de España; de aquí pa’quí, es de Portugal.

Ese “aquí” era un meridiano que -¡oh, casualidad!- pasaba por las cercanías del Rio de la Plata. Así que los portugueses se instalaron en la costa oriental del Plata diciendo que estaban en su territorio. Y los españoles, que no, que se tienen que correr más para allá, que el Plata es nuestro. Un bodrio. Además, ¿a quién habría de recurrir un funcionario en aquellos tiempos para ver por donde pasa el meridiano? No, los tipos se mandaban y ya. Así que los portugueses se mandaron, nomás. Fueron a marcar territorio en la desembocadura del Paraná y el Uruguay. Un punto estratégico, que le dicen. (Una pequeña ciudad que se encuentra exactamente frente a Buenos Aires, en otra vera del río, Colonia del Sacramento, hoy República Oriental del Uruguay y declarada “Patrimonio histórico de la humanidad”, fue posesión sucesiva de españoles y portugueses en varias ocasiones.

El año anterior al del inicio de esta historia que relato, en 1532, el almirante Martín Alonso de Sousa, a las órdenes del rey de Portugal, se puso a marcar territorio en las costas del Plata. Mientras sembraba monolitos, le escribió a su rey: “Es la más hermosa tierra que los hombres hayan visto y la más apetecible que pueda ser. Yo traía conmigo alemanes e italianos y hombers que habían estado en la India y franceses: todos estaban espantados de la belleza de la tierra; y andábamos todos pasmados, que no nos acordábamos de volver…No se puede decir ni escribir las cosas de este río y las bondades de él y de la tierra.”

No se “acordaban de volver”, ¡vaya manera de expresarlo!. Ya vemos de dónde sacaron algunas de sus picardías los brasileños.

La cosa que don Carlos, cuando se enteró de la incursión del navegante de su colega portugués, dijo: “Basta, loco, fundemos Buenos Aires.” Bueno, en realidad no dijo tales palabras. Pero algo parecido habrá sido. El rey buscó a alguien para nombrar adelantado en estas tierras y don Pedro de Mendoza se adelantó y dijo: I am the man, your majesty, que quiere decir: Yo soy el tío, alteza.

La verdad hay que decirla: Don Pedro de Mendoza no estaba en condiciones de hacer semejante viaje. El tipo había estado en el Sacco di Roma en 1527, (uno de los tantos saqueos a Roma), en beneficio de don Carlos, por supuesto, pero la aventura le había traído sus consecuencias.

Si bien se alzó con cuanto pudo rapiñar en Roma, incluyendo alguna que otra pieza sagrada (pero de valor) de alguna iglesia, don Pedro se violó cuanta moza romana encontró por ahí, a tal punto de contraer una sífilis que lo dejó hecho una porquería. El tipo estaba con llagas hasta en las pestañas a la hora de zarpar. Pero de todos modos zarpó, a pesar de que Carlos ya andaba buscándole un reemplazo.

En agosto de 1535 partió el Adelantado Pedro de Mendoza desde San Lúcar de Barrameda, con quince naves y mil doscientos hombres. Y algunos animales, gracias a Dios. De estos animales, caballos, que tuvieron que dejar a la buena de Dios en las pampas, nació la población de caballos salvajes que luego harían la riqueza de los futuros pobladores. Pero vamos por partes.

Don Pedro se largó a la mar y el 2 ó 3 de febrero de 1536 llegó a las costas de lo que hoy es Buenos Aires. Ahí levantó un monolito y dijo: aquí fundamos, pa’ España y su Rey, “El puerto de Santa María de los Buenos Ayres”. Y te la digo así: “a las costas”, porque nadie sabe exactamente dónde carajo sentó sus reales suelas don Pedro de Mendoza. Y nadie lo sabe por la sencilla razón que el bendito puerto duró nada, ya que en pocos años desapareció. Y los indios se llevaron lo que quedaba como souvenir.

La población diezmó en poco tiempo porque los muy vivos se pensaban que era posible comer sin cazar, o pescar. ¡Ni hablar de cultivar!: nada. Así que se les hizo difícil vivir en un fuerte de cuatro casas y cuatro iglesias, rodeado de los querandíes, que no eran muchachos amigables que digamos. Primero se rajó el mismísimo Mendoza quien, con la sífilis hasta el cuello se embarcó rumbo a España y murió en el viaje.

Antes de irse, Mendoza mandó remontar el Paraná a un tal Ayolas quien a poco de salir fue muerto por los indios. “Andá a traer algo de comer, hermano” –ordenó el Adelantado- Y parece que el alimento fue el mismo Ayolas, ya que lo despacharon los indios de puro jodidos que eran.

En 1538 se presentó en el miserable puerto de Buenos Ayres, proveniente de España el vedor Cabrera, trayendo consigo la real cédula por la que se nombraba sucesor de Mendoza a nuestro conocido Ayolas. “No, don Cabrera, Ayolas murió; se lo despacharon los indios”, le dijeron los pocos que quedaban, muertos de hambre. “Yo me rajo para Asunción”, dijo Cabrera. Y en Asunción, nombró a Domingo Martínez de Irala como el sucesor de Mendoza. Irala dijo: “Gracias, vedor, pero yo ni en pedo voy para Buenos Aires, que se venga Buenos Aires para acá.” Así, don Irala, ordenó que los que quedaban en Buenos Aires fuesen llevados hasta el Paraguay, a Asunción, y que el fuerte de Buenos Aires fuese desmantelado.

En 1541, finalmente, no quedaba nadie en la malograda Buenos Aires. Lo poco que dejaron los fundadores, se lo llevaron los querandíes como trofeo. Quedaron, eso sí, en las pampas los caballos que, como dije, a fuerza de aparearse y parir, poblaron la pampa de caballos salvajes.

Toda la aventura había sido al ñudo. Un fracaso. Pero, la necesidad de la corona española de defender esa plaza continuaba. Además, para tozudo como un rey no hay…. Así que finalmente, el 11 de junio de 1580, casi medio siglo más tarde de la primera vez, se refundó Buenos Aires.

Como el nuevo burócrata de la Corona, don Juan de Garay, no encontró ni restos del primer asentamiento, se mandó con uno nuevo. Eligió un sitio que le ofrecía defensas naturales y allí plantó un monolito en el que anunciaba la fundación, no ya un fuerte de morondanga, sino algo más prometedor: Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora del Buen Ayre.

Se levantó un fuerte, con los cañones apuntando hacia el río y así la corona española empezó a administrar el comercio, el oficial y el de contrabando, entre los comerciantes ingleses y flamencos con sus colonias.

El control sobre la circulación de las mercaderías, legales o contrabandeadas, más la presencia constante de ingleses y portugueses en la zona, hizo que la Corona diera a Buenos Aires la calidad de Capital del Virreynato del Río de la Plata, creado en 1776.

Así, Buenos Aires pasó a ser la ciudad capital de un reino en el cual sus riquezas estaban en el Alto Perú, a miles de kilómetros del puerto y de la administración. Pero, las necesidades estratégicas hicieron de la ciudad una importante, así que el caserío inicial creció en forma constante desde su denominación de cabeza del Virreynato hasta después de declarada la independencia de España, en 1816.

La Independencia y las guerras civiles desmembraron el Virreynato. El territorio de lo que había de ser en definitiva Argentina, terminó por ser nada más que dos ciudades o tres ciudades: dos mediterráneas, Córdoba, Tucumán, centros de cultura, comercio y agricultura o ganadaría, y otra portuaria, centro de administración aduanera. Todo lo demás, un inmenso desierto.

Después, desde Buenos Aires se construyó una nación conforme a un modelo liberal, poblándola con inmigrantes europeos. Pero ésa es otra historia.

Ésta fue para sólo para contar la pequeña historia del por qué nació y creció, en medio de la nada, una ciudad que hoy, cuatro siglos después, es una de las más grandes del mundo. Buenos Aires nació para garantizar las posesiones españolas en zonas de dudosa jurisdicción; para fortificar el puerto receptor de las riquezas provenientes del Perú en tránsito a España vía Atlántico; para controlar el comercio -legal o no- entre las naciones comerciales europeas y las colonias españolas de Suramérica.

Lo del tango, vendría mucho después, y por otras vías.

Hasta otra.

Una de Groucho Marx.

Selecciones del reader dog:

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Una de las típicas de Groucho Marx.

La revista Ñ, suplemento de Cultura de Clarín, adjunta, en número de una entrega por edición, una serie de cartas, o partes de cartas que han enviado personajes célebres a través de los tiempos. En la entrega que estaba con el número de ayer sábado 12 de julio, hallé ésta, perteneciente a Groucho Marx. El párrafo que se ha seleccionado es de una carta enviada por Groucho Marx a un destinatario del que no se dan más datos que su nombre. El texto dice así:

Querido Sheek.

Me di cuenta de que no tenías noticia alguna que contarme cuando y leí tu carta y la encontré llena de agudezas de tu hija. Le tengo mucho afecto a tu hija y creo que es brillante, precoz y bonita, pero si tus cartas van a consistir en la reventa de las ocurrencias de Sylvia, no veo por qué no puedo eliminar al intermediario y escribirme directamente con ella. En realidad no me quejo; de hecho, lo que me contabas de Sylvia era mucho más divertido que lo que me contabas de ti mismo.

…Abrazos para todos.

Groucho Marx.

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Fuente: Revista Ñ, nro 250 12/07/08, separata.

El abanico de seda. (Fragmento). Texto de Lisa Lee.

El abanico de seda.

(Fragmento). Novela de Lisa Lee.

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El dolor no se atenuaba. ¿Cómo iba a atenuarse? En cualquier caso, aprendimos la lección más importante para toda mujer: debíamos obedecer por nuestro bien. Ya en aquellas primeras semanas empezó a formarse una imagen de lo que seríamos las tres cuando alcanzáramos la edad adulta. Luna Hermosa sería estoica y hermosa en cualquier circunstancia. Hermana Tercera sería una esposa quejica, amargada por la suerte que le había tocado, y no sabría agradecer los dones recibidos. En cuanto a mí, que se suponía que sería especial, aceptaba mi destino sin rechistar.

Un día, mientras daba una vuelta por la habitación, oí un crujido. Se me había roto un dedo del pie.Pensé que el sonido era algo interno de mi cuerpo, pero fue tan fuerte que lo oyeron todas las que estaban allí. Mi madre me clavó la mirada.

-¡Muévete –dijo-. ¡Por fin adelantamos algo!

Seguí caminando, pese a que me dolía todo el cuerpo. Al anochecer ya se me habían roto los ocho dedos que tenían que romperse, pero seguían obligándome a andar. Notaba los dedos quebrados con cada paso que daba, porque bailaban dentro de los zapatos. El espacio recién creado donde antes había habido una articulación se había convertido en un gelatinoso infinito de tortura. El frío del invierno no había empezado a anestesiar las atroces sensaciones que atenazaban mi cuerpo. Aun así mi madre no estaba satisfecha con mi docilidad. Aquella noche mandó a Hermano Mayor traer un junco cortado de la orilla del río. Durante los dos días siguientes me golpeó con él en la parte posterior de las piernas para que no parara. El día que me cambiaron las vendas, sumergí los pies en el agua como de costumbre, pero esta vez el masaje para dar forma a los huesos fue más espantoso que nunca. Mi madre tiró de mis dedos rotos y los dobló hasta pegarlos por completo a la planta de los pies. En ningún otro momento percibí tan claramente el amor de mi madre.

-Una verdadera dama debe eliminar la fealdad de su vida –repetía una y otra vez para inculcármelo bien-. La belleza sólo se consigue a través del dolor. La paz sólo se encuentra a través del sufrimiento.
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Fragmento de “El abanico de seda”, novela de Lisa See. Ed. Salamandra, 2006

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La novela de Lisa See compone una historia que transcurre en la China rural y profunda del siglo XIX.

El texto reproducido aquí refiere al proceso de vendado de los pies, una tradición que se practicaba a las niñas entre los cinco y siete años en la antigua China. Los pies deformados en la mujer formaba parte del imaginario erótico masculino. La práctica fue abolida, como se sabe, recién en el siglo XX.

Yo no he leído la novela. Simplemente, leí ese fragmento en una publicación en la que se hacen reseña de libros. Su lectura me causó una honda impresión, cómo no. El texto está magistralmente escrito y relata, desde la intimidad del cuarto donde las niñas y su madre pasan sus días, una práctica cruel y sin embargo amorosa.

Tras leer ese fragmento quedé con la sensación de que, más allá de la novela en sí misma (que no conozco, repito), hay allí un relato cerrado, completo que, al tener como remate esa retahila de sentencias duras: una verdadera dama debe eliminar la fealdad de su vida; la belleza sólo se consigue a través del dolor; la paz sólo se encuentra a través del sufrmimiento, la convierten en un texto acabado, cerrado. Un relato breve. Un relato breve y magistral. Un bello relato.

Y aún más allá de la forma, la cual me da argumentos para reproducirlo nada más que como bello texto, hay en el contenido mismo del relato un juicio, una sentencia de que, de alguna manera, a pesar de las aboliciones, a pesar de las condenas sociales a las prácticas brutales que históricamente ha padecido la mujer; a pesar de todo ello, de alguna manera vaga pero cierta, esa suerte de condena de dolor como precio por la belleza persiste. Bajo otras formas, quizás no tan crueles, pero persiste.

Bello texto..

Fechas.

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Fechas.
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1.


Hoy.
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Hoy festejamos en Argentina el Día del Padre. No voy a meter aquí detalle alguno de una celebración íntima. Soy padre, mis hijos también lo son. Ergo: hubo reunión familiar. Pastas, regalos, fotos. Hasta una torta con helado. Domingo en familia; ya sabés: la vena itálica de nuestra jodida idiosincrasia nacional. El Día del Padre.
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Soy padre, pero también he sido hijo. Mi padre ya no está en el censo de la humanidad, ni en la foto de familia. Hace muchos años que falleció, en paz con la vida, en paz con él mismo, y en paz conmigo, su hijo varón.
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Pero hoy, sin caer en sensiblerías (ya dije que el viejo murió estando en paz conmigo), me he acordado de él. Y de eso quiero hablar. Hablar, sí; escribir de los sentimientos humanos carece de sentido alguno si no hace con los modos íntimos de la conversación. Gracias por estar ahí, anónimo lector.
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Ya se sabe que la mente tiene leyes propias y que lo que llamamos asociación de ideas es uno de los juegos que nuestra cabeza tiene para divertirse de nosotros mismos. La asociación de ideas se dio así:
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Lo primero que hice al levantarme esta mañana fría de domingo, fue salir en busca del diario. Aunque no recordaba eso del Día del Padre, estaba de todos modos consciente de que debía leer el diario antes de meterme de lleno en eso de picar cebollas, triturar tomates, rallar queso, poner la mesa. Todo para diez. No para diez puntos, para diez comensales, ¿‘tendés?
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Así que, mate en mano, a eso de las siete, me puse a leer el diario. Y en ese diario culón que es el diario de los domingos encuentro que, relacionado con la fecha de hoy, no está sólo el Día del Padre sino, también, otro suceso.
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Un suceso del pasado, de la historia reciente de mi patria: el 16 de junio. El 16 de junio del 55. Si, 16 será mañana, pero como los domingos los diarios traen más hojas, el artículo acerca de aquél suceso salió publicado hoy.
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Deposité el diario sobre la mesa e hice la cuenta: aquél lejano día yo tenía 9 años; mi padre, 35. Idea que va, idea que viene; recuerdo que surge, recuerdo que busco… Así fue que se me apareció la figura de mi padre, joven, y la mía propia, cuando niño. Fue en ese momento cuando reparé que hoy mismo era el Día del Padre, y que el apuro por leer el diario más temprano que de costumbre obedecía a esa circunstancia, y concluí que era sólo en ese momento de la mañana, con el mate en la mano, cuando yo podía celebrar el Día del Padre… con mi padre.
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Solitos los dos: él y yo. Sí, lo llamé tiernamente, y el viejo vino.
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-Dale viejo, tomate un mate. ¿Te acordás, papá, cuando….?

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2.

Aquél día.
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Aquél día en que fui con mi padre a la Plaza de Mayo tenía, como dije, nueve años. Mi padre era un joven de treinta y cinco. Los dos, tomados de la mano, recorrimos la Plaza. ¡Mirá acá, mirá allá!, repetía, excitado, señalando con su mano libre los sitios a los que me invitaba a mirar.
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Lo que me señalaba eran los agujeros de metralla, los miles de agujeros de metralla sobre los frentes de muchos edificios. ¡Mirá, mirá… Uh, mirá allá…!
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Mi padre había sido colectivero, de la vieja Corporación de Transportes, cuando los colectivos eran propiedad del Estado. Hacia el final de la era peronista, lo habían asignado chofer de un ente auténticamente peroniano y recuerdo haberle acompañado en algunos de sus viajes a Ezeiza para transportar hasta el pie de los aviones material de propaganda: manuales del Congreso de la Productividad, carteles, medallones… esas cosas.
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El viejo no era peronista. Tampoco era gorila. Era un cabecita negra, hijo de un vasco y una negra puntana. La leyenda familiar dice que la abuela era aborígen, pero por las fotos que ví sé que era mestiza, cabecita negra. Como sea, mi padre y sus hermanos heredaron de ella el color de la piel, la escasa frente, la sonrisa, y la bondad.
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Por razones que jamás sabré, mi padre, hablando en términos ideológicos, era lo que en política podríamos llamar un liberal.
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A veces pìenso que, quizás, anidaban en él los pensamientos más extremistas del liberal; dicho de otra manera, a veces pienso que mi padre estaba más cercano al ideal libertario que al liberal.
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Como sea, él no tenía simpatía por los peronistas, ni por el peronismo. El demasiado orden, el demasiado boato en lo público lo fastidiaban. ¿Querés ir a ver a los payasos?, me preguntó una vez para referirse a un desfile militar de ésos con los que se conmemoraban las fechas patrias.
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Otra vez, en medio de un acto partidario al que debió concurrir por obligación gremial, y al que me llevó en su moto sólo porque a mí me gustaba ir en la moto con él, me dijo por lo bajo: Aplaudí, aplaudí porque si no… Dále, dále, cantemos: “Los muchachos peronistas, todos unidos triunfaremos…”
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No, mi viejo no tenía simpatía por los peronistas ni por el peronismo. Pero ese día del 55, cuando me llevó a la Plaza de Mayo, mientras me señalaba con la mano los agujeros de bala y metralla en las paredes del los edificios y me decía, excitado: ¡mirá, mirá allá!. Y añadía, con todo el sentimiento del que es capaz un hombre de 35, padre, con un hijo muy chico en una patria maltratada: ¡Uh, mirá allá! ¡Qué hijos de puta, por Dios!
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Después, cuando crecí y supe qué y cómo había sido el episodio del 16 de junio del 55, me sumé para siempre a esa imprecación: ¡Qué hijos de puta, por Dios!
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Nunca se supo con exactitud cuál fue el número de personas que ese día cayeron para siempre en la Plaza de Mayo, pagando con su vida el pecado de ser un simple tipo de a pie que ese día estaba por ahí y vio azorado caer las bombas desde los aviones que venían desde el río en vuelo rasante. Más de alguno de aquellos masacrados debe de haber muerto convencido de que estaba en medio de una pesadilla de ésas que pintaban las películas de guerra.
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Más de medio siglo después, de los muchos análisis que se han hecho para comprender ese hecho absurdo, se puede tomar como buena esta explicación: Ese día, los militares golpistas bombardearon al pueblo inerme por la simple razón de ser eso, pueblo. Odiaban al pueblo. Odiaban a Perón, es cierto, pero lo odiaban porque protegía a los cabecitas. Odio, simplemente odio a Perón y a Eva. Pero no tiraron las bombas sobre Perón, las tiraron sobre la Plaza, transitada en esos momentos por las personas corrientes que iban a trabajar o a pasear.
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El propósito militar estratégico de esa acción era obvio: marcar territorio: ¿Ves?: esto es lo que podemos hacer. Y lo hicieron desde aviones. A personas desarmadas y desde aviones. El máximo grado de la cobardía lo cual, para un militar, debería ser considerado como una ignominia. No es casual que el episodio haya sido relegado al olvido de la historia, tanto por tirios como por troyanos.
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Ese día mi padre trabajaba, pero se encontraba muy lejos de la Plaza. En mi casa, que era un inquilinato en el que vivíamos cuatro familias, supimos del bombardeo por uno de los hijos de una de las inquilinas. El muchacho era empleado de comercio en el Centro y ese mediodía llamó por teléfono para decir a su madre, y a todos: no vaya nadie al Centro: la Marina está bombardeando la Plaza de Mayo. Hay una montaña de muertos. Una bomba entró por la boca del subterráneo. Otra destrozó un trole. No vengan al Centro.
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Yo recibí en mi piel el azoramiento de todos, tanto los de la casa como los vecinos. Las mujeres lloraban; los vecinos se alborotaron.
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Yo, en silencio, fantaseaba con eso de “la marina está bombardeando la Plaza de Mayo”. Imaginaba acorazados en el puerto, o en pleno río, con sus cañones… Ignoraba, claro, que la marina de guerra también tenía aviones.
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Algún tiempo después, mi padre me llevó a ver la Plaza. Los cadáveres ya no estaban; los jardines del paseo estaban hermoseados, los vidrios de las ventanas y de los escaparates había sido repuestos… pero las fachadas de los edificios estaban salpicadas de agujeros en la mampostería. Miles de pequeños cráteres. Aún hoy, los mármoles de la fachada del ministerio de Economía muestran las cicatrices de aquel trágico día.
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Nunca se supo con exactitud cuántos murieron ese día.
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3
Cebollas.
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El viejo me devolvió el último mate. Luego me dijo: es hora que te deje solo, hijo: tenés que pelar cebollas, triturar tomates, rallar queso, poner la mesa…. Chau, hijo. Y, por supuesto: ¡Feliz día del padre! Dale un beso de mi parte a los chicos….
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Regresé, confieso que un poco conmovido, a la lectura del diario. Ahí estaban las noticias del día. En realidad, la noticia del día.
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Fue entonces cuando caí en una profunda tristeza. No por el recuerdo de los mejores momentos de mi infancia junto a mi padre; no por la emoción que sobrevendría ni bien llegaran mis hijos con sus hijos… No.
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No, nada de eso. La tristeza partía desde otras heridas. Partía de la noticia del día: ahí estaban los mismos tipos de aquel 55. Los gringos; los blancos, los privilegiados por Dios, los dueños de la tierra. Y siguen tal cual: destilan odio por los poros. Se les ve el plumero. Odian, odian a más no poder. Odian a Cristina hoy porque odiaron a Perón ayer; ellos, o sus padres. Y odiaron a Perón, ellos -o sus padres- porque sus padres -y ellos- odian al negro; al cabecita.
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La espantosa idea se me presentó, fatal: si estos tipos tuvieran hoy, como los tuvieron ayer, los aviones de guerra…
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Cerré el diario y al ratito nomás no pude contener el llanto. Por las cebollas que cortaba, ¿viste? Y un poco también -¿para qué negarlo?- por la voz de mi padre, que aún resonaba en mis oídos:
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Qué hijos de puta, por Dios!

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Alfredo Arri (Theodoro)

Diagnóstico.

Diagnóstico. Un relato breve,… e intrascendente.

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Ayer fui a consultar a un médico. Era la primera vez en mi vida que consultaba a un médico. Me resistí durante un buen tiempo, pero al final tuve que aceptar la realidad: no me sentía bien y el malestar que tenía no me lo podía explicar por mí mismo. Y mucho menos remediarlo. Así que pedí turno a un médico que me recomendaron, me compré un calzoncillo nuevo y allá fui.

Había fantaseado con la idea de que esa consulta había de ser como las que uno ve en las películas, es decir, con estetoscopios y aparatos. Pero no, resultó ser una charla de escritorio. El galeno de blanco, con el estetoscopio sobre el escritorio, entre los retratos de sus hijos; y yo, con mis pilchas de calle, sentado frente a él. “Así será”, me dije.

Empezó preguntándome cosas que yo no podía responder. ¿Qué enfermedades tuvo? La verdad que no sé, le dije, es la primera vez que visito a un médico.

¡Habrían visto ustedes al tipo!: Abrió los ojos como un mal actor que pretende representar el gesto del asombro. Después puso una cara de jugador de naipes que trata de adivinar tu baza por el semblante. ¿Nunca consultó a un médico? No, nunca.

No convencido del todo, afinó la pregunta: ¿Nunca tuvo un malestar; una fiebre; un dolor de algo? Sí, claro, muchas veces. Pero nunca tuve que consultar a un médico.

Tiró el bolígrafo sobre el escritorio y pasó a otra postura, o mejor dicho, se mostró en otro talante. Evidentemente, el tipo creía que le tomaba el pelo. Hizo un silencio que me incomodó. Uno de esos silencios que no van acompañado por ningún gesto, ningún movimiento de nada. Así que opté por romper ese silencio.

No, le explico: ¿sabe que pasa, doctor?: mi madre era hipocondríaca. Y a eso de los veinte o veinticinco años adquirí una especie de fobia a las enfermedades, a los hospitales y a los médicos. Me juré que no consultaría a uno a no ser que padeciera síntomas inequívocos de una enfermedad. Y bueno, una fiebre, un dolor, un malestar… son síntomas, pero no lo son. ¿Me entiende? No, más bien que no lo entiendo. Una fiebre puede manifestar un infección mortal; un dolor, puede ser el anuncio de un cáncer. ¿Ve, ve? Ése es el problema con los médicos…. Una fiebre puede manifestar nada; y un dolor puede ser el anuncio de nada. Siempre ven el lado trágico de las cosas ustedes. ¿Me entiende? Sí, creo que sí. A ver si entendí: ahora, porque sí, por que se le ocurrió que esta vez es diferente, usted teme que el dolor que padece sea el anuncio de un cáncer; que la fiebre que lo tiró a la cama sea el anuncio de una infección mortal. Sí; algo así; pero como tengo miedo que no sea más que un primer brote de hipocondría… en fin. O sea, preferiría usted que los miedos que lo trajeron hasta esta consulta fuesen reales, o sea, padecer una enfermedad grave; preferiría eso a que se tratase de una actitud típica de hipondría. Bueno, sí, si lo quiere poner así, así es. Bueno, a ver, desnúdese. Al fin –me dije-; al fin el médico va a actuar como tal.

¿Fuma?. Una barbaridad. Y sí: los pulmones chiflan. A ver la presión. Chuf, chuf, chuf. Ajá. Alta la baja. ¿Orina abundante y blanco; o escaso y amarillo?. Depende. ¿Toma? Agua. ¿Qué come?. De todo. ¿Fritos? Uf. ¿Embutidos? La misma marca: Uf. ¿Depone todos los días? Como un reloj. ¿Tiene erecciones matinales? Me despierto temprano; a esa hora mi amigo todavía duerme. ¿Tiene relaciones sexuales frecuentes? Defíname “frecuentes”. ¿Se masturba? Con la zurda. ¿Con la zurda? Es un chiste, a mi me gustan las rimas… se masturba, con la zurda, rima asonante, ¿la vio? La vi. ¿A ver, ¿dónde es que le duele? Aquí. ¿Aquí? ¡Ay, si, ahí! A ver, dése vuelta, vamos a ver esa próstata. ¿”A ver”; dino “a ver”? Un tacto, hombre; no me diga que no sabe cómo es un tacto anal. Sí, claro, cómo no voy a saber cómo es… ¡ay, la puta madre! Perdón. No es nada, siempre pasa la primera vez. No tiene nada, la próstata está bien. Tiene inflamación intestinal, pero eso son gases. A ver, vamos a ver los reflejos. Sientese. Cierre los ojos, mueva la cabeza, otra vez, otra vez. Bien, ¡abra los ojos!, ¿qué dice aquí? “Confirmado, Dolores Fonzi embarazada”. ¿Usted lee Paparazzi, doctor?… estoy un poco sorprendido. Mi secretaria es quien la lee. ¿Cuál secretaria?, yo no vi ninguna secretaria. Es esa chica a la que le pagó la consulta en la entrada. Ah. Pensé que era una empleada del sanatorio. No, es mi secretaria. Pero es que cobra para los otros médicos también. Y sí, pero el sanatorio es mío. O sea que es mi secretaria; y los otros médicos son algo así como empleados míos. Ah. Bueno, está todo bien. No tiene nada. ¿Nada; está seguro? Si quiere le ordeno un chequeo y lo mando a los aparatos. Pero le va a costar unos pesos para nada. ¿Está seguro de que no tengo nada? Seguro. ¿No tendré un preinfarto, o algo así? Le hago la orden para un electrocardiograma, si eso lo hace sentir mejor. ¿Y no me va a recetar algún remedio, o algo? Sí: un “algo”, como dice usted: deje de fumar y moderese en las comidas. Entra usted a una edad de riesgo. Y en junio, vacunesé contra la gripe. ¿Nada más? Sí, le receto un ansiolítico. Tomesé una pastillita a la mañana y otra a la tarde. Doctor: yo no tengo ansiedad. ¿Y usted qué sabe? El médico soy yo. No sé si voy a seguir sus indicaciones, doctor. Es su elección, amigo; le doy una cita para el mes que viene. ¿Para el mes que viene; para qué? Ya le dije: entra usted en una edad de riesgo; debe visitar al médico en forma periódica. Pero si no tengo nada. Eso es lo que usted cree. Pero, ¿qué tengo? Ansiedad, ya le dije; tome, recoja su receta. ¿Una a la mañana y otra a la tarde, dijo? Ajá. ¿Son caras? No sé. ¿Cómo que no sabe; no sabe cuánto cuesta lo que receta? No, no lo sé. ¿Y si cuestan demasiado caras para mi presupuesto? Si no las puede comprar, no las compre; cambie por té de tilo. ¿Té de tilo? Sí, tilo, ¿nunca vio un tilo? Sí, claro, pero de ahí a hacer té con tilo… ¿Por qué no de paraíso, o de malvón? ¿Un té de malvón? ¡Ja! ¡Qué bueno! Mantiene usted el buen humor, a pesar de todo. ¿”A pesar de todo”; que quiso decir? Ya se lo dije, hombre: está entrando usted en la zona de riesgo. Está a punto de recibirse de viejo. Vejez, ¿entiende ahora? Sí, entiendo. ¿Dos por día, dijo: una a la mañana y otra a la tarde…? Ajá. Buenas tardes, doctor. Buenas tardes, amigo. El mes que viene lo veo. ¡Ni en pedo! ¡¿Cómo dijo?! Que ni en pedo, dije. Me estaré viniendo viejo pero no hipocondríaco. ¡Chau! Además, ¿qué clase de médico es usted que lee Paparazzi? ¡Pss!

Me fui dando un portazo, naturalmente. Y, además, confirmé lo que había sospechado durante toda la vida: cuando llegara a la vejez me convertiría en un viejo cabrón. Dicho y hecho.
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Au revoir.

La condenación al blog. ¡Sonamo’ loco!

Estamos perdidos, amigos bloggers, o blogueros: José Pablo Feinmann, el gran filósofo argentino, detesta al bloc (sic, por blog). Estamos condenados, pues, a desaparecer.

Cuando las masas adquieran conciencia de que las verdades reveladas están en los libros herméticos de cuatro o cinco iluminados y no en los miles de volúmenes que colman las estanterías de las librerías de concurrencia masiva, o en la Feria del Libro, o en los quioscos en los cuales se venden los libros editados por Página 12 (entre ellos los de Feinmann) -¡y mucho menos en la red!-, los bloggers o blogueros desapareceremos de la red con la misma fuerza con la que aparecimos en ella.

¿La causa principal? Es que faltamos el respeto al lector. ¿Con qué armas ofensivas? Con una pésima prosa. .
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Escuchemos al filósofo:
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Hacerse la película. Nuestro hollywood interior.

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Hacerse la película.
Reflexiones acerca de nuestro hollywood interior.

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En el lenguaje coloquial de mi país, usamos la expresión hacerse la película para denotar la representación psíquica que un sujeto elabora respecto de un suceso no acaecido.

Lo explico con algunos ejemplos: Fulano tendrá mañana lunes una entrevista de trabajo, de la cual podría depender, de hecho, modificaciones significativas a su patrimonio. En su mente, al tanteo, trata de precisar las preguntas que le harán, y a partir de ellas, las respuestas que dará. En ese ejercicio puede suceder, y algunas veces sucede, que el sujeto “elabora” toda la entrevista, desde el momento de presentarse ante el entrevistador hasta el momento en que el entrevistador le dice que será contratado. Esa elaboración culmina con la representación de todo el hecho aún no sucedido, completo, de la manera que el sujeto cree o quiere que suceda. Se ha hecho la película.

Otro ejemplo de aplicación, en una situación más simple, y, por tanto, corriente: Mengana recibe un día un cumplido por parte de un compañero de trabajo. Por ejemplo, éste le elogia un nuevo corte de pelo. Otro día, Mengana recibe una mirada de ese mismo compañero de trabajo que ella decodifica como una mirada de interés. Otro día, Mengana vuelve a interpretar en ese sentido otra señal cualquiera, siempre del mismo compañero. Finalmente, llega a la conclusión de que ese compañero de trabajo está interesado en ella y entonces, en su mente, elabora una secuencia de diálogos y situaciones que producirán el encuentro, su aceptación o rechazo e, incluso, las formas de la primera cita. Y de las segundas también. Mengana se hizo la película.

Como surge de suyo, la aplicación de la expresión referida a otro –Zutano se hizo la película- tiene connotaciones negativas. Es equivalente a decir: elaboró una secuencia de hechos probables que finalmente no tuvieron nada que ver con la realidad. Estaba confundido. Estaba soñando. Confundió deseos con realidad. Fantaseó. Es más, en el lenguaje coloquial, o más que coloquial, familiar, no es raro oír la expresión: “El boludo se hizo toda la película.”

Hacerse la película es pues, elaborar una representación acabada de un hecho no acaecido. No es sólo montar ilusiones, o confundir deseos con realidad. Es algo más: es elaborar un suceso probable, a acaecer, en forma acabada, es decir, con todos los detalles: escenarios, vestuarios, diálogos, olores, sabores. No es una casualidad que la expresión incluya muchas veces el adjetivo todo muy remarcado en la pronunciación: ¡Se hizo toooda la película!

¿Era necesaria la invención de la expresión? ¿No era suficiente con el verbo fantasear? En principio perecería que sí: La definición primera para el verbo fantasear es clara: dejar correr la fantasía o imaginación. Correcto. Para la expresión hacerse la película podría ser aplicable la definición. Pero hay diferencias. A saber.

Fantasear, que es un ejercicio que no todos pueden ejecutar con facilidad, implica el placer de sumergirse en una situación creada por la imaginación. Si se quiere, es una de las formas que tenemos los humanos para regodearnos con situaciones placenteras. Fantasear situaciones eróticas puede ser un buen método para excitarse sexualmente, por ejemplo. Pero creo que en la acción de fantasear, quien fantasea jamás pierde la conciencia del carácter fantástico de su “viaje”, si se me permite caracterizar a la experiencia con ese símil.

En cambio, en el acto de hacerse la película, la fantasía pierde, en algún punto del proceso, el carácter de tal y el hacedor de esa fantasía puede perder la plena conciencia de que aquello que elaboró en su psiquis no es realidad, sino una forma representada de una “realidad” que no ha sido puesta a prueba con la realidad real. Y mientras no exista esa confrontación de la “realidad” representada con la realidad misma, la película interna pierde gradualmente su carácter de tal, de ficción, de fantasía, para convertirse en un discurso de lo real que aún no ha acaecido pero acaecerá de ese modo, o, en el peor de los casos, que no habría motivo alguno para que sucediera finalmente de otro modo.

Dicho así, el hacerse la película aparece como un procedimiento de la psiquis más cercano a lo patológico que a lo normal. Pero si así fuera, el concepto mismo de normalidad psiquica debería revisarse ya que, así como la facultad de fantasear con facilidad no es tan corriente como se cree, sí lo es la facultad de “hacerse la película.”

Aplicarlo en primera persona a manera de excusa: “¡Ay, y yo que me había hecho toda la película…” equivale a confesar ¡Cómo me equivoqué! ¡Qué equivocado estaba! Ya adivinará el lector que la situación más frecuente para la aplicación de esta lamentación en primera persona surge inmediatamente después de haberle sido rechazado a uno un lance. Un lance que ejecutó, se entiende, totalmente convencido de que habría de obtener una respuesta positiva.

La expresión más cercana que hallé en el diccionario es el verbo pronominal o reflejo ilusionarse que se define como el forjarse ilusiones. Bien, vale: forjarse ilusiones. Sería el equivalente adecuado. Pero habida cuenta que el verbo forjar remite a la metalurgia por un lado, o los versos patrioteros o himnos sindicales por otro lado, ¿por qué renunciar al ramplón pero útil “hacerse la película”? No, creo que está mejor definir la acción de ilusionarse como la acción de hacerse ilusiones. Y mejor aún, hacerse la película.

Antes de poner el punto final a este introducción, otra vuelta de tuerca al tema, y una apostilla.

La vuelta de tuerca es ésta: la expresión hacerse la película tiene una ventaja adicional sobre el verbo ilusionarse. En éste está implícito que, si bien las ilusiones se edifican en la psiquis por el sujeto que se ilusiona, éstas, las ilusiones son representaciones sin verdadera realidad, surgidas de la mera imaginación o del engaño de los sentidos. En cambio, la película, que también es elaborada en la psiquis del sujeto que la construye, implica un objeto más material, sujeto a leyes físicas. Si una ilusión es representación sin verdadera realidad, la película es una representación no demasiado alejada de la verdadera realidad.

Traigo un ejemplo que puede ser útil para comprender mejor la diferencia sutil. Hay un famoso tango (de 1945), que lleva por título “El sueño del pibe”. El argumento dramático de esta composición puede sintetizarse así: Se trata de un chico, quien vive solo con su madre y un “perrito blanco”. Son muy humildes. El fútbol le podría permitir al chico sacar a su madre y salir él mismo de esa vida pobre. En el relato está la aparición de un cartero, quien le trae al chico “la citación” para el club. Es decir, obtuvo una respuesta positiva a la acción pretérita (implícita en la obra) de anotarse en un club de fútbol, y esperar a ser llamado para “probarse”.

Como el chico sabe que tiene habilidad (“yo sé que me espera / la consagración”), toma el episodio de recibir la citación como la realización de su objetivo, o el comienzo de la realización de su objetivo. El tango famoso termina cuando el chico, esa noche, contento, sueña “el sueño más lindo que pudo tener”, que el autor (Reynaldo Yiso) reflejó en muy escasos pero contundentes versos: “faltando un minuto están cero a cero. /Tomó la pelota, sereno en su acción. / gambeteando a todos llegó hasta al arquero / y con fuerte tiro quebró el marcador.”

Ésta, la del “sueño del pibe”, es la fantasía de todo chico varón de estos pagos sudamericanos. Al menos, para los que éramos chicos en los tiempos anteriores al playstation. No hubo varón de mi generación que no fantaseara con “el sueño más lindo que pudo tener”. Estar en el “estadio lleno” un “glorioso domingo” cuando “por fin en primera lo iban a ver” y hacer el gol de la victoria en el último minuto del partido. En mi tierra, uno puede darse el “lujo” de no haber fantaseado nunca con los labios de Marilyn, pero no puede darse el lujo de no haber fantaseado el “sueño del pibe.”

Bien: va la aclaración: El “sueño” en sí mismo, el de convertir un gol en el último minuto del partido es una fantasía. Típica. Sólo se puede dar cuando la conjunción única de los astros sea favorable, ignorando uno cuáles astros deben alinearse y de qué modo es la alineación favorable. En cambio, la representación que alguien pudiera hacerse en la psiquis, desde el momento de enviar una solicitud a un club hasta el momento de recibirla, y, una vez recibida ésta y aceptado en aquél, y luego entrever con quiénes jugadores se codearé, etc, etc, toda esa parte de la historia es hacerse la película.

Todos los chicos podíamos fantasear con el heroico gol del “sueño del pibe”, pero sólo pocos podían hacerse la película de jugar en primera un glorioso domingo. En el medio de ambos grupos, hay otro grupo, más o menos amplio que, sin llegar a hacerse la película, se ilusionan de todos modos. ¿Se capta la diferencia?

Por último, la apostilla. Dadas las diferencias sutiles pero reales que hay entre el “hacerse la película” y el “ilusionarse”, vale anotar que, en este fenómeno del comportamiento humano, como en muchos otros, existen las diferencias de género.

Tal vez, sólo tal vez debido a las ventajas comparativas que tiene la psiquis de la mujer con respecto a la del varón para el pensamiento emocional, nuestras compañeras están mejor preparadas que nosotros para eso de hacerse la película. Para armar sus películas, ellas recogen elementos de la realidad sutiles, que a nosotros nos pasan desapercibidos. Y claro, sus películas son más “realistas” que las nuestras.

Pero hay otra diferencia de género para apuntar. Cuando a ellas les sucede que la realidad sirvió finalmente para que su “película” se diera tal como la compusieron en su psiquis, se adjudican para sí una capacidad brujeril o brujesca. “¡No te dije!”, te dirán. O, mejor aún: “¡No, si yo tendría que ser bruja”! O, más cómunmente: “Mi madre siempre me lo dijo: vos sos medio bruja.”

Vale este momento para apuntar que el apelativo “bruja”, referido a la compañera de uno, tan común en mi país, obedece a ese fenómeno: la capacidad de la mujer para prever situaciones que acaecerán alrededor de una persona o de una circunstancia.

Se hacen la película respecto a nuestros amigos, parientes, jefes y demás humanos que nos rodean, con una facilidad asombrosa. Y algunas veces aciertan. A menos que estén enamoradas, circunstancia fatal para todo humano, incluso ellas, suelen acertar de seguido. “¿Che, es verdad que tu socio te estafó?” “¡Sí: qué hijo de puta! ¡Pensar que la bruja me lo advirtió!” La “bruja”, claro, es la esposa. Diálogo típico entre hombres de clase media.

Para nosotros los varones, en cambio, cuando la película que nos hicimos la vemos finalmente en la realidad tal cual la compusimos, ello se debe nada más que a la casualidad. Es decir, no podemos pasar por alto las ocasiones en las cuales la película no se nos dio.

No se nos dio. Circunstancia esta última, claro está, que es la se da la mayor parte de las veces. Elaboramos en la cabeza una perfecta Duro de Matar, por decirlo de algún modo, y la vida nos presenta, finalmente, una pedorra película de aventuras de clase B.

Pero, como decía una de mis tías: “Mientras tenga un final feliz…”

Au revoir.
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Cataratas del Iguazú.

He aquí un vídeo de las Cataratas del Iguazú, un increíble espectáculo de la naturaleza, patrimonio de la Humanidad, al cuidado de los gobiernos de Argentina y Brasil.

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El vídeo fue editado por Piter1963, un señor de 45, de Italia.

Disfrutalo. Y si podés, visitá el Parque Nacional Iguazú. Lo que allí veas, no lo olvidarás jamás.
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Elogio de la grasada.

Elogio de la grasada.

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La primera vez que experimenté la vergüenza ajena a causa de una grasada fue en el casamiento de Luisa, una de mis primas. Yo era entonces un chico de trece o catorce.

Ni bien comenzaba la fiesta, en un amplio salón alquilado, mi tío Federico, totalmente borracho, no tuvo mejor ocurrencia que recibir la entrada de los novios con hurras, aderezándolas con expresiones propias de borracho. Hasta ahí, si no lo normal, al menos lo esperable para un tipejo como mi tío Federico, quien era de mala bebida.

Pero resultó que, detrás de los novios, fueron los padrinos quienes hicieron su entrada al salón. El padre de la novia (mi prima Luisa), y la madre de él, el flamante marido de mi prima. Esta mujer era una señora muy entrada en carnes que, para la ocasión de la boda de su hijo, se había vestido con unas ropas un poco coloridas para su generosa humanidad. Un poco demasiado, digo, para poner algún énfasis piadoso. Ropas y otros atuendos, ya que se había puesto, además, unos guantes largos de raso, negro, y, en la cabeza, llevaba una capelina notable. En realidad, muy notable.

La cosa fue que, ni bien los novios acabaron de entrar en el salón, hicieron lo propio los padrinos, justo en el momento en que los aplausos de la parentela a los recién casados se apagaban y la marcha nupcial dejaba de sonar. En ese momento, en ese preciso momento, el tío Federico, vaso en mano, trastrabillando en el medio del salón, soltó en forma estruendosa la añosa martinfierrada: “¡Vaca yendo gente al baile!”.

Mi padre, mi madre, mi hermano menor y yo estábamos al lado de la mesita que nos había sido designada, de pie, agotando los últimos aplausos a los novios. Y tras el grito del tío Federico oí el murmullo de mi padre quién, dirigiéndose a mi madre, le decía en baja voz: “Tu hermano, otra vez”. Y mi madre, que en medio de un brote que le había puesto toda la cara colorada, repetía sin cesar: “Qué vergüenza; qué vergüenza, por Dios.”

No hace falta que lo anuncie: ya habrá adivinado mi lector que la continuación de tal retruécano inoportuno fue una trifulca. Y de las grandes. El novio, naturalmente, reaccionó de una manera rotunda: “¡Saquen a ese borracho de mierda de aquí, ya mismo!”. Mi prima Luisa, a su lado, lloraba a moco partido, provocando con las cataratas de lágrimas que el rimmel corriera mejillas abajo.

El padre del novio, o sea el marido de la madrina vituperada por el temulento pariente político, quería írsele a las manos al tío Federico. Dos o tres lo sujetaban, mientras que la madrina amenazaba con caer redonda de un soponcio.

Finalmente intervino mi tío Amadeo, hermano de mi madre y del borracho quien, por ser periodista y anarquista, se le tenía ese respeto irracional que despiertan ciertos personajes misteriosos, sin que uno sepa nunca si alguna vez han hecho mérito alguno para merecerlo. Como fuere, mi tío Amadeo logró que la mujer del beodo se llevara al marido.

De todos modos, mientras ésta se retiraba del salón, acompañando como podía los pasos destartalados de mi tío Empédocles, gritó a los cuatro vientos, aunque apuntando con el índice a la madre de la novia, mi tía Ernestina: ¡”Nos vamos, pero vos mejor devolveme los veinte mil australes que te presté para esta fiesta de mierda!”

Mi tía Ernestina que era, y no por la rima, una mujer muy fina, le respondió a su vez con esos modales de señora de la alta sociedad que siempre la había caracterizado, aún en los momentos más tormentosos de mi tormentosa familia: “Ese dinero lo considero como parte del regalo de casamiento que no hiciste, porque, querida mía, ¿a quién se le ocurre regalar para un casamiento un jarrón de loza que seguramente te lo ganaste como segundo premio en la kermese de la parroquia en las fiestas patronales del año pasado.”

Mi tía Ernestina siempre me impresionaba, y esa vez volvió a impresionarme, sobre todo por la forma de remarcar el detalle “como segundo premio” de su larga, calmada y venenosa réplica.

La fiesta, de todos modos, continuó como si nada. Una vez que se retiraron los tíos que siempre daban la nota, el tío Amadeo empezó a moverse por el medio del salón, haciendo aspavientos con los brazos mientras repetía “Aquí no ha pasado nada; a divertirse, vamos, vamos…” Y así fue.

Nosotros nos sentamos a la mesita que nos había sido designada. Mi padre tomó un canapé y lo engulló. Luego se sirvió un vaso de vino blanco y comenzó a beberlo. Mi madre, aún presa de su marcado rubor, le decía en baja voz: “No tomés”, a lo que mi padre le respondió: “Con lo que nos costó el regalo pienso tomarme todo, hasta el agua de los floreros.”, tras decir lo cual empinó de manera tal que el medio vaso de vino que aún le quedaba se perdió en sus fauces en un santiamén. Cuando depositó el vaso vacío sobre la mesa, y al punto que empezaron a destellar los flashes de los fotógrafos que habían contratado los novios, y comenzaban a oírse los acordes de “La Felicidad” en la voz de Palito Ortega desde los dos parlantes del salón, mi padre dijo:

-¡Qué grasada, madre mía!

Como dije, yo tenía entonces trece o catorce años. Esa expresión: ¡qué grasada!, me quedó muy grabada. Al principio creí que la grasada a que se había referido mi padre aludía a la circunstancia de haber lanzado mi tío borracho una descompuesta humorada.

Años más tarde, llegué a considerar que quizá había aludido, además, a todo el episodio grotesco que siguió después. Y pasados algunos años más, hube de considerar que tal vez mi padre había calificado de grasada a la circunstancia de ventilar alguien una deuda de dinero en público; o a la circunstancia de regalar un jarrón de loza para un casamiento; o a la circunstancia de vestir de fucsia y con capelina de mariachi una señora gorda. Muchos años más tarde comprendí, al fin, que la grasada era todo ello en conjunto. En otras palabras, acabé por entender que todos nosotros éramos unos grasas y que todo lo que nos rodeaba o producíamos era, irremediablemente, una grasada.

La conciencia de esto último, hacia los treinta y tantos de mi edad, me hizo comprender lo inútil que había sido mi esfuerzo de años por mostrarme como un tipo fino. Aunque la mona se vista de seda, mona queda, dice el viejo proverbio. Y por más lustre que busqué sacarle a mi humanidad exterior, en años de universidad, lecturas, amistades selectas, recorridas a teatros y museos, comprendí que jamás alcanzaría la categoría de fino.

Habia nacido grasa; ser grasa era mi destino. No aceptarlo era tan necio como darse de golpes de cabeza contra la pared. Y lo más doloroso de esa suerte de intuición reveladora era la conciencia de que la peor de las grasadas era, precisamente, el esfuerzo por mostrarse como un tipo que no es grasa cuando grasa es su cuna; que lo más grasa era –es- un grasa que trata de venderse como un tipo fino.

Nuestro diccionario del lunfardo da como primera acepción de grasa a la persona de condición humilde y, grasería, al colectivo de los grasas. El diccionario oficial de la lengua, recoge el regionalismo para su octava acepción de grasa: com. despect. coloq. Arg. y Ur. Persona de hábitos y preferencias vulgares. U. t. c. adj.

Las dos definiciones parecen ser incompatibles. Si grasa es persona de condición humilde y, al propio tiempo es persona de hábitos y preferencias vulgares, la mera aplicación de la lógica formal impone una conclusión algo reñida con lo observable en el cotidiano vivir; tal conclusión sería ésta: una persona de condición humilde tiene hábitos y preferencias vulgares.

La vida nos impone observar que no siempre es así. Que hay infinidad de personas de condición humilde tiene hábitos y preferencias no vulgares. ¿Entonces? ¿Son tales personas grasas por nacimiento y devenidos finos por el pulimento? ¿O son finos de cuna devenidos pobres por circunstancias azarosas?

No tengo la respuesta. Sólo sé que si tal posibilidad, es decir, la posibilidad de que un grasa de prosapia alcance la categoría de fino después de un paciente pulimento de años realmente existe, entonces yo he fracasado en el intento.

Sí, he fracasado. Universidad, lecturas, museos, teatros… Todo en vano. Me he vestido de seda al pedo. Sigo siendo, a través de los años, la misma puta mona de siempre. Metafóricamente hablando, se entiende. En todo caso, mono. Simio, mico, primate. Que, dado Darwin y las circunstancias, no está tan mal, después de todo.

Adquirí conciencia definitiva de esto, finalmente, el sábado pasado cuando, en la fiesta de cumpleaños de quince de la hija de mi jefe (hoy mi ex jefe), ni bien la chica entró en el salón, acompañada de su madre, lancé un estentóreo, rotundo, agudo, rabioso y hernandiano ¡Va…ca…yendo gente al baile!
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Alfredo Arri (Theodoro)
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Miguel Ángel Solá. Por Jorge Belaunzarán.

En un pequeño ensayo que tengo en preparación, recurriré a ciertas citas como apoyatura. Uno a quien citaré ha de ser el talentoso actor Miguel Ángel Solá quien, como es sabido, decidió radicarse en España algunos años ha. Entre las declaraciones más recientes del actor se encuentran éstas, producto de una entrevista que le hiciera el periodista Jorge Belaunzarán. Dado que el autor me ha autorizado para reproducirla, tengo el inmenso placer de colocarla aquí, a disposición de mis lectores, y del público más amplio que tiene la red.
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Alfredo Arri (Theodoro).

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Miguel Ángel Solá.

Una entrevista de Jorge Belaunzarán para Asterisco. Mayo 2008.

“Apuro el paso si sé que me espera mi mujer.”

Si hubiera que refutar el dicho que dice “el que no está en la tele no existe”, habría que usar su nombre. Más de 50 películas, una obra de gira por diez años y la felicidad en la piel. Orgulloso de tanto, no alardea. Tampoco reniega. Simplemente lo vive.

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Participó de un hecho extraordinario, aunque no sea noticia: integrar el elenco de El diario de Adán y Eva, que convocó a más de un millón de espectadores. Y, según los que saben, eso sólo lo consigue el dos por ciento de las piezas en el mundo. Trabaja con su mujer, lo cual, dijo, es una dicha. Está feliz con sus hijas y su vida en familia. Todo esto en un mundo que no deja de lamentar lo mal que está, los sufrimientos que padece, la infelicidad que transita. ¿Cómo se siente en esa situación?

-Mientras vivo sin pensarlo, normal. En todo caso, agradecido, porque es un privilegio que vivo sin dañar a nadie; amo a quien amo; crio y educo a quienes amo y no dejo de pertenecer a este mundo sufriente y desquiciado, soy parte de él y, a mi modo, creo con todas mis fuerzas que ayudo a que no sea peor. Puedo hacer más, seguro, y en cuanto descubro qué y cómo, lo hago. Pero lo que no puedo es ser infeliz por se feliz.

-Javier Daulte dijo en Asterisco que si a su obra La felicidad le hubiera puesto La infelicidad, nadie habría preguntado nada. Y agregó: “no estamos acostumbrados a ver gente feliz ni a ser felices, entonces cuando lo somos no decimos nada por las dudas”.

-Soy Feliz porque mis sentimientos no se apagan. Apuro el paso si sé que mi mujer me espera. Deseo llegar a casa porque ahí están los besos, los abrazos, el deseo del día que viene. Soy feliz porque en cada caricia, aunque estamos de paso, toma nota de cierta forma de inmortalidad. Me quieren, confían en mí, me invitan a seguir creyendo… Tengo cincuenta y siete años, y podría callar que soy feliz , ¿por pudor?, ¿porque hay mucho infeliz?… Me da pena la infelicidad de otro, pero no opaca mi felicidad. Llegará el tiempo en que no pueda valerme por mí mismo, llegará el tiempo de la derrota, de la infelicidad. Aún no. No todavía.

-En las entrevistas leídas que le hicieron en España se lo nota muy amable, incluso al responder aquello con lo que disiente totalmente. Es cierto que la palabra escrita es distinta a la oral, y quizá por eso el recuerdo engaña: cuando estaba en la Argentina se lo sentía con mayor aspereza y dureza al referirse a ciertos temas. ¿Es una percepción errada o cambió su disposición hacia la prensa?

-No sé si tiene que ver con España y sus instituciones –la prensa “a granel”, como corporación, me merece el mismo respeto que el sindicato empresarial de balleneros-, sino con las personas y con los temas. Ignoro qué ha leído o escuchado de mi letra o de mi boca. Soy amable con quien es amable. Y no con quien no. Nunca fui cínico, ni hipócrita, ni siquiera un simpático de mierda. Las palabras genocida, torturador, cómplice, estafador, criminal, ladrón, pedofílico, violador, armamentista, traficante, corporativista siguen teniendo el mismo significado para mí. Aquí o allá opino que los hijos de puta son y serán hijos de puta. Y que la vergüenza se pierde una sola vez y ya no se recupera. Y que, a partir de ahí, todo es cuesta abajo. Y que el que mató una vez va a intentar seguir matando para ocultar esa primera muerte. Y así el que mintió. Y que todos esos manipuladores de la esencia humana se han inventado una excusa para convencerse de que las circunstancias los han llevado hasta allí. Y podrán seguir burlándose del que se empeña en ser honesto, pero no van a evitar que éste les lleve una enorme ventaja: la vergüenza, que da una fuerza que a todos esos les falta y que protege de hacer las canalladas que hacen. Pero eso, lejos de darme una categoría de normal en mi país, me ha hecho un áspero. Ironías argentinas.

-Cuando lo llamaron desde Argentina por su accidente en el mar se mostró molesto porque sólo se acordaran en ese momento.

-La verdad es la verdad, la diga quien la diga, y para lo que la diga, amigo. ¿A mí qué puede importarme que “la noticia” sea que el hombre mordió al perro, si yo no adhiero a ese tipo de noticias? Es lógico entonces que, si un tipo como yo de áspero dice “soy feliz”, desconcierte. ¿A mí qué puede importarme la necrofilia de tres minutos si en vida no me han querido cuidar? ¿Dónde estaban los “preocupados” cuando realmente los necesité, mucho antes del accidente? He hecho cosas plenas de vida en este tiempo, mucho más que esa de estar casi muerto o paralítico. Pero no les han inspirado nada. Y si lo que fui construyendo aquí día a día, sin otra ayuda que mi capacidad, no les ha servido jamás de noticia, ¡que llenen sus espacios no publicitarios con los hábitos de quienes siempre se prestan! Decididamente, prefiero ser áspero. Ásperamente feliz.

-¿Cómo fue eso de “volver a nacer”? ¿Podría dimensionarlo? ¿Qué cambios concretos, en lo cotidiano, hubo en su vida?

-Volver a nacer es todo eso que se pueda imaginar cuando se tiene que reaprender a vivir desde lo más elemental, pero no con un cuerpo nuevo, sino con uno usado y en peores condiciones que el anterior al accidente. Noches de vigilia, respirando mal, intentando anticipar cada pulsión que no avisa, esperando que el dolor pase y no vuelva. Todos los sentidos engañados: un acceso de vómito era, en realida, un estornudo; una jaqueca, el preludio de un pis; una presión insoportable en el esófago a toda hora la señal de que ese cuerpo no toleraba ya las medicinas que lo curaban; vidrio molido en todos los miembros; calambres; desmayos; bultos; picores… Y nada era real. “Claro que los dolores son insportables, hombre, pero no son verdaderos dolores; son las terminaciones nerviosas que están tontas, que no se encuentran…”, ironías españolas. Y ahí, los míos, mis caras queridas, mis voces queridas, lo porqué de mi felicidad: “Mi amor, come”. “Papi, ¿movemos los dedos?”, “Venga, Migue, has hecho diez metros, descansa un poco”. Un pie, el otro… ¿y ahora cuál? Noche a noche, día a día… Deforme como el hombre elefante; apnea en cada sueño… Y así hasta hoy, y mañana, y el mes que viene, y el próximo año, poniéndome a prueba… No sé qué de malo ni qué de bueno quedó en el camino, no he hecho inventario, ni siquiera provisional, ando conociéndome, que ya es trabajo.

-De todas maneras, su relación con el cuerpo sufrió tensiones importantes a partir de lo laboral.

-Los tuve, los tengo y los tendré –ahora más, por supuesto-; es el hándicap que he dado siempre. Igual pude, allá y aquí.

-En ese sentido, dijo una vez que “si el personaje dicta eso (en este caso un movimiento nervioso en las piernas) yo tengo que seguirlo como sea”. ¿Cómo se maneja actualmente con su físico y el trabajo? ¿Encontró algún “truco” que le permita sobrellevar mejor la cosa? ¿O hubo un cambio de perspectiva, de mirada, de cómo se relacionaba con su trabajo para no sufrir mayores malestares?

-No puedo hacer teatro por la energía que demanda y por las exigencias que un personaje teatral, el que sea, impone. No soy “truquista”. Los “trucos” son para los que memorizan y repiten, y yo, de eso, nada. Creo en otra dimensión del teatro. Hago televisión mientras espero el momento en que –llegará, estoy seguro- pueda retomar mi “Diario….”

-¿Y cómo sabe lo que un personaje le pide?

-Sucede, como la picazón. Y a rascarse. Una noche empieza a hacer por mí. Parece que fuera yo, pero no, yo sé cuando obro solo. Luego, analizando lo ocurrido, incluso esos momentos en los que me ha quedado la sensación de no haber existido, porque no hay memoria –un charco, una laguna, perdido, sin rastros-, sé que me he dejado guiar. ¿Cómo recuperar ese tiempo en mi recuerdo? ¿Cómo, para poder revivir lo hecho? No hay manera… Los contiene otra memoria, no la mía. Y quedan allí, irreproducibles, originales, como huellas en el agua. No sirven para los demás ni para el curriculum; me sirven, sí, para comprender que por mí pasó el teatro, y gracias a él, un inmaterial que tuvo la feliz ocurrencia de atravesarme y dejar constancia.

-Dijo: “El teatro es riesgo y el cine cómodo”. Y hay quienes dicen que lo que incomoda al actor en cine es que no tiene el control del producto, y que por eso el cine no alimentaría tanto su ego.

-El teatro no admite “top-manta”, ni “va de nuevo”, ni “ponéle la cebolla, que no puede llorar”, ni “toma catorce”… En cuanto a esos “quiénes” que dicen boludeces, terminarán destruyendo la capa de ozono con su halitosis.

-Hace poco Javier Bardén ganó un Oscar. En Argentina se habló de la influencia de los actores argentinos. ¿Son una especie de maestros? ¿Lo siguen siendo o eso se diluyó con el tiempo y los propios problemas argentinos?

-Nunca fui maestro de nadie. Nadie me enseñó. Mal puedo opinar. Sé que los argentinos somos apasionados en la necesidad de creer y trasmitir. Sé también que hay argentinos de nacimiento, y hay argentinos de profesión.

-Respecto al cine y después de haber hecho más de cincuenta películas, ¿todavía piensa que no le llegó su personaje?

-Quizá no haya hecho mérito suficiente. Quizás me sorprenda y en los años a venir pueda dejar alguna huella. A veces ocurre.

-Usted a través de su trabajo vive de alguna manera de las palabras, ¿cuál es el lugar que les otorga en una sociedad comprometida con la imagen?

-La imagen no me importa si no transforma. La imagen ya está ahí, antes que la cámara la “descubra”, esperando a que se le haga alguna cosquilla. Y la palabra, si no sana algo, si no contiene la misión de lo que nombra, tampoco importa.

-¿Qué tipo de relación mantiene con Argentina? ¿Es un prejuicio o no pudo concretar el deseo de ser feliz en su tierra? Disculpe la insistencia, pero uno no deja de sentirse curioso por conocer qué llevó a otro a alcanzar aquello que desea para sí mismo, pero que no abunda.

-Yo he sido feliz en mi tierra. Pero muy pocas veces se me preguntó si era feliz. No creo que me creyeran con derecho, por portación de cara, supongo. A pesar de eso he sido muy feliz. Aclaro, que mi felicidad no es tonta, que incluyo en ella el sufrir. Sufrir por aquello que te jugás y te acarrea problemas, sacrificios, tristezas, peligros… El amor es eso también, y el hijo, y el proceso creativo con la equivocación pasajera, y la duda que carcome, y la fe incierta… Y todo eso lo viví allá durante cincuenta años. En mi tierra conocí a mi mujer, y a los míos, y a casi todos los seres que llegué a admirar y a querer… ¿Cómo que no he sido feliz allá? Toda la mitad primera de mi vida está en Argentina, por mal que la cuenten los que no me creyeron con derecho. De todos modos, no creo que mi felicidad pueda aclarar la tuya. Será tu palabra la que la deletree en tu librito, ¿no te parece?

-Por último, ¿la búsqueda del hombre finalmente es el amor?

-El amor está ahí, para ser tocado, oído, saboreado, olido, y a la vista de cualquiera. Y el que no se da cuenta, que se lo pierda sin arruinar la creencia a los demás, que la tiña es contagiosa, y el mundo no para de lamentarse de lo mal que está. Somos los únicos bichos de la creación con capacidad conciente para revertir esto que es en lo que podría ser. El problema son los derechos de autor a repartir. Y los repartidores, y los intermediarios, y los impuestos, y los tilingos, los ignorantes y los falaces que creen que se debe seguir jodiendo a los ya suficientemente jodidos, porque “el mundo fue y será una porquería y no hay quien lo cambie”…(Esto es amable, o áspero? ¿A oídos de quién?).
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Miguel Ángel Solá, por Jorge Belaunzarán. En Asterisco, mayo 2008.

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