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Babel, la perfecta pintura de una época.

Babel. Una película que pinta una época muy breve del mundo.

Hoy he visto Babel. Dos años después de su estreno y por la tele, como corresponde a un tipo como yo, que no paga una entrada de cine desde hace ya una pila de años y no la habrá de pagar nunca más. Pero confieso que, si hubiese pagado una entrada para ver esta película en un cine, no habría salido arrepentido de haber puesto unos pesos en la taquilla. La película es intensa y me atrapó de principio a fin.

Inmediatamente después de verla me hice un viaje de navegante trasnochado por Internet. Tenía curiosidad en conocer la ficha técnica de la película. Me habían impresionado el director, la interpretación de los actores, la música y el ritmo. Que no es poco, claro está.

En esa busca me topé con varios comentarios que cinéfilos, aficionados o simples cibernautas habían dejado por aquí y allá. Y me sorprendí al leer algunos de esos comentarios. Concretamente, me sorprendí al leer comentarios en los que se calificaba de racista a la película. A la trama de la película. A su contenido.

Sorprendente. Me pregunté: ¿a dónde vieron racismo estos tipos? ¿Qué parte de la peli me perdí? ¿La exposición cruda de la realidad del mundo en que vivimos es racismo? ¿El racismo (y la discriminación) están en el mundo o en la película?

Veamos.

La película pinta el drama existencial de cada uno de cuatro personajes: una pareja de jóvenes padres estadounidenses en un viaje por Marruecos para forzar un duelo; una sordomuda japonesa perdida en un mundo de seres oyentes y parlantes al que no puede acceder; un par de hermanos norafricanos, adolescentes y campesinos, miserables de toda miseria que desatan una tragedia y una mexicana inmigrante ilegal en los Estados Unidos que es víctima del azar.

La intensidad de la película se encuentra en eso: en el drama existencial de todos estos personajes. Dramas que son universales y cualquiera haya sido la elección de nacionalidades para esos personajes que el director hubiese elegido sería exactamente igual. Sin esos dramas, el film carecería de intensidad y sin ésta, no sería nada.

Una pareja que pierde un hijo y no pueden reencontrarse, perdidos en un magma ardiente de culpas, reproches, dolor. Una sordomuda que se encuentra perdida en un mundo que no está hecho para ella y cuyo único lazo con el mundo de los afectos, su padre, tampoco está preparado para penetrar en el universo de su hija. Un par de campesinos pobres que apuntan con un arma a un bus distante sin tener conciencia de que causan una tragedia. Una inmigrante con 16 años en Estados Unidos a quien la boda de su hijo la regresa a sus orígenes y este viaje la lleva a un infierno de confusiones.

En los cuatro casos está permanentemente la muerte presente, ahí, al lado de los personajes, rozándoles la piel, arrojándoles al rostro su fétido aliento. Los jóvenes estadounidenses han perdido un hijo y la mujer misma es llevada hasta las puertas de la muerte por un disparo. Los jóvenes campesinos también son movidos por los hilos de la muerte, ajena y propias. La adolescente japonesa no ha sido capaz de sobrellevar la muerte de la madre y anhela su propia muerte. El padre de la chica japonesa estuvo toda su vida produciendo la muerte, como cazador. Y la mexicana y los niños a su cargo estuvieron al borde de la muerte en el desierto.

Tratándose su director Alejandro González Iñárritu de un conspicuo cineasta mexicano (tal como su guionista Guillermo Arriaga), la presencia permanente de la muerte en toda la película queda plenamente justificada. Ya sabemos todos el idilio permanente que tienen los mexicanos con la muerte.

La película es brillante por su intensidad, como dije. Y esa intensidad es la que la convierte en un gran obra. Es verdad que tiene el defecto de lo demasiado obvio, pero eso no la desmerece.

De todos modos, toda esa trama dramática (que es lo que sostiene la película, repito) no es más que una excusa –consciente o no- de mostrar otra cosa, trascendente al drama personal de cada uno de los personajes.

Y esa otra cosa que la película quiere mostrar no es más que la pintura exacta, realista, cruda y cruel del mundo en la era inaugurada por Bush a partir del 2001; era que, gracias a Dios, acaba de finalizar. Un orden internacional basado en la supremacía de Occidente, del occidente blanco, en la identificación de toda cultura ajena a ese Occidente blanco como terrorismo. ¿Racismo? Sí, una forma de racismo (y de discriminación, en el caso de la chica japonesa), pero que no aparece en ninguno de los personajes, ni protagonistas ni secundarios, sino en el sistema policial en el mundo impuesto por la ideología de la era Bush.

El racismo y la discriminación no están presentes en los personajes, están presentes en el sistema. Más aún: todos los personajes dan muestras permanentes de solidaridad. Exceptuando el egoísmo de los viajeros del bus en el que se desatan los acontecimientos, todos los demás personajes se muestran solidarios. Así que no veo cómo puede tildarse de racista a la película.

El hecho azaroso que desata el ordenamiento del caos es un disparo que, sin ser accidental, tampoco es doloso. Como el disparo ocurre en un país musulmán y la víctima es una joven estadounidense, la máquina del orden mundial impuesto por Bush se pone en funcionamiento desde el primer momento de la película hasta el último.

Y el recurso que delata al espectador ese mecanismo “antiterrorista” imperante en el mundo es la prensa. Todos los personajes que intervienen en la tragedia saben que el disparo ha sido un lamentable accidente causado por la inconsciencia de dos adolescentes, casi chicos, pero nadie puede evitar de los medios –la voz oficial del relato mundial- sigan informando que se trató de terrorismo. ¿Ocurrió en un país musulmán? Pues entonces debe ser terrorismo. Eso es lo que la película Babel muestra.

Es más: tengo para mí que la alteración de lo lineal en lo temporal para el relato tiene el propósito de que en muchas escenas aparezca la pantalla de tv que informa el “desarrollo” del acto terrorista de “la turista americana”.

Y el mecanismo del relato antiterrorista está tan bien aceitado, es tan automático, tan irracional, que hasta la propia policía estadounidense no sabe reconocer a sus propios ciudadanos que debe proteger (en este caso dos niños). Y ni la policía japonesa sabe reconocer la integridad de sus propios ciudadanos cuando el relato mundial manda a dudar de todo y de todos.

Si hay una lectura política, o social, de Babel, pues para mí es ésa: la exacta pintura de lo irracional de una política imperial absurda, paranoica, represeiva, deshumanizada y violadora de los derechos humanos como ha sido la era Bush.

Eso es lo que vi en Babel. Como no soy cinéfilo, ni experto, quedo eximido de toda culpa.

Au revoir.
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Brad Pitt en Babel.

Brad Pitt en Babel


La trama:

Un montañés norafricano vende a otro paisano suyo, padre de dos hijos, un fusil. El campesino comprador le enseña a tirar a sus dos hijos varones, con la intención de matar chacales que les matan el escaso rebaño del que son dueños. En ocasión de hallarse solos los dos chicos, tiran hacia un bus que marcha en una ruta lejana, para ver “si llegaba la bala”. La bala alcanza el bus e hiere gravemente a una turista estadounidense. Ésta iba en el bus con su marido, en un viaje que tenía el propósito de forzar el duelo por la muerte de un hijo. Ambos son jóvenes. Sus dos hijos, de unos siete a diez años, un chico y una chica, quedan en los Estados Unidos, al cuidado de una mexicana indocumentada que durante años los cuidó, trabajando en forma ilegal para el matrimonio ahora en viaje por Africa. La mujer no tiene mejor idea que llevarlos consigo hasta su pueblo natal en México, para la boda de su hijo. Al término de la fiesta, regresan en un auto conducido por un pariente de la mujer mexicana, también ilegal quien, borracho, se topa con la policia en la frontera. Basureado por un policía paranoico, huye con el auto a toda marcha, originando una persecución policial. Cuando advierte que corren peligro los dos chicos, los deja, junto con la mujer, en medio del desierto y continúa la huída solo, seguramente hacia la muerte. Los pequeños norteamericanos y su cuidadora se pierden en el desierto hasta que son encontrados por la policía. La mujer es deportada inmediatamente. Mientras tanto, el padre de los chicos, en Marruecos, lucha contra el mundo para que su mujer malherida sea asistida en un hospital, hospital que queda lejos y sin transporte que la lleve. Por otra parte, la policía marroquí encuentra al dueño del arma que causó la tragedia. Éste confiesa dos cosas: habérsela vendido a quien se la vendió y haberla recibido de un cazador japonés en gratitud a los servicios que le prestó como guía. La policía decide buscar al nuevo dueño del arma y, a la vez, corroborar la historia del origen del arma. El cazador japonés aludido es un hombre muy adinerado que vive en Tokio, viudo de una mujer suicidada y padre de una adolescente sordomuda que es victima de la discriminación o, al menos, de la indiferencia del mundo. La policía japonesa corrobora la historia del campesino marroquí. Por otro lado, la policía norafricana encuentra a los campesinos que han hecho el disparo y, tras un tiroteo desatado por la desesperación del acorralado, son capturados. Uno de los chicos recibe a la vez un disparo. Finalmente, la joven pareja estadounidense es trasladada en helicóptero a Casablanca donde es finalmente operada en un hospital y salva su vida.

Neorrealismo.

Selecciones del Reader dog: Neorrealismo, un ensayo de Guillermo de Torre.

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Mirado retrospectivamente, el neorrealismo constituyó apenas un instante en la historia del arte literario y cinematográfico del siglo XX. En el ensayo de Guillermo de Torre que acompaña a esta entrada, el autor menciona con fechas el segmento de esa efímera vigencia del neorrealismo: 1945-1952. Un período breve por cierto. Sin embargo, su influencia en quienes por los años sesenta transitábamos esa edad adolescente que nos llevaría a pertenecer de lleno a la juventud de la generación del mayo francés, fue muy grande. Efímera, es verdad, pero muy fuerte.

Por aquellos años, descubríamos a través de dos manifestaciones artísticas cinematográficas –el documentalismo y el neorrealismo- la realidad de la condición del pueblo, del trabajador, del hombre del común –en este caso europeo- que salía de una guerra atroz, mezclándose en la vida cotidiana la esperanza nacida tras la paz y la miseria de todo tipo, humana y material, que había dejado la guerra.

Documentales como En cualquier lugar de Europa, o las más logradas películas del neorrealismo, Humberto D, El ladrón de bicicletas, nos ponían en contacto directo que una realidad social que sólo habíamos visto, antes, en nuestras propias vidas y en la de nuestros mayores y los más próximos. Jamás reflejada en “el arte”. Ese reconocimiento de nuestra propia condición social en las pantallas del cine nos impactó sobremanera. Imposible negarlo.

Vittorio de SicaPor otra parte, el documentalismo, mostró la más cruda realidad del drama de la guerra, en todos sus aspectos, desde la alucinante “solución final” ideada y ejecutada por delirantes apenas concebibles para el sentido común y las creencias cándidas de las personas corrientes, hasta los dramas familiares y sociales provocados por la guerra civil española. o la orfandad de la niñez luego de la segunda guerra mundial.

Al releer en estos días el ensayo de de Torre, reparo en la fecha: en 1966 se publicó ese ensayo en Sur. Recién un año más tarde se publicaría en Buenos Aires Cien años de Soledad, dando vida universal y profunda a lo que después se llamó “realismo mágico” y que marcó a toda mi generación. No creo aventurado afirmar que, sin el neorrealismo que nos llegaba a las pantallas del cine de barrio desde fines de los cincuenta hasta mediados de los sesenta, mi generación no habría estado preparada para recibir con los brazos abiertos el realismo mágico, movimiento literario, éste sí, que efectivamente creó un auténtico género, genuino, de alta calidad artística y de destino duradero.

HumbertoDRepito: nosotros recibimos la manifestación cinematográfica del neorrealismo, no la literaria. De Torre analiza en su ensayo todo el “modo” “manera” noerrealista, como lo llama, ya que no género, incluyendo el literario. Pero, de todas maneras, hacia el final de su ensayo afirma: “Limitémonos a recordar aquí un hecho por cuya anotación deberíamos haber empezado: este asendereado neorrealismo comienza en el cine…”

Si quisiéramos aleccionar a los jóvenes de hoy acerca de lo que fue el neorrealismo, más allá de sugerirle la atenta lectura de este estudio que va a continuación y que es referencia obligada a la hora de tratar el tema; más allá de esto, simplemente le diríamos: andá a alquilar un dvd de El Ladrón de bicicletas, o de Umberto D, o de Il compagni, o de Metello y simplemente mirá la película. En cualquiera de ellas está la respuesta.

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El ladron de bicicleta

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Neorrealismo.
Ensayo de Guillermo de Torre
publicado en Sur, Buenos Aires, año 1966.

Principio y fin de la novela.

Si la novela nace con la captación artística del mundo de la realidad, quizás no suene muy aventurado predecir que terminará con la saturación del realismo. Ahora bien, augurar la muerte de un género literario es todavía más azaroso que fijar con rigor su nacimiento. Además, los géneros literarios no mueren; se metamorfosean. Si la novela fue considerada por los preceptistas, todavía en el pasado siglo, como una degradación de la epopeya, ¿por qué algún género, aún hoy sin nombre, no podrá ser visto mañana como una superación (el orgullo contemporáneo nunca permitiría escribir “degradación”) de la novela? Sabemos indudablemente que la cuna de lo novelesco, la protonovela, se halla en la fábula y el mito. No ignoramos que, contradiciendo esta inicial trayectoria, la novela sólo se encuentra a sí misma, alcanza su plenitud cuando abandona lo fabuloso y se acerca a lo inmediato cotidiano; más exactaemente: cuando ambos orbes colindan. La aparición del Quijote señala ese momento crucial. Traza un mojón divisorio entre dos territorios fronterizos y rivales: el mundo de lo inverosímil y el de la verosimilitud. Dos siglos y medio después, el último reemplaza radicalmente al primero. Oriana se hunde en una lejanía invisible y Emma Bovary –o cualquier personaje semejante de las novelas ya declaradamente naturalistas- se alza el primer plano. Los niveles de la realidad se trastruecan o confunden. El antihéroe,

Big Fish, o una gambeta a la muerte.

Algunas reflexiones sobre el arte de fabular. Big fish, o una gambeta a la muerte.

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Hoy he visto una extraña e intensa película: Big Fish, de Tim Burton, basada en la novela Big Fish: A Novel of Mithics Proportions, de Daniel Wallace. Según informa la página Alfaguara, Big Fish, traducida a veintiuna lenguas, es “un libro de lectura obligatoria en las escuelas.” Esta página de la editorial no especifica en cuál país es de lectura obligatoria esta obra. De todos modos, bien vale el dato, porque me siento obligado a celebrar esa determinación burocrática que obliga a la lectura de este libro entre los jóvenes. La razón de tal juicio aprobatorio es simple: el personaje y la trama que describe el autor dan para infinitos debates, intensos.

No he leído el libro, confieso, pero me basta el dato de que su versión cinematográfica se ciñe a la misma. No sé si lo leeré. Suele pasar eso de que, al ver antes la película…. en fin. Tomo la historia como está en el film.

Para quienes no hayan leído el libro o visto la película, la trama de ésta última la encontrará en Wikipedia Big Fish

¿Qué decir de esta película?

A mí me ha impactado profundamente, lo confieso.

En las horas previas a la muerte del protagonista, el médico de familia, sabedor de que la muerte de Edward Bloom (Albert Finney) es inminente, le revela al hijo del moribundo -Will Bloom (Billy Crudup), quien había decidido pasar la última noche de la vida de su padre al lado de éste- la verdadera historia de su nacimiento.

El dato es relevante, porque la historia inventada por su padre para “aderezar” el día del nacimiento de su hijo era su cuento más celebrado, más repetido. Tanto, que con ese mismo cuento, Edward había eclipsado la figura de su hijo en la propia boda de éste.

A raíz de este episodio incordioso en la boda, que ha de ser para Will la gota que rebosa el vaso, Will se había alejado de su padre y no hubo de hablarle hasta cuando, diagnosticado su cáncer terminal, su madre –Sandra (Jessica Lange)- tratara de reconciliarlos.

Cuando el médico, como decía, le revela a Will la verdadera circunstancia de su nacimiento, muy desabrida al lado de la versión contada por el padre, le dice palabras parecidas a ésta: Si estando en en tu lugar tuviera que elegir entre la historia verdadera y la aderezada, me quedaría con la aderezada.

Will, en los días que pasa junto a su padre antes de que éste acabe internado para morir, muda sus sentimientos desde el recelo y el descreimiento hacia la duda y, finalmente, a la comprensión.

Tanta acaba siendo esta comprensión, que esa última noche, en el único instante en que Edward sale de su coma, le pide a su hijo que le relate como será su muerte; y es el propio Will quien termina por aderezar la muerte de su padre, inventándole las circunstancias más inverosímiles, armadas con los propios personajes de todas las historias contadas por Edward durante su vida.

Y en la ceremonia fúnebre de Edward, por fin, Will reconocerá entre los presentes algunos de los personajes de los cuentos de aquél. El espectador no sabe, por supuesto, cuánto de real hay en ese desfile de personajes de carne y hueso que desfilan ante la tumba Edward, y cuánto de ficción hay puesta por el propio Will y su mujer Joséphine (Marion Cotillard) para que esos personajes se correspondan con los de las historias.

Como tampoco sabe el espectador, por supuesto, qué es lo que Jenny (Helena Bonham Carter) le contó en realidad a Will cuando éste la visitó. Will fue a visitar a esta mujer convencido de que había sido una amante de su padre y encontró una respuesta por parte de ésta, que devendrá (para el espectador) en otro cuento al estilo de Edward. Y el espectador no sabrá jamás si Jenny le contó la verdad, o le contó la versión piadosa de un pasado que al joven no le pertenece, pero el espectador sí adivina que el propio Will acabó componiento la versión que este espectador finalmente “ve”.

Este propósito, por otra parte, había sido denunciado por el mismo Will al comienzo del relato, en las palabras iniciales de la película, al anunciar que habría de narrar la historia de su padre tal como el padre se la contó.

Y en el lecho de muerte, cuando el propio Will le “cuenta” cómo ha de ser la muerte que le espera, Edward, feliz al oirla, dice como últimas palabras: “Es la historia de mi vida”.

En fin. Si tuviera que darle un calificativo único a esta historia sería el de piadosa. Y si me permitieran extenderme un poco más, diría que deliciosamente piadosa.

El conflicto padre-hijo está presente, es verdad. Pero es totalmente secundario (finalmente, de alguna manera queda resuelto). Lo bello aquí está en esas palabras del médico de familia: Si me dieran a elegir entre la historia real y la otra, elegiría la aderezada.

Y ese ejercicio de la piedad, para con uno mismo y para con los seres queridos, los seres a quien uno ama intensamente y para quienes la vida de uno es más importante de lo que uno mismo acepta creer, es un ejercicio muy conocido –por íntimo- en quienes nos tuteamos con la práctica de fabular, ya sea con la palabra que se dice o con la palabra que se escribe.

Un ejercicio muy conocido y muy querido. Si el relato de una vida real fuese el inventario riguroso, escrupuloso, de las miserias y alegrías cotidianas, a la manera de la memoria de un Funes, sería un relato insoportablemente tedioso, no despovisto de sus momentos de estrechez y aun sordidez.

En la versión aderezada que le demos a esa vida simple como es nuestra vida de hombres simples, está la piedad amorosa que nos garantizará el permanecer entre los nuestros una vez que nos pille la muerte.

Casi todos los que hemos perdido a nuestros padres sabemos por experiencia que, en la medida que el tiempo pasa y sus ausencias se acrecientan, tendemos nosotros mismos a aderezar sus vidas. Lo hacemos con el recurso más inmediato de la clemencia: rescatando los mejores momentos y echando al olvido los peores. Como Edward Bloom, quienes fabulamos un “pasado irreal que de algún modo es cierto”, estamos allanando ese camino a quienes nos sobrevivirán. Y ésa es una forma despreciar a la muerte, de morigerar nuestra inevitable ausencia.

La película me encantó.

Au revoir.
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Poseidón, o como tirar dos pesos a la basura.

¿Te gusta el cine catástrofe? Si te gusta, no veas esta película.

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Ayer vi, en la comodidad del living y con la pachorra de la sobremesa, la remake de La aventura del Poseidón, Poseidón. En este caso ecaja a la perfección aquéllo de “nunca segundas partes fueron buenas”. Axioma falso, claro, pero que en este caso, repito, encaja perfectamente.

De todas maneras, no es ése el propósito de esta nota. Comentar una película que ya tiene un par de años es algo así como un despropósito; tampoco es éste un espacio de o para cinéfilos.

No, el propósito es otro: es relatar, a mi modo, el regusto amargo que me quedó después de ver la peli.

En la versión original, hay algo así como un planteo filósofico alrededor de categorías tales como el destino, la predestinación, el libre albedrío. Cuánto hay de dado en la suerte de las personas; y cuánto hay de logrado o producido en la suerte de las personas. En la buena y en la mala suerte, claro. En algún momento de la vieja Aventura…, se enfrentan las dos posturas y los creyentes de una se salvan, mientras que los adherentes a la otra son derrotados por la muerte. Por supuesto que aquella vieja película que en su momento causó impacto, no era más que una producción de las primeras en el tiempo de ese género llamado cine catástrofe. Una peli pionera, sencilla y nada más. Pero el planteo filosófico estaba subyacente.

En esta versión, en cambio, no hay nada de eso. Los estereotipos del capitalismo salvaje posreaganeano son demasiado evidentes:

El jugador que arriesga irresponsablemente, es el primero en perecer entre los potenciales sobrevivientes.

El camarero, un personaje sobre el cual el espectador no puede evitar asociarlo a la idea de hallarse ante la presencia de un latino, entra al círculo de los elegidos, tras la promesa de un pago extra, abandonando a los suyos, es decir, en forma subrepticia. La figura del inmigrante ilegal es obvia. Por supuesto, cuando las papas queman, se lo patea, con la complicidad, incluso, de quien lo había contratado. Para el caso de esta película, la expresión “se lo patea” es apropiada por litaral: En efecto el personaje que encarna Richard Dreyfus, se saca de encima al molesto ilegal a patadas, dejándolo caer a los abismos del infierno. Hay un minuto de silencio, es verdad. Pero a veces hay silencios que son tales porque las palabras que aclaran, oscurecen.

El personaje principal, por su parte, que representa al individualismo extremo del capitalismo salvaje en su arista ideológica, capaz de cualquier cosa para ganar, combatiendo con las banderas del “primero yo, después yo y siempre yo”, al final resulta ser un tipo sensible, capaz de arriesgar su vida para salvar al niño.

El político de antigua raza, desplazado del poder, también se inmola en favor de todos. Su pérdida del poder queda justificada por la abnegación hacia el sistema, en este caso, por su hija, el prometido de ésta y, por extensión, a todos los demás.

El capitán que da las órdenes equivocadas, a raíz del cumplimiento de las cuales mueren todos los pasajeros que confiaron en él es, por supuesto, un negro.

Y por último, el papel pasivo y estúpido asignado a las dos mujeres que intervienen en las peripecias de los finalmente sobrevivientes dentro de la nave puesta culo para arriba por una ola gigantesca, es francamente humillante para el género de las bellas.

En pocas palabras, una película de mierda. Dos pesos con setenta y cinco centavos pagué por el alquiler de esta superproducción clase B. Sí, clase B, porque, pregunto yo: ¿De dónde carajo sacó los anteojos Richard Dreyfus en una escena muy posterior a que le pasara una aplanadora por encima cuando no los tenía puestos? ¿Los tenía en el bolsillo? ¿O los sacó de los restos del shopping del crucero?

¡Dos pesos con setenta y cinco centavos! ¡Por Dios! Al menos, el gasto que quede justificado por esta entrada.

Au revoir.
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Bela Lugosi.

La nota completa de esta entrada, más un videoclip, clicando “texto completo”.

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Bela Lugosi.

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Su nombre era Béla Dezsö Blaskó y nació en Lugoj, Transilvania, en 1882. En ésa época la región de Transilvania pertenecía al reino de Hungría, parte integrante del imperio Austro-húngaro. La ciudad de Lugoj pertenece hoy al estado de Rumania. De las palabras de esa toponimia, el actor extrajo su nombre artístico de Lugosi.

Estudió teatro y en su país natal interpretó…

Hay amores…

Hay amores…Un bolero delicioso en la voz de una artista encantadora y talentosa.

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El amor en los tiempos del cólera, la novela de Gabriel García Márquez, ha sido llevada al cine. Una de las novelas más bellamente escritas que se hayan publicado jamás, fue llevada al cine por el realizador Mike Newell y al actor Javier Bardem fue el encargado de pnerle humanidad para el cine a Florentino Ariza.

La historia de cómo el productor Scott Steindorff convenció a Gabriel García Márquez para que le vendiera los derechos, así como otros detalles de esta producción, podrá encontrarla el lector en el artículo El amor en los tiempos del cólera (película) de Wikipedia.

Aquí me interesa destacar parte de…

¡Que me quiten lo bailado!

Marina Palmer y su novela Kiss and tango.

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La Nación de hoy nos da cuenta de una noticia –simpática por cierto- que encierra dos aristas que pretendo destacar aquí. O, mejor expresado, algunas reflexiones anexas que pretendo desarrollar a partir de una historia.

La historia es la relatada por la propia protagonista y la puedo resumir así: La estadounidense Marina Palmer tenía 30 años en 1997. Trabajaba como publicista y carecía del tiempo suficiente para buscarse una pareja y pensar en una familia. En ese año se tomó un mes de vacaciones y vino a la Argentina. Aquí se enamoró del tango. De regreso a su patria tomó clases de tango y, al mismo tiempo, fantaseó con la idea de encontrar el amor en Buenos Aires, en una milonga. Regresó al país en 1999 y hasta el 2002 bailó tango doce horas por día. Llegó a bailar el tango, a la gorra, en la calle Florida. La crisis del 2001 – 2002 la desalentó y regresó a los Estados Unidos. Allí escribió en pocos meses su novela –Kiss and tango- en la que relata esa fantasía de la búsqueda del amor en una milonga. La novela obtiene un relativo éxito; es traducida a tres lenguas, y la próxima traducción –al español- llevará el título de “Quién me quita lo bailado”. Y como si esto fuera poco, Sandra Bullock le compró los derechos del libro para hacer una película con la historia. Una historia encantadora desde todo punto de vista. Los detalles de la noticia, en el enlace a La Nación que está al pie de esta entrada. (Hay una foto de la escritora).

La reflexión es la que está oculta detrás de la novela (o de la versión oficial de esta aventura), y es la que me ha movido a escribir esta entrada. A ver cómo lo digo.

Por supuesto que no voy a descreer de la versión de la aventura dada por autora estadounidense; la tomo por verdadera. Pero me permito dudar de que su amor al tango nació de súbito a partir de una visita casual a la Argentina. Me inclino a pensar que, de alguna u otra manera, consciente o no, existía en ella esa fantasía antes de su viaje a la Argentina y éste no fue más que el paso inicial hacia la realización de esa fantasía. ¿Por qué puedo arriesgar esta hipótesis, esta versión conjetural de su aventura? Pues porque es una fantasía muy común en muchos sitios del mundo. Mujeres de Europa y de Estados Unidos –aun de Asia- han elaborado fantasías de ese tipo, surgidas de dos imágenes muy fuertes: la naturaleza misma del tango (aun en su versión estereotipada), cuya sensualidad para el espectador de la danza es patente; y los estereotipos que alrededor del tango creó el cine, tanto el de Holywood como el de Europa.

Dice muy acertadamente Marina Palmer:

“El tango tiene un lado físico que me atrapó: todo empieza con un abrazo. Es el placer de estar mimada y contenida por un hombre. Es una entrega de la mujer, cosa que tiene también su lado complicado. Es cerrar los ojos y dejarse llevar por el hombre, confiar en él. Es una manera de volver a la contención del útero materno”

Una idealización. Y para quien vive en otras culturas, una fantasía. Tanto es así que Marina Palmer, cuando finalmente encuentra el amor (fuera de la milonga) y deja de bailar, puede afirmar lo siguiente:

“Cuando descubrí el amor verdadero fue todo muy distinto, muy real. En cambio, el tango es seducción y provocación, un histeriqueo de sensaciones que nunca se concretan”.

“Un histeriqueo de sensaciones que nunca se producen”. Acertadísima caracterización. Imperdonable si hubiese partido de una improvisada. Pero Marina Palmer, según nos cuenta en su página, no es ninguna improvisada. Nos conoce, y bien.

Para quienes me leen desde otras latitudes vale aclarar que el verbo histeriquear se utiliza por aquí, en el lenguaje coloquial, para caracterizar al hombre o la mujer que hacen de la seducción por la seducción misma todo un arte, evitando en forma más o menos constante la consumación de la conquista cuando esa seducción da resultados positivos. Te entusiasmo y cuando estás entusiasmado/a, me piro.

Y en el tango danza hoy, en la milonga, hay algo de ese histeriqueo. Debemos admitirlo. Es más, es la expresión cultural más apropiada para un histeriqueo políticamente correcto, delimitado a la liturgia de los tres minutos de la pieza musical y a un templo también delimitado, la milonga.

Tal vez hubo tiempos en que no fue así y el carácter masivo de la cultura del tango danza fue el medio más corriente de conocer pareja, aun el amor, en un baile de carnaval, o en un baile de club barrial. Miles de parejas se habrán conocido así en los treinta y cuarenta, y aun en los cincuenta del siglo pasado. Pero los “8 grandes bailes 8” devenidos milonga, y el tango danza devenido culto de milonguero dio lugar a otro tipo de personaje, el milonguero de peluquín o tintura que consuma su oficio de varón, por decirlo de algún modo, en los tres minutos de un tango. Y si a esto se le añade el factor Holywood, y esa fantasía mujeril que produce en los países del primer mundo tal factor, ha dado lugar a otro personaje, secundario pero real, el oportunista vividor de turistas, remedo posmoderno –flexibilizado- del clásico gigoló. Si éste iba a vivir como un duque con las fortunas de las damas en Europa; aquél pucherea gracias a la complacencia de algunas turistas del primer mundo –hoy extendido a América del Norte- que arriban al país a “vivir” el tango, según lo que creen que el tango es.

Que no está mal; es una manera módica de realizar esa fantasía. Pero mucho más productiva es realizarla a través de la literatura, que es lo que ha hecho Marina Palmer. Resultará interesante para nosotros, los argentinos, ver de qué manera realiza el libro de Marina Palmer la deliciosa Sandra Bullock en la peli, cuando la haga, si es que la hace.

Para cerrar. Tal vez algún milonguero que lea estas líneas se me enoje. Instintivamente, tal milonguero me preguntaría desde qué lado hablo. Milonguero no soy, si a eso apuntara la hipotética objeción. Pero puedo apoyarme en un milonguero de pura cepa para redondear la idea. Eduardo Cozarinsky, realizador de cine que vive en Francia desde hace años y que publicó hace meses su libro “Milongas”. Y en la entrevista que en ocasión de promover su libro le hiciera Ñ en noviembre último, dice el milonguero: “El milonguero tiene necesidad de ficción.”

Dice Cozarinsky:

“Este baile vuelve porque es fundamentalmente un diálogo de cuerpos donde el hombre propone y la mujer dispone… El tango pone en escena el deseo, pero además hay en los milongueros una necesidad de ficción –esa pequeña novela de tres minutos que viven los bailarines- donde ya no importa si el hombre tiene panza o la mujer no es linda,”
Revista Ñ, 215 10/11/07 pg. 22

Y luego reafirma su juicio citando a Ezequiel Martínez Estrada:

“Quizá ninguna música se preste como el tango a la ensoñación, entra y se posesiona de todo el ser como un narcótico, es posible, a su compás, detener el pensamiento y dejar flotar el alma en el cuerpo”. idem

Sensualidad, sí; pero ahí, en la pista y durante el baile. Afuera de la milonga, la vida de Buenos Aires no difiere en nada de ninguna ciudad del mundo. Y fuera del salón de baile, el milonguero y la milonguera no difieren en nada de ninguna persona corriente de cualquier parte de la tierra. Es en ese universo amplio donde hay que ir a buscar el amor con posibilidad de ser hallado: en cualquier calle de cualquier ciudad del mundo.
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Alfredo Arri (Theodoro)
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Norteamericana y milonguera
Sus aventuras porteñas en un film de Sandra Bullock
LANACION.com | Espectáculos | Miércoles 6 de febrero de 2008


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Palabras verdaderas. Un documental sobre Mario Benedetti.

Palabras verdaderas. Un documental sobre el poeta más popular de habla hispana, hoy: Mario Benedetti.

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Esto que haré es para mí una experiencia inédita. Colocaré aquí un video, coproducción uruguayo-española, que está dedicado a Mario Benedetti. Lo inédito, para un blog, creo, es la duración del vídeo: una hora. Yo, lo confieso, no suelo ver películas de largo metraje en la pantalla del ordenador. Hasta hoy, sigue ganando la tele en ese terreno. Pero, con este vídeo me enganché. Claro, admiro, como tantos, al notable escritor y poeta uruguayo. Una vez que me lo puse a ver, hube de agotar su vista. Y me encantó. Hay en él, además del propio Benedetti hablando de su infancia, de su adolescencia, de su juventud, de su militancia, de su exilio y de su regreso; hay, decía, además…

No te salves. Mario Benedetti, recitado por Darío Grandinetti.

Darío Grandinetti lee los versos de Benedetti. Sandra Ballesteros aporta a la poesía su sola belleza. Y en una mesa de al lado, el propio Benedetti derrama sus versos de Corazón Coraza en alemán frente a una puta que finge prestar oído. Escenas de “El lado oscuro del corazón”, de Eiseo Subiela.

No te salves

No te quedes inmóvil

al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
            no te salves

no te llenes de calma

no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados

pesados como juicios

no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
            pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana

y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados

pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil

al borde del camino
y te salvas
            entonces
no te quedes conmigo

Mario Benedetti

oOo