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Baile de disfraces.

Recreo!!!. Un poco de humor.

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Baile de disfraces.

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.Anoche fui por vez primera a un baile de disfraces. Como mi edad es la de maduro tirando a viejo, no creí que pudiera tener, ya, ocasión de vivir esa experiencia. Pero se me dio, nomás.
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La abuela Encarnación cumplía los cien y la idea de festejar el acontecimiento singularísimo fue de Inés, la séptima u octava de los diecisiete biznietos y biznietas y doce tataranietos que tiene la abuela. Abuela de mi madre, quiero aclarar. O sea, mi bisabuela. Formo parte, pues, de ese colectivo de diecisiete biznietos. O sea: Inés es una de mis tantas primas, aunque debo decir: la más cheta de todas. Madura también, pero en su caso tirando a madurita, que no es lo mismo que maduro tirando a viejo, como es mi caso, según ya confesé.
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Pues bien, cuando Inés llamó para invitarnos a la gran fiesta gran, le dijimos inmediatamente que sí. De modo que cuando añadió que se trataba de una fiesta de disfraces ya habíamos comprometido el sí. Ni bien cortamos la comunicación, la Negra y yo nos miramos en mutuo y recíproco estado de estupefacción. ¿De disfraces, djo? ¿Y de qué carajo nos vamos a disfrazar; decime, a ver… de qué?
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Como el aviso de mi prima con aires de grandeza fue con tres semanas de anticipación a la magna fecha, tuvimos tiempo para pensar qué haríamos. Lo primero que decidimos mi mujer y yo fue no gastar dinero alguno en el alquiler de un disfraz: tres semanas era mucho tiempo para una anciana de noventa y nueve coma once, y nadie podía asegurar que el cumpleaños finalmente no se suspendiese por ausencia forzada de la celebrante. Para peor, la bisabuela, a quien llamábamos todos la abuela Encarna, llegaba a su Centenario con un deterioro progresivo de varias décadas. Es más, cuando llamó Inés pensé que llamaba para invitarnos al velorio.
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Tomada esa decisión de no invertir dinero en disfraces, nos quedaba por decidir de qué nos disfrazaríamos. Optamos por algo sencillo y con lo que tuviéramos a la mano. Yo iría disfrazado de yudoca, ya que conservaba en el ropero un yudogui de cuando practicaba el noble deporte japonés; y la Negra iría vestida de dama de la Colonia, ya que tenía una peineta y un abanico bien hispánicos que le había traído mi prima Rosario en uno de sus frecuentes viajes a Europa. Conservaba, además, una falda larga y amplia a la que yo podría improvisarle fácilmente un miriñaque con un poco de alambre de enfardar, con todo respeto por la Negra. Además, dijo mi esposa, eso de dama de la Colonia venía adecuado por lo del Bicentenario.
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La decisión que habíamos tomado era práctica, pero al final, en mi caso, tuvo sus inconvenientes: La noche de la fiesta resultó ser cruda noche de mayo y debo confesar que me cagué de frío enfundado nada más que en mi yudogui, a pesar del agitado carnaval carioca que, como es fama, suele acaecer en tales acontecimientos de fervor familiar como remate a una sesión danzante. Además, como la quise hacer bien, decidí ir en patas, para lo cual calcé nada más que un par de ojotas playeras, lo cual hizo que el sufrimiento del frío deviniese mortificación. Afortunadamente mi primo Estaban, que había ido disfrazado de Drácula me cedió su capa, ya que el vino tinto lo había acalorado y acalorado se mantuvo hasta el final de la fiesta. Y otro primo, Juan, me prestó unas alpargatas que siempre llevaba en el auto, porque con ellas, decía, conducía más cómodo.
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Como dije, la fiesta del Centenario de la abuela Encarna coincidió con los días del Bicentenario de la patria. Eso hizo que la idea de la Negra fuera también la de otros y otras. Hubo otras damas de la Colonia y no faltó uno, Manuel, el marido de la prima Esther, que optó por el disfraz de revolucionario. Fue un escándalo, porque vistió tal y como aparece en las pinturas el general Belgrano, es decir, con su levita, su banda celeste y blanca sobre una camisa blanca con jabot en el pecho y una apretadísimas calzas de color blanco que marcaban a la perfección y en su totalidad el aparato reproductor del desubicado pariente político. Afortunadamente, se había conseguido un calzado de época, que sirvió de excusa para que todos aquellos que reparaban en lo que no se podía disimular, terminaran por elogiarle las botitas, como una forma de justificarse de haber echado las miradas hacia abajo.
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Nada como una fiesta de disfraces para que se pongan en evidencia las diferencias sociales entre los miembros de una familia. Aníbal, el marido de Inés, capo máximo de una financiera de ésas que curran a lo grande y en forma poco clara, se apareció disfrazado de guerrero romano, de pies a cabeza, casco y mandoble incluidos. Y otro de los de buen pasar, mi primo Carlos, se presentó a la fiesta dentro de un perfecto Pato Donald que medía como dos metros. Sorprendente fue para mí cuando en una de las idas al baño, vi de cerca el traje de mi primo Carlos. Aunque usted no lo crea, una etiqueta más o menos disimulada en la casaca de marinerito del célebre pato dejaba constancia de la autenticidad del disfraz, ya que podía leerse con toda claridad: Dysney trade mark. Nada de comprado en el Once, o en La Salada: No: en el mismísimo Disneyworld. Por el lado de los pobres de la familia, nos destacamos varios. Rafael, otro de mis primos, se disfrazó de barrendero del gobierno de la ciudad que es, precisamente, el sitio en el que labora, naturalmente como barrendero. Lo propio hizo Mabel, su mujer, que siendo maestra de grado se disfrazó, con todo descaro, de maestra de grado.
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Pero hubo dos disfraces excepcionales, para los que quiero extender un par de párrafos. El primero es el disfraz en el que enfundaron a la propia homenajeada. Como mi prima Inés no quiso llevar a la abuela Encarna en su silla de ruedas, optó por llevarla disfrazada de beba antigua, para lo cual obligó a su marido a que le fabricase un moisés móvil para meter a la anciana centenaria dentro. El marido de Inés improvisó el moisés montando una canasta de panadería, de mimbre, sobre una mesa rodante de televisor. Además, vistieron a la abuela con una cofia de bebé y la enfundaron en un osito también de bebé. Cuando vimos que la bajaban de la ambulancia en el estrecho estacionamiento del salón bailable nos impresionamos un poco. Nadie daba dos centavos por la estabilidad del moisés. Alguien habrá comentado algo al respecto, ya que el marido de Inés dijo que había usado bulones del calibre de un cigarro para fijar el canasto a la mesa. La abuela Encarna sobrellevó la fiesta con dignidad, es decir, como una beba de buenos modales. El único problema que se presentó fue a la hora de apagar las velas. Primero hubo un intento de levantar el moisés para que la abuela pudiera quedar en posición apta para soplar, pero de inmediato desistieron ya que ni bien advirtió que comenzaba a perder la horizontalidad la pobre abuela empezó a los gritos. Al final las velas las apagaron los chicos que, como eran tantos, fue inevitable que volaran algunos escupitajos entre las chispas de las bengalas; escupitajos que de seguro cayeron, al menos en una buena proporción, sobre la cobertura de chocolate de la torta.
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hitler

Y el otro disfraz impresionante fue el de Juan Carlos, el esposo de mi prima Eva. Ellos viven en Claypole y no tienen auto, así que nadie esperaba de ellos que se presentaran disfrazados a la fiesta del centenario en el Bicentenario. Pero sí se presentaron disfrazados. Eva se disfrazó de algo así como bailarina de los años locos. Estaba para el charleston, digamos. Tenía un vestido de hippona y su cabeza estaba cuebierta con una bandana amplia y unas plumas. El rostro, pintado a más no poder. Cuando le preguntamos si había viajado así desde Claypole nos contestaron que no. Eva aclaró que la bandana, la pluma y el make up lo había completado en el taxi que los había traído desde Constitución. En cuando a Juan Carlos, su idea para disfrazarse fue sin duda audaz. Portador de profuso bigote que llevaba sobre su labio superior desde los tiempos en que era sindicalista de la UOM en los años de Rucci, optó por afeitárselos de modo tal que dejó un pequeño bigote exactamente debajo de su nariz. Por otro lado se tinó el pelo de negro y se peinó a la cachetada, pegoteando un mechón sobre un costado de la frente. Vestía, simplemente, un traje cruzado, camisa y corbata. Y para completar su disfraz, se calzó sobre la manga del saco un brazalete con una perfecta cruz esvástica. Cuando lo vimos entrar al salón nos impresionamos un poco. Primero por la audacia, y después porque recién ahí caímos en la cuenta de que el parecido fisinómico que el antiguo sindicalista tenía con el difunto Adolf Hitler era notable. Más que notable. Para ser franco, era el vivo retrato del Führer.
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Aníbal, el soldado imperial, lo increpó a la entrada del salón, diciéndole que alguien podría sentirse ofendido por ese disfraz. Juan Carlos le replicó que él era cristiano y sin embargo no se sentía ofendido de ser increpado por el centurión que le había ensartado la lanza al Cristo. Ante la insistencia de Aníbal para que se quitara al menos el brazalete, el otro le respondió con un rotundo chupame un huevo que terminó la discusión. Eva terció para decirle: Vamos, poné onda, Aníbal. El centurión se retiró, no sin antes alzarse con unos sándwiches de miga que estaban sobre una mesa, los que llevó hasta su mesa y devoró con los modos ramplones que uno imagina para un centurión luego de una derrota.
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Otros disfraces no sobrepasaron la categoría de comunes, así que no merece la pena detenerse en la descripción de ninguno de ellos. No faltaron, ni el sheik, ni la gitana, ni el escocés o celta. Éste último sin gaita, claro, pero con su pollerita de múltiples pliegues, sus calcetines con pompón y sus zapatillas de fútbol. Entre los chicos hubo dos o tres Messi, un Maradona y un Palermo. Y entre las nenas, naturalmente, princesas. Hubo también dos brujas, pero de esas primas no quiero decir nada.
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La fiesta estuvo buena. Buena también estaba la enfermera que Inés había contratado para que estuviese al lado de la cumpleañera, y para asistirla en sus necesidades y darle sus medicaciones. Hacia la mitad de la fiesta, esta chica tuvo la intención de llevar a la abuela Encarna al baño para cambiarle los pañales, pero el moisés móvil tenía más anchura que la luz de la puerta, razón por la cual hubo de desistir en el intento. La chica tenía tanta buena voluntad que se ofreció para realizar esa tarea, con discreción, en un rincón de la cocina, pero como en ese momento estaban calentando las pizzetas, Inés dijo que no era oportuno.
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Comimos pantagruélicamente y bebimos hasta el agua de los floreros. Y se bailó a más no poder. En pocas palabras, y como ya lo dije: la fiesta estuvo buena. El premio al mejor disfraz fue para Centurión, para furia del Pato Donald, que -menos secreta que públicamente- aspiraba a ese título.
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La primera en retirarse (en realidad, en ser retirada) fue la abuela Encarna, ya que a la una en punto la vino a buscar una ambulancia. Drácula y el Celtíbero subieron el moisés a la ambulancia. La enfermera subió con la abuela, saludó con su sonrisa de Marylin, cerró la puerta y partieron. La abuela Encarna, pues, había alcanzado a cumplir los cien.
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La Negra y yo nos retiramos de la fiesta un rato más tarde que la abuela Encarna. Confieso que el frío que padecía apuró mi decisión. A eso de las tres de la madrugada llegamos a casa. Mientras estaba tomando un té caliente y calentaba mis pies en un palangana con agua caliente, sonó el teléfono. A esa hora, como es de imaginar, malas noticias.
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Murió la vieja, sentenció la Negra mientras se dirigió rauda hacia la mesita del teléfono. Pero no. Eran malas noticias, es verdad, pero no la que imaginábamos. Inés nos llamaba para pedirnos que nos acercásemos hasta el hospital Argerich, ya que nosotros éramos los que estábamos más cerca de la Boca. Eva y su marido habían tenido un accidente.
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Media hora más tarde, estábamos junto a Juan Carlos, que yacía todo golpeado en una cama de la guardia del Hospital Argerich. Eva estaba bien. Cuando le pregunté a mi prima qué había pasado me contestó lo increíble:
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Subimos al taxi que nos llevó hasta Constitución y Juan Carlos me ayudó a quitarme el maquillaje y los accesorios de la ropa. Pero el pelotudo se olvidó de quitarse el brazalete nazi. Ni bien entramos en la estación, unos vagos lo empezaron a insultar. El pelotudo éste -dijo Eva señalando a su magullado marido- no tuvo mejor idea que levantar el brazo, hacerles el saludo nazi y gritarles heil hitler. Lo cagaron a trompadas, lo cagaron.
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Alfredo Arri

Sonrisas de alambre.

Relatos breves. Sonrisas de alambre.

Invito a ustedes a leer un nuevo relato de la serie Cielos. Se trata de un breve relato de mi autoría, que podrán leer en este enlace:
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Testigo de cargo. Un relato menor de un escritor menor.

Testigo de cargo.
Relato breve.

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La vida nos pone a prueba todos los días y -puede ocurrir- que el hecho más alejado a nuestras vidas, tal como uno insignificante, o uno que no nos pertenece o no nos incumbe, nos desacomoda totalmente.

Ahí iba yo, por la calle, de regreso de una salida menor, cuando me topé de repente con una pareja en plena ventilación pública de una querella privada. De una grave querella, para ser preciso. Simple, repetida, mil veces repetida, pero de todos modo grave: ella le reprochaba a él su infidelidad. A los gritos, claro. A los gritos y a los manotazos. Con llanto, moco, maldiciones y mucha, pero mucha palabra soez.

-¡Hijo de remil putas: mirá cómo tenés la cara, toda rajuñada. Y el cogote chuponeado. Hijo de puta…!

En ese tono. Ni más, ni menos.

El tipo se defendía como podía, tratando de esquivar los manotazos de la mujer, pero sin responderle. No respondía: ni con la lengua, ni con las manos.

En el momento en que pasé más cerca de los dos personajes, adiviné… en realidad vi más que adiviné, un reflejo de alegría no del todo desdibujada en la mirada del tipo. Me dije: en el fondo, este tipo está disfrutando del momento. O del momento de mierda que estaba pasando su mujer, o de algún otro momento. Sí, también puede ser que ese otro momento fuese el recuerdo del los momentos pasados… con la otra.

En otras palabras, bah: ya porque el tipo estuviese gozoso del embarazoso momento que vivía con su mujer alterada, ya porque el tipo aún tuviera la resaca de la placentera borrachera pasada con la otra, la cosa era que, de alguna manera velada pero cierta, el hombre parecía disfrutar del momento.

Es más: cuando pasé a su lado, me lanzó una mirada cómplice. Fue un instante en que los ojos de él y los míos se cruzaron. Un instante nada más. Pero suficiente para entender su pensamiento: “Vos me entendés, hermano, ¿no?” Algo así.

En ese preciso instante, la mujer, cuyo estado de alteración emocional no decrecía sino que aumentaba, comenzó a golpear una puerta de calle de una casa cercana a la escena que describo.

-¡Puta!. ¡Salí, puta! ¡Salí que te mato, reventada!

“Ah, La Otra es una vecina”, pensé (sin gastar mucha suspicacia por cierto). “Pero en esa casa –pensé a continuación- vive una chica que…”

En efecto, la señorita que recordaba haber visto en otras ocasiones en la puerta de esa casa salió finalmente a la calle. Era la misma que recordaba.

A ver… ¿cómo describirla? Tal vez así: veinte a veinticinco años, alta, de una belleza extraordinaria, con un cuerpo escultural. Algo así como una tapa de revistas del corazón. Un bombón. Un bombonazo. Un camión. Una potra. Un minón infernal. Ya me entendiste…

No sé, no alcancé a entender qué cosa dijo la chica cuando salió a la calle pero la mujer del infiel, ni bien La Otra salió a la vereda, se le abalanzó, tomándola de las mechas mientras repetía todo el rosario de maldiciones que han inventado los hombres en los últimos cinco mil años, con sus ¡puta! mil veces repetido.

El infiel, un hombre de generosa humanidad por cierto, intervino con sus manos, por fin. Separó a las dos mujeres y tomando de un brazo a su mujer, a la rastra, se la llevó hacia su casa, una que estaba a unas cuatro o cinco puertas de la otra, o sea, de la de la otra.

Mientras la pareja se alejaba, miré más detenidamente a la mujer engañada. A ver… ¿cómo describirla? Tal vez así: cincuenta años, entrada en carnes, desgreñada, con marcas de la vida difícil en el rostro, el pelo descuidado, las carnes colgadas… y unas espantosas chancletas en los pies, rematadas con una margarita de plástico en cada una.

Volví la mirada hacia mi rumbo. La chica -la otra- permanecía en la vereda aún. En su rostro, en su bello rostro, descansaban tranquilamente los gestos de la insolencia, iluminados con los brillos de la malicia en los ojos. En los bellos ojos.

Seguí mi camino. Mis pensamientos estaban alterados, claro. Semejante escena no podía pasar así nada más por mi pobre cabeza. Pensé en muchas cosas. En muchísimas cosas. Todas racionales, claro. La razón ha sido siempre mi fuerte, es mi capital.

Pero, como dije al principio, a veces la vida nos ofrece pruebas, nada más que para desacomodarnos de nuestras creencias, convicciones, principios y demás productos de la pura razón y de la razón pura también.

Sencillamente un solo pensamiento surgió, solo, impetuoso, por encima de todos los otros. Un solo pensamiento:

“¡Qué caramelito que te comiste, hermano!”

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Alfredo Arri. (Theodoro). 2008

La Biblia y el calefón. Otra versión, casi preñada de literalidad.

Relatos breves.

La Biblia y el calefón. Otra versión, casi preñada de literalidad.

“Los grandes pensamientos vienen del corazón.”
Vauvargues, citado por Arthur Schopenhauer.

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En el pasado, sólo me había ocurrido un par de veces. Fueron experiencias raras, extrañas y, de alguna manera preocupantes. Pero, como las dos o tres veces en que padecí esa incomodidad fue algo efímero, fugaz, no alcanzó para que acabara cuestionándome nada. Ni de mí, ni del mundo.

Pero ahora, en la veteranía, me volvió a ocurrir. Desde hace un mes o dos. Y esta vez, perdura; no se va; no pasa. Ahora, sí: empiezo a cuestionar al cosmos, o a cuestionarme a mí. A ver cómo explico qué cosa es lo que sucede, o me sucede…

Tengo (más que la sensación, la certeza) de que mi cerebro se ha desconectado del resto de mis vísceras. No biológicamente, se entiende. Sé, obvio, que la misma sangre que irriga las plantas de mis pies es la que, tarde o temprano, irriga también mi cerebro. Es decir, las vísceras están conectadas como dios manda. El aparato circulatorio, el nervioso… todo bien. No, no es ésa la desconexión. La disgregación es de otro tipo. A ver si puedo explicarlo mejor…

Antes, y siempre (salvo aquellas dos o tres excepciones), mi cerebro estaba permanentemente conectado con el resto de mis vísceras. Doy ejemplos burdos para que se me comprenda: si un ciego intentaba cruzar una calle, y mis sentidos constataban que nadie había cerca de él como para ayudarle, mi cerebro funcionaba así: “Ese hombre perderá un precioso tiempo esperando que alguien le ayude a cruzar. Si lo hace solo, es probable que algún coche lo atropelle. Debería ir a ayudarlo. ¿Voy a ayudarlo? Y, sí, voy. ¿Qué puedo perder? ¿Cinco minutos? Si, yo voy.”

Como se ve, el cerebro producía dictámentes con sus herramientas propias, la lógica, y aun la ética, pero estaba conectado con alguna forma de ansiedad que experimentaba ante la situación. Ésta ansiedad, producida en las vísceras más viscerales, determinaba, de alguna manera vaga pero imperiosa, aquellos pensamientos. ¿Se entiende? Bien. Ahora paso a lo que me sucede desde hace un tiempo a esta parte…

Imaginemos una situación igual a la descrita en el ejemplo: un ciego pretende cruzar la calle; nadie hay cerca de él; sólo yo, viendo tal situación, a una buena distancia. Bien, por un lado, experimento la misma ansiedad que experimentaba antes, pero, ahora, ésta no determina ningún pensamiento.

Se agota en sí misma. Y entonces mi cerebro produce pensamientos de este tipo: “Ese hombre perderá mucho tiempo hasta que alguien se le acerque a cruzar. Y si acaso intenta cruzar solo, es probable que resulte atropellado por un auto. ¡Pobre tipo! ¡Qué injusta es la vida!”. Y, naturalmente, sigo caminando.

¿Se entiende? Si resulta difícil de entender, entonces lo expresaré de un modo más directo: desde hace un tiempo a esta parte, es como si todo me chupara un huevo.

Hasta aquí, nada raro hay. Estaríamos en presencia de un caso más de indiferencia. La indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo, recién sentirás… Ya sabés, el tango. Los indiferentes abundan en este mundo. Así que si todo acabara en eso, me aplicaría hacia mí mismo este concepto: “Has ingresado al mundo de los indiferentes. Bienvenido. Pasa y sé feliz.” Pero no se agota en eso. Hay más.

El indiferente, de todos modos siente, piensa y actúa conforme a un sentimiento. Dice el diccionario que la indiferencia es: Estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado.

No siente, ni repugnancia, ni inclinación, por nada o por nadie. Pero de todos modos está ganado por un estado de ánimo. Y un estado de ánimo es, también conforme al diccionario: Disposición en que se encuentra alguien, causada por la alegría, la tristeza, el abatimiento, etc. En el caso de la indiferencia, la causa no es ninguna de esas cosas, ni ninguna de otras cosas. Pero sí es un estado de ánimo; un estado de ánimo sin causa. Es algo así como la experimentación del no sentimiento. El sentimiento del no sentimiento. Sentir que no se siente. Sentir el no sentir. Algo tan paradójico pero incuestionablemente real como, por ejemplo, oir el silencio.

Así que no me reputo indiferente. Si la indiferencia es no experimentar la inclinacíón o la repugnancia por algo o alguien, yo no soy indiferente. Lo que sí puedo decir es que, de la disyuntiva que ofrece la definición de indiferencia (inclinación o repugnancia), mientras mis vísceras experimentan alguna de las dos sensaciones (inclinación o repugnancia), mi cerebro produce pensamientos en los cuales no intervienen esas sensaciones.

Así produzco, sin intermediación visceral alguna, pensamientos iguales para toda ocasión. Si siento inclinación por cierta mujer, por ejemplo, pienso de ella exactamente lo mismo que pienso de una mujer que me produce repugnancia.

Si ella fuese, digamos, una jefa de estado muy preparada y eficaz, cuyas acciones están en correspondencia con mis inclinaciones éticas y aun deontológicas, diré de ella exactamente lo mismo que si se tratase de otra jefa de estado con iguales aptitudes ejecutivas que la primera pero cuyas acciones son contrarias a mis inclinaciones éticas y deontológicas. Diré, de una y de la otra: “¡Qué excelente jefa de estado que es!”

Si una mujer ejerce la prostitución y me siento muy atraído por ella, diré de ella exactamente lo mismo que de otra prostitura que no me provoca otra cosa que repugnancia: “Pero, ¡qué putarraca, por Dios!”

Como se comprende de suyo, esto es muy incómodo. Si los hijos de mi vecino son bellos, inteligentes y amorosos, por ejemplo, diré de ellos: “¡Qué amorosos son!” Y si los míos son grotescos, brutos como un burro y menos afectuosos que un cacto, diré de ellos: “¡Qué poca cosa que son!”.

Ejemplo uno: Mi mujer es fea, mi cuñada es linda. Ejemplo dos: Garmendia es más apto que yo, él merece el ascenso. Ejemplo tres: Mi madre es partidaria de otorgar imputabilidad penal a los menores de edad, o sea que mi madre es una malparida. Este inventario parcial permite sospechar la existencia de una serie infinita.

La parte más incómoda de este mal que me aqueja desde hace un tiempo es la siguiente: ni los aderezos, ni los perfumes, ni los atuendos, ni el cuidado acicalamiento, nada de eso impide que vea que, detrás de cada semejante, detrás de cada uno de mis prójimos, hay un animal que come, mea, caga, eructa, tira pedos, huele fatal, menstrua, eyacula, moquea, junta pelusa en el ombligo, mierda en las inmediaciones del culo, marga en las patas y, -como el hombre no es un animal en el término zoológico del término-, además de todo eso, tiene mierda en el cerebro bajo la forma de pensamientos pedorros.

Todo prójimo hoy, me resulta, sencillamente, un pobre animal que lucha por la supervivencia biológica con las únicas armas que tiene a mano: la simulación, la impostura, la farsa, la gazmoñería –llamalo como quieras- y cuatro o cinco normas de convicencia social que íntimamente desprecia (pero que de todos modos adopta), para no ser muerto por otros animales como él, o sencillamente para no ir preso.

Mis prójimos ya no son hombres, son apenas homo sapiens. Bueno, no es que sean…somos, claro, yo también estoy del mismo lado de las rejas que el resto en el gran zoológico cósmico que habitamos, la Tierra.

¿Será porque me estoy haciendo viejo? No lo sé. Ya confesé que me había pasado un par de veces durante mi juventud. Así que no es algo, ese mal, que esté en el cerebro añoso. Puede anidarse en uno aún no quemado por esa droga engañosa que es el tiempo.

Como sea, mi vida se ha convertido en una suerte de tormento sin descanso.

Ayer a la tarde, en la puerta de la panadería, Margarita S., una suculenta vecina que desde hace años me atrae, se detuvo a conversar conmigo. Me coqueteó. Ya lo había hecho antes, pero esta vez fue patente, con agresividad, como perentorio. Flagrancia, le dicen. Yo me sentí inmediatamente tocado. Sentí que mis vísceras más viscerales reaccionaban como hacía mucho tiempo no reaccionaban. Mientras ella me hablaba -de un calefón descompuesto o algo así-, yo contemplaba sus labios y sentía deseos de besarla.

Su rostro luminoso, blanco pero con raras pinceladas de un áureo pálido con ocres como de crepúsculo a orillas del mar, rostro salpicado de pecas también, era para mi sentido básico del placer visual como el colmo del objeto más bello cogido y cogido para siempre.

Y sin embargo mis pensamientos, desdeñosos de todo ese sentir, surgían solos, puros, limpios, sin contaminación: Tiene una carie mal arreglada; su aliento no está perfumado; el cuello de la blusa tiene esa suciedad característica del demasiado roce de la tela contra la piel, seguramente hace días que no se la cambia; sus palabras son las propias de una mujer prejuiciosa y alcornoque; sus dichos acerca de otra mujer que ambos conocemos son patentemente nacidos de la envidia; la piel áspera de sus manos deben herir la piel en cada caricia, si es que acaso acaricia la muy estúpida; los dos o tres dedos de los pies que dejan ver sus sandalias transparentan escasa higiene; seguramente su entrepierna huele acremente; es tan probable que llore en el momento del clímax, como que sea anorgásmica. ¿Será de evacuación fácil, o será de constreñirse? Su rostro blanco con pecas debe subir a los tonos rojos cuando se esfuerza para expulsar los bolos fecales. Y si así no fuese; si es de intestino ligero, sus defecaciones deben oler muy mal.

Todos estos pensamientos surgían, irrumpían, para decirlo con un verbo mejor, en mi conciencia al mismo tiempo que mis vísceras bajas daban cuenta de una inminente erección. Ella seguía hablando. Su mirada era inequívoca, el tono de su voz, indubitable; sus ojos, acompañaban las palabras con otras, las calladas:

-Bueno, Asdrúbal, si usted quiere, un día pasa por mi casa y me lo revisa….

-Ni en pedo, Margarita. Yo no me acuesto con usted ni que me pague.

Es inútil. No se puede andar por la vida de plomero y filósofo a la vez.

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Alfredo Arri (Theodoro)

Una barbi. Relato breve.

Una barbi.

Mi modesto cuentito de Navidad.

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Maximiliano tenía unos siete u ocho años cuando le llegó el chisme de que tanto Papá Noel como los Reyes Magos eran invenciones de los adultos. El rumor era tan insistente por parte de sus informantes, que no tuvo más remedio que dudar. Esa misma tarde, después de que salió de la escuela, a la hora que su madre les servía el almuerzo a él y a su hermanita Julieta, Maxi dejó la mesa, fue hasta la cocina y en voz baja le contó a su madre lo que sus compañeros de escuela le habían revelado. Preguntó si era verdad.

La madre, con todo el amor del que era capaz, habló largamente con su hijo, explicándole el porqué del engaño. De esa forma, Maxi empezaba a darle formas concretas a esa palabra, amor, que tanta veces había oído hablar o había leído. Amor y mentira aparecían juntos en una historia de intrigas. El chico aceptó la explicación. Sólo le quedó un sabor amargo, nacido de la vergüenza de haber sido crédulo, pero, como suele ocurrir a esa edad, esos sentimientos desaparecieron muy rápido. Esa misma tarde, después de comer y de dormir su siesta, Maximiliano había regresado a su humor habitual. La vida, como es natural, siguió su curso para todo el mundo. Incluso para él, a pesar de la revelación.

Al año siguiente, meses después de esa tarde, Maxi regresó de la escuela con signos en el rostro de haber tenido una pelea con algún compañero. Una nota de la maestra en el cuaderno de las comunicaciones confirmaba esa presunción. La madre le pidió explicaciones y Maximiliano explicó. Le había dado una trompada a Juan Manuel porque éste le había dicho a Julieta que ni Papá Noel ni los Reyes Magos existían. Julieta era la hermanita menor de Maxi, y ese año concurría a su primer grado en la misma escuela. Los moretones que tenía en la cara no eran otra cosa que la réplica de esa trompada. Juan Manuel, claro, había reaccionado.

La madre limpió los raspones que tenía el chico en el rostro, firmó el cuaderno de comunicaciones y no dijo ni una palabra. Ese silencio de la madre, más la normalidad más absoluta que el hijo veía en los músculos de la cara de ella, bastaron para que Maximiliano interpretara que había hecho lo justo; o, al menos, que no había hecho nada inadecuado.

Esa noche, cuando el padre regresó a la casa de su trabajo, Maximiliano pudo ver que su madre, en la cocina, mientras tomaba un mate junto a su padre, contaba lo sucedido. El padre, luego, a la hora de sentarse a la mesa, le acarició la cabeza al chico, removiéndole los pelos. Finalmente durante la cena nadie mencionó, ni los moretones, ni el cuaderno de comunicaciones, ni nada. Julieta, mientras tomaba su comida, y con sus moditos de niña de cuatro años, dijo:

-Juama dijo que Papá Noel es un papá disfrazado.

El padre dibujó una sonrisa, y dirigiéndose a la niñita, dijo:

-Y decime…: ¿Qué le vas a pedir a papá Noel?

-Una ba’bi. –dijo la pequeña Julieta, al tiempo que luchaba con el tenedor para poder ensartar un trocito de milanesa que la madre le había cortado.

-Ajá. –remató el padre-. Una barbi.

Maxiliano abrío un pan, una espléndida milonguita de unos diez centímetros, metió una milanesa grande como una zapatilla entre las dos mitades del pan, lo tapó y apuntó el sánguche hacia la boca. De un mordisco arrancó un bocado grande que inmediatamente se dispuso a masticar con los modos más ramplones de que los chicos son capaces. Los músculos de la cara, del lado del moretón, le dolían al masticar. Pero tenía una sonrisa grande como una casa. Bueno, tal vez no como una casa. Grande como una de esas milanesas que hacía su madre y que tanto le gustaban.

A la mañana siguiente, como siempre, la vida siguió su curso para todos, incluso para Maximiliano, para Julieta, para los padres, y para todos los Juan Manuel que hay en el mundo.

Al despedir a sus hijos cuando estos subían al transporte escolar, la mujer le dijo a su hijo:

-Portate bien.

-Sí, ma.

Julieta caminó por el pasillo del micro escolar. Al llegar donde estaba sentado Juan Manuel, la pequeña, mostrando ese delicioso ceño que se tiene a los cuatro o cinco años, le dijo:

-E’túpido.

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Alfredo Arri (Theodoro)

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Mi pata izquierda.

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Mi diargénico.(Diario íntimo en papel higiénico).

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Un nuevo hilo en el Foro de las Palabras: Mi Diargénico (Mi diario escrito en papel higiénico) Una bitácora de esos momentos locos de nuestra vida, dignos de figurar en una bitácora que se precie de tal.

Su primera entrada: Mi pata izquierda, by Theodoro.

Tendrás que registrarte para leer. Sorry. Pero, amigos son los amigos.

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Lucho.

Un sabio en andrajos tocó a mi puerta. Pidió unas monedas para poder comer y, a cambio de la dávida, exigua, me confió algunos secretos de su saber. Eran lugares comunes, refranes manidos, pero él juraba que eran verdades reveladas por Dios. ¿Dios? ¿Acaso Dios existe? fue mi pregunta cargada de soberbias tan manidas como sus cándidos proverbios. Rió con una risa desdentada y sonora, chirriante, pestífera; emitió algunos sonidos incomprensibles y se marchó. Esa noche me ganó el insomnio y durante las diez noches sucesivas a ésa, mi primera noche en vela, me fue negado el sueño y el descanso. Al cabo de esas penurias y esfuerzos, descifré una palabra de aquellos sonidos. Era sólo una, pero me bastó para comprender el resto. Durante un tiempo anhelé que el bienaventurado regresara a golpear a mi puerta. Pero un día envolví con certezas la idea de que ya no lo volvería a ver. Comprendí entonces que en todo aquello había el mandato de una misión, que comprendí y acepté. Aceptar la misión y dar el primer paso hacia el peregrinaje no fue difícil. Lo difícil vino después. Hoy, cada vez que toco una puerta para pedir unas monedas para comer, repito la historia de aquel encuentro con el ángel de Dios y recito los doce secretos revelados. Pero nadie me entiende o, si alguien me entiende, no me cree. Sólo me dan esas escasas monedas que me permiten comer. A veces, me dan una botella de vino. Yo acepto la provocación del demonio y, para renovar mi fe en Dios, la bebo hasta caer en la incosciencia. Cuando despierto, orino en un árbol, o contra una pared, y salgo a predicar. Me dicen Luis, o Lucho, pero yo soy un Ángel del Señor.

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Alfredo Arri. (Theodoro)

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El escritor. Un relato breve de Alfredo Arri. (Theodoro).

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El escritor.

Un relato breve de Alfredo Arri.

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Un escritor menor, llamémoslo Alfredo A., publicó uno de sus libros de relatos. No esperaba mucho de la publicación; para él se trataba de cumplir con el trabajoso proceso de engordar su historial. Un periódico local seleccionó uno de los relatos breves de ese librito y lo publicó en el suplemento de los domingos.

La composición no era más que una pintura nostálgica, de tono intimista. Hay en ella la imagen de unos chicos cazando mariposas; una pelea; hay los nombres de una esquina; y hay, también, dos o tres oraciones felices y un remate logrado.

A los pocos días de esa publicación, el escritor recibió el llamado telefónico de un hombre. El hombre se identifícó; le informó que había obtenido el número del teléfono de la guía común; y le confesó que él, que era hombre de la misma generación, nacido en el mismo año en el que había nacido el escritor según los datos que publicaba el diario, solía cazar mariposas, cuando chico, precisamente en esa esquina que mencionaba en el cuento, y tal como estaba relatado, con ramas de paraíso deshojadas. También dijo que, por mucho esfuerzo que hiciese, no recordaba que entre sus viejos amigos de infancia hubiera habido un Alfredo.

-Bueno, de su apellido nada pude sacar en claro porque los chicos no son de recordar apellidos, a menos, claro, que se trate de los compañeros de escuela. Pero por el nombre, Alfredo, Alfredo… El único Alfredo que había en aquél grupo de chicos era uno al que llamábamos “El búho”: Uno flaquito, medio negrito, que no se daba con nadie; no jugaba a la pelota, ni a la bolita, ni a nada. ¡Menos todavía cazar mariposas! ¡Si era un llorón de aquéllos! Siempre nos rehuyó, a todos. No era de darse. Se pasó toda la infancia detrás de las rejas de la casa en que vivía. No sé… no creo que sea usted… Pero al leerlo quedé convencido que usted formaba parte de ese grupo ¡Es que describió todo de una manera….! Sobre todo esa pelea con uno que usted llama “Lucho” en su relato, pero que yo reconocí de inmediato que se trataba de Lucio. El que lo fajó y le bajó los humos para siempre fue el gallego Manuel, no el tal Alfredo del cuento. ¿No será usted el gallego Manuel, no? A mí me dijeron, hace tiempo, que había muerto en un accidente de auto…

-No, no; para nada. Mire, lamento desilusionarlo, pero los escritores somos de inventar. A veces lo hacemos por comodidad, sabe. A usted le llamó la atención lo de la calle Juan Agustín García. Mire: no me gusta confesarle ésto, pero la elegí porque me sonaba perfecta en la oración. Había pensado en Eustaquio Frías, Antequera. Antequera me gustaba mucho…Pero Juan Agustín García me sonaba perfecta. Además, esa calle hace esquina con otra, Cuenca, que también me gustó por su musicalidad. Cuen-ca, cuen-ca; no sé a usted, pero a mí me gusta como se oye. No, para nada. Yo era de Barracas…

-¡Es que era todo tan igual!

-Bueno, señor mío: eso, por un lado, es un cumplido para mí: quiere decir que describo bien un momento de aquellos tiempos. Pero, por otro lado, no es nada raro que sea tan igual a lo que usted vivió en su barrio. Lo que los chicos hacían en su esquina, otros lo hacían exactamente igual en otra distante. Eran las formas de pasar el tiempo que teníamos entonces… No, yo era de Barracas, y la “esquina” donde íbamos a cazar mariposas ni siquiera era una esquina, era algún campito cerca de las vías…

-Si, ya, ya. Bueno: disculpe la molestia. De todos modos, aprovecho para felicitarlo. A mí, su cuento me trajo lindos recuerdos. Espero que siga escribiendo así y que tenga mucho éxito…

El escritor y el extraño cerraron la conversación con las palabras corrientes de la urbanidad; y cortaron.

La mujer del escritor, quien había oído el timbre del teléfono y los murmullos de la conversación, preguntó:

-¿Quién era?:

-No.. –dijo, acompañándose con una sonrisa-, era un hombre que leyó el relato que publicó el diario y se le había metido en la cabeza que nos conocíamos de la infancia.

-¡Ah!, ¿es de Villa del Parque?

-No, no, no: el tipo es de Barracas… Sí, sí, creo que dijo Barracas.

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Alfredo Arri (Theodoro) 2007

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Nostalgias.

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Nostalgias.

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Llamémosle Osvaldo. Amigo mío de toda la vida, Osvaldo había vivido una pasión muy intensa con una chica, naturalmente mucho menor que él. La edad de los cuarenta, la crisis, ya se sabe… Nada extraordinario, algo corriente: ya que este relato nos habrá de meter en una atmósfera tanguera, digámoslo así: una historia como tantas. Pero el romance fue. Y muy intenso. De eso yo, como muchos otros de sus amigos, podría dar fe.

Él dijo siempre que no había estado enamorado de esa chica; que todo había sido nada más que pasión. Yo le creo; siempre le creí, pero no puedo dejar de anotar dos cosas: aquél romance le costó finalmente el matrimonio y el alejamiento de sus hijos; la otra, que han pasado veinte años y sigue hablando de ella.

Osvaldo me contó muchas historias de aquél apasionado romance. Y éste último sábado me contó otra. Ésta especialmente me cautivó. ¿Por qué? Porque a Osvaldo lo conozco desde la infancia y la historia que me contó, para quien le conoce, es una que tiene significado especial. Para un tipo corriente, podrá ser una historia corriente; no la será para quien conoce a un tipo como Osvaldo. Porque Osvaldo era –es- como dirían los que apelan a las frases palmarias, un pedazo de pan. Mientras me la relataba, sentí por él una espontánea ternura. Y esto a pesar de que yo había sido uno de los muchos que, veinte años atrás, le habíamos aconsejado que se dejara de joder; que tenía poco para ganar y mucho para perder. Ternura, sí.

Le pregunté si podía transformarla en un texto, en uno de mis relatos, y publicarlo. Naturalmente, me autorizó. Pero no crean que hice nada extraordinario. Me limité a acomodar las oraciones. Podría hasta asegurar que lo que cuento aquí es casi tal como él lo contó:

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Sí, Turco, a veces hacemos cosas que en condiciones normales no haríamos. Esa piba que vos sabés me trastornó. Mirame la cara, Turco… Bueno, ni falta que hace: vos me conocés de toda la vida y sabés que yo no soy de hacer ciertas cosas. Mucho menos excentricidades. Soy así, viste: prolijo como botones de bragueta. Pero a veces, qué sé yo…

Mirá, ese vez habíamos hecho el amor a la misma hora de todos los días. A la más pública de las horas, a la hora que todo el mundo sale de las oficinas. Esa tarde, como muchas otras antes, pasamos un par de horas en un pequeño departamento de alquiler que meses antes habíamos encontrado por puro azar. Cercano a la oficina. Cómodo. Nada de pérdidas de tiempo, ni viajes cansadores por el Centro. Dejábamos la oficina y a la media hora estábamos en ése, nuestro rinconcito, haciendo el amor.

Era como nuestro nido de amor, Turco. Bueno, sí; puedo llamarlo así: un nido de amor; ¿por qué no? Es cierto: no nos amábamos; simplemente hacíamos el amor apasionadamente. Pero qué importancia tiene eso hoy, cuando todo aquello no es más que recuerdo. Sí, era un nido de amor. Nuestro nido de amor.

Para esa noche teniamos, además, planes para una salida. Es decir, para estar juntos más tiempo que lo habitual. Era viernes y una vez por mes, desde hacía muchos años, destinaba una noche de viernes para cenar con los amigos. Bueno, vos lo sabés. Mi mujer ya estaba acostumbrada a esa rutina. Así que cuando esa semana le dije que el viernes saldría a cenar con los amigos, la pobre no sospechó nada.

Salimos del departamentito cerca de las ocho de la noche. Habíamos planeado ir a cenar y luego a tomar unas copas en algún sitio donde pudiésemos bailar, o simplemente conversar. Pero como todavía era temprano para la cena, fuimos a tomar unos cafés en un bar de la calle Corrientes en el cual habíamos pasado tantas horas, desde meses antes, desde cuando aún nuestros cuerpos no se habían encontrado por primera vez, desnudos y sedientos de amor.¿Vamos a tomar un café?, le había preguntado la primera vez. Sí, no te rías. Nada original, lo sé, hermano. Una fórmula. Pero así fue. Aceptó y durante varias tardes tomamos interminables cafés, mirándonos a los ojos, seduciéndonos, hasta que finalmente una noche, en la parada del colectivo de Rodríguez Peña y Corrientes nos besamos. Sí, ese bar, que ya esa noche estaba cargado de tantos momentos compartidos con ella, fue otra vez nuestro bar.

Ahí estábamos ese viernes. Hablando. Riendo. En cierto momento nos confesamos mutuamente que estábamos hambrientos. Habíamos trabajado todo el día y habíamos hecho el amor horas antes, furiosamente, dos veces.

Le propuse otra vez, como lo había hecho varias veces en la semana, que fuésemos a comer al restaurante de Ferrer y Carrizo, el de la calle Talcahuano. Sí, ése, ése mismo. Ella no quería, sabés. Tenía vergüenza. Tenía veinte años, y el tango… Para ella el tango era algo extraño, algo para turistas o para… viejos. Pero yo insistí; estábamos a pocos pasos, teníamos hambre; finalmente aceptó.

Entramos en el restaurante a una hora algo temprana para una noche de viernes. No eran ni las diez. Sin embargo, el sitio estaba lleno de gente. El maitre nos dijo que estaba todo reservado. Sin embargo, murmuró algo así como que tal vez podía hacer algo. Ya en ese mismo momento -y ahora mucho más- quedé convencido que el tipo la vio de una: un hombre maduro, trajeado, una muchacha muy joven. Típico, habrá pensado. Hagamos lugar para el langa en trampa y para la piba. Ésta será una noche importante en sus vidas. Sí, hoy más que nunca estoy convencido que el tipo la vio de una.

Como sea, el fulano dijo que había una mesa grande, para cuatro, que estaba ocupada por una pareja pero, que si estábamos dispuestos a compartirla con ellos, podríamos entrar. No es ésa una costumbre en los restarurantes de categoría de Buenos Aires, Turco; ni lo era entonces. Pero de todos modos acepté.

La mesa estaba ocupada, en efecto por una pareja. Parecían un matrimonio, de edad no muy madura. Andarían por los cuarenta. Como yo; como yo entonces, claro. Ellos ocupaban los dos asientos que estaban junto a la pared. Nosotros, los del pasillo. No resultó ser una situación demasiado incómoda. La mesa era grande. Dispuesta para cuatro cubiertos, en efecto, era sin embargo una que en tu casa o en la mía podrían comer seis, cómodamente, sin contar las cabeceras. Compartíamos la mesa, es cierto, pero estábamos separados. El ruido ambiente, típico de los restarurantes concurridos, más la música ambiental -que cada media hora cedía el silencio a un pianista y un bandoneonista que ejecutaban los tangos de siempre- nos permitía hablar sin ser escuchados por el hombre y la mujer con los que compartíamos la mesa. Tampoco nosotros los oíamos a ellos. Así que a los pocos minutos terminamos todos acomodándonos a la situación.

Pedimos los platos. Nada extraordinario, por cierto. No era cosa de complicarle la velada a la chica. Ella estaba ya demasiado conmovida por hallarse en ese ambiente tan diferente al de sus noches de boliches bailables. El sitio impresionaba a cualquiera, por cierto. No sólo porque el propio Horacio Ferrer se paseaba entre las mesas, con su porte característico de poeta cabal, moño en lugar de corbata incluido, sino por los tangos que despachaban los dos músicos, y las mil ilustraciones prolijamente enmarcadas en todas las paredes y columnas del local.

Mirá el detalle, Turco: Cada una de las sillas tenía atornillada en el espaldar, sobre la parte de atrás, una pequeña chapa de bronce con el nombre de un personaje de la historia y de la mitología tanguera. Detalles para turistas, claro. Pero era un detalle bien pensado. Las sillas tenían la antigüedad suficiente como para hacer versosímil que el nombre grabado en la chapita se debía a que el finado había sentado realmente su tanguístico culo sobre ellas. A mí me tocó la silla Juan Carlos Cobián y a ella la Pascual Contursi. Yo sabía lo elemental de las biografías de ambas vacas sagradas del tango. Lo demás lo inventé. Ella estaba fascinada, Turco.

Comimos con los modos como lo hacen los enamorados, aunque no lo fuésemos realmente: mirándonos, embobados, a los ojos. Ambos vivíamos nuestros propios sueños; nuestras propias fantasías. Tan diversas una de la otra, y sin embargo se tocaban en un punto, en el de la pasión.

Ya sea porque el vino ayudó, ya sea porque la situación lo provocaba; tal vez porque ocupar la silla Juan Carlos Cobían me envalentonó, hacia el final de la comida, hacia los postres, cuando nos llegaron desde el piano y el bandoneón las notas de Nostalgias, yo perdí el control de los comportamientos corrientes, Turco. La miré a los ojos y volví a tener deseos de ella y ahí nomás, como si fuera la cosa más natural del mundo para mí o para cualquiera en ese sitio, me puse a cantarle, no a voz entera, pero tampoco a media voz, los versos del tango.

Quiero emborrachar mi corazón
para apagar un loco amor
que más que amor es un sufrir…
Y aquí vengo para eso,
a borrar antiguos besos
en los besos de otras bocas…
Si su amor fue “flor de un día”
¿porqué causa es siempre mía
esa cruel preocupación?
Quiero por los dos mi copa alzar
para olvidar mi obstinación
y más la vuelvo a recordar.

Sí, hermano. No te riás. Tal cual. Es lo que te decía, viste. Uno hace cosas que jamás haría. La cosa que cuando llegó la parte del estribillo, y seguí con Nostalgias, de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca… advertí dos cosas: que la mujer de la pareja con la que compartíamos la mesa clavó los ojos en mí, luego en mi compañera y finalmente en mí otra vez, al punto que su acompañante ponía cara de asombro. Y la otra cosa que advertí, Turco, fue que ella, mi amante, se transfiguraba ante esa muestra de arrobamiento. Su rostro no era el de asombro, mucho menos el de la vergüenza. Yo conocía todos sus rostros y ése era el del despertar de la pasión.

Sentí que sus dos muslos apretaban muy fuertemente mi rodilla por debajo de la mesa. Inmediatamente advertí que sus carnes ardían. El fuego me llegaba a través de la tela del pantalón. Luego sentí su pie, desnudo, acariciando mi pierna a la altura de la botamanga del pantalón.

Cuando alcancé a decir los versos finales: desde mi triste soledad veré caer las rosas muertas de mi juventud comprendí que esa noche habíamos de hacer el amor una vez más.

Terminamos en un hotel del Once, Turquito, donde el amanecer nos sorprendió dormidos, totalmente extenuados.

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Osvaldo pagó los cafés y se fue. Yo me quedé, repito ahora con alguna impertinencia, “acomodando oraciones” en mi bloc. Miré por la ventana del bar y vi cómo mi amigo se alejaba. Caminaba con paso lento, ayudado por su bastón. Era la tarde del sábado y él marchaba, despacio, hacia su doméstica soledad. Anoté en el bloc una frase que finalmente taché: “Me juego el corazón -había escrito- que se va tarareando Nostalgias.”.

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Alfredo Arri (Theodoro) 2007 Derechos reservados en los términos de CC.

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La tierra, o el regreso.

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Hace muchos años, fui testigo circunstancial de un hecho grave. Era una noche de verano y me hallaba en una reunión de amigos. En esas circunstancias presencié cómo uno de mis amigos sufría un ataque que lo llevó a la inconsciencia en escasos segundos. Semanas más tarde, cuando se le hicieron todos los diagnósticos, supimos que se trataba de una mav en el cerebro y que había de requerir de una intervención quirúrgica para eliminar esa malformación. Gracias a novedosos métodos quirúrgicos incruentos (el sitio y tamaño de la mav lo hacían inoperable por los procedimientos tradicionales), mi amigo pudo recuperar su calidad de vida en pocos meses. Pero la manifestación súbita de su mal, aquélla noche, había sido dramática.

Una hora después del ataque, hallándonos junto al enfermo la esposa de éste y yo en la guardia del hospital, fui llevado por un impulso visceral a acariciarle las manos al amigo inconsciente. Estaba acostado boca arriba sobre una camilla, con las manos colocadas sobre el vientre; tenía los ojos abiertos aunque su mirada estaba, notoriamente, ausente. No tenía yo, ni el hábito de hacer tales cosas, ni la cercanía afectiva suficiente como para justificarla. Sin embargo, fue lo que hice.

Durante un tiempo estuve preguntándome el porqué de mi reacción. Y entonces admití que era algo así como una consecuencia no consciente de lo que había visto, minutos antes del ataque. La escena había sido así: Este amigo estaba de pie, conversando animadamente, como todos en aquella reunión. El clima era festivo. Se bebía y se comía. De pronto, su semblante adquirió una seriedad que desentonaba con las circunstancias; al mismo tiempo, levantaba su mano izquierda, deteniéndola a la altura de sus ojos, a unos treinta centímetros de su cara. Es decir, se miraba intensamente la mano. Además, la movía con movimientos extraños, como en ese juego que se le hace a los bebés para enseñarle los palotes de la coordinación motora: “qué linda manito que tengo yo, que linda manita que Dios me dio”. Un movimiento de ese tipo, aunque más lento.

Yo, como todos quienes lo conocíamos, estábamos acostumbrados a algunas rarezas de su comportamiento las que, como después habíamos de comprender, se debían a su hasta entonces desconocido mal. Pero, por muy común que nos resultara sus rarezas, esa mirada sobre la mano excedía todas sus rarezas. Ofrecía a mi vista un espectáculo impresionante. Instantes después, caía al suelo, y echado sobre el piso comenzó a sufrir convulsiones hasta que, segundos más tarde, perdió la consciencia. Lo que siguió es fácilmente imaginable: gritos, llamados desesperados, espera de la ambulancia, hospital…

A los pocos días, como dije, recuperó su conciencia y meses más tarde, luego de trámites, idas, venidas, pagos y sobrepagos, logró recuperar su vida a como había sido hasta antes del ataque. Ya no prodigaba sus antiguas rarezas, aunque sí mostraba algunas nuevas que, de todos modos, no le impidieron legar a ver ese anhelado día en que el médico le hubo dicho: “Flaco: zafaste. Te doy el alta.”

Yo tenía, claro, la certeza de que jamás había registrado ese apretón-caricia que le hube dado en la guardia del hospital; pero sí tenía la duda de si recordaría los momentos previos al ataque. Concretamente, tenía curiosidad por saber si recordaba eso que a mí me había impresionado tanto, su mirada fija a su mano. Así que un día, entre porciones de pizza y gaseosas -ya que le había dado el adiós a la birra- me animé a preguntarle si recordaba ese hecho. Para mi sorpresa, me dijo que sí, que lo recordaba. Lo recordaba con claridad. A tal punto que pudo relatármelo. Y tanto su percepción como el recuerdo de su percepción eran igual a mi percepción y mi recuerdo. Me dijo, esencialmente, que lo que lo llevó a mirarse la mano de ese modo había sido no la reconocía como propia, y que no tenía conciencia de que él fuera el responsable de los movimientos que veía en ella. Que “pensaba” que la mano sí era de él, pero que no la reconocía como tal; ni como “algo” que fuera parte de su yo. Y entonces utilizó una expresión que me impresionó tanto o más que el hecho mismo. Dijo: “había dejado de comprender a mi mano.” Comprender a la mano. ¡Vaya con la elección del verbo!

¿Por qué ha surgido ahora, bajo la forma de súbito recuerdo, este antiguo episodio? ¿Por qué exponerlo aquí? Bueno, la razón es solo una: ayer padecí, por decirlo de alguna manera, una experiencia, si no similar, al menos relacionada.

Me encontraba en el patio. Junto a mi mujer, habíamos decidido dedicarle la tardecita a hermosear las plantas. El invierno más crudo de nuestras vidas había terminado y las plantas también lo habían sufrido. Requerían nuestra atención, nuestros cuidados, nuestros mimos. Así, me encontraba transplantando una planta cuando de pronto detuve mi mirada, absorto, sobre mi mano izquierda, que, en esos momentos, sostenía un puñado de tierra. Era tierra recién adquirida en el vivero. Tierra fresca, negra, suelta, aireada, liviana. Caían por los bordes de mi mano regueros de tierra a la manera de los hilos de arena que caen de una esfera a otra del reloj. Mi mirada quedó congelada en la mano, en la tierra que en la mano tenía. Y en un momento me pregunté, como en un estado de alucinación: ¿Qué es esto, por Dios? ¿Qué es lo que tengo en la mano? ¿Tierra? ¿De verdad es tierra, o es algo que parece tierra? ¡Es tierra! Es la tierra, la madre tierra, la sagrada tierra de todos los pueblos. Tierra. Me levanté de la posición en cuclillas en que me hallaba. No podía verme el rostro, pero por la sensación que percibía en mis propios músculos de la cara, sabía que estaba sonriendo. Es más, estaba exultante. “Maris, mirá: ¡tierra! ¡es tierra!”

Y entonces arrojé la tierra y me dirigí raudo a la pileta. Abrí el grifo y dejé que el chorro de agua cayera sobre mi mano sucia de tierra. ¡Agua! ¡Es agua! Es agua que moja, me decía. Y entonces fui asaltado por un deseo incontrolable de experimentar sensaciones. Golpeé con los nudillos la pared para experimentar la dureza; le pedí a mi esposa que me hablara, para experimentar la sensación del sonido; luego la besé, para reconocer el sabor de un beso; inmediatamente llamé a mi hija para decirle que la quería; al punto, a mi hijo para decirle lo propio; corté y de inmediato llamé a mi hermana para desearle feliz cumpleaños. Oía sus voces por el aparato y no lo podía creer. “Gracias, pa; yo también te quiero”; “¿Que té paso, viejo, te volviste loco?”; “Gracias, hermano.” Eran todas voces reales, las reconocía. Exultante, fui a la cocina, y comencé a experimentar todas las sensaciones que surgían de una frenética y desordenada voluntad. Así, constaté, entre otras cosas, que el azúcar es dulce; la sal, salada; el vinagre, ácido; el aceite, repugnante; el vino, perfumado. Finalmente regresé al patio y me quité los zapatos nada más que para pisar descalzo los baldosones, la tierra. Aplasté sin querer un caracol con la planta del pie. La sensación fue maravillosa. Quitarme con los dedos la plasta de la planta del pie, más maravillosa aún.

Entonces volví adonde había quedado la Maris con sus plantas. Estaba luchando contra las larvas alojadas en las hojas de un rosal. Volví a tomar un puñado de tierra y le dije: “Mirá, mami; es tierra”. “¿Y?”, me dijo ella. Entonces le dije la verdad de lo que sentía: “Es que había dejado de comprender mis sensaciones; podía tener algo en la mano sin tener ni idea de qué cosa era. Ahora vuelvo a comprender todo. Comprendo que lo que sostiene mi mano ahora es tierra. La puta tierra. La bendita tierra.”

Ella me miró como suele mirarme desde siempre, aunque con algún gesto nuevo. Hace días que juega con la broma de que el golpe en la cabeza de hace un mes me había desacomodado las macetas de la azotea. Una broma, claro, pero no tanto. O sea, me miró con algo de preocupación. “Y sí, tierra…”

Tomé con dos dedos una pizca de tierra y me la metí en la boca. Sabía a tierra. La paladeé, y me reí, me reí a más no poder: súbitamente comprendí que había regresado. De un largo y estúpido viaje. Estaba otra vez en la tierra. La putísima y bendita tierra.

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