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La causa remota. Texto de Jorge Luis Borges.

Selecciones del perro lector.

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La causa remota.

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Jorge Luis Borges publicó en 1935 su Historia Universal de la infamia, una serie de relatos entre los que se había de destacar, por la popularidad que adquirió rápidamente, Hombre de la esquina Rosada. En la edición de 1954 Borges hace notar su sorpresa por la fama de ese cuento, diciendo de él que “ha logrado un éxito singular y un poco misterioso”. Sin embargo, los otros relatos que abren el libro no dejan de ser, hoy, objeto de permanentes lecturas pues en ellos se encuentran ya definidas las habilidades del relator con la lengua que estaba inventando, el idioma argentino. Del primer relato, El atroz redentor Lazarus Morell, elegí su primer apartado, que lleva el título de La causa remota y que es una de las más bellas enumeraciones entre las muchas que escribió en diversos textos de su invención. En la lectura de esa enumeración el lector experimenta la misteriosa sorpresa que surge de la simple unión inesperada de palabras alejadas entre sí, tan típica de Borges. Ese apartado consta de dos párrafos. El segundo es de una sola oración y lo he eliminado porque está nada más que para acompanar al lector al resto del relato.

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Candombe, C Figari

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La causa remota.

Jorge Luis Borges.

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En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima por los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor doctor oriental D. Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares, la estatua del imaginario Falucho, la admisión del verbo linchar en la decimotercera edición del Diccionario de la Academia, el impetuoso film Aleluya, la fornida carga a la bayoneta por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en El Cerrito, la gracia de la señorita de Tal, el moreno que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El manisero, el napoleonismo arrestado y encalabozado de Toussaint Louverture, la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe.
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Jorge Luis Borges. Fragmento de El atroz redentor Lazarus Morell, de Historia Universal de la Infamia. Edición OC 1974, pg. 295.

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Un soneto en busca de su autor.

La colorida historia alrededor de un soneto que se atribuye a Borges, a pesar de autorizados objetores a esa afirmación.

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La historia la podrá encontrar el lector, completa, en la última edición de la Revista Ñ, el suplemento de Cultura que Clarín acompaña todos los sábados a la edición del diario. Vale el siguiente resumen para tentar a mi virtual lector a que vaya a la busca de la nota.

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Hace más de veinte años, el escritor Héctor Abad Faciolince, hijo del asesinado político colombiano Héctor Abad, encuentra en los bolsillos de su baleado padre unos papeles. Entre ellos, un soneto manuscrito al pie del cual se leía las iniciales JLB. En ese momento, ni el escritor ni nadie reparó en el poema y el tiempo pasó.
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Muchos años más tarde, el escritor dedicó un libro a relatar la historia de su padre asesinado y lo tituló con parte del primer verso del poema hallado, El olvido que seremos, que fue un éxito de ventas. En el libro incluye aquel soneto y “decodifica”, para expresarlo de alguna manera, el JLB por Jorge Luis Borges. Tras el éxito (o quizás a causa de él), Héctor Abad Faciolince es acusado de pegar el nombre gigante de Borges al suyo propio –el de un enano, como se dice él mismo en el texto de Ñ- en una historia real con la intención de que su libro lograse mejores ventas. Hasta ahí, una acusación de oportunismo. Pero la cosa fue más allá, ya que en la acusación se afirmaba, además, que el poema no era de Borges.
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Dice el autor:
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“Muchos me acusaron. Decían que estaba tratando de unir mi nombre de enano a la figura gigantesca de Borges para vender”.

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El hecho cierto es que ese soneto no figuraba en la bibliografía borgiana. De ahí en adelante, el autor del libro en que evocaba a su padre, recorrió dos países y entrevistó a decenas de personas, en la infatigable búsqueda de los testimonios o pruebas que acreditaran la autenticidad del poema. Sobre todo luego de que, tras la consulta a expertos en Borges y a la propia María Kodama, se insistió en que el poema no era de Borges. Cabe destacar que en la transcripción que Héctor Abad Faciolince había hecho del poema, pasándolo de aquella hojita hallada en los bolsillos de su padre a otro soporte, se había alterado el texto, ofreciendo algunos defectos de métrica, inconcebibles para Borges.

La pesquisa lo llevó a Argentina y a Francia, sitios en los que finalmente halló –al parecer- pruebas de la autenticidad del poema.

No voy a continuar con el resumen de esta historia, ya que no sería de buen gusto usar un contenido ajeno, aunque si es apropiado remitir quienes tengan curiosidad por la misma al texto original. Invito, pues, a mi lector a conocer la historia completa en la publicación original que, con la firma de Horacio Bilbao (enviado especialmente a Colombia para entrevistar a Abad Faciolince), está publicada en este link: Al rescate de un poema atribuido a Borges.
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Sí reproduzco, claro está, el soneto.
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Aquí. Hoy.

Soneto de autor desconocido, atribuido a Jorge Luis Borges.

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Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y del término, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

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Por supuesto, el modesto admirador de Borges que sostiene este blog, no podría jamás dar una opinión que pueda considerarse autorizada alrededor de esta cuestión. ¡Ni mucho menos!
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El tercero y undécimo verso del soneto… no me suenan, o me suenan más o menos. Pero, claro, ¿Quién soy yo para que me no me suenen o me suenen más o menos los versos de Borges?
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Queda todo esto, por supuesto, como una muy buena historia que el lector encontrará completa en el artículo de Ñ.
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Aquí sí cabe aquello de: Se non è vero è ben trovato
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Au revoir

Borges y los metaobjetos. Por Leonardo Moledo.

Borges y la metafísica, según Leonardo Moledo.

Voy a dejar aquí un breve texto de Leonardo Moledo que acaba de salir publicado en Pagina/12 hace apenas unos minutos. No es mi modo de llevar este blog el copiar y pegar; todo lo contrario: trato de que sea en su mayor parte de contenido propio. Pero como este texto colma mis aficiones como son la metafísica por un lado y Jorge Luis Borges por el otro, lo copio aquí, para que me quede como si fuese un ejemplar en mi biblioteca particular. Leonardo Moledo es un conocido científico y divulgador de las ciencias. No es este texto uno de carácter científico; tampoco de carácter literario. Yo diría que es uno de carácter admirativo, en este caso a Borges, a la ciencia, a la metafísica, a la literatura y a la ironía. En otras palabras, me gustó. Razón por la cual lo copio, a pesar del copyright (Perdón Pagina/12, ustedes sabrán comprender :-) )
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Borges y sus metaobjetos

Por Leonardo Moledo

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Hace más o menos un año, me invitaron a participar en una jornada sobre Borges en Graz, Austria, una bellísima ciudad sobre el río Mur, que guarda entre sus glorias que el mismísimo Kepler haya enseñado en su universidad entre 1594 y 1600, donde concibió ese dislate que fue la Harmonia Mundi, un perfecto sinsentido pitagórico y místico que, no obstante, tuvo el mérito de llamar la atención de Tycho Brahe y el comprensible desinterés de Galileo. Fue Tycho quien lo convocó a su lado en Praga, donde Kepler pudo poner orden finalmente en el sistema solar.

La jornada cerraba una larga exposición sobre Borges que se había llevado a cabo durante seis meses en la Kunsthaus (casa del arte) de Graz, un edificio vanguardista que no choca para nada, curiosamente, con la arquitectura de Graz, que mezcla estilos de los siglos XVI, XVII y XVIII; del mismo modo que no choca la notable isla artificial de acero sobre el río Mur, donde hay una cafetería en la que uno puede tomarse una cerveza al nivel del agua. La isla fue construida para no sé qué festival, y la dejaron.

Mi tema era “Borges y la ciencia”, “Borges y las matemáticas” o algo por el estilo, y me provocó no pocos dolores de cabeza, ya que, como siempre, uno tiene la sensación de que sobre Borges está todo dicho; así que resolví decir cosas viejas con palabras nuevas, y traté de focalizarme en los metaobjetos borgeanos y la manera en que Borges los construye mediante una operación fantástica.

¿Pero qué son los “metaobjetos”? Una vez atrapado por el encanto de la palabra, tenía que asignarle algún significado. Obviamente, los objetos que Borges inventó –como la Biblioteca de Babel, el Aleph, el Libro de Arena, el cerebro cuasi infinito de Ireneo Funes– son particularmente atractivos, aunque no es el atractivo “fantástico” que puedan tener, sino su particular condición metafísica; en realidad, no es que no existan (como no existen, por ejemplo, el unicornio, el pájaro Rock, las naves de Asimov que saltan a través del hiperespacio o Madame Bovary), sino que contienen una imposibilidad metafísica, que compromete la existencia del universo mismo. Al fin y al cabo, es posible que exista un universo con unicornios o pájaros rock, pero es imposible la existencia de un universo donde existe también el Aleph. En suma; no se trata de cosas que no existen, sino que no podrían existir, ya que, si lo hicieran, cuestionarían el concepto mismo de existencia –esa palabra que enhebra el misterio de por qué es en general el Ser y no más bien la Nada–. No son fácticamente imposibles, sino metafísicamente imposibles. Si un día apareciera un unicornio, habría que hacer ligeros cambios en la biología e insertarlo en el mecanismo de la evolución. La mera posibilidad de que los metaobjetos existan pone en entredicho al universo completo. Son incompatibles con el universo.

Borges no se ocupa de alterar tal o cual región de la empiria sino de la empiria en tanto que tal, en tanto la empiria es “lo que es”, lo que constituye el ser, o la existencia misma del universo, su sostén y plataforma ontológica. Si esos objetos existieran, aun en el mundo de la literatura, el universo, aun en el mundo de la literatura, no podría existir.

Y así, empecé a desgranar la imposibilidad existencial de algunos de ellos: la biblioteca de Babel, por ejemplo –dicho sea de paso, el objeto más grande nunca imaginado por la literatura–; no sólo no cabe en el universo (que sería incapaz de contener ni el 0,000000000000000001 por ciento de los libros), sino que, si existiera, el universo tendría una densidad tan alta, que se precipitaría en la inexistencia de un agujero negro; el libro de arena, con sus infinitas páginas infinitamente delgadas, exige átomos infinitamente delgados también, y el universo sería una lámina o un plano platónico sin volumen alguno; el aleph pone en entredicho la teoría de conjuntos, la existencia de los números, la imposibilidad del conjunto universal y la íntima inconsistencia del contundente infinito matemático con la empiria; el supermapa de El arte de la cartografía muestra que el conocimiento, cuando es perfectamente verdadero, es absolutamente inútil. ¿Se justificaba que los llamara “metaobjetos”? Yo creo que sí.

El público también, por lo visto. Pescaba signos de asentimiento mientras se asomaban a la tarea de la demolición de la empiria (de su mera posibilidad) mediante los cañonazos literarios de Borges, y abordé el tema de Funes el memorioso: el cerebro que lo recuerda todo, que registra todo en sus infinitos aspectos y sus perversas apariciones; es un anticipo del Aleph, sólo que metido en una cabeza que, justo por esa razón, deja de pensar, y se transforma en mera nada, en registro pasivo e inútil: el todo reducido a datos; a un mazacote de infinitos datos que no permiten una sola línea de pensamiento.

“Así –dije–, la cabeza de Funes es también un metaobjeto, metafísicamente imposible, ya que también niega cualquier empiria imaginable” y, para mi consternación, empecé a ver caras de sorpresa entre los estudiantes de Graz. Alguien levantó la mano y me dijo que no veía el problema en Funes, ni con la realidad, ni con la física, ni con la empiria ni con nada.

–¿Pero cómo puede ser? –le pregunté.

–¡Funes estaba conectado a Internet!

No supe qué contestar y el silencio se hizo en la Kunsthaus.

Fuente: Pagina/12 27/05/09 contratapa. Link: Borges...

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Al vino. Jorge Luis Borges.

La imagen que ilustra esta entrada, es una obra del artista plástico de Cuba, Hiremio García Calveiro.
Lleva por título: “Penumbras de vino y amor” y está realizada con la técnica de acrílico sobre lienzo (100×80 cm). Está expuesta en la galería virtual de Artelista, y en ese sitio virtual se encuentra a la venta.

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Penumbras de vino y amor - Hiremio Garcia Calveiro - artelista.com

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Al vino.

Jorge Luis Borges.

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En el bronce de Homero resplandece tu nombre,
Negro vino que alegras el corazón del hombre.

Siglos de siglos hace que vas de mano en mano
Desde el ritón del griego al cuerno del germano.

En la aurora ya estabas. A las generaciones
Les diste en el camino tu fuego y tus leones.

Junto a aquel otro río de noches y de días
Corre el tuyo que aclaman amigos y alegrías.

Vino que como un Éufrates patriarcal y profundo
Vas fluyendo a lo largo de la historia del mundo.

En tu cristal que vive nuestros ojos han visto
Una roja metáfora de la sangre de Cristo.

En las arrebatadas estrofas del sufí
Eres la cimitarra, la rosa y el rubí.

Que otros en tu Leteo beban un triste olvido;
Yo busco en tí las fiestas del fervor compartido.

Sésamo con el cual antiguas noches abro
Y en la dura tiniebla, dádiva y candelabro.

Vino del mutuo amor o la roja pelea.
Alguna vez te llamaré. Que así sea.

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Jorge Luis Borges. El Otro, el mismo.

Cercanías. Poesía de Jorge Luis Borges.

Rejas, by Gerard Girbes, Flickr

“Rejas”, fotografía de Girard Girbes en Flickr.

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Cercanías.

Jorge Luis Borges.

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Los patios y su antigua certidumbre
los patios cimentados
en la tierra y el cielo.
Las ventanas con reja desde la calle
se vuelve familiar como una lámpara.
Las alcobas profundas
donde arde en quieta llama la caoba
y el espejo de tenues resplandores
es como un remanso en la sombra.
Las encrucijadas oscuras
que lancean cuatro infinitas distancias
en arrabales de silencio.
He nombrado los sitios
donde se desparrama la ternura
y estoy solo y conmigo.

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Jorge Luis Borges. Fervor de Buenos Aires, 1923

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El Devorador de las Sombras.

Hay un curioso género literario que independientemente se ha dado en diversas épocas y naciones: la guía del muerto en las regiones ultraterrenas. El Cielo y el Infierno de Swedenborg, las escrituras gnósticas, el Bardo Thödol de los tibetanos (título que, según Evans-Wentz, debe traducirse “Liberación por audición en el plano de la posmuerte”) y el Libro egipcio de los Muertos no agotan los ejemplos posibles. Las “semejanzas y diferencias” de los dos últimos han merecido la atención de los eruditos; bástenos aquí repetir que para el manual tibetano el otro mundo es tan ilusorio como éste, y para el egipcio es real y objetivo.

En los dos textos hay un tribunal de divinidades, algunas con cabeza de mono; en las dos, una ponderación de las virtudes y de las culpas. En el Libro de los Muertos, una pluma y un corazón ocupan los platillos de la balanza; en el Bardo Thödol, piedritas de color blanco y de color negro. Los tibetanos tienen demonios que ofician de furiosos verdugos; los egipcios, el Devorador de las Sombras.

El muerto jura no haber sido causa de hambre o causa de llanto, no haber matado y no haber hecho matar, no haber robado los alimentos funerarios, no haber falseado las medidas, no haber apartado la leche de la boca del niño, no haber alejado del pasto a los animales, no haber apresado los pájaros de los dioses.

Si miente, los cuarenta y dos jueces lo entregan al Devorador “que por delante es cocodrilo, por el medio, león y, por detrás, hipopótamo”. Lo ayuda otro animal, Babaí, del que sólo sabemos que es espantoso y que Plutarco identifica con un titán, padre de la Quimera.
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De El libro de los seres imaginarios. Jorge Luis Borges con Margarita Guerrero.

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Los silfos.

De El libro de los seres imaginarios. Jorge Luis Borges con Margarita Guerrero.

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Los Silfos.

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A cada una de las cuatro raíces o elementos en que los griegos habían dividido la materia, correspondió después un espìritu. En la obra de Parecelso, alquimista y médico suizo del siglo XVI, figuran cuatro espíritus elementales: los Gnomos de la tierra, las Ninfas del agua, las Salamandras del fuego y los Silfos o Sílfides del aire. Estas palabras son de origen griego, Littré ha buscado la etimologìa se “silfos” en las lenguas celtas, pero es del todo inverosìmil que Paracelso conociera o siquiera estas lenguas.

Nadie cree en los Silfos, ahora; pero la locución “figura de sílfide” sigue aplicándose a las mujeres esbeltas, como elogio trivial. Los Silfos ocupan un lugar intermedio entre los seres materiales y los inmateriales. La poesía romántica y el ballet no los han desdeñado.
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De El libro de los seres imaginarios. Jorge Luis Borges con Margarita Guerrero.
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Prospero y Ariel, by Hamilton

La representación de Próspero y Ariel ( inspirada en La Tempestad de Willian Shakespeare), pintura de William Hamilton.

Clic en la foto para ampliar.

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El cuento policial. Conferencia de Jorge Luis Borges.

Clicar en “Texto completo” para el artículo completo.

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Selecciones del Reader dog

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El cuento policial.

Jorge Luis Borges.

Conferencia. Incluida como “Prólogo” a Seis problemas para Isidro Parodi en la edición de Ed. Bruguera 1982.

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Hay un libro titulado El florecimiento de la nueva Inglaterra, de Van Wyck Books. Este libro trata de un hecho extraordinario que sólo la astrología puede explicar: el florecimiento de hombres-genios, en una breve parte de Estados Unidos, durante la primera mitad del siglo XIX. Prefiero, evidentemente, a este New England que tiene tanto de Old England. Sería fácil hacer una lista infinita de nombres. Podríamos nombrar a Emily Dickinson, Herman Melville, Thoreau, Emerson, William James, Henry James y, desde luego, a Edgar Allan Poe, que nació en Boston, creo que en el año 1809. Mis fechas son, como se sabe, débiles. Hablar del relato policial es hablar de Edgar Allan Poe, que inventó el género; pero antes de hablar del género conviene discutir un pequeño problema previo: ¿existen, o no, los géneros literarios?

Es sabido que Croce, en unas páginas de su Estética –su formidable Estética-, dice: “…

Adrogué. Jorge Luis Borges.

Orilla No. 15 - Felix Pestana Cabrera - artelista.com

Orilla Nro. 15

Artista: Félix Pestana Cabrera (Cuba)

Acrílico sobre lienzo. En Artelista.

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Adrogué.

Jorge Luis Borges.

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Nadie en la noche indescifrable tema
Que yo me pierda entre las negras flores
Del parque, donde tejen su sistema
Propicio a los nostálgicos amores.
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O al ocio de las tardes, la secreta
Ave que siempre un mismo canto afina,
El agua circular y la glorieta,
La vaga estatua y la dudosa ruina.
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Hueca en la hueca sombra, la cochera
Marca (lo sé) los trémulos confines
De este mundo de polvo y de jazmines,
Grato a Verlaine y grato a Julio Herrera.
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Su olor medicinal dan a la sombra
Los eucaliptos: ese olor antiguo
Que, más allá del tiempo y del ambiguo
Lenguaje, el tiempo de las quintas nombra.
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Mi paso busca y halla el esperado
Umbral. Su oscuro borde la azotea
Define y en el patio ajedrezado
La canilla periódica gotea.
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Duermen del otro lado de las puertas
Aquéllos que por obra de los sueños
Son en la sombra visionarios dueños
Del vasto ayer y de las cosas muertas.
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Cada objeto conozco de este viejo
Edificio: las láminas de mica
Sobre esa piedra gris que se duplica
Continuamente en el borroso espejo.
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Y la cabeza de león que muerde
Una argolla y los vidrios de colores
Que revelan al niño los primores
De un mundo rojo y de otro mundo verde.
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Más allá del azar y de la muerte
Duran, y cada cual tiene su historia,
Pero todo esto ocurre en esta suerte
De cuarta dimensión, que es la memoria.
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En ella y sólo en ella están ahora
Los patios y jardines. El pasado
Los guarda en ese círculo vedado
Que a un tiempo abarca el véspero y la aurora.
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¿Cómo puede perder aquel preciso
Orden de humildes y pequeñas cosas,
Inaccesibles hoy como las rosas
Que dio al primer Adán el Paraíso?
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El antiguo estupor de la elegía
Me abruma cuando pienso en esa casa
Y no comprendo cómo el tiempo pasa,
Yo, que soy tiempo y sangre y agonía.

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Jorge Luis Borges.
El Hacedor.

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De la hemeroteca: Una entrevista a Borges de 1977.

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AdnCultura reeditó una respuesta de Jorge Luis Borges a una encuesta de La Nación, de 1977.

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Cuando María Kodama autorizó la reedición de El idioma de los argentinos tras la muerte de Borges, hubo la manida polémica acerca de si era tal cosa correcta o no, dado que Borges se había negado sistemáticamente a la reedición de esa obra. Por supuesto que el debate giraba alrededor de otra cosa, más cercana a veladas acusaciones de oportunismo comercial por parte de la viuda y heredera de Borges, que a cuestiones de otra índole.

En realidad, la reedición o no de una obra es una cuestión menor ya que, tratándose de Borges, con el tiempo se publicará todo lo que se encuentre en diarios, cartas, borradores y hasta los números telefónicos que Borges alguna vez pudo escribir en cualquier papel. De todos modos, en ocasión de aquel debate, recuerdo que Alejandro Dolina minimizó el “desliz” de la reedición de El idioma... aunque sus argumentos eran de otra índole. En una obra como la de Borges, opinaba Dolina, ninguna nueva publicación, aún de textos inéditos, podría modificar nada de lo que es una obra cerrada. Muy dificilmente hallaríamos algo que desarticulara esa obra. No he entrecomillado esta cita porque está extraída de mi recuerdo. Con parecidas palabras, las dijo Alejandro Dolina por radio, hace ya unos cuantos años.

Más allá de toda esta cháchara introductoria, es inevitable que se publique todo lo que se halle en los archivos y que haya sido escrito o dicho por Borges. Se trata de Borges.

Y en esta ocasión, La Nación publicó semanas atrás, en el suplemento AdnCultura, la respuesta de Borges para una encuesta que el diario realizó en 1977, cuyo objeto era establecer, en la opinión de notables escritores, quienes eran los sobrevalorados y subvalorados de la literatura argentina y aun sudamericana.

En la respuesta de Borges, pues, y tal como lo decía Dolina en aquella ocasión citada, no hay sorpresas. Está la opinión de Borges sobre Horacio Quiroga, que es conocida. Aquí lo califica de “superstición uruguaya” (expresión tan lapidaria ésta como el “andaluz profesional” que le regaló a Lorca, aunque hay que ser honesto y admitir que la expresión “superstición uruguaya” ya la había usado para referirse a La Cumpartista); y está su conocida… yo me atrevería a decir su conocida perplejidad ante Almafuerte a quien, aquí, califica como el “único poeta genial de la literatura argentina.” Juicio generoso que a mi parecer tiene algo muy cercano a su posición frente a Carriego. Si con la publicación de Evaristo Carriego llevó a cabo en su momento el parricidio freudiano matando a Lugones, creo que en su varias veces declarado deseo de llevar a cabo un ensayo sobre la “filosofía de Almafuerte” tenía en mente un propósito de esa magnitud, aunque escapa a este humilde lector de qué podría tratarse.

Refiriéndose siempre a Pedro Palacios dijo Borges: “Era desordenado e inculto o, lo que es más grave, semiculto.” Y en otra parte: “Ha escrito los mejores y, como todos nosotros, los peores versos de la lengua castellana.”

Para uno, che, quien es semiculto –lo cual es grave-, y que está destinado a seguir escribiendo los peores versos de la lengua castellana con la esperanza de –alguna vez- escribir uno de los mejores, el personaje Pedro Bonifacio Palacios es ineludible.

Va el enlace a la nota de AdnCultura, con el texto completo de la respuesta de Jorge Luis Borges para esa nota del diario en 1977.

Y, por si alguna vez el enlace desaparece (uno nunca sabe), está la copia en mi disco rígido, en un Cd y en papel para quien la quiera.

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Pequeños tesoros
El siguiente texto fue publicado el domingo 8 de agosto de 1977 en el Suplemento Literario de LA NACION
LANACION.com | ADN Cultura | Viernes 26 de octubre de 2007


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