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Del pochoclo y el reloj.

Filosofetas. Reflexiones insubstanciales.

Del pochoclo y los relojes.
Me dicen que es moda que los espectadores de cine coman pochoclo durante una función. Me dicen, además, que ésa es una costumbre que ya lleva entre nosotros, los argentinos, quince años o más. Y me dicen, por último, que en esos sitios modernos, al pochoclo le dicen pop-corn.

Estas módicas noticias me provocan las siguientes acciones: Uno: me he visto obligado a tomar conciencia de que hace como veinte años que no voy a un cine. Dos: puedo decir que tengo un excusa para no lamentarme de esa falta y que la misma me sirve, también, como excusa para no querer enmendar esa falta. Tres: sospechar -fundadamente- que la penetración cultural del Norte hacia el Sur no se detiene, con lo cual mi humor empeora. Cuatro: me siento tentado en componer algunas reflexiones insubstanciales alrededor de estos temas.

Como ya habrá barruntado mi lector, no me resistiré a dar rienda suelta a esta última tentación.

Las enumeradas acciones de mi voluntad, surgidas desde la constatación de una moda tonta como es comer pochoclo en el cine, me permiten levantar sobre mí mismo la sospecha que me he convertido en un conservador recalcitrante. Sin embargo, ni bien me acuerdo (y reafirmo) que me siguen gustando tanto los tangos de la guardia vieja y las películas de Gardel como con los tangos de Bajo Fondo Tango Club o las peliculas de Tim Burton, contrarresto aquella sospecha. Ergo: no es que me hubiera convertido en conservador en el sentido lato del término; simplemente me he convertido en un viejo.

El hecho de que me sigan gustando las mujeres, a pesar de que ya no me mueven un pelo, (o nada más que un pelo) lo reafirma.

Los viejos abominamos de ciertas modificaciones de las rutinas, sobre todo si tales modificaciones son de las más pequeñas e inútiles. Que aquellos que concurren a un cine en estos días elijan llamar pop-corn al pochoclo me resulta fastidioso, aunque mi fastidio quedaría justificado por aquello de la añoranza a nuestra propia cultura, tan castigada en estos tiempos de globalización. Y la reprobación de mi parte para eso de los espectadores coman durante la función, podría sostenerlo con argumentos tales como que se trata de un asquete. ¿Por qué no cortarse las uñas de las patas en las escenas aburridas, por ejemplo?

Se me objetará afirmando que no es lo mismo de repugnante ver (u oír, u oler) comer pochoclo a un prójimo demasiado próximo que ver al mismo prójimo demasiado próximo cortándose las uñas. Refutaré esa hipotética objeción con esta réplica: usted nunca vio a mi tío Ernesto comiendo pochoclo: adoraría usted hasta la profesión de podólogo.

Como fuere, insisto: hay incómodas modificaciones menores del cosmos cuyas probables explicaciones para esas incomodidades carezcan de argumentos racionales, o no transciendan el carácter irascible del viejo, sino que se agotan en eso, es decir, en la condición de irascible del carácter del viejo. Comer o ver comer (u oír, u oler) a un prójimo próximo a uno en un cine durante la proyección de un película es una de esas incómodas modificaciones del cosmos. Hay otras.

Por ejemplo, que la dirección de un canal de televisión decida cambiar los horarios de los programas que suelo ver regularmente, me puede llevar directamente a la abominación, no sólo del programa hasta entonces favorito sino del canal todo. En casos así, llamo a uno de mis nietos que conocen los arcanos del control remoto, para que eliminen ese canal del alma de esa prolongación tan boba como útil de la mano.

Otro ejemplo: que los evangelistas domingueros de estos tiempos sean más agresivos, más pelmazos, que los evangelistas domingueros de hace tres décadas, puede provocarme ataques de ira. Antes, los despedía con alguna mínima muestra de cortesía; ahora no: ahora los despido con las más agrias demostraciones de falta de urbanidad: ¿Por qué no se van a predicar al desierto, así no joden a nadie? En los desiertos no hay domingos, ni lunes, ni nada. Sé que es inútil, porque los evangelistas carecen del sentido del humor y están incapacitados para decodificar ironías. Sólo responden a los exabruptos más guarangos, aunque tampoco saben responder a éstos con la furia humana, sino que se ponen a blandir maldiciones satánicas y otras manifestaciones de idiotez por el estilo. Sé que es inútil, decía, pero igual se me da mostrarme para con ellos más agresivo de lo que ellos se muestran para conmigo.

Hay más, por supuesto: Ahora es cosa corriente que en un café o restaurante haya carteles por todos lados que rezan: los baños son para uso exclusivo de los clientes. Como comprenderá usted, amigo lector, si me veo obligado a consumir un café nada más que para poder usar el baño del bar, es esperable y aun saludable que una vez que logre pelar en ese lugar sagrado donde acude tanta gente, desarticule mi puntería con certeros mandobles de pene con el fin de orinar abundantemente el piso y las paredes del baño.

Antes -para seguir en este tono de queja menor- había seres humanos detrás de las ventanillas de los bancos, dispuestos a hacer tareas sencillas tales como contar billetes o sellar papeles. ¡Ah! ¡Qué placer provocaba verlos desarrollar con habilidad de prestidigitador esas tareas! Ameritaba, no digo el aplauso, pero sí un muchas gracias que uno le regalaba, adosado a una sonrisa, al tipo o tipa antes de retirarse de la ventanilla, ya con los billetes, ya con un papel sellado. Ahora no: ahora en los bancos hay robots a los que, increíblemente, llaman cajeros.

El señor le va a enseñar cómo se hace, me dijo la primera vez una empleada de banco que me mandó derechito al cajero robot y me señaló a un empleado con uniforme del Ejército de Salvación. En efecto, un señor de la vigilancia me aleccionó en el funcionamiento de esa máquina. Se aprende rápido, es verdad, pero yo recurro al empleado humano cada vez que voy al banco. Porque de lo que se trata es de rebelarme -vana, pero placenteramente- contra la automatización. Señor: ¿me puede explicar cómo funciona esto? ¿No se lo expliqué la semana pasada…? Puede ser, pero se me olvidó. ¿Me hace el favor, quiere?

Una vez, una joven que estaba en la fila detrás de mí, que se percató de que no encaraba la máquina, y de que miraba para todos lados en busca del hombre de la seguridad, me preguntó: No, g¿Quiere que lo ayude, abuelo? No, gracias, abuelo las pelotas, dije y pensé. Quiero que venga el señor de seguridad porque él sabe mi clave, ya que yo no la recuerdo. ¡No, abuelo, usted no le tiene que dar la clave a cualquiera! No, no es a cualquiera: el señor de seguridad no es cualquiera, yo lo conozco, se llama Miguel. Allá está. ¡Ea!, Miguel, me da una mano, por favor… ¿Otra vez usted, abuelo?

Abuelo las pelotas. Hace rato que soy abuelo; lo que soy desde hace poco es viejo, que es otra cosa. Ser abuelo es aprender a aceptar los cambios: los nietos cambian mucho más rápido de lo que cambiaron los hijos en su momento. Un abuelo se alboroza ante el mínimo cambio que se manifiesta en el nieto, y eso ocurre todos los días. Ser viejo es otra cosa.

En la vejez nos aferramos a las rutinas y nos incomodan las alteraciones mínimas del cosmos. Nos rebelan los cambios que modifican nuestra vida cotidiana, nuestros hábitos cotidianos. Por ejemplo: celebré con verdadero fervor la media sanción, por parte de la cámara de diputados, del proyecto de ley que elimina ese artículo del código civil que menciona como actores necesarios a un hombre y una mujer para referirse al matrimonio, y pongo todas mis energías mentales para que el Senado convierta en ley el proyecto. Pero, vea usted la diferencia, quise conspirar contra el Gobierno cuando se le ocurrió modificar la hora oficial, en aras de un supuesto ahorro de energía. Cenar con la luz del sol es insoportable y, de haber hallado conspiradores en buen número, habría atentado contra la autoridad del Estado por ese desatino. Semejante norma ameritaba una revolución, aun si fuese efectiva la medida: es preferible cenar a la luz de las velas cuando hay corte de luz eléctrica a tener que servir la sopa sobre una mesa inundada por los rosados colores de la tarde y alborotada por el chirriar de los gorriones.

Seré franco: tengo para mí que eso de comer pochoclo en el cine es una suerte de retroceso para la humanidad. Por lo menos para esta parte de la humanidad que llamamos argentinos. Allá ellos, los yanquis, si comieron pop-corn en los cines desde siempre. Aquí es como una involución cultural. Es como una suerte de compensación cósmica a otras modificaciones evolutivas, como por ejemplo el descubrimiento de una vacuna o una droga que salve millones de vidas. Es como si Dios dictaminara: ¿En Suecia se acaba de inventar un medicamento milagroso? Pues entonces que otros, por ejemplo los argentinos, coman pochoclo en los cines, para compensar el desequilibrio que se ha producido en favor de la humanidad y en mi contra. Algo así.

Me dicen, también, que algunos chicos de clase media de vida holgada celebran Halloween. O que los jóvenes de clase media no tan acomodada celebran San Patricio empedándose en masa. Pero esto no me preocupa demasiado, lo confieso. Son grupúsculos. La inmensa mayoría del pueblo aborrece de esas celebraciones que se nos tratan de imponer a la fuerza. Esas modas pasarán, de puro vacuas que son.

Lo que no pasa, lo que no deja de pasar nunca es el tiempo que, precisamente, consiste en pasar. O aparenta pasar. Aunque es lícito dudar incluso de tal apariencia, la apariencia de ese paso está y es fuerte. El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, rezan los versos del poeta cubano. Y pasa más rápido cuando, el que lo mide, suma en su propia humanidad una pila de años, es decir, una montaña de tiempo. Aquella constatación empírica de que los cambios se dan más apretaditos en los nietos que en los hijos confirma esa relatividad del tiempo según la edad del sujeto que lo mide, padece, sufre, tolera o goza.

Hay una sentencia de Borges que me ha parecido siempre débil. Escribió nuestro poeta mayor y hasta hoy único proto filósofo que dio la patria: “Negar el tiempo es dos negaciones: negar la sucesión de los términos de una serie, negar el sincronismo de los términos de dos series.” (Borges, Otras inquisiciones. B)

No necesariamente debe haber sincronismo entre diversas series. Al menos, no hay pruebas de esa necesidad. Esa necesidad de sincronismo entre series temporales es lo que aparenta al observador que no forma parte de ninguna de las dos series, pero no lo es para cada una de las subjetividades involucradas en cada una de las series. Parafraseando a Schopenahuer, me anticipo a defenderme de una hipotética objección: Creer que el sincronismo de las series temporales es sólo aparente a la subjetividad que las contempla desde fuera puede ser considerado un pensamiento absurdo; creo que lo absurdo está, precisamente, en imaginar lo contrario.

Si los cambios en el cosmos, la naturaleza, la sociedad y los hombres se producen en forma cada vez más apretada a medida que el sujeto de la serie que observa ese cosmos avanza en edad, ¿por qué no sospechar -fundadamente- que ese estrechamiento en los intervalos entre los cambios alcanza valores infinitésimos, cercanos a la misma anulación del tiempo cuando el sujeto alcanza una edad matusalena?

Nadie ha alcanzado tal edad como para que pueda dar testimonio de su percepción del tiempo a los novecientos y tantos años de pura vejez, pero sí hay signos que nos permiten sostener -caprichosa pero fundadamente- alguna tesis audaz. Ya he relatado alguna vez el caso de un tío que murió a una edad muy avanzada. Había sido traído por sus padres de Italia cuando él tenía dos o tres años de edad. ¿Cuatro, prefiere? Póngale cuatro. Al ingresar en la última agonía, cuando ya había perdido toda su comunicación con este mundo, sus palabras se reducían a incoherencias dichas en dialecto fruilán. Dialecto que jamás había utilizado en toda su vida en Argentina, que fue como de ochenta años. Sus expresiones incoherentes en un dialecto olvidado, sus vagas pero inequívocas sonrisas -amplias, gozosas- durante la agonía, bien podrían ser un signo de una realidad que nos es desconocida y, al ingresar el mortal en las regiones cercanas a la Gran Puerta, el tiempo deja de suceder, como en los sueños.

Los refutadores de leyendas de Villa del Parque podrían burlarse de mí, recordándome que las drogas que calman el dolor del muriente alteran la conciencia. Es verdad, pero no conozco ninguna droga que provoque a un moribundo de casi noventa años hablar un dialecto olvidado durante ochenta y cinco. Además, aquél tío murió de viejo, y no fue el dolor de una grave enfermedad lo que lo llevó a un hospital. Tampoco lo dormían los enfermeros para que no molestara: aquel viejo tío no molestó nunca a nadie, ni siquiera a la hora de morir. Cuando joven, contaba malos chistes cuando se chispeaba en las celebraciones familiares; ése fue su mayor pecado en esta vida.

Más fuerte es la objeción que podría oponerme un Hombre Sensible de Flores: tal vez en la muerte -podría oponerme un trovador y poeta de pizzería-, de alguna manera la subjetividad se aniquila en la aniquilación del tiempo de la misma forma como sucede en los sueños. Sé que una réplica a esa objeción que advirtiese que en los sueños, a pesar de todo, el sujeto no pierde la conciencia de su subjetividad y que esta conciencia de un sujeto es incómoda para la atemporalidad, tampoco serviría. En efecto, nadie podría asegurar que la descripción en vigilia de un sueño no sea más que la primera versión temporal, taquigráfica y mal trascrita, de una experiencia que durante el sueño, no sólo no tuvo serie temporal alguna reconocible, sino sujeto que la pudiera reconocer.

Tal vez en la vigilia, en el inmediato despertar de cada día, el relato del sueño no sea otra cosa que una forzada puesta en funcionamiento de todas las series temporales del universo, comenzando por el alfabeto. Una sincronización de las series temporales ajenas al sujeto que despierta. Algo así como dar cuerda al mundo cada mañana, para que funcione de modo que lo podamos reconocer. O peor aún: tal vez cada mañana, tras el despertar, no hacemos otra cosa que echarnos encima el tiempo, con idéntica mansedumbre con que nos ponemos las ropas y el calzado. Y así como en la vejez preferimos las pantuflas a los zapatos de cuero, las ropas de entrecasa al elegante sport, así del mismo modo los viejos nos calamos cada mañana una versión más aligerada del tiempo. Una versión del tiempo en la que las grandes modificaciones suceden tan apretadas que nos mueven a la indiferencia; a la vez que las pequeñas modificaciones de las rutinas que nos pertenecen nos alteran el ánimo, nos conducen al mal humor y a la módica rebelión.

Mi última reflexión sobre este tema permanecerá oculta detrás de una pregunta: Si en medio de una función de cine algún espectador se atragantase con pop corn, ¿debería interrumpirse la proyección para asistirlo? ¿O el show must go on a como dé lugar?

Alfredo Arri.

o0o

Barcelona 1, Inter 0

Reflexiones insustanciales.

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.Barcelona 1- Inter 0.


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Durante cuarenta y cinco minutos estuve sentado cómodamente, con el control remoto en la mano. Durante ese tiempo mis ojos siguieron (los sentí moverse) los movimientos en la pantalla de la tele; y mis cansadas neuronas de pensar le preguntaban a mis más cansadas neuronas de no pensar, una y otra vez: ¿Qué estoy haciendo yo aquí, un miércoles a media tarde, en una hermosa tarde porteña de ésas llenas de sol, mirando un partido de fútbol? ¿Qué número de partido visto por mí es éste? ¿El número mil ciento cuatro? ¿El número cinco mil novecientos doce?
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No podré establecer jamás ese número, por supuesto. Pero el sólo hecho de que pudiera ser un número superior a mil me inquieta. Noventa mil minutos de una vida debe ser mucha vida. No haré la cuenta, por supuesto, pero debe ser mucha vida como para dilapidarla así. Es decir, para ver nada. O, peor aún, para ver lo mismo de siempre: futbolistas de fama que ganan fortunas por ser tales, y que corren en pos a la posesión efímera de una pelota.
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Cualquiera me objetará: no: de ninguna manera un partido es igual a otro; todo lo contrario: cada partido es singular. A lo que replicaría, de todos modos: Sí, claro, cada gato es singular, pero, ¿cuál es la diferencia entre un gato en particular, por ejemplo Beppo, y el gato arquetípico? Ninguna. Quien ha visto un gato los ha visto a todos; quien ha visto un partido de fútbol los ha visto todos.
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Sí, por supuesto, ya lo sé: lo mío es una falacia: un gato no es un objeto aquiparable a un partido de fútbol. Pero un partido de fútbol debe ser equiparable a algo. Interviene varios y destacan algunos y montones miran. Algo debe haber que se le equipare.
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Creo que si hay algo comparable a un partido de fútbol, como espectáculo a la mano, digamos, ese algo es una película porno. En primer lugar, es verdad que quien ha visto una película porno las ha visto todas, pero, por otra parte, ¿a quién se le ocurriría ver, por ejemplo, mil ciento cuatro veces, cinco mil novecientas doce veces la misma película porno? A nadie, más bien. ¿Para qué? Sería un despropósito.
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Uno cambia de película porno, digamos, no porque la crea diferente a otras ya vistas, sino porque en la película no vista aún está -debería estar, uno espera que esté- la posibilidad de ver algo que provoque lo que uno espera que debe provocar una película porno. Llámese a este estado del alma que provoca una película porno con el nombre que se quiera, pero permítame usted designarlo aquí con el nombre de emoción. Se ve por la tele un partido de fútbol que va en vivo porque en él está la posibilidad de que, en algún momento del mismo se produzca algo, alguna alternativa, alguna jugada, algún gol que provoque eso, es decir, una emoción.
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Acaba de comenzar el segundo tiempo del Barça versus el Inter, pues tal es el partido que -en el entretiempo- originó estas reflexiones insustanciales. Y la verdad es que en los primeros cuarenta y cinco minutos el espectáculo no me dio ninguna emoción. Aburrido como un bolero.
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Alguien podría cuestionar mi apatía de esta tarde con este argumento: Bueno, usted no es hincha, ni del Barça ni del Inter; no es, ni español, ni italiano; ni catalán, ni milanés; ni gallego, ni tano. A lo que refutaría a mi hipotético objetor con este otro argumento: Sí pero no: juegan tantos argentinos en esos dos equipos que bien podría hinchar por cualquiera de los dos, o por los dos a la vez. Está Lío en el Barcelona, por ejemplo. Y, vamos, uno espera que Messi haga cuatro goles por partido, y que además sean dos de taquito, uno con un globo al arquero y el cuarto de chilena desde fuera del área. O que gambetee a todos y entre al arco del Inter con la pelota atada al pie. Es lo que uno espera cuando se pone, como un auténtico pelotudo, frente al televisor, un miércoles de pleno sol, con el control en la mano, a perder noventa minutos de la vida. Uno sabe que esas cosas no suceden, o suceden excepcionalmente, y sin embargo…
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Acaba de comenzar el segundo tiempo, dije. Así que tendría que abandonar ya mismo estas reflexiones inútiles para regresar al sillón, al control en la mano, al mate, al cigarrillo y a la expectación, pero me lo ha impedido una curiosidad:
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La curiosidad es esta: abro el diccionario de la lengua para corroborar la oportunidad o pertinencia del término elegido y me encuentro con que expectación tiene dos acepciones que vienen al caso de estas reflexiones inútiles. Sentencia el DRAE: 1. f. Espera, generalmente curiosa o tensa, de un acontecimiento que interesa o importa. 2. f. Contemplación de lo que se expone o muestra al público.
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Pues bien: se supone que mi expectación debería ser curiosa, tensa, pues se trata, este partido, de un acontecimiento que interesa o importa. Pero como resulta que este partido, a mí, ni me interesa ni me importa, debo asumir que me he puesto a ver el partido por la mera contemplación de lo que se expone o muestra al público.
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En otras palabras: vengo a caer en la cuenta ahora, luego de esta reflexión cortita y al pie, surgida de la lectura del diccionario que me vino como centro al área y que paré con el pecho y la bajé para la zurda, que formo parte del público-tribuna; y que, como parte de ese multitudinario público-tribuna repartido por todo el mundo, estoy tomando el potingue que ignotos y perversos capitalistas han preparado para que la traguemos sin papar siquiera, mansamente, frente al televisor, enormes cantidades de pelotudos anónimos, absolutamente adocenados.
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En este punto me declaro en rebelión y como consecuencia de mi módica rebeldía, ya no iré frente al televisor, sino que he de permanecer frente a la pantalla de esta pc, dispuesto a continuar con este texto, completamente vacuo.
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El partido ahora transcurre a mis espaldas y me entero de sus alternativas (si quisiera enterarme de verdad de ellas) por vía de la audición y no de la vista. Yo escribo, y el relator de la televisión relata. Y como en el relato el relator pone vehemencia, la vehemencia necesaria que se espera de un relator de fútbol sudamericano, debo de confesar que el partido oído se ha puesto mucho más interesante que el partido visto. Aunque a veces resulte malsonante la repetición de vocablos tales como pedro, maxwell, o cambiasso.
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Como el partido -mitad visto y mitad oído- es decididamente anodino, es casi inevitable que estas reflexiones sean tan anodinas como el partido al que están, de algún modo, colgadas. Pero hay una diferencia, que para mí es al menos significativa: estas reflexiones anodinas son obra mía. No han requerido la complicidad de decenas de empresas multinacionales para que millones de boludos en todo el mundo perdamos noventa minutos de nuestras vacías vidas para consumir del producto anodino. No, lo mío es propio: no jodo a nadie y si alguien recala aquí a leer estas línes, eso será obra de la conjunción de dos factores absolutamente azarosos: que el señor Google lo traiga desavisadamente hasta aquí y que el desavisado visitante me dispense un poco de su generosidad.
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Si así se diese; es decir, si algún desavisado lector hubiese finalmente llegado (milagrosamente) a este punto de mi texto y me hubiese dispensado tanta generosidad como para leerme hasta aquí, que precisamente aquí reciba mi más hondo agradecimiento.
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Piqué obligó a que me levantara durante unos mintutos para acercarme hasta el televisor, para ver la repetición del gol. Valió la pena el esfuerzo: un giro dentro del área dejó pagando al arquero y al último defensa. Gol. Buen gol. Lindo gol. No le alcanza al Barça para clasificar para la final, pero, ¿a quién le importa? ¿A los catalanes? Yo no soy catalán.
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El referí pitó el final. Chau. Noventa minutos más el entretiempo. Totalmente perdidos. Ni siquiera me acordaré mañana del gol de Piqué, la única emoción del partido: goles como ése he visto tantos que solo recordaré el arquetípico para esas situaciones. Recuerdo, por ejemplo, el de Willington contra…
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Una pérdida absoluta de tiempo. Sólo me consuela saber que faltan muy pocas semanas para el Campeonato Mundial de Sudáfrica. Y entonces sí, al fin podremos ver fútbol de verdad. ¿O no?
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Alfredo Arri.

Milonguero viejo.

Soliloquios de un hombre maduro. Música popular.

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Milonguero viejo..

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Dicen (pero Alá sabe más) que los milongueros tienen sus orquestas de tango preferidas según sea su forma de bailar. O dicho de otro modo: que a cada orquesta de tango -de estilo singular bien definido, se entiende- le corresponde una determinada forma de bailar. Así, habría milongueros que se lucen con un D’Arienzo mientras que habría otros que empalidecen al resto de los bailarines con un Di Sarli. Como no soy milonguero no puedo, ni suscribir, ni desechar esa tesis, pero sí me animo a desconfiar de ella. Por el contrario creo, firmemente, que el buen milonguero tiene, por sobre todas las capacidadaes físicas (incluído el oído), la de gobernar su cuerpo conforme a un sentimiento muy hondo que poco tiene que ver con la música, o que tiene que ver con ella sólo tangencialmente. En palabras más redondas: creo que el buen danzarín es capaz de obrar belleza visual hacia el exterior con los movimientos de su cuerpo aun al ritmo del Arroz con leche. Si así fuera, y creo que así es, al buen milonguero le habrá de resultar indiferente la orquesta o aun la pieza con la que le toca bailar, y sus preferencias por tal o cual orquesta no serían muy diferentes a las razones que podrían argüir el resto de los mortales. Tampoco ignoro que puedan existir milongueros que prefiriesen alguna música en particular porque es sobre ella cuando podrían mostrar sus mejores brillos. Pero esto, si existe, ha de ser porque saben que con una pieza bien aprendida es cuando alcanzan la excelencia. Nada de concreto hay que indique que el milonguero que alcanzó la excelencia de su arte al compás de un D’Agostino, digamos, no pudo haberla obtenido,también, al compás de un Tanturi, o un Lomutto.
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César, un amigo que ha hecho de la milonga su religión principal, me ha confesado que si se lucía con Di Sarli eso fue porque de Di Sarli era el único long play de tango que tenía en la casa cuando chico; y que ya era un eximio danzarín cuando conoció el ritmo y la voz de otras orquestas. Por supuesto, mi amigo César brilla por igual con cualquier tango. En su caso al menos, a la hora de lucirse, la música le influye menos que la compañera con la que le toque bailar. Cuando la pega con ésta, da gusto verlo bailar, da gusto verlos bailar, más allá de la música que los acompañe. En los años en que compartió milongas con una tal Esther, de Villa Crespo tanto él como “la rusa” podían arrancar públicos aplausos e íntimas envidias aun cuando bailaran al compás de los Tubatango (con todo respeto).
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Creo, confieso creer, que aquella tesis de que a cada milonguero le cabe una orquesta mejor que otra según como sea su estilo de bailar es apropiada para quienes somos, para eso del baile, de madera. Creo que a esta categoría de chapuceros bailarines a la que pertenezco sí nos cabe esa máxima, ya que, en nuestras torpres humanidades, el oído pesa más que los pies. A nosotros no nos resulta igual una orquesta que otra. Con algunas, por razones que nadie podría precisar, zafamos; mientras que, con otras, bueno, con otras podríamos llegar hasta la torpeza del pisotón.
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Así, en mi caso, debo admitir que Carlos Di Sarli acomodó su orquesta para que yo pudiera bailar el tango. Esto no me allana el camino, ni mucho menos, para hacer mía, alguna vez, una rusa Esther. Pero, de esperanzas vive el hombre. Mientras tanto, me permito poner un disco:
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Carlos Di Sarli, en… ¡valga la paradoja!: Milonguero viejo.
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Cuando tenga sesenta y cuatro.

Soliloquios de un hombre maduro. Música Popular.

Cuando tenga sesenta y cuatro.

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Cuando Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band entró a casa y entre sus temas estaba el que da el título de esta entrada, ni siquiera mi padre tenía los sesenta y cuatro. Yo acaba de salir de la milicia, que en aquellos años era de cumplimiento obligatorio y se transitaba a los veinte.
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Mi inglés nunca pasó de lo elemental que nos enseñaban en el colegio, pero alcanzó para comprender qué tipo de fantasías enumeraban el joven Paul o el joven John cuando llegaran a los sesenta y cuatro.
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Sesenta y cuatro era para mí entonces, como cifra para una edad, algo incomprensible. Tal vez por eso no quería ir más allá en la comprensión de la letra de aquella canción. Pero hoy, cuando tengo a la mano una traducción de la misma, y cuando ya están en mi propia humanidad los inimaginables sesenta y cuatro, me puedo detener en su lectura con un poco más de atención.
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La letra es clara. El amante aspira llegar a la vejez con ella a su lado. Le propone que firme los papeles para siempre, y le advierte que ese para siempre comprende la inexorable vejez. Y pauta que para entonces: ella le siga bancando las pequeñas faltas; ella le siga regalando, de vez en cuando, una tarjeta de San Valentín, digamos; y, puntualmente, ella le regale una botella de vino para el cumpleaños. Por su parte él, confiesa, que podrá servir, al menos, para arreglar las goteras de las canillas, o quitar las malas hierbas del jardín.
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La felicidad para la edad del reposo queda esbozada en la imagen de la mujer tejiendo un suéter al lado de la chimenea y el hombre cambiando los fusibles de la caja de luz, con los nietos muy cerca, si es posible en los brazos, o sentados en las rodillas. Y como un colmo de dicha a la que se aspira, en la promesa está el sueño, si no es demasiado caro, alquilar una casita de campo en la isla de Wight.
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No tengo ni idea de cómo será la isla de Wight, pero no puede ser demasiado diferente a San Clemente del Tuyú, Valeria del Mar, las barrancas de Chpadmalal o alguna playa perdida de la extensa costa patagónica. Es verdad que no tenemos castillos por estos pagos sudamericanos, pero aun a los sesenta y cuatro puedo construir magníficos castillos de arena.
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Están en mí, pues, los sesenta y cuatro. Han llegado y al menos por año se quedarán conmigo. Y a mi lado está ella, tejiendo para los nietos. Y están las goteras que debo reparar. Y está, cómo no, la puntual botella de vino para las fechas en las que hay que celebrar. Porque siempre habrá algo para celebrar.
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En la vieja canción no se canta a los momentos duros que la vida reparte, en azarosas bazas de dolor, y que los amantes recibirán, implacablemente, como todos. No se los ignora: simplemente no se los mencionan. Es tan estúpido prometer un lecho de rosas como avisar sobre las negras noches que nos regalará la vida. Se promete lo que se puede prometer: Y se sueña lo que es prudente soñar: Estar juntos, a lo sesenta y cuatro, para mirar la salida o la puesta del sol, en una playa frente al mar. ¿Qué nás podríamos pedir?
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Medio millón de visitas.

Elucubraciones de un boludo alegre.

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Hitos más, hitos menos, igualito a la nada.

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Cuando este blog superó las doscientas cincuenta mil visitas -meses atrás- registré aquí mismo mi alegría personal por haber alcanzado ese hito. Para un blog personal, que se escribe desde la periferia del mundo y que lo firma un tipo común y silvestre, no estaba nada mal. En estos días pasé el hito del medio millón de visitas, y aunque se supone que la alegría de entonces debía ser una multiplicada por dos, no lo es.
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Por supuesto, entre ambos momentos de la existencia de esta bitácora han sucedido cosas, y me han sucedido cosas… Cosas que de alguna manera u otra afectaron la marcha misma del blog, y afectaron negativamente el ánimo de quien firma estas líneas. Cosas. Cosas de la vida privada o familair, cosas graves de la vida, y cosas extraordinarias en la marcha del mundo que, de alguna manera también, me consumieron horas que bien pude haber aprovechado en otro tipo de ejercicios. Cosas.
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Sin embargo, sé que debo celebrar la superación de este hito del medio millón de visitas. Si me ganara la indiferencia y no lo hiciera, sería una patente contradicción con la existencia misma del blog. Si no se me mueve un pelo ante ese éxito -menor pero éxito al fin-, entonces, ¿para qué seguir posteando en él?
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Pero más allá de esta observación de sentido común, la pregunta tiene un sentido más amplio. En efecto, para qué seguir posteando en un blog exige una respuesta clara, contundente, que vaya más allá del estado de ánimo de quien sostiene un blog. Y no hay una respuesta, o, lo que no es nada agradable: la respuesta podría ser incómoda.
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José Pablo Feinmann, uno de nuestros intelectuales más populares y a la vez más interesantes desde muchos puntos de vista, ha dictaminado algo que es muy difícil de refutar, al menos con argumentos sólidos. Ha establecido Feinmann: Cualquier boludo tiene un blog. Más que un dictamen es un desafío, una provocación, tan típica en Feinmann, quien hace de la provocación un modo de excitar las neuronas de quien lo lee o escucha. No está mal. Es una provocación, sí, pero a la vez establece un dictamen que, al menos, merece ser considerado.
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Veamos: Existe la sospecha de que el mundo está lleno de boludos, con blog o sin él. Esta sospecha es tan intensa que hasta podría afirmarse que se trata de una certeza. Así que sería razonable y verosímil la idea de que, desde que existen Internet y los blogs, existe la categoría de boludos con blogs como parte del universo de los boludos que desde siempre habitan el mundo. Pero esto no implica, de ninguna manera, que cualquier blogger sea un boludo. A menos, claro, que consideremos boludos cabales, por ejemplo, a personalidades tales como José Saramago, Michael Moore, Orlando Barone o Barack Obama. Con estos ejemplos de bloggers ilustres quedaría en claro que la admonición de Feinmann tiene un sentido restringido: el boludo equivaldría, en su dictamen, a anónimo, don nadie, cuatro de copas, etc.
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Así que todo blogger debe hacerse antes que nada un examen de conciencia para hacer frente a la máxima de Feinmann: ¿Soy yo un boludo que tiene blog, o soy un blogger que de boludo no tiene nada? Sustituyendo el vocablo chusco por alguno de sus equivalentes cultos, la pregunta aparece mucho más clara: ¿Soy yo un cuatro de copas que tiene un blog; o soy un blogger que de anónimo no tiene nada? La respuesta es obvia en mi caso: Soy un cuatro de copas que tiene un blog; ergo -sustituyendo otra vez los vocablos-: soy un boludo que tiene un blog.
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Queda por establecer si soy un boludo cualquiera o boludo destacado. El problema que aquí se me presenta es que ser destacado dentro del universo de los boludos no aparece de suyo como un mérito, o como una muestra de excelsitud societaria, para decirlo de una manera absolutamente boluda. Todo lo contrario. Recibir, digamos, el diploma de Presidente de la AAB no parece ser un logro adquirido tras años de esfuerzos sino una suerte de sambenito estigmatizador. De verme alguna vez ante la alternativa de tener que aceptar o rechazar un cargo societario de esas características, lo rechazaría de plano. Tal vez con argumentos meramente retóricos, tales como: ¡Qué! ¿Acaso me vieron cara de boludo?
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¡Ni qué decir si ese ofrecimiento surgiese de una elección interna entre los socios de tan homogénea asociación! Porque ser designado a dedo como miembro destacado de una sociedad de boludos por pares que son boludos menos lerdos que uno, vaya y pase: podría reputarse uno víctima de una boluda conspiración y conspirar boludamente en contra de esa movida. Pero ser elegido boludo destacado en elecciones universales, secretas y obligatorias por la toda masa societaria de tan egregio club sería un golpe muy duro de asimilar.
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Creo, sinceramente, que el mejor argumento que podría exhibir para negar mi condición de cualquier boludo dentro del club de boludos que tienen un blog, sería el del éxito alcanzado con mi blog que es, por otra parte, la causa de esta entrada, esto es, festejar boludamente haber alcanzado la cifra de medio millón de visitas. Pero por este rumbo me meto de nuevo en honduras. Vea usted: si la categorización de boludo exitoso parece una admisible, tal admisibilidad se diluye ni bien volvemos a sustituir el vocablo boludo por el equivalente que le da Feinmann, esto es anónimo, don nadie, cuatro de copas. En efecto, si la expresión boludo exitoso es tolerable en algún aspecto, la expresión anónimo exitoso, en cambio, es un oxímoron deplorable. A esta altura, sospecho que José Pablo Feinmann quiso darle al vocablo boludo un alcance más amplio que el de anónimo, cuatro de copas, don nadie, etc.
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Y creo, también, que, de ser tal la intención del filósofo nac&pop al acuñar el dictamen, estaría en lo cierto. El punto al cual han llegado mis elucubraciones alrededor de este tema así lo demuestran. Sólo un boludo cabal pudo haber llegado hasta aquí con estas inútiles elucubraciones. Admito, pues, mi condición de boludo cualquiera. Y cambio lo de exitoso por afortunado. Quien firma las entradas de este blog es, pues, un boludo con suerte.
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Ahora bien: habiendo establecido antes que el tener un blog no es muestra de boludez supina, ya que conspicuos hombres de letras, de ciencias y del pensamiento en general lo tienen, el gran interrogante que quedaría por resolver sería este: ¿Para que un boludo cualquiera querría tener un blog?
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Declaro sin vueltas: las respuestas a esta pregunta son muchas y variadas. Como participo de la idea de que un inventario de más de dos respuestas a la misma pregunta inaugura una serie infinita de respuestas, reduzco la serie infinita a las dos más brutales.
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En un extremo, está la idea de que los boludos que tenemos un blog creemos, de alguna manera, que estamos alternado la marcha del mundo. Por supuesto, siempre alteramos la marcha del mundo con nuestras acciones, por mínimas que éstas sean. Lo que quiero decir aquí es que: se dice que los boludos que sostenemos un blog lo hacemos con la idea de que nuestras opiniones, puntos de vista, observaciones, réplicas, investigaciones, argumentos, ideas, etc., son de tal peso que contribuimos a los saltos dialécticos en el desarrollo de las ideas en el mundo. Auténticos cuatro de copas con ínfulas de pensadores originales. Descubridores del agujero del mate. Algo así como lo que pinta la metáfora tanguera: un galán de voz gangosa con berretín de cantor. Esta idea suele manifestarse críticamente de muchas formas, desde la académica, por parte de estudiosos del comportamiento humano, hasta la ácida de los humoristas. Este muy buen chiste gráfico de Wolf Toul es representativo de esa idea.
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En el otro extremo, está esta otra respuesta: los boludos que tenemos un blog lo hacemos por diversión. Una suerte de entretenimiento que trata de explotar las formas -amplias y laxas- de nuevas tecnologías; tan nuevas y revolucionarias que en ellas está todo por hacerse.
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No me avergüenza confesar que mi motivación ha sido principalmente lúdica. Como juego, supera en mucho a otros de reglas rígidas, ya que éste tiene aspectos sorprendentes. Y si no, vea usted: un día me dispuse a disfrutar de unos sándwiches de miga. Un hecho corriente de la vida corriente. El aspecto del paquete abierto, con sus pilas de sándwiches mostrando los colores de los ingredientes, me tentó a tomar una fotografía y, finalmente la visión de la fotografía en la pantalla me motivó a escribir una entrada cien por ciento lúdica sobre los sándwiches de miga. Con el tiempo, la entrada se convirtió en una de las más populares de este blog y a su pie hay una colección de comentarios muy sinceros y muy sentidos de argentinos desparramados por el mundo, nostálgicos de la patria y de los sándwiches de miga. ¿Qué otro juego da tales sorpresas, agradables sorpresas? ¿Qué otro juego virtual permite acceder a fenómenos, sentimientos, individualidades -por cierto reales- del modo que lo permite éste? Ninguno.
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La circunstancia de que esa entrada lúdica y gastronómica sea la más popular del blog (junto con otra sobre las empanadas árabes), y que otras, más presuntuosas digamos, apenas reciban visitas, ¿es un motivo para desesperar? Mi respuesta es un rotundo no. De ninguna manera.
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El resultado de la práctica consecuente de este juego que ya lleva algunos años y sobrepasó las quinientas mil visitas ha sido sorprendente: el enriquecimiento de mí mismo. Debo admitir, sin tapujo alguno, que tener este blog me convirtió en pocos años, del boludo aburrido que era al boludo alegrre que soy. Que no es poco. Mis seres queridos agradecidos: esto ha sido para ellos mucho más productivo -en términos de módica felicidad doméstica- que esos paseos por Plaza Francia cuando estábamos al pedo.
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En cuanto al papel que sobre la marcha del universo cumple mi blog, ¿a qué clase de boludo le interesaría tal cosa?
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Creo que lo mejor es cerrar esta entrada de íntima celebración echando mano a una de las herramientas que más uso en este juego: combinar palabras en décimas aceptables. Me compuse una apropiada para un auténtico -y soberbio- boludo alegre:
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Medio millón de visitas
no es un logro menor
que si modesto es el blog
no lo es el que lo edita.
Con mi firma manuscrita
estampo satisfacción
por alcanzar el mojón
que promedia las seis cifras
¡Abran cancha y anchen pista
que áura voy por el millón!
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Alfredo Arri (Theodoro)

Epicuro y los muchachos pirronistas.

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Epicuro y los muchachos pirronistas.

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Cuando uno se mete en honduras filosóficas, la primera de las tentaciones que lo asaltan durante el necesario paseo histórico en la busca de la verdad, es el epicureísmo. Epícuro y sus precursores son tentadores, redondamente tentadores. Sobre todo su precursor Pirrón, cuyo nombre por sí solo nos provoca ingeniosidades chuscas, tales como Pirrón, Pirrón, qué grande sos. Pero más allá de esta inmediata simpatía por Pirrón, es el modo de ver la vida de este Pirrón lo que me sedujo, lo que me tentó y entonces no tengo ningún prurito en confesar que por un tiempo fui epicureísta, o suelo ser epicureísta de vez en cuando. Por ejemplo, ahora estoy en uno de esos períodos epicureístas.

Para empezar, el esceptismo siempre seduce. Y si a una forma de escepticismo se le da el elegante nombre de acatalepsia, no sólo me siento digno cofrade de doxólogos de nota, como el doctor Mariano Grondona, sino un poquitín elegante dentro de una tilinguería razonable, o políticamente correcta.

¿Qué sería la acatalepsia? La imposibilidad de comprender y saber nada. Pero cuando digo nada, es nada de nada. Aquí es donde empecé a tentarme.

Aceptada la acatalepsia, no tengo más remedio que adherir a la epojé, que sería algo así como: ¿Para qué andar echando juicios a diestra y siniestra si después de todo es imposible comprender nada?

Y cuando surge la primera objeción a este escepticismo, como es esa voz interior que te dice: Pero, ¡cómo!, ¿nada es verdadero? Entonces Pirrón le responde a tu voz interior: Sí, cómo no. Por supuesto que hay algo verdadero: el fenómeno.

Aceptado todo esto, no queda otra que alcanzar ese estado en el que se alcanza la serenidad del alma, porque después de todo, si lo único verdadero es el fenómeno que me oculta el ser, al que nunca podré llegar, ¿para qué andar dilapidando el tiempo en búsquedas tan vanas como los juicios de valor?

Los libros de historia de la filosofía no lo dicen, pero resulta obvio que esa máxima de atorrante que uno aprende con los muchachos de la barra, ésa que reza: no calentarum largum vivirum, tiene su origen en Pirrón. Razón de más para redoblar el entusiasmo al entonar los versos de alabanza al precursor: Pirrón, Pirrón, que grande sos.

Aficionado al pirronismo, pues, avanzo en mis investigaciones y doy con Epícuro. Y el tipo viene a decir: la única verdad es la realidad. Bueno, en realidad no lo dijo así. Esas palabras célebres le pertencen a otro, pero, de alguna manera…. como se verá, a ellas se llegará.

Epicuro dice que la única verdad es la sensación. Esto tiene un corolario simple pero convincente: Si todo se reduce a la sensación, todo cuanto existe es corporal, ya que sin algo externo y real que mueva a la sensación no hay sensación posible. ¿Y qué son esos cuerpos? ¡Y qué se yo! Son cuerpos que se expresan en fenómenos. Eso es todo. Sin cuerpo no hay fenómeno.

Esta filosofía permite elaborar juicios tan rotundos, bellos y tentadores como éste: El hombre está ausente de su propia muerte.

La frase, entrecomillada, en Google, no da resultado alguno. Y como en el libro de la que lo recogí no está entrecomillada, se la adjudico al autor del libro, Emile Gouiran. La bella frase está en este contexto:

En cuanto a la muerte, si es cierto que el alma y el cuerpo son productos de una agrupación de átomos, mientras el ser exista ambos permanecerán unidos; pero cuando el agregado alma se desintegra, deja libre al cuerpo que, privado de su envoltura, se disipa y desaparece. La destrucción del cuerpo no implica, pues, más que la desaparición de un fenómeno: el hombre está ausente de su propia muerte. O como dice Robin: “la muerte no es nada que nos afecte; pues una vez salida el alma del cuerpo, dejamos de sentir: la ilusión de una vida futura se desvanece.

Emilio Gouiran. Historia de la filosofía, Ediciones Centurion Buenos Aires 1947, pg. 72

Tentador es pues Epícuro y sus muchachos pirronistas. Eso del mundo material compuesto por átomos es la idea más simple, más fácil de representar y más fácil de aceptar para cualquiera que tenga dos dedos de frente y no se ponga a filosofar motivado por la condicionante idea de hallar alguna justificación para la superación a la realidad de la muerte como expresión de un final verdadero e ineludible.

Pero hay más para tentarse con Epicuro. A una metafísica tan en correspondencia con los sentidos, a una teoría del conocimiento en la cual la sensación es el primer criterio de verdad, Epicuro suma dos criterios más: El recuerdo de la sensación, que nos permite, por ejemplo construir edificios de doscientos pisos en medio del desierto. Y un tercero que es el afecto. La moral, que descansa en los afectos del alma. ¿Cuál es el soberano bien al que debe tender el sabio? Epicuro no duda: el placer. Si tomamos el placer por falta de dolor, a la manera de Schopenhauer, y no al living la vida loca de las clases populares posmodernas, estamos hechos. Ya tenemos una filosofía. Una filosofía en la cual, como dije, adhiero y dejo de adherir con regular recurrencia.

Dícese que tender a la búsqueda del placer, a la ausencia del dolor, a la larga inmoviliza. El placer se estabiliza, se vuelve una ausencia de dolor y a la vez ausencia del placer deseado. Esto, también se dice, conduce a los adeptos del epicureísmo a un asceticismo imperfecto. Y al final del camino el epicureísta “se vuelve semejante a un dios entre los hombres, pues nada se asemeja menos a un ser mortal que aquél cuya vida, siendo buena, se desarrolla en medio de bienes inmortales.” (obra citada)

El último párrafo parece complicado, pero es fácil de entender: es cuando el asceticismo te lleva a rodearte todo el tiempo de cuñadas que prenden sahumerios a los muertos y hablan todo el día de los amores de las estrellas de la tele y el cine; o alcanzás un punto de ascetismo tal que un gol de la selección nacional de fútbol te resulta indiferente. Es un amesetamiento de la ausencia de dolor que duele tanto que es estúpido llamarlo placer.

Es en ese punto de toma de conciencia súbita de que he avanzado demasiado en ese camino del asceticismo cuando termino rompiendo el carné de la Escuela de Epícuro para afiliarme, por ejemplo, al partido de los platónicos recalcitrantes. O de los loquitos adoradores de Nitzche. Pero al poco tiempo, cuando el mucho ejercicio del idealismo me termina por producir el dolor de la estupidez que se padece pudiendo uno evitársela; o el hedonismo nihilista o alpedista me empieza a molestar a mí mismo, vuelvo a pedir la solicitud de ingreso en la Escuela del Jardín de Epícuro, y al mismo tiempo, para eludir algunos de los efectos colaterales de esta escuela filosófica, recomienzo la lectura de El Capital.
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Alfredo Arri. (Theodoro) febrero 2010

Epitafio industrial.

Epitafio industrial.

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He aprendido que el más dramático objetivo de todo hombre es tratar de anular para sí el implacable destino de la vida, cual es morir para ingresar, a partir de la muerte, y para siempre, en la más absoluta nada. Los más desgarradores desvelos de cada hombre, mientras vive, se agotan en esa tarea: eludir el fatal destino de que su nombre -lo único que le es propio- se pierda en el polvo y el olvido. A poco de andar por la vida sabe que ese objetivo es casi imposible de lograr, pero no se amedrenta. Se apresura para tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. En esas tres acciones deposita todas sus esperanzas de inmortalidad. Ése es el más doloroso drama de todo hombre: qué hacer en vida para no morir cuando al fin se ha resignado a aceptar que sí habrá de morir. Todo lo que inventa, todo lo que hace, está hecho con ese fin. A veces acierta con alguna de esas obras de tan soberbio propósito y se gana el derecho de que su nombre sea pronunciado -con devoción o con odio- por las generaciones futuras. Lo he logrado, se dirá tras el éxito, y esperará la muerte descansado en su obra. No le interesará demasiado si ésta ha sido una pócima que salvó millones de vidas de una muerte prematura, o si ha sido una bomba atómica que destruyó decenas de miles de vidas en un solo instante. Le dará igual. Lo importante para él será que, de alguna manera, habrá de permanecer entretejido en las palabras de muchos otros hombres, por muchas generaciones. El sueño más íntimo de todo hombre es ganarse el derecho a pensar en su epitafio.

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La inmensa, la abrumadora mayoría de los mortales fracasaremos en ese intento; entonces una abrumadora mayoría de esa abrumadora mayoría de mortales no tendrán más remedio que apelar a la obra humana que más ha trascendido a sus (paradojalmente) anónimos creadores: un dios, un poderoso dios que los seduzca con alguna morada para después de sus inevitables muertes, aunque sea en los infiernos. Otros, en cambio, apenas unos pocos elegiremos abandonar el mundo vírgenes de quimeras de consolación. Así, la inmensa, la abrumadora mayoría de los hombres, llevaremos al pie de nuestros tumbas, en lugar del artesanal y raro epitafio, una simple placa de chapa que, al lado de las dos fechas, reza así: Qüepedé.

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Alfredo Arri.

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Tilingo

 

Tilingo.

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Hay veces en la que me apena mi condición de simple. No es vergüenza, quiero aclarar y aclaro. No me avergüenza pertenecer a la clase de los simples. Más aún, normalmente siento orgullo de pertenecer a esa clase para la cual el trabajo honesto y las pequeñas alegrías compartidas son algo así como el sostén espiritual de una vida. No: no es vergüenza; es pena. Es imaginar, o creer, con una pizca de dolor, que acaso pude tener una vida más acorde con lo que son, con lo que siempre han sido, mis inclinaciones, mis aficiones, mis anhelos, mis gustos.

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Éstos, mis aficiones, mis inclinaciones, mis gustos, pertenecen en realidad a un mundo que no es precisamente el de los hombres simples. Pertenecen al mundo de los notables, de los hombres y mujeres que disponen de tiempo y de medios para satisfacer esos gustos. Es un mundo estético que se expone o realiza en teatros, en museos, en salones de arte. Es un mundo que se mueve y para moverse en él y con él es vital viajar, conocer sitios y personas, parajes y circunstancias. Es un mundo en el que se hace necesario frecuentar.

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Hubo un tiempo en que mansamente acepté sustituir todos esos requisitos por los sucedáneos que la industria de los hombres notables ha preparado para el consumo de los hombres simples. Así, adquirí reproducciones de Van Gogh y de Leonardo, discos de la Filamórnica de Londres, y en lugar de viajar por el mundo coleccioné una buena cantidad de videos documentales. Un tiempo después de haber consumidos estos objetos comprendí que me había transformado en un auténtico tilingo.

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Tilingo es una palabra que tiene un uso exclusivamente peyorativo, pero debo admitir que su uso en este caso es justo, y la tengo por bella además. Finalmente, es nuestra, es decir, de nuestro idioma rioplatense. En la parte que me toca, me cabe el término por aquello de persona insubstancial, que dice tonterías y que suele comportarse con afectación. Y aunque son más las veces que me comporto con afectación que las que digo tonterías, acepto el calificativo, por justo y por apropiado. Tilingo fui durante mucho tiempo. Y tal vez algo me quede aún, a pesar de haber arrojado en el fondo de un volquete mis reproducciones de Van Gohg y de Leonardo, mis discos de vinilo de la Filarmónica de Londres, y mi colección de documentales en vhs y en cd. Y digo que tal vez algo de tilingo me quede aún porque, a pesar de haber abandonado el hábito de comportarme con afectación, aún suelo decir tonterías. O escribirlas, que es peor aún. He ahí mi pena.

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Alfredo Arri.

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Evita, nuestra singularidad.

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María Eva Duarte de Perón, Evita. Nuestra singularidad.

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En el cincuenta y siete aniversario de una muerte obrada por Dios para empujar la infatigable lucha por la emancipación de los humildes.

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Cuando los buitres te dejen tranquila
y huyas de las estampas y el ultraje
empezaremos a saber quién fuiste.

María Elena Walsh. Eva.

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Eva, nuestra singularidad.
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Cuando murió Eva Perón yo era un chico que empezaba la escuela. Por aquellos años se ingresaba a la escuela a los seis, en el llamado primer grado inferior. Cuando Juan Perón fue derrocado, ya cursaba el tercer grado.
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La memoria que conservo de esos años, como se comprenderá, es muy escasa y fragmentada. Recuerdo los libros de lectura, con las imágenes de Perón y Evita, que inmediatamente después del golpe de setiembre fueron rápidamente sustituídos por otros. Esta sustitución obligatoria era a elección de los padres. La obligación era que había que desaparecer los libros oficiales; la libertad de elección: podíamos llevar al cole cualquier libro, menos los oficiales. En mi caso, mi padre me compró unos libros de cuentos de Constancio C. Vigil; libros primorosamente encuadernados y bellamente ilustrads que conservé por mucho tiempo.
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Lo que conservo como recuerdo propio de esos años, pues, se limita a las imágenes de Perón y Evita que se repetían en mis libros escolares, o en los parques, o en las vidrieras de algunos comercios; y a los eslóganes más conocidos en la era peronista: En la Argentina de Perón los únicos privilegiados son los niños; Eva, jefa espiritual de la Nación…
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Conservo nítidamente, también, los días compartidos con centenares de otros chicos, hijos de compañeros de trabajo de mi padre, en una colonia de vacaciones sindical, en un hermoso campo, con decenas de árboles, (recuerdo especialmente las moras), juegos, canchas; con suntuosos y amplios edificios donde compartíamos juegos, comidas…
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Y conservo, también, las impresionantes imágenes de mil boquetes de balas y metralla de bombas en las paredes de los edificios que enmarcan la Plaza de Mayo; recientes rastros notorios de aquel crimen atroz de junio del 55. Estrago bélico que mis ojos de niño de nueve o diez años miraron azorados, mientras una de mis manos, seguramente, apretaría fuertemente la mano de mi padre.
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Después del 55, en la escuela Perón se convirtió súbitamente en el tirano prófugo y más tarde, poco a poco, el peronismo de Perón fue parte del pasado. Como tal, como parte del pasado, el peronismo de Perón me fue contado de mil modos diversos, según quién me lo relatara. Escuché todas las versiones. Escuché todos los relatos. Leí libros. Pregunté. Busqué. Indagué. Pesquisé. Y al llegar a los veinte años de mi edad había descubierto las dos únicas cosas que tengo por verdades de aquel pasado que, en los años que refiero aquí, eran todavía recientes: Una, que Juan Domingo Perón había sido y había de seguir siendo por siempre objeto de discusión. Dos: Que Eva Perón había sido y seguiría siendo por siempre un objeto de amor, o de odio.
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A Perón se lo discutía y se lo había de discutir por siempre desde las cabezas, desde las ideologías, desde los lugares comunes de la conversación. A María Eva Duarte de Perón se la refería y se la había de referir por siempre desde las vísceras. Evita había de permanecer en el ideario colectivo, o como la Abanderada de los Humildes, o como la maldición con la que Dios castigó a los argentinos de bien por algún ignoto pecado. Eva, esa puta… escuché decir muchas veces durante mi infancia y adolescencia. Palabras siempre mordidas con todo el odio del que el ser humano es incapaz de ocultar.
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Más tarde, allá por los sesenta y tantos, cuando el mundo entero recibió la ola revolucionaria, en nuestra patria, poco a poco se empezó a comprender que Eva había sido, ante todo, una revolucionaria. Una revolucionaria que creció como tal al lado de un líder como pocos dio América; un adalid que pudo ser muchas cosas, pero nunca un revolucionario. Una paradoja extraordinaria. Una burla de la Historia. Un desafío de los hombres a Dios.
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A partir de esa paradoja comencé a entender la dicotomía de sentimientos que el solo nombre de Eva provocaba y sigue provocando aún entre mis compatriotas: Eva, la que había denunciado a la oligarquía y al capitalismo salvaje era amada por los pobres y era odiada por los ricos. Los sentimientos tan fuertes alrededor de su figura eran, simplemente, el amor o el odio de clases. Algo así a como se siente el Che: La encarnación del Hombre Nuevo para unos; el asesino para otros. Así de igual se siente a Evita: la Vindicadora de los Humildes para unos; la usurpadora para otros. Evita, para unos; Eva Perón para otros.
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Pasaron más años todavía. En las horas más negras de la peor noche de nuestra historia nacional, en 1978, Evita fue una ópera. La excelencia de dos artistas y el azar elevaron a la categoría de icono universal a nuestra Eva. Las mentes simples, ésas que gustan ejercer escrupulosamente “la policía de las pequeñas imperfecciones” pusieron el grito en el cielo sin comprender, los muy cortos de vista y entendimiento, que Eva ingresaba a la globalización y que al ingresar en la globalización ingresaba, a la vez, en la Revolución. Porque la Revolución ha de ser universal o no será.
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Así, devenida icono, Eva pasó a ser la mujer humilde que llevó consigo el clamor de los humildes y las ansias de libertad de la mujer a las entrañas del poder, y a quien el poder le devoró las entrañas hasta llevarla a la peor de las muertes, la prematura muerte. La perfecta metáfora: Ni de la mano de un hombre, mucho menos de la mano de una mujer, los humildes no deben insolentar al poder. Al poder hay que destruirlo, no insolentarlo; si no, el poder acabará aniquilando a quien ha osado insolentarse con él.
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Eva Duarte murió de un cáncer a los treinta y tres, es verdad. Pero, ¿quién podría refutarme la creencia de que esa muerte fue obrada por Dios para que los hombres construyamos la metáfora aleccionadora? Nadie podría. No tendría argumentos. Ni uno solo.
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Más tarde, en los convulsos años de la violencia en nuestra patria, muchos marcharon al ciego y absurdo combate de derrota cierta en medio de un cántico ficticio: Si Evita viviera, sería montonera.
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No hay –nunca la ha habido; nunca lo habrá- ucronía posible con la figura de Eva Perón. Porque las ucronías que podríamos elaborar a partir de la premisa contrafactual si Eva no hubiese muerto son tantas y tan alejadas todas de la realidad histórica que nos ha tocado vivir, que acabaríamos componiendo un vasto inventario de universos conjeturales sin alcanzar jamás ni uno solo que se corresponda, ni de cerca, con el universo de la historia realmente vivida por todos nosotros.
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Conjeturar qué habría sido de Argentina si Evita no hubiese muerto en el tiempo en que murió, es tan vano e inútil como conjeturar qué habría sido de Occidente si Cristo no hubiese resucitado al tercer día de su muerte. La notoria vaciedad de universos tales por contraste a los de la historia real -y además multiplicados al infinito-, producirían sentimientos insoportables.
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Podría cualquiera conjeturar, en un brote de pasatiempo lúdico aunque irreverente, que de no haber nacido Albert Einstein de todos modos algún otro hombre habría formulado la Teoría de la Relatividad; o que si Gardel no hubiese muerto en Medellín, habría transitado patéticamente la impiadosa vejez del ídolo decadente. Pero las conjeturas que pudiere alguien hacer a partir de la hopótesis si Eva Perón no hubiese muerto en el 52, producirían –todas- sentimientos insoportables por su notoria desproporción.
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Evita pasó por la vida de Juan Perón para inclinar a favor de los humildes el artificio histórico creado por el padre de la criatura. Muerto Perón, el peronismo ha sido reclamado una y otra vez para sí por las clases sociales que lo crearon y lo usufructuaron: las siempre miserables oligarquías terratenientes, las siempre inestables burguesías nacionales y las siempre acomodaticias corporaciones sindicales colaboracionistas.
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Si esas clases privilegiadas no han logrado aún recuperar del todo al peronismo para sí, ello se debe a la existencia, efímera pero intensa y revolucionaria, de María Eva Duarte de Perón, o Eva María Duarte o simplemente Evita. De ahí que el odio a “esa mujer” no ha decaído un ápice entre las clases privilegiadas de nuestra patria, ni entre los tilingos y tilingas de ciertas capas medias de la población, después de más de medio siglo de su muerte.
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Pero el tiempo no pasa en vano: aniversario tras aniversario, el pueblo va descubriendo, lenta e implacablemente, nuevos momentos de esa singularidad argentina llamada Evita. Algún día, la conoceremos, por fin.
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Alfredo Arri.
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Eva

por María Elena Walsh.

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I
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Calle Florida, túnel de flores podridas.
Y el pobrerío se quedo sin madre
llorando entre faroles sin crespones.
Llorando en cueros, para siempre, solos.
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Sombríos machos de corbata negra
sufrían rencorosos por decreto
y el órgano por Radio del Estado
hizo durar a Dios un mes o dos.
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Buenos Aires de niebla y de silencio.
El Barrio Norte tras las celosías
encargaba a Paris rayos de sol.
La cola interminable para verla
y los que maldecían por si acaso
no vayan esos cabecitas negras
a bienaventurar a una cualquiera.
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Flores podridas para Cleopatra.
Y los grasitas con el corazón rajado,
rajado en serio. Huérfanos. Silencio.
Calles de invierno donde nadie pregona
El Líder, Democracia, La Razón.
Y Antonio Tormo calla “amémonos”.
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Un vendaval de luto obligatorio.
Escarapelas con coágulos negros.
El siglo nunca vio muerte mas muerte.
Pobrecitos rubíes, esmeraldas,
visones ofrendados por el pueblo,
sandalias de oro, sedas virreinales,
vacías, arrumbadas en la noche.
Y el odio entre paréntesis, rumiando
venganza en sótanos y con picana.
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Y el amor y el dolor que eran de veras
gimiendo en el cordón de la vereda.
Lagrimas enjuagadas con harapos,
Madrecita de los Desamparados.
Silencio, que hasta el tango se murió.
Orden de arriba y lagrimas de abajo.
En plena juventud. No somos nada.
No somos nada más que un gran castigo.
Se pintó la República de negro
mientras te maquillaban y enlodaban.
En los altares populares, santa.
Hiena de hielo para los gorilas
pero eso sí, solísima en la muerte.
Y el pueblo que lloraba para siempre
sin prever tu atroz peregrinaje.
Con mis ojos la vi, no me vendieron
esta leyenda, ni me la robaron.
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Días de julio del 52
¿Qué importa donde estaba yo?
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II
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No descanses en paz, alza los brazos
no para el día del renunciamiento
sino para juntarte a las mujeres
con tu bandera redentora
lavada en pólvora, resucitando.
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No sé quién fuiste, pero te jugaste.
Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo,
metiste a las mujeres en la historia
de prepo, arrebatando los micrófonos,
repartiendo venganzas y limosnas.
Bruta como un diamante en un chiquero
¿Quién va a tirarte la última piedra?
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Quizás un día nos juntemos
para invocar tu insólito coraje.
Todas, las contreras, las idólatras,
las madres incesantes, las rameras,
las que te amaron, las que te maldijeron,
las que obedientes tiran hijos
a la basura de la guerra, todas
las que ahora en el mundo fraternizan
sublevándose contra la aniquilación.
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Cuando los buitres te dejen tranquila
y huyas de las estampas y el ultraje
empezaremos a saber quién fuiste.
Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva,
única reina que tuvimos, loca
que arrebató el poder a los soldados.
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Cuando juntas las reas y las monjas
y las violadas en los teleteatros
y las que callan pero no consienten
arrebatemos la liberación
para no naufragar en espejitos
ni bañarnos para los ejecutivos.
Cuando hagamos escándalo y justicia
el tiempo habrá pasado en limpio
tu prepotencia y tu martirio, hermana.
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Tener agallas, como vos tuviste,
fanática, leal, desenfrenada
en el candor de la beneficencia
pero la única que se dio el lujo
de coronarse por los sumergidos.
Agallas para hacer de nuevo el mundo.
Tener agallas para gritar basta
aunque nos amordacen con cañones.
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Maria Elena Walsh
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Mary Terán. De la historia de la inútil crueldad.

Soliloquios de un hombre maduro.

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Un capítulo en la historia de la inútil crueldad: Mary Terán.

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Su nombre era Maria Luisa Terán de Weiss, conocida popularmente como Mary Terán y fue la primera tenista argentina de renombre internacional.

Los datos biográficos básicos de esta olvidada mujer, así como las referencias a sus actuaciones deportivas los podrá encontrar el lector de red en Wikipedia y en una nota dedicada a ella en la página web de UPCN (Unión del Personal Civil de la NAción).

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Las autoridades de la ciudad autónoma de Buenos Aires decidieron rescatarla del olvido y darle el sitio que se merece en la historia del deporte argentino poniéndole su nombre al estadio multipropósito antes conocido mediáticamente como estadio Parque Roca. Por decisión de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se sancionó la ley 2502 que dio el nombre de la deportista al estadio, el 8/11/07, con la firma de Santiago de Estrada y Alcia Bello.

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En esta entrada pretendo destacar, de la historia de esta mujer, aquella parte de la misma que refleja la crueldad de una de nuestras más vergonzosas características nacionales: el odio de clases y la persecución política basada en ese odio.
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Mary Teran

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Mary Terán, quién nació en Rosario en 1918, inició su carrera de tenista a partir de 1940. Ese año conoció a quien luego había de ser su marido, Heraldo Weiss, quien a la sazón ya era campeón argentino de tenis y miembro del equipo nacional de la Copa Davis.

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Mary Terán en El GráficoLa biografía antes mencionada da cuenta de que Mary Terán participó en mil cien partidos internacionales, con 832 victorias, de las cuales 32 lo fueron en certámenes internacionales. Esta carrera la desarrolló entre los años 1941 y muy entrados los cincuenta. Obtuvo también dos medallas de oro y una de bronce en los Primeros Juegos Deportivos Panamericanos (Buenos Aires, 1951). Alcanzó a ocupar un ranking que la tuvo entre las veinte mejores tenistas del mundo.

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Mary Terán era hija de trabajadores y al advenimiento del peronismo no dudó en sumarse al movimiento. En 1952 fue designada asesora en la Municipalidad de Buenos Aires para el estímulo al deporte. Estuvo a cargo de los Ateneos Deportivos Eva Perón.

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Dice la nota publicada en la web page de UPCN:

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El 16 de septiembre de 1955 Mary Terán estaba jugando las finales del Abierto de Alemania, cuando lo derrocan a Juan Domingo Perón. Intervenida por la dictadura la Asociación Argentina de Tenis envían un telegrama a la Federación Internacional para que no dejaran participar más a Mary Terán en sus torneos; situación que no fue tenida en cuenta en este certamen internacional . Mientras tanto, en el país eran incautados todos sus bienes y comenzaba una investigación que iba a durar varios años.

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Exiliada (en España hasta 1959 según una de las dos notas mencionadas, en Montevideo según la otra), Mary Terán continuó su carrera deportiva, participando en torneos internacionles.
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Regresó a Argentina durante el gobierno de Arturo Frondizi. El dirigente del Club Atlético River Plate, Antonio Liberti, le abrió sus puertas para que Mary Terán retomara su carrera deportiva en el país, pero “los rivales se negaban a jugar contra ella”, en actos de abierta discriminación clasista. Relegada al olvido, pasó el resto de sus días en soledad, hasta que en 1984, a la edad de 66 años tomó la decisión de quitarse la vida.
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En una semblanza de Mary Terán que el periodista José Luis Ponsico publicó en su momento, pude encontrar otras referencias a esta notable deportista. De la lectura de ese texto puede uno sospechar -creo que con justicia- que Mary Terán pasó a formar parte -allá por los cincuenta y tantos- del patético folclore gorila. Dos de los párrafos de ese texto son:

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Pero el destino le tenía reservada una trampa: su afinidad con la política deportiva puesta en marcha por el gobierno la hizo peronista. Con la añadidura de una agravante para lo que vendría después del ’55: se decía que para Juan Perón la única mujer capaz de reemplazar a Evita en su corazón era la ascendente tenista. Algo terrible para ella por lo que ocurriría años más tarde.

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el 4 de julio de 1953, el influyente diario europeo de la época, France Dimanche, publicaba una foto con un epígrafe inolvidable para sus detractores: «Mary Terán, una de las mejores jugadoras del mundo y gran amiga del presidente Perón»

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Esta cita la tomó a su vez el señor José Luis Ponsico de un texto de la escritora y periodista santafesina Liliana Morelli quien en un libro de 1990 -Mujeres deportistas-, rescata a la olvidada deportista del olvido social.
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En otra parte de la semblanza de José Luis Ponsico se afirma que si bien fue una fervorosa adherente al peronismo, Mary Terán no fue lo que podría ser llamado una militante, “condición que nunca asumió”, remarca el autor.
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Para cualquiera que sea argentino y que transite una edad suficiente como para reconocer lo que para otros ha de permanecer oculto, de la lectura de esos párrafos es fácil sospechar, como dije, que la condena al ostracismo, a la muerte civil por parte de lo peor de la sociedad argentina se debió a que, en aquellos años, Mary Terán formó parte del folclore gorila en la parte más pacata, obscena y cruel que esta variante cultural del odio de clases ha tenido en nuestra patria.
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Esta sospecha, surgida de la lectura de esos párrafos, se confirma en estas palabras del propio Juan Domingo Perón, dichas en un reportaje durante su exilio en Puerta de Hierro y que recoge la autora Marta Antunez :
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“¡Me inventaron dos romances también! Y ambos son falsos. Uno con la tenista Maria de Weiss, que era una señora muy bien y de una familia muy bien en todos los sentidos. Era una pobre muchacha a la que no dejaban surgir como tenista. Y nosotros la ayudamos para que fuera a Inglaterra a participar en los Campeonatos de Wimbledon. Más tarde, cuando murió su marido como estaba en mala situación económica, nosotros le ayudamos como buenos amigos. De manera que todo lo que dijeron es mentira. La mujer no tuvo nada que ver conmigo. son cosas que inventa la gente con fines denigratorios.”…*

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Fines denigratorios. Odio. Odio que, habiendo permanecido larvado durante décadas, reapareció en estas épocas convulsas que estamos viviendo ahora, aunque con otros destinatarios, otras fábulas, otros modos.
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Un párrafo más del texto de José Luis Ponsico, para ser más precisos, una cita que éste hace al ex subsecretarios de deportes de la Nación entre 1989 y 1992, Víctor Lupo:
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«En su momento de gloria no imaginaba cómo pagaría el revanchismo político de ese tiempo», evocaba hace poco Víctor Lupo, un lúcido dirigente y ex subsecretario de Deportes de la Nación, entre 1989 y 1992.

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En su semblanza, el señor Ponsico no vacila en adjudicarle a la “miopía” de los dirigentes de los años cincuenta, quienes utilizaron la figura de Mary Terán para iniciar una campaña destinada a convertir al tenis en un deporte popular el cual era, por aquellos años, un deporte considerado elitista, tanto por tirios como por troyanos. Afirma el autor que “la antítesis de esa política” fue el tenista Enrique Morea quien, desde el Lown Tenis Club privilegió la pólitica de élite para la práctica del tenis.
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Sin embargo, fue Enrique Morea la única persona que acompañó los restos mortales de Mary Terán cuando ésta decidió quitarse la vida, arrojándose al vacío desde los altos de un edificio marplatense. “Curiosamente -termina su nota Ponsico-, la única figura que despidió sus restos fue Enrique Morea, otro grande de la época, atrapado, en aquel tiempo del absurdo debate, por un antiperonismo irreversible”.
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En definitiva.
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¿Qué puede decir uno, que por edad le ha tocado vivir gran parte de toda esta historia de absurdas persecuciones políticas, crueles las más de las veces, gratuitas siempre?
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Hay muchas respuestas para esta pregunta. Yo tengo la mía propia, que no expondré aquí, en este sitio, en este momento. Pero sí digo que, contrariamente a lo que muchos creen, o afirman, o postulan, ese sentimiento negativo, discriminatorio, cruel, inmensamente cruel, no ha desaparecido, ni mucho menos.
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Alfredo Arri.
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Fuentes:

José Luis Ponsico. De injusticias y olvidados. Mary Terán: el costo de ser peronista.
http://www.cepag.com.ar/pdf/peronistas_2/Ponsico.pdf
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Maria Luisa Beatriz Terán en Wikipedia.
http://es.wikipedia.org/wiki/Mary_Ter%C3%A1n_de_Weiss
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Mary Terán de Weiss. Una mujer olvidada. En UPCN
http://www.upcndigital.org/2009/06/22/mary-teran-de-weiss-una-mujer-olvidada/
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Marta Antúnez: Mary Terán: ¿Cautiva del deporte o mujer política?
http://www.fazendogenero8.ufsc.br/sts/ST54/Marta_%20Antunez_54.pdf
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