Del pochoclo y el reloj.
Filosofetas. Reflexiones insubstanciales.
Estas módicas noticias me provocan las siguientes acciones: Uno: me he visto obligado a tomar conciencia de que hace como veinte años que no voy a un cine. Dos: puedo decir que tengo un excusa para no lamentarme de esa falta y que la misma me sirve, también, como excusa para no querer enmendar esa falta. Tres: sospechar -fundadamente- que la penetración cultural del Norte hacia el Sur no se detiene, con lo cual mi humor empeora. Cuatro: me siento tentado en componer algunas reflexiones insubstanciales alrededor de estos temas.
Como ya habrá barruntado mi lector, no me resistiré a dar rienda suelta a esta última tentación.
Las enumeradas acciones de mi voluntad, surgidas desde la constatación de una moda tonta como es comer pochoclo en el cine, me permiten levantar sobre mí mismo la sospecha que me he convertido en un conservador recalcitrante. Sin embargo, ni bien me acuerdo (y reafirmo) que me siguen gustando tanto los tangos de la guardia vieja y las películas de Gardel como con los tangos de Bajo Fondo Tango Club o las peliculas de Tim Burton, contrarresto aquella sospecha. Ergo: no es que me hubiera convertido en conservador en el sentido lato del término; simplemente me he convertido en un viejo.
El hecho de que me sigan gustando las mujeres, a pesar de que ya no me mueven un pelo, (o nada más que un pelo) lo reafirma.
Los viejos abominamos de ciertas modificaciones de las rutinas, sobre todo si tales modificaciones son de las más pequeñas e inútiles. Que aquellos que concurren a un cine en estos días elijan llamar pop-corn al pochoclo me resulta fastidioso, aunque mi fastidio quedaría justificado por aquello de la añoranza a nuestra propia cultura, tan castigada en estos tiempos de globalización. Y la reprobación de mi parte para eso de los espectadores coman durante la función, podría sostenerlo con argumentos tales como que se trata de un asquete. ¿Por qué no cortarse las uñas de las patas en las escenas aburridas, por ejemplo?
Se me objetará afirmando que no es lo mismo de repugnante ver (u oír, u oler) comer pochoclo a un prójimo demasiado próximo que ver al mismo prójimo demasiado próximo cortándose las uñas. Refutaré esa hipotética objeción con esta réplica: usted nunca vio a mi tío Ernesto comiendo pochoclo: adoraría usted hasta la profesión de podólogo.
Como fuere, insisto: hay incómodas modificaciones menores del cosmos cuyas probables explicaciones para esas incomodidades carezcan de argumentos racionales, o no transciendan el carácter irascible del viejo, sino que se agotan en eso, es decir, en la condición de irascible del carácter del viejo. Comer o ver comer (u oír, u oler) a un prójimo próximo a uno en un cine durante la proyección de un película es una de esas incómodas modificaciones del cosmos. Hay otras.
Por ejemplo, que la dirección de un canal de televisión decida cambiar los horarios de los programas que suelo ver regularmente, me puede llevar directamente a la abominación, no sólo del programa hasta entonces favorito sino del canal todo. En casos así, llamo a uno de mis nietos que conocen los arcanos del control remoto, para que eliminen ese canal del alma de esa prolongación tan boba como útil de la mano.
Otro ejemplo: que los evangelistas domingueros de estos tiempos sean más agresivos, más pelmazos, que los evangelistas domingueros de hace tres décadas, puede provocarme ataques de ira. Antes, los despedía con alguna mínima muestra de cortesía; ahora no: ahora los despido con las más agrias demostraciones de falta de urbanidad: ¿Por qué no se van a predicar al desierto, así no joden a nadie? En los desiertos no hay domingos, ni lunes, ni nada. Sé que es inútil, porque los evangelistas carecen del sentido del humor y están incapacitados para decodificar ironías. Sólo responden a los exabruptos más guarangos, aunque tampoco saben responder a éstos con la furia humana, sino que se ponen a blandir maldiciones satánicas y otras manifestaciones de idiotez por el estilo. Sé que es inútil, decía, pero igual se me da mostrarme para con ellos más agresivo de lo que ellos se muestran para conmigo.
Hay más, por supuesto: Ahora es cosa corriente que en un café o restaurante haya carteles por todos lados que rezan: los baños son para uso exclusivo de los clientes. Como comprenderá usted, amigo lector, si me veo obligado a consumir un café nada más que para poder usar el baño del bar, es esperable y aun saludable que una vez que logre pelar en ese lugar sagrado donde acude tanta gente, desarticule mi puntería con certeros mandobles de pene con el fin de orinar abundantemente el piso y las paredes del baño.
Antes -para seguir en este tono de queja menor- había seres humanos detrás de las ventanillas de los bancos, dispuestos a hacer tareas sencillas tales como contar billetes o sellar papeles. ¡Ah! ¡Qué placer provocaba verlos desarrollar con habilidad de prestidigitador esas tareas! Ameritaba, no digo el aplauso, pero sí un muchas gracias que uno le regalaba, adosado a una sonrisa, al tipo o tipa antes de retirarse de la ventanilla, ya con los billetes, ya con un papel sellado. Ahora no: ahora en los bancos hay robots a los que, increíblemente, llaman cajeros.
El señor le va a enseñar cómo se hace, me dijo la primera vez una empleada de banco que me mandó derechito al cajero robot y me señaló a un empleado con uniforme del Ejército de Salvación. En efecto, un señor de la vigilancia me aleccionó en el funcionamiento de esa máquina. Se aprende rápido, es verdad, pero yo recurro al empleado humano cada vez que voy al banco. Porque de lo que se trata es de rebelarme -vana, pero placenteramente- contra la automatización. Señor: ¿me puede explicar cómo funciona esto? ¿No se lo expliqué la semana pasada…? Puede ser, pero se me olvidó. ¿Me hace el favor, quiere?
Una vez, una joven que estaba en la fila detrás de mí, que se percató de que no encaraba la máquina, y de que miraba para todos lados en busca del hombre de la seguridad, me preguntó: No, g¿Quiere que lo ayude, abuelo? No, gracias, abuelo las pelotas, dije y pensé. Quiero que venga el señor de seguridad porque él sabe mi clave, ya que yo no la recuerdo. ¡No, abuelo, usted no le tiene que dar la clave a cualquiera! No, no es a cualquiera: el señor de seguridad no es cualquiera, yo lo conozco, se llama Miguel. Allá está. ¡Ea!, Miguel, me da una mano, por favor… ¿Otra vez usted, abuelo?
Abuelo las pelotas. Hace rato que soy abuelo; lo que soy desde hace poco es viejo, que es otra cosa. Ser abuelo es aprender a aceptar los cambios: los nietos cambian mucho más rápido de lo que cambiaron los hijos en su momento. Un abuelo se alboroza ante el mínimo cambio que se manifiesta en el nieto, y eso ocurre todos los días. Ser viejo es otra cosa.
En la vejez nos aferramos a las rutinas y nos incomodan las alteraciones mínimas del cosmos. Nos rebelan los cambios que modifican nuestra vida cotidiana, nuestros hábitos cotidianos. Por ejemplo: celebré con verdadero fervor la media sanción, por parte de la cámara de diputados, del proyecto de ley que elimina ese artículo del código civil que menciona como actores necesarios a un hombre y una mujer para referirse al matrimonio, y pongo todas mis energías mentales para que el Senado convierta en ley el proyecto. Pero, vea usted la diferencia, quise conspirar contra el Gobierno cuando se le ocurrió modificar la hora oficial, en aras de un supuesto ahorro de energía. Cenar con la luz del sol es insoportable y, de haber hallado conspiradores en buen número, habría atentado contra la autoridad del Estado por ese desatino. Semejante norma ameritaba una revolución, aun si fuese efectiva la medida: es preferible cenar a la luz de las velas cuando hay corte de luz eléctrica a tener que servir la sopa sobre una mesa inundada por los rosados colores de la tarde y alborotada por el chirriar de los gorriones.
Seré franco: tengo para mí que eso de comer pochoclo en el cine es una suerte de retroceso para la humanidad. Por lo menos para esta parte de la humanidad que llamamos argentinos. Allá ellos, los yanquis, si comieron pop-corn en los cines desde siempre. Aquí es como una involución cultural. Es como una suerte de compensación cósmica a otras modificaciones evolutivas, como por ejemplo el descubrimiento de una vacuna o una droga que salve millones de vidas. Es como si Dios dictaminara: ¿En Suecia se acaba de inventar un medicamento milagroso? Pues entonces que otros, por ejemplo los argentinos, coman pochoclo en los cines, para compensar el desequilibrio que se ha producido en favor de la humanidad y en mi contra. Algo así.
Me dicen, también, que algunos chicos de clase media de vida holgada celebran Halloween. O que los jóvenes de clase media no tan acomodada celebran San Patricio empedándose en masa. Pero esto no me preocupa demasiado, lo confieso. Son grupúsculos. La inmensa mayoría del pueblo aborrece de esas celebraciones que se nos tratan de imponer a la fuerza. Esas modas pasarán, de puro vacuas que son.
Lo que no pasa, lo que no deja de pasar nunca es el tiempo que, precisamente, consiste en pasar. O aparenta pasar. Aunque es lícito dudar incluso de tal apariencia, la apariencia de ese paso está y es fuerte. El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, rezan los versos del poeta cubano. Y pasa más rápido cuando, el que lo mide, suma en su propia humanidad una pila de años, es decir, una montaña de tiempo. Aquella constatación empírica de que los cambios se dan más apretaditos en los nietos que en los hijos confirma esa relatividad del tiempo según la edad del sujeto que lo mide, padece, sufre, tolera o goza.
Hay una sentencia de Borges que me ha parecido siempre débil. Escribió nuestro poeta mayor y hasta hoy único proto filósofo que dio la patria: “Negar el tiempo es dos negaciones: negar la sucesión de los términos de una serie, negar el sincronismo de los términos de dos series.” (Borges, Otras inquisiciones. B)
No necesariamente debe haber sincronismo entre diversas series. Al menos, no hay pruebas de esa necesidad. Esa necesidad de sincronismo entre series temporales es lo que aparenta al observador que no forma parte de ninguna de las dos series, pero no lo es para cada una de las subjetividades involucradas en cada una de las series. Parafraseando a Schopenahuer, me anticipo a defenderme de una hipotética objección: Creer que el sincronismo de las series temporales es sólo aparente a la subjetividad que las contempla desde fuera puede ser considerado un pensamiento absurdo; creo que lo absurdo está, precisamente, en imaginar lo contrario.
Si los cambios en el cosmos, la naturaleza, la sociedad y los hombres se producen en forma cada vez más apretada a medida que el sujeto de la serie que observa ese cosmos avanza en edad, ¿por qué no sospechar -fundadamente- que ese estrechamiento en los intervalos entre los cambios alcanza valores infinitésimos, cercanos a la misma anulación del tiempo cuando el sujeto alcanza una edad matusalena?
Nadie ha alcanzado tal edad como para que pueda dar testimonio de su percepción del tiempo a los novecientos y tantos años de pura vejez, pero sí hay signos que nos permiten sostener -caprichosa pero fundadamente- alguna tesis audaz. Ya he relatado alguna vez el caso de un tío que murió a una edad muy avanzada. Había sido traído por sus padres de Italia cuando él tenía dos o tres años de edad. ¿Cuatro, prefiere? Póngale cuatro. Al ingresar en la última agonía, cuando ya había perdido toda su comunicación con este mundo, sus palabras se reducían a incoherencias dichas en dialecto fruilán. Dialecto que jamás había utilizado en toda su vida en Argentina, que fue como de ochenta años. Sus expresiones incoherentes en un dialecto olvidado, sus vagas pero inequívocas sonrisas -amplias, gozosas- durante la agonía, bien podrían ser un signo de una realidad que nos es desconocida y, al ingresar el mortal en las regiones cercanas a la Gran Puerta, el tiempo deja de suceder, como en los sueños.
Los refutadores de leyendas de Villa del Parque podrían burlarse de mí, recordándome que las drogas que calman el dolor del muriente alteran la conciencia. Es verdad, pero no conozco ninguna droga que provoque a un moribundo de casi noventa años hablar un dialecto olvidado durante ochenta y cinco. Además, aquél tío murió de viejo, y no fue el dolor de una grave enfermedad lo que lo llevó a un hospital. Tampoco lo dormían los enfermeros para que no molestara: aquel viejo tío no molestó nunca a nadie, ni siquiera a la hora de morir. Cuando joven, contaba malos chistes cuando se chispeaba en las celebraciones familiares; ése fue su mayor pecado en esta vida.
Más fuerte es la objeción que podría oponerme un Hombre Sensible de Flores: tal vez en la muerte -podría oponerme un trovador y poeta de pizzería-, de alguna manera la subjetividad se aniquila en la aniquilación del tiempo de la misma forma como sucede en los sueños. Sé que una réplica a esa objeción que advirtiese que en los sueños, a pesar de todo, el sujeto no pierde la conciencia de su subjetividad y que esta conciencia de un sujeto es incómoda para la atemporalidad, tampoco serviría. En efecto, nadie podría asegurar que la descripción en vigilia de un sueño no sea más que la primera versión temporal, taquigráfica y mal trascrita, de una experiencia que durante el sueño, no sólo no tuvo serie temporal alguna reconocible, sino sujeto que la pudiera reconocer.
Tal vez en la vigilia, en el inmediato despertar de cada día, el relato del sueño no sea otra cosa que una forzada puesta en funcionamiento de todas las series temporales del universo, comenzando por el alfabeto. Una sincronización de las series temporales ajenas al sujeto que despierta. Algo así como dar cuerda al mundo cada mañana, para que funcione de modo que lo podamos reconocer. O peor aún: tal vez cada mañana, tras el despertar, no hacemos otra cosa que echarnos encima el tiempo, con idéntica mansedumbre con que nos ponemos las ropas y el calzado. Y así como en la vejez preferimos las pantuflas a los zapatos de cuero, las ropas de entrecasa al elegante sport, así del mismo modo los viejos nos calamos cada mañana una versión más aligerada del tiempo. Una versión del tiempo en la que las grandes modificaciones suceden tan apretadas que nos mueven a la indiferencia; a la vez que las pequeñas modificaciones de las rutinas que nos pertenecen nos alteran el ánimo, nos conducen al mal humor y a la módica rebelión.
Mi última reflexión sobre este tema permanecerá oculta detrás de una pregunta: Si en medio de una función de cine algún espectador se atragantase con pop corn, ¿debería interrumpirse la proyección para asistirlo? ¿O el show must go on a como dé lugar?
Alfredo Arri.
Baile de disfraces.
Recreo!!!. Un poco de humor.
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.Anoche fui por vez primera a un baile de disfraces. Como mi edad es la de maduro tirando a viejo, no creí que pudiera tener, ya, ocasión de vivir esa experiencia. Pero se me dio, nomás.
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La abuela Encarnación cumplía los cien y la idea de festejar el acontecimiento singularísimo fue de Inés, la séptima u octava de los diecisiete biznietos y biznietas y doce tataranietos que tiene la abuela. Abuela de mi madre, quiero aclarar. O sea, mi bisabuela. Formo parte, pues, de ese colectivo de diecisiete biznietos. O sea: Inés es una de mis tantas primas, aunque debo decir: la más cheta de todas. Madura también, pero en su caso tirando a madurita, que no es lo mismo que maduro tirando a viejo, como es mi caso, según ya confesé.
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Pues bien, cuando Inés llamó para invitarnos a la gran fiesta gran, le dijimos inmediatamente que sí. De modo que cuando añadió que se trataba de una fiesta de disfraces ya habíamos comprometido el sí. Ni bien cortamos la comunicación, la Negra y yo nos miramos en mutuo y recíproco estado de estupefacción. ¿De disfraces, djo? ¿Y de qué carajo nos vamos a disfrazar; decime, a ver… de qué?
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Como el aviso de mi prima con aires de grandeza fue con tres semanas de anticipación a la magna fecha, tuvimos tiempo para pensar qué haríamos. Lo primero que decidimos mi mujer y yo fue no gastar dinero alguno en el alquiler de un disfraz: tres semanas era mucho tiempo para una anciana de noventa y nueve coma once, y nadie podía asegurar que el cumpleaños finalmente no se suspendiese por ausencia forzada de la celebrante. Para peor, la bisabuela, a quien llamábamos todos la abuela Encarna, llegaba a su Centenario con un deterioro progresivo de varias décadas. Es más, cuando llamó Inés pensé que llamaba para invitarnos al velorio.
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Tomada esa decisión de no invertir dinero en disfraces, nos quedaba por decidir de qué nos disfrazaríamos. Optamos por algo sencillo y con lo que tuviéramos a la mano. Yo iría disfrazado de yudoca, ya que conservaba en el ropero un yudogui de cuando practicaba el noble deporte japonés; y la Negra iría vestida de dama de la Colonia, ya que tenía una peineta y un abanico bien hispánicos que le había traído mi prima Rosario en uno de sus frecuentes viajes a Europa. Conservaba, además, una falda larga y amplia a la que yo podría improvisarle fácilmente un miriñaque con un poco de alambre de enfardar, con todo respeto por la Negra. Además, dijo mi esposa, eso de dama de la Colonia venía adecuado por lo del Bicentenario.
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La decisión que habíamos tomado era práctica, pero al final, en mi caso, tuvo sus inconvenientes: La noche de la fiesta resultó ser cruda noche de mayo y debo confesar que me cagué de frío enfundado nada más que en mi yudogui, a pesar del agitado carnaval carioca que, como es fama, suele acaecer en tales acontecimientos de fervor familiar como remate a una sesión danzante. Además, como la quise hacer bien, decidí ir en patas, para lo cual calcé nada más que un par de ojotas playeras, lo cual hizo que el sufrimiento del frío deviniese mortificación. Afortunadamente mi primo Estaban, que había ido disfrazado de Drácula me cedió su capa, ya que el vino tinto lo había acalorado y acalorado se mantuvo hasta el final de la fiesta. Y otro primo, Juan, me prestó unas alpargatas que siempre llevaba en el auto, porque con ellas, decía, conducía más cómodo.
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Como dije, la fiesta del Centenario de la abuela Encarna coincidió con los días del Bicentenario de la patria. Eso hizo que la idea de la Negra fuera también la de otros y otras. Hubo otras damas de la Colonia y no faltó uno, Manuel, el marido de la prima Esther, que optó por el disfraz de revolucionario. Fue un escándalo, porque vistió tal y como aparece en las pinturas el general Belgrano, es decir, con su levita, su banda celeste y blanca sobre una camisa blanca con jabot en el pecho y una apretadísimas calzas de color blanco que marcaban a la perfección y en su totalidad el aparato reproductor del desubicado pariente político. Afortunadamente, se había conseguido un calzado de época, que sirvió de excusa para que todos aquellos que reparaban en lo que no se podía disimular, terminaran por elogiarle las botitas, como una forma de justificarse de haber echado las miradas hacia abajo.
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Nada como una fiesta de disfraces para que se pongan en evidencia las diferencias sociales entre los miembros de una familia. Aníbal, el marido de Inés, capo máximo de una financiera de ésas que curran a lo grande y en forma poco clara, se apareció disfrazado de guerrero romano, de pies a cabeza, casco y mandoble incluidos. Y otro de los de buen pasar, mi primo Carlos, se presentó a la fiesta dentro de un perfecto Pato Donald que medía como dos metros. Sorprendente fue para mí cuando en una de las idas al baño, vi de cerca el traje de mi primo Carlos. Aunque usted no lo crea, una etiqueta más o menos disimulada en la casaca de marinerito del célebre pato dejaba constancia de la autenticidad del disfraz, ya que podía leerse con toda claridad: Dysney trade mark. Nada de comprado en el Once, o en La Salada: No: en el mismísimo Disneyworld. Por el lado de los pobres de la familia, nos destacamos varios. Rafael, otro de mis primos, se disfrazó de barrendero del gobierno de la ciudad que es, precisamente, el sitio en el que labora, naturalmente como barrendero. Lo propio hizo Mabel, su mujer, que siendo maestra de grado se disfrazó, con todo descaro, de maestra de grado.
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Pero hubo dos disfraces excepcionales, para los que quiero extender un par de párrafos. El primero es el disfraz en el que enfundaron a la propia homenajeada. Como mi prima Inés no quiso llevar a la abuela Encarna en su silla de ruedas, optó por llevarla disfrazada de beba antigua, para lo cual obligó a su marido a que le fabricase un moisés móvil para meter a la anciana centenaria dentro. El marido de Inés improvisó el moisés montando una canasta de panadería, de mimbre, sobre una mesa rodante de televisor. Además, vistieron a la abuela con una cofia de bebé y la enfundaron en un osito también de bebé. Cuando vimos que la bajaban de la ambulancia en el estrecho estacionamiento del salón bailable nos impresionamos un poco. Nadie daba dos centavos por la estabilidad del moisés. Alguien habrá comentado algo al respecto, ya que el marido de Inés dijo que había usado bulones del calibre de un cigarro para fijar el canasto a la mesa. La abuela Encarna sobrellevó la fiesta con dignidad, es decir, como una beba de buenos modales. El único problema que se presentó fue a la hora de apagar las velas. Primero hubo un intento de levantar el moisés para que la abuela pudiera quedar en posición apta para soplar, pero de inmediato desistieron ya que ni bien advirtió que comenzaba a perder la horizontalidad la pobre abuela empezó a los gritos. Al final las velas las apagaron los chicos que, como eran tantos, fue inevitable que volaran algunos escupitajos entre las chispas de las bengalas; escupitajos que de seguro cayeron, al menos en una buena proporción, sobre la cobertura de chocolate de la torta.
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Y el otro disfraz impresionante fue el de Juan Carlos, el esposo de mi prima Eva. Ellos viven en Claypole y no tienen auto, así que nadie esperaba de ellos que se presentaran disfrazados a la fiesta del centenario en el Bicentenario. Pero sí se presentaron disfrazados. Eva se disfrazó de algo así como bailarina de los años locos. Estaba para el charleston, digamos. Tenía un vestido de hippona y su cabeza estaba cuebierta con una bandana amplia y unas plumas. El rostro, pintado a más no poder. Cuando le preguntamos si había viajado así desde Claypole nos contestaron que no. Eva aclaró que la bandana, la pluma y el make up lo había completado en el taxi que los había traído desde Constitución. En cuando a Juan Carlos, su idea para disfrazarse fue sin duda audaz. Portador de profuso bigote que llevaba sobre su labio superior desde los tiempos en que era sindicalista de la UOM en los años de Rucci, optó por afeitárselos de modo tal que dejó un pequeño bigote exactamente debajo de su nariz. Por otro lado se tinó el pelo de negro y se peinó a la cachetada, pegoteando un mechón sobre un costado de la frente. Vestía, simplemente, un traje cruzado, camisa y corbata. Y para completar su disfraz, se calzó sobre la manga del saco un brazalete con una perfecta cruz esvástica. Cuando lo vimos entrar al salón nos impresionamos un poco. Primero por la audacia, y después porque recién ahí caímos en la cuenta de que el parecido fisinómico que el antiguo sindicalista tenía con el difunto Adolf Hitler era notable. Más que notable. Para ser franco, era el vivo retrato del Führer.
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Aníbal, el soldado imperial, lo increpó a la entrada del salón, diciéndole que alguien podría sentirse ofendido por ese disfraz. Juan Carlos le replicó que él era cristiano y sin embargo no se sentía ofendido de ser increpado por el centurión que le había ensartado la lanza al Cristo. Ante la insistencia de Aníbal para que se quitara al menos el brazalete, el otro le respondió con un rotundo chupame un huevo que terminó la discusión. Eva terció para decirle: Vamos, poné onda, Aníbal. El centurión se retiró, no sin antes alzarse con unos sándwiches de miga que estaban sobre una mesa, los que llevó hasta su mesa y devoró con los modos ramplones que uno imagina para un centurión luego de una derrota.
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Otros disfraces no sobrepasaron la categoría de comunes, así que no merece la pena detenerse en la descripción de ninguno de ellos. No faltaron, ni el sheik, ni la gitana, ni el escocés o celta. Éste último sin gaita, claro, pero con su pollerita de múltiples pliegues, sus calcetines con pompón y sus zapatillas de fútbol. Entre los chicos hubo dos o tres Messi, un Maradona y un Palermo. Y entre las nenas, naturalmente, princesas. Hubo también dos brujas, pero de esas primas no quiero decir nada.
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La fiesta estuvo buena. Buena también estaba la enfermera que Inés había contratado para que estuviese al lado de la cumpleañera, y para asistirla en sus necesidades y darle sus medicaciones. Hacia la mitad de la fiesta, esta chica tuvo la intención de llevar a la abuela Encarna al baño para cambiarle los pañales, pero el moisés móvil tenía más anchura que la luz de la puerta, razón por la cual hubo de desistir en el intento. La chica tenía tanta buena voluntad que se ofreció para realizar esa tarea, con discreción, en un rincón de la cocina, pero como en ese momento estaban calentando las pizzetas, Inés dijo que no era oportuno.
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Comimos pantagruélicamente y bebimos hasta el agua de los floreros. Y se bailó a más no poder. En pocas palabras, y como ya lo dije: la fiesta estuvo buena. El premio al mejor disfraz fue para Centurión, para furia del Pato Donald, que -menos secreta que públicamente- aspiraba a ese título.
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La primera en retirarse (en realidad, en ser retirada) fue la abuela Encarna, ya que a la una en punto la vino a buscar una ambulancia. Drácula y el Celtíbero subieron el moisés a la ambulancia. La enfermera subió con la abuela, saludó con su sonrisa de Marylin, cerró la puerta y partieron. La abuela Encarna, pues, había alcanzado a cumplir los cien.
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La Negra y yo nos retiramos de la fiesta un rato más tarde que la abuela Encarna. Confieso que el frío que padecía apuró mi decisión. A eso de las tres de la madrugada llegamos a casa. Mientras estaba tomando un té caliente y calentaba mis pies en un palangana con agua caliente, sonó el teléfono. A esa hora, como es de imaginar, malas noticias.
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Murió la vieja, sentenció la Negra mientras se dirigió rauda hacia la mesita del teléfono. Pero no. Eran malas noticias, es verdad, pero no la que imaginábamos. Inés nos llamaba para pedirnos que nos acercásemos hasta el hospital Argerich, ya que nosotros éramos los que estábamos más cerca de la Boca. Eva y su marido habían tenido un accidente.
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Media hora más tarde, estábamos junto a Juan Carlos, que yacía todo golpeado en una cama de la guardia del Hospital Argerich. Eva estaba bien. Cuando le pregunté a mi prima qué había pasado me contestó lo increíble:
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Subimos al taxi que nos llevó hasta Constitución y Juan Carlos me ayudó a quitarme el maquillaje y los accesorios de la ropa. Pero el pelotudo se olvidó de quitarse el brazalete nazi. Ni bien entramos en la estación, unos vagos lo empezaron a insultar. El pelotudo éste -dijo Eva señalando a su magullado marido- no tuvo mejor idea que levantar el brazo, hacerles el saludo nazi y gritarles heil hitler. Lo cagaron a trompadas, lo cagaron.
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Alfredo Arri
Mario Bunge y un relato muy humano.
Relatos de autor.
El gran sueño del pastor.
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por Mario Bunge.
Nuestro epistemólogo Mario Bunge, quien transita ahora los noventa de su edad, nos regala un relato que sin duda alguna merece ser divulgado entre los lectores que, como este blogger, creen que los animales encierran algún misterio que aún no hemos sabido descubrir.
El relato se encuentra publicado en La Nación de hoy, y su lectura será posible luego de clicar el enlace que se deja a continuación:
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Barcelona 1, Inter 0
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.Barcelona 1- Inter 0.
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Durante cuarenta y cinco minutos estuve sentado cómodamente, con el control remoto en la mano. Durante ese tiempo mis ojos siguieron (los sentí moverse) los movimientos en la pantalla de la tele; y mis cansadas neuronas de pensar le preguntaban a mis más cansadas neuronas de no pensar, una y otra vez: ¿Qué estoy haciendo yo aquí, un miércoles a media tarde, en una hermosa tarde porteña de ésas llenas de sol, mirando un partido de fútbol? ¿Qué número de partido visto por mí es éste? ¿El número mil ciento cuatro? ¿El número cinco mil novecientos doce?
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No podré establecer jamás ese número, por supuesto. Pero el sólo hecho de que pudiera ser un número superior a mil me inquieta. Noventa mil minutos de una vida debe ser mucha vida. No haré la cuenta, por supuesto, pero debe ser mucha vida como para dilapidarla así. Es decir, para ver nada. O, peor aún, para ver lo mismo de siempre: futbolistas de fama que ganan fortunas por ser tales, y que corren en pos a la posesión efímera de una pelota.
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Cualquiera me objetará: no: de ninguna manera un partido es igual a otro; todo lo contrario: cada partido es singular. A lo que replicaría, de todos modos: Sí, claro, cada gato es singular, pero, ¿cuál es la diferencia entre un gato en particular, por ejemplo Beppo, y el gato arquetípico? Ninguna. Quien ha visto un gato los ha visto a todos; quien ha visto un partido de fútbol los ha visto todos.
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Sí, por supuesto, ya lo sé: lo mío es una falacia: un gato no es un objeto aquiparable a un partido de fútbol. Pero un partido de fútbol debe ser equiparable a algo. Interviene varios y destacan algunos y montones miran. Algo debe haber que se le equipare.
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Creo que si hay algo comparable a un partido de fútbol, como espectáculo a la mano, digamos, ese algo es una película porno. En primer lugar, es verdad que quien ha visto una película porno las ha visto todas, pero, por otra parte, ¿a quién se le ocurriría ver, por ejemplo, mil ciento cuatro veces, cinco mil novecientas doce veces la misma película porno? A nadie, más bien. ¿Para qué? Sería un despropósito.
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Uno cambia de película porno, digamos, no porque la crea diferente a otras ya vistas, sino porque en la película no vista aún está -debería estar, uno espera que esté- la posibilidad de ver algo que provoque lo que uno espera que debe provocar una película porno. Llámese a este estado del alma que provoca una película porno con el nombre que se quiera, pero permítame usted designarlo aquí con el nombre de emoción. Se ve por la tele un partido de fútbol que va en vivo porque en él está la posibilidad de que, en algún momento del mismo se produzca algo, alguna alternativa, alguna jugada, algún gol que provoque eso, es decir, una emoción.
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Acaba de comenzar el segundo tiempo del Barça versus el Inter, pues tal es el partido que -en el entretiempo- originó estas reflexiones insustanciales. Y la verdad es que en los primeros cuarenta y cinco minutos el espectáculo no me dio ninguna emoción. Aburrido como un bolero.
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Alguien podría cuestionar mi apatía de esta tarde con este argumento: Bueno, usted no es hincha, ni del Barça ni del Inter; no es, ni español, ni italiano; ni catalán, ni milanés; ni gallego, ni tano. A lo que refutaría a mi hipotético objetor con este otro argumento: Sí pero no: juegan tantos argentinos en esos dos equipos que bien podría hinchar por cualquiera de los dos, o por los dos a la vez. Está Lío en el Barcelona, por ejemplo. Y, vamos, uno espera que Messi haga cuatro goles por partido, y que además sean dos de taquito, uno con un globo al arquero y el cuarto de chilena desde fuera del área. O que gambetee a todos y entre al arco del Inter con la pelota atada al pie. Es lo que uno espera cuando se pone, como un auténtico pelotudo, frente al televisor, un miércoles de pleno sol, con el control en la mano, a perder noventa minutos de la vida. Uno sabe que esas cosas no suceden, o suceden excepcionalmente, y sin embargo…
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Acaba de comenzar el segundo tiempo, dije. Así que tendría que abandonar ya mismo estas reflexiones inútiles para regresar al sillón, al control en la mano, al mate, al cigarrillo y a la expectación, pero me lo ha impedido una curiosidad:
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La curiosidad es esta: abro el diccionario de la lengua para corroborar la oportunidad o pertinencia del término elegido y me encuentro con que expectación tiene dos acepciones que vienen al caso de estas reflexiones inútiles. Sentencia el DRAE: 1. f. Espera, generalmente curiosa o tensa, de un acontecimiento que interesa o importa. 2. f. Contemplación de lo que se expone o muestra al público.
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Pues bien: se supone que mi expectación debería ser curiosa, tensa, pues se trata, este partido, de un acontecimiento que interesa o importa. Pero como resulta que este partido, a mí, ni me interesa ni me importa, debo asumir que me he puesto a ver el partido por la mera contemplación de lo que se expone o muestra al público.
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En otras palabras: vengo a caer en la cuenta ahora, luego de esta reflexión cortita y al pie, surgida de la lectura del diccionario que me vino como centro al área y que paré con el pecho y la bajé para la zurda, que formo parte del público-tribuna; y que, como parte de ese multitudinario público-tribuna repartido por todo el mundo, estoy tomando el potingue que ignotos y perversos capitalistas han preparado para que la traguemos sin papar siquiera, mansamente, frente al televisor, enormes cantidades de pelotudos anónimos, absolutamente adocenados.
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En este punto me declaro en rebelión y como consecuencia de mi módica rebeldía, ya no iré frente al televisor, sino que he de permanecer frente a la pantalla de esta pc, dispuesto a continuar con este texto, completamente vacuo.
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El partido ahora transcurre a mis espaldas y me entero de sus alternativas (si quisiera enterarme de verdad de ellas) por vía de la audición y no de la vista. Yo escribo, y el relator de la televisión relata. Y como en el relato el relator pone vehemencia, la vehemencia necesaria que se espera de un relator de fútbol sudamericano, debo de confesar que el partido oído se ha puesto mucho más interesante que el partido visto. Aunque a veces resulte malsonante la repetición de vocablos tales como pedro, maxwell, o cambiasso.
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Como el partido -mitad visto y mitad oído- es decididamente anodino, es casi inevitable que estas reflexiones sean tan anodinas como el partido al que están, de algún modo, colgadas. Pero hay una diferencia, que para mí es al menos significativa: estas reflexiones anodinas son obra mía. No han requerido la complicidad de decenas de empresas multinacionales para que millones de boludos en todo el mundo perdamos noventa minutos de nuestras vacías vidas para consumir del producto anodino. No, lo mío es propio: no jodo a nadie y si alguien recala aquí a leer estas línes, eso será obra de la conjunción de dos factores absolutamente azarosos: que el señor Google lo traiga desavisadamente hasta aquí y que el desavisado visitante me dispense un poco de su generosidad.
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Si así se diese; es decir, si algún desavisado lector hubiese finalmente llegado (milagrosamente) a este punto de mi texto y me hubiese dispensado tanta generosidad como para leerme hasta aquí, que precisamente aquí reciba mi más hondo agradecimiento.
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Piqué obligó a que me levantara durante unos mintutos para acercarme hasta el televisor, para ver la repetición del gol. Valió la pena el esfuerzo: un giro dentro del área dejó pagando al arquero y al último defensa. Gol. Buen gol. Lindo gol. No le alcanza al Barça para clasificar para la final, pero, ¿a quién le importa? ¿A los catalanes? Yo no soy catalán.
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El referí pitó el final. Chau. Noventa minutos más el entretiempo. Totalmente perdidos. Ni siquiera me acordaré mañana del gol de Piqué, la única emoción del partido: goles como ése he visto tantos que solo recordaré el arquetípico para esas situaciones. Recuerdo, por ejemplo, el de Willington contra…
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Una pérdida absoluta de tiempo. Sólo me consuela saber que faltan muy pocas semanas para el Campeonato Mundial de Sudáfrica. Y entonces sí, al fin podremos ver fútbol de verdad. ¿O no?
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Alfredo Arri.
Milonguero viejo.
Soliloquios de un hombre maduro. Música popular.
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Milonguero viejo..
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Dicen (pero Alá sabe más) que los milongueros tienen sus orquestas de tango preferidas según sea su forma de bailar. O dicho de otro modo: que a cada orquesta de tango -de estilo singular bien definido, se entiende- le corresponde una determinada forma de bailar. Así, habría milongueros que se lucen con un D’Arienzo mientras que habría otros que empalidecen al resto de los bailarines con un Di Sarli. Como no soy milonguero no puedo, ni suscribir, ni desechar esa tesis, pero sí me animo a desconfiar de ella. Por el contrario creo, firmemente, que el buen milonguero tiene, por sobre todas las capacidadaes físicas (incluído el oído), la de gobernar su cuerpo conforme a un sentimiento muy hondo que poco tiene que ver con la música, o que tiene que ver con ella sólo tangencialmente. En palabras más redondas: creo que el buen danzarín es capaz de obrar belleza visual hacia el exterior con los movimientos de su cuerpo aun al ritmo del Arroz con leche. Si así fuera, y creo que así es, al buen milonguero le habrá de resultar indiferente la orquesta o aun la pieza con la que le toca bailar, y sus preferencias por tal o cual orquesta no serían muy diferentes a las razones que podrían argüir el resto de los mortales. Tampoco ignoro que puedan existir milongueros que prefiriesen alguna música en particular porque es sobre ella cuando podrían mostrar sus mejores brillos. Pero esto, si existe, ha de ser porque saben que con una pieza bien aprendida es cuando alcanzan la excelencia. Nada de concreto hay que indique que el milonguero que alcanzó la excelencia de su arte al compás de un D’Agostino, digamos, no pudo haberla obtenido,también, al compás de un Tanturi, o un Lomutto.
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César, un amigo que ha hecho de la milonga su religión principal, me ha confesado que si se lucía con Di Sarli eso fue porque de Di Sarli era el único long play de tango que tenía en la casa cuando chico; y que ya era un eximio danzarín cuando conoció el ritmo y la voz de otras orquestas. Por supuesto, mi amigo César brilla por igual con cualquier tango. En su caso al menos, a la hora de lucirse, la música le influye menos que la compañera con la que le toque bailar. Cuando la pega con ésta, da gusto verlo bailar, da gusto verlos bailar, más allá de la música que los acompañe. En los años en que compartió milongas con una tal Esther, de Villa Crespo tanto él como “la rusa” podían arrancar públicos aplausos e íntimas envidias aun cuando bailaran al compás de los Tubatango (con todo respeto).
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Creo, confieso creer, que aquella tesis de que a cada milonguero le cabe una orquesta mejor que otra según como sea su estilo de bailar es apropiada para quienes somos, para eso del baile, de madera. Creo que a esta categoría de chapuceros bailarines a la que pertenezco sí nos cabe esa máxima, ya que, en nuestras torpres humanidades, el oído pesa más que los pies. A nosotros no nos resulta igual una orquesta que otra. Con algunas, por razones que nadie podría precisar, zafamos; mientras que, con otras, bueno, con otras podríamos llegar hasta la torpeza del pisotón.
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Así, en mi caso, debo admitir que Carlos Di Sarli acomodó su orquesta para que yo pudiera bailar el tango. Esto no me allana el camino, ni mucho menos, para hacer mía, alguna vez, una rusa Esther. Pero, de esperanzas vive el hombre. Mientras tanto, me permito poner un disco:
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Carlos Di Sarli, en… ¡valga la paradoja!: Milonguero viejo.
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El Rostro del Sudario ¿es el de Leonardo Da Vinci?
Un Relato muy bien logrado.
Una producción de Discovery Channel presenta un Relato perfecto.
Como es fama, el Santo Sudario de Turín es uno de los objetos más fascinantes para los aficionados a los misterios que resisten a las explicaciones científicas. Para muchos, por supuesto, se trata de una reliquia del catolicismo y, como tal, es objeto de veneración. Pero para muchos otros, se trata de uno de esos huesos duros de roer para la ciencia, lo cual lo hace tan atractivo. Para estos últimos, entre los que me incluyo, el famoso lienzo no es más que una patraña -una patraña extraordinariamente realizada- y el desafío científico está en que se descubra quién lo hizo, cuándo y por qué.
Más allá del contundente carbono 14 que dató el lino que sirve de soporte a la imagen como un lienzo tejido en el siglo XIII, poco es lo que ha hecho la ciencia para establecer con exactitud cómo fue realizado y con cuáles materiales. Para ser sincero, ninguna de las hipótesis lanzadas como tales fueron satisfactorias. Es decir, nunca logró hacerse un relato verosímil del origen y propósito de la imagen fijada en la tela.
Pero sucede que en esta semana, una producción de Discovery Channel, realizada como parte de una breve saga de producciones dedicadas a la Semana Santa, ha presentado en el programa que trata el tema del Santo Sudario de Turín el primer relato verosímil.
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Va la aclaración de inmediato: verosímil en el sentido del Relato. Es decir: se trata de un programa de televisión, de entretenimiento y, en cuanto tal, el mero espectador no puede saber si se trata de una ficción o de un documental de verdad. En otras palabras: en cuanto televidente se lo consume como producto de entretenimiento. Como una ficción. Pues bien: en estos términos, el Relato elaborado en esta ocasión por los productores de Discovety Channel para explicar el origen y propósito de la creación de ese objeto es sencillamente perfecto.
Es la primera vez, para decirlo con pocas palabras, que se presenta la historia de este objeto de culto y controversia como un Relato perfectamente verosímil, coherente, completo e incluso plausible.
La emisión está anunciada para esta noche, 31 de marzo a las 21 de Buenos Aires, pero, por razones que ignoro, lo he visto ayer o anteayer, en el Discovery Channel y por pura casualidad, es decir, recalé allí tras el habitual zapping. Así que no sé, francamente, si vi un adelanto o si vi el programa completo, ofrecido, digamos, en una suerte de preestreno. Esta noche lo volveré a ver, pero sospecho que lo que vu como adelanto fue el programa completo, ya que el Relato está completo.
En menos palabras aún: este Relato cumple a la perfección aquel viejo proverbio: Se non è vero, è ben trovato. Si no es verdad, está muy bien contado.
Según el “documental”, hacia fines del siglo XIII una familia noble de Francia hizo una fortuna exhibiendo en su castillo a los crédulos peregrinos una de las infinitas reliquias del catolicismo. En este caso se trataba de una tela en la que se reproducía la imagen de un hombre, con rastros visibles de heridas en perfecta correspondencia con las del Crucificado. Lanzado el albur de que se trataba del sudario que había cubierto el cuerpo de Cristo mortificado, los peregrinos abarrotaban ese castillo. Con la venta de perros calientes y coca-colas por un lado, y la urna para oblar una donación, los poseedores de la “reliquia” hicieron una fortuna. La cosa llegó a oídos del Papa quien mandó un inspector de reliquias y, al ver que ésta era una burda pintura, conminó al noble a que cesara con el fraude, so pena ya sabemos de qué.
El curro del noble francés cesó, pero el fraude fue leyenda y, cincuenta años más tarde, cuando ya todo estaba olvidado, otro noble, en este caso alguno de los descendientes de Luis de Saboya vio la oportunidad de reproducir el negocio y le encargó nada menos que a Leonardo Da Vinci que hiciera un nuevo sudario, pero menos burdo, o sea, más creíble.
El primer escollo al Relato surge del hecho de que Da Vinci vivió entre 1452 y 1519, es decir, en la segunda mitad del siglo XV, mientras que la tela de lino del Sudario, según la datación por carbono 14, fue tejida en el siglo XIII, o principios del XIV. Naturalmente, la superación de este escollo es mediante la suposición de que Leonardo buscó las telas más antiguas que pudiese hallar para la mejor hechura del fraude, tela que no le hubo resultado difícil de obtener.
Superado este escollo, el “documental” da cuenta del cómo fue realizado el santo sudario por Leonardo. El procedimiento fue el de utilizar una tela de lino bañado en una solución de plata y expuesto a la luz a través de una lente, por un orificio hacia el interior de una cámara oscura. En otras palabras: el Santo Sudario sería una perfecta fotografía realizada en pleno siglo XV. De la descripción de la cámara oscura hay referencias desde el siglo X.
La hipótesis de la toma es la siguiente: En el cuarto oscuro, Leonardo colocó una parte del paño con las sales de plata sobre un bastidor. Afuera del cuarto, estacado y expuesto a la luz del sol, uno de los cadáveres que eran la materia prima de Leonardo para sus prácticas de disección. Luego, el mismo procedimiento, esta vez expuesto el cadáver de espaldas, para impregnarlo en otra parte de la tela. Esto explica, dice el experto en el “documental”, la diferencia de longitud que en la realidad tienen las imágenes del Sudario de Turín entre la vista de frente y la parte de la espalda. Al hacer la segunda exposición “a ojo”, se le pasó en unos centímetros la superposición de imágenes. Por supuesto, el toque artístico de Leonardo fue “propinarle” al cadáver las heridas necesarias para que se correspondieran con las del Cristo.
Quien en el film aparece como el autor de la hipótesis afirma que, de comprobarse la presencia de moléculas de plata en el Sudario de Turín, tal hipótesis sería probada.
Hasta aquí, el Relato ya es excelente. Pero hay más: en el documental se afirma que el rostro del Sudario no es el del cadáver que Leonardo expuso a la cámara oscura y la tela con sales de plata sino que sobre el rostro del finado colocó una máscara moldeada de su propio rostro, travesura que Leonardo gustaba hacer ya que, según se afirma, es la misma -según los rastros antropométricos- que la de la Mona Lisa, su famoso autorretrato en lápiz y el rostro de un Cristo en una de las pinturas que se le atribuyen, un Salvator Mundi propiedad de Jean Louis de Ganay.
Por supuesto, en la producción de Discovery Channel desfilan antropólogos, artistas, expertos que a lo largo de la hora del film desarrollan el Relato con apoyaturas testimoniales muy bien compuestas. Y si fuese un documental verdadero; si se probase la hipótesis; si el Relato no fuese el de una ficción sino uno de una investigación llevada con todas las de la ciencia; si llegase a probarse todo ello, en una palabra, entonces sí: el Santo Sudario de Turín sería una de las bromas más extraordinarias realizadas jamás por genio alguno. Y si no, es, de todos modos, una extraordinaria producción televisiva.
Digno de verse.
Cuando tenga sesenta y cuatro.
Soliloquios de un hombre maduro. Música Popular.
Cuando tenga sesenta y cuatro.
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Cuando Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band entró a casa y entre sus temas estaba el que da el título de esta entrada, ni siquiera mi padre tenía los sesenta y cuatro. Yo acaba de salir de la milicia, que en aquellos años era de cumplimiento obligatorio y se transitaba a los veinte.
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Mi inglés nunca pasó de lo elemental que nos enseñaban en el colegio, pero alcanzó para comprender qué tipo de fantasías enumeraban el joven Paul o el joven John cuando llegaran a los sesenta y cuatro.
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Sesenta y cuatro era para mí entonces, como cifra para una edad, algo incomprensible. Tal vez por eso no quería ir más allá en la comprensión de la letra de aquella canción. Pero hoy, cuando tengo a la mano una traducción de la misma, y cuando ya están en mi propia humanidad los inimaginables sesenta y cuatro, me puedo detener en su lectura con un poco más de atención.
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La letra es clara. El amante aspira llegar a la vejez con ella a su lado. Le propone que firme los papeles para siempre, y le advierte que ese para siempre comprende la inexorable vejez. Y pauta que para entonces: ella le siga bancando las pequeñas faltas; ella le siga regalando, de vez en cuando, una tarjeta de San Valentín, digamos; y, puntualmente, ella le regale una botella de vino para el cumpleaños. Por su parte él, confiesa, que podrá servir, al menos, para arreglar las goteras de las canillas, o quitar las malas hierbas del jardín.
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La felicidad para la edad del reposo queda esbozada en la imagen de la mujer tejiendo un suéter al lado de la chimenea y el hombre cambiando los fusibles de la caja de luz, con los nietos muy cerca, si es posible en los brazos, o sentados en las rodillas. Y como un colmo de dicha a la que se aspira, en la promesa está el sueño, si no es demasiado caro, alquilar una casita de campo en la isla de Wight.
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No tengo ni idea de cómo será la isla de Wight, pero no puede ser demasiado diferente a San Clemente del Tuyú, Valeria del Mar, las barrancas de Chpadmalal o alguna playa perdida de la extensa costa patagónica. Es verdad que no tenemos castillos por estos pagos sudamericanos, pero aun a los sesenta y cuatro puedo construir magníficos castillos de arena.
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Están en mí, pues, los sesenta y cuatro. Han llegado y al menos por año se quedarán conmigo. Y a mi lado está ella, tejiendo para los nietos. Y están las goteras que debo reparar. Y está, cómo no, la puntual botella de vino para las fechas en las que hay que celebrar. Porque siempre habrá algo para celebrar.
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En la vieja canción no se canta a los momentos duros que la vida reparte, en azarosas bazas de dolor, y que los amantes recibirán, implacablemente, como todos. No se los ignora: simplemente no se los mencionan. Es tan estúpido prometer un lecho de rosas como avisar sobre las negras noches que nos regalará la vida. Se promete lo que se puede prometer: Y se sueña lo que es prudente soñar: Estar juntos, a lo sesenta y cuatro, para mirar la salida o la puesta del sol, en una playa frente al mar. ¿Qué nás podríamos pedir?
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Esa hermana muy hermosa.
Relatos.
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El hombre, cansado, bajó del tren. Era sábado, y la semana había sido agotadora. Aun le faltaba caminar las nueve cuadras hasta su casa. Pero antes, seguidor de sus propias rutinas, decidió ir por la copita de ginebra que todos los días tomaba ni bien bajaba del tren. Era algo así como el sello de clausura de cada jornada. Albañil desde los quince, y pisando ya los sesenta, gozaba de sus retornos a casa como nunca antes. Soñaba con la jubilación. Sabía que de todos modos tendría que hacer algunas changas después de la jubilación, pero no habría de ser lo mismo…
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Sus hijos ya habían volado del nido, pero de cuando en cuando la casita que él mismo había levantado en treinta años de paciencia y fatiga se alegraba con el anhelado barullo de algún nieto de los muchos que tenía.
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Entró en el boliche del turco Jaime, que estaba a dos cuadras de la estación. La copita de ginebra era allí unos centavos menor que en la pizzería de frente a la estación. El pibe que ayudaba al bolichero le sirvió la copita sin preguntar, después de saludarlo. El hombre tomó con sus ásperos dedos la pequeña y panzona copa de vidrio gordo, con el denso y transparente líquido hasta el borde. Con buen pulso, la acercó hacia sus labios y, ni bien logró besarle el borde, con movimientos de cabeza y mano mil veces repetidos, bebió el trago de un solo empujón. Después chasqueó, dejó la copa sobre el mostrador y alzó la mirada hacia el televisor. Las imágenes del terremoto de Chile se sucedían en el canal de noticias. Los demás parroquianos miraban las imágenes, en silencio.
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En algún momento, una voz de la televisión dijo que el terremoto había derrumbado un muro de una cárcel y doscientos presos aprovecharon la ayuda de la madre tierra para fugarse sin más. Varios de los parroquianos soltaron sus risotadas ante los comentarios chuscos que la noticia había provocado entre ellos.
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El hombre pagó la copa, tomó el bolso que había dejado a sus pies, saludó y se fue.
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Minutos más tarde entraba en la casa. Su mujer estaba en la mesa de la salita, con el mate sobre la mesa y el televisor encendido. Chile y su tragedia continuaban en la pantalla. Luego de cambiar las cien mil veces oídas y olvidadas palabras del saludo, ella hizo la pregunta retórica: ¿Viste que desastre lo de Chile? ¡Cómo no verlo!, respondería cualquiera.
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Entonces el hombre, mostrando una sonrisa amplia, nacida desde lo más hondo de su humanidad y que acaso fuera la primera de esa clase que practicaba en mucho tiempo, dijo: ¡Sí: Y se escaparon no sé cuántos presos de una cárcel!
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La mujer, tras decir que sí, que ella también lo había oído, rió con él, y como él. Un minuto después, ante las imágenes del desastre que el terremoto había producido en las infraestructuras de Chile, y las imágenes de los circunstanciados rostros de los afectados por el latigazo de la tierra, ambos, ella y él, desarmaron sus sonrisas. Ella le ofreció un mate. Él lo tomó. Todavía tenía el regusto de la ginebra cuando chupó de la bombilla el mate dulzón.
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De alguna manera vaga pero intensa, el hombre se dio a juzgar que si Dios había obrado el terremoto en Chile como un acto de justicia para con los presos de una cárcel olvidada en la periferia del mundo, el precio había sido demasiado alto. El viejo albañil concluyó: Dios es para sus demoliciones tan chapucero como lo ha sido para sus construcciones.
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Alfredo Arri (Theodoro)
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La causa remota. Texto de Jorge Luis Borges.
Selecciones del perro lector.
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Jorge Luis Borges publicó en 1935 su Historia Universal de la infamia, una serie de relatos entre los que se había de destacar, por la popularidad que adquirió rápidamente, Hombre de la esquina Rosada. En la edición de 1954 Borges hace notar su sorpresa por la fama de ese cuento, diciendo de él que “ha logrado un éxito singular y un poco misterioso”. Sin embargo, los otros relatos que abren el libro no dejan de ser, hoy, objeto de permanentes lecturas pues en ellos se encuentran ya definidas las habilidades del relator con la lengua que estaba inventando, el idioma argentino. Del primer relato, El atroz redentor Lazarus Morell, elegí su primer apartado, que lleva el título de La causa remota y que es una de las más bellas enumeraciones entre las muchas que escribió en diversos textos de su invención. En la lectura de esa enumeración el lector experimenta la misteriosa sorpresa que surge de la simple unión inesperada de palabras alejadas entre sí, tan típica de Borges. Ese apartado consta de dos párrafos. El segundo es de una sola oración y lo he eliminado porque está nada más que para acompanar al lector al resto del relato.
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La causa remota. Jorge Luis Borges.
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En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima por los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor doctor oriental D. Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares, la estatua del imaginario Falucho, la admisión del verbo linchar en la decimotercera edición del Diccionario de la Academia, el impetuoso film Aleluya, la fornida carga a la bayoneta por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en El Cerrito, la gracia de la señorita de Tal, el moreno que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El manisero, el napoleonismo arrestado y encalabozado de Toussaint Louverture, la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe.
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Jorge Luis Borges. Fragmento de El atroz redentor Lazarus Morell, de Historia Universal de la Infamia. Edición OC 1974, pg. 295.
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Medio millón de visitas.
Elucubraciones de un boludo alegre.
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Hitos más, hitos menos, igualito a la nada.
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Cuando este blog superó las doscientas cincuenta mil visitas -meses atrás- registré aquí mismo mi alegría personal por haber alcanzado ese hito. Para un blog personal, que se escribe desde la periferia del mundo y que lo firma un tipo común y silvestre, no estaba nada mal. En estos días pasé el hito del medio millón de visitas, y aunque se supone que la alegría de entonces debía ser una multiplicada por dos, no lo es.
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Por supuesto, entre ambos momentos de la existencia de esta bitácora han sucedido cosas, y me han sucedido cosas… Cosas que de alguna manera u otra afectaron la marcha misma del blog, y afectaron negativamente el ánimo de quien firma estas líneas. Cosas. Cosas de la vida privada o familair, cosas graves de la vida, y cosas extraordinarias en la marcha del mundo que, de alguna manera también, me consumieron horas que bien pude haber aprovechado en otro tipo de ejercicios. Cosas.
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Sin embargo, sé que debo celebrar la superación de este hito del medio millón de visitas. Si me ganara la indiferencia y no lo hiciera, sería una patente contradicción con la existencia misma del blog. Si no se me mueve un pelo ante ese éxito -menor pero éxito al fin-, entonces, ¿para qué seguir posteando en él?
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Pero más allá de esta observación de sentido común, la pregunta tiene un sentido más amplio. En efecto, para qué seguir posteando en un blog exige una respuesta clara, contundente, que vaya más allá del estado de ánimo de quien sostiene un blog. Y no hay una respuesta, o, lo que no es nada agradable: la respuesta podría ser incómoda.
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José Pablo Feinmann, uno de nuestros intelectuales más populares y a la vez más interesantes desde muchos puntos de vista, ha dictaminado algo que es muy difícil de refutar, al menos con argumentos sólidos. Ha establecido Feinmann: Cualquier boludo tiene un blog. Más que un dictamen es un desafío, una provocación, tan típica en Feinmann, quien hace de la provocación un modo de excitar las neuronas de quien lo lee o escucha. No está mal. Es una provocación, sí, pero a la vez establece un dictamen que, al menos, merece ser considerado.
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Veamos: Existe la sospecha de que el mundo está lleno de boludos, con blog o sin él. Esta sospecha es tan intensa que hasta podría afirmarse que se trata de una certeza. Así que sería razonable y verosímil la idea de que, desde que existen Internet y los blogs, existe la categoría de boludos con blogs como parte del universo de los boludos que desde siempre habitan el mundo. Pero esto no implica, de ninguna manera, que cualquier blogger sea un boludo. A menos, claro, que consideremos boludos cabales, por ejemplo, a personalidades tales como José Saramago, Michael Moore, Orlando Barone o Barack Obama. Con estos ejemplos de bloggers ilustres quedaría en claro que la admonición de Feinmann tiene un sentido restringido: el boludo equivaldría, en su dictamen, a anónimo, don nadie, cuatro de copas, etc.
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Así que todo blogger debe hacerse antes que nada un examen de conciencia para hacer frente a la máxima de Feinmann: ¿Soy yo un boludo que tiene blog, o soy un blogger que de boludo no tiene nada? Sustituyendo el vocablo chusco por alguno de sus equivalentes cultos, la pregunta aparece mucho más clara: ¿Soy yo un cuatro de copas que tiene un blog; o soy un blogger que de anónimo no tiene nada? La respuesta es obvia en mi caso: Soy un cuatro de copas que tiene un blog; ergo -sustituyendo otra vez los vocablos-: soy un boludo que tiene un blog.
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Queda por establecer si soy un boludo cualquiera o boludo destacado. El problema que aquí se me presenta es que ser destacado dentro del universo de los boludos no aparece de suyo como un mérito, o como una muestra de excelsitud societaria, para decirlo de una manera absolutamente boluda. Todo lo contrario. Recibir, digamos, el diploma de Presidente de la AAB no parece ser un logro adquirido tras años de esfuerzos sino una suerte de sambenito estigmatizador. De verme alguna vez ante la alternativa de tener que aceptar o rechazar un cargo societario de esas características, lo rechazaría de plano. Tal vez con argumentos meramente retóricos, tales como: ¡Qué! ¿Acaso me vieron cara de boludo?
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¡Ni qué decir si ese ofrecimiento surgiese de una elección interna entre los socios de tan homogénea asociación! Porque ser designado a dedo como miembro destacado de una sociedad de boludos por pares que son boludos menos lerdos que uno, vaya y pase: podría reputarse uno víctima de una boluda conspiración y conspirar boludamente en contra de esa movida. Pero ser elegido boludo destacado en elecciones universales, secretas y obligatorias por la toda masa societaria de tan egregio club sería un golpe muy duro de asimilar.
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Creo, sinceramente, que el mejor argumento que podría exhibir para negar mi condición de cualquier boludo dentro del club de boludos que tienen un blog, sería el del éxito alcanzado con mi blog que es, por otra parte, la causa de esta entrada, esto es, festejar boludamente haber alcanzado la cifra de medio millón de visitas. Pero por este rumbo me meto de nuevo en honduras. Vea usted: si la categorización de boludo exitoso parece una admisible, tal admisibilidad se diluye ni bien volvemos a sustituir el vocablo boludo por el equivalente que le da Feinmann, esto es anónimo, don nadie, cuatro de copas. En efecto, si la expresión boludo exitoso es tolerable en algún aspecto, la expresión anónimo exitoso, en cambio, es un oxímoron deplorable. A esta altura, sospecho que José Pablo Feinmann quiso darle al vocablo boludo un alcance más amplio que el de anónimo, cuatro de copas, don nadie, etc.
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Y creo, también, que, de ser tal la intención del filósofo nac&pop al acuñar el dictamen, estaría en lo cierto. El punto al cual han llegado mis elucubraciones alrededor de este tema así lo demuestran. Sólo un boludo cabal pudo haber llegado hasta aquí con estas inútiles elucubraciones. Admito, pues, mi condición de boludo cualquiera. Y cambio lo de exitoso por afortunado. Quien firma las entradas de este blog es, pues, un boludo con suerte.
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Ahora bien: habiendo establecido antes que el tener un blog no es muestra de boludez supina, ya que conspicuos hombres de letras, de ciencias y del pensamiento en general lo tienen, el gran interrogante que quedaría por resolver sería este: ¿Para que un boludo cualquiera querría tener un blog?
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Declaro sin vueltas: las respuestas a esta pregunta son muchas y variadas. Como participo de la idea de que un inventario de más de dos respuestas a la misma pregunta inaugura una serie infinita de respuestas, reduzco la serie infinita a las dos más brutales.
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En un extremo, está la idea de que los boludos que tenemos un blog creemos, de alguna manera, que estamos alternado la marcha del mundo. Por supuesto, siempre alteramos la marcha del mundo con nuestras acciones, por mínimas que éstas sean. Lo que quiero decir aquí es que: se dice que los boludos que sostenemos un blog lo hacemos con la idea de que nuestras opiniones, puntos de vista, observaciones, réplicas, investigaciones, argumentos, ideas, etc., son de tal peso que contribuimos a los saltos dialécticos en el desarrollo de las ideas en el mundo. Auténticos cuatro de copas con ínfulas de pensadores originales. Descubridores del agujero del mate. Algo así como lo que pinta la metáfora tanguera: un galán de voz gangosa con berretín de cantor. Esta idea suele manifestarse críticamente de muchas formas, desde la académica, por parte de estudiosos del comportamiento humano, hasta la ácida de los humoristas. Este muy buen chiste gráfico de Wolf Toul es representativo de esa idea.
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En el otro extremo, está esta otra respuesta: los boludos que tenemos un blog lo hacemos por diversión. Una suerte de entretenimiento que trata de explotar las formas -amplias y laxas- de nuevas tecnologías; tan nuevas y revolucionarias que en ellas está todo por hacerse.
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No me avergüenza confesar que mi motivación ha sido principalmente lúdica. Como juego, supera en mucho a otros de reglas rígidas, ya que éste tiene aspectos sorprendentes. Y si no, vea usted: un día me dispuse a disfrutar de unos sándwiches de miga. Un hecho corriente de la vida corriente. El aspecto del paquete abierto, con sus pilas de sándwiches mostrando los colores de los ingredientes, me tentó a tomar una fotografía y, finalmente la visión de la fotografía en la pantalla me motivó a escribir una entrada cien por ciento lúdica sobre los sándwiches de miga. Con el tiempo, la entrada se convirtió en una de las más populares de este blog y a su pie hay una colección de comentarios muy sinceros y muy sentidos de argentinos desparramados por el mundo, nostálgicos de la patria y de los sándwiches de miga. ¿Qué otro juego da tales sorpresas, agradables sorpresas? ¿Qué otro juego virtual permite acceder a fenómenos, sentimientos, individualidades -por cierto reales- del modo que lo permite éste? Ninguno.
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La circunstancia de que esa entrada lúdica y gastronómica sea la más popular del blog (junto con otra sobre las empanadas árabes), y que otras, más presuntuosas digamos, apenas reciban visitas, ¿es un motivo para desesperar? Mi respuesta es un rotundo no. De ninguna manera.
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El resultado de la práctica consecuente de este juego que ya lleva algunos años y sobrepasó las quinientas mil visitas ha sido sorprendente: el enriquecimiento de mí mismo. Debo admitir, sin tapujo alguno, que tener este blog me convirtió en pocos años, del boludo aburrido que era al boludo alegrre que soy. Que no es poco. Mis seres queridos agradecidos: esto ha sido para ellos mucho más productivo -en términos de módica felicidad doméstica- que esos paseos por Plaza Francia cuando estábamos al pedo.
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En cuanto al papel que sobre la marcha del universo cumple mi blog, ¿a qué clase de boludo le interesaría tal cosa?
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Creo que lo mejor es cerrar esta entrada de íntima celebración echando mano a una de las herramientas que más uso en este juego: combinar palabras en décimas aceptables. Me compuse una apropiada para un auténtico -y soberbio- boludo alegre:
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Medio millón de visitas
no es un logro menor
que si modesto es el blog
no lo es el que lo edita.
Con mi firma manuscrita
estampo satisfacción
por alcanzar el mojón
que promedia las seis cifras
¡Abran cancha y anchen pista
que áura voy por el millón!
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Alfredo Arri (Theodoro)
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