Subscribe to RSS Feed

Del pochoclo y el reloj.

Filosofetas. Reflexiones insubstanciales.

Del pochoclo y los relojes.
Me dicen que es moda que los espectadores de cine coman pochoclo durante una función. Me dicen, además, que ésa es una costumbre que ya lleva entre nosotros, los argentinos, quince años o más. Y me dicen, por último, que en esos sitios modernos, al pochoclo le dicen pop-corn.

Estas módicas noticias me provocan las siguientes acciones: Uno: me he visto obligado a tomar conciencia de que hace como veinte años que no voy a un cine. Dos: puedo decir que tengo un excusa para no lamentarme de esa falta y que la misma me sirve, también, como excusa para no querer enmendar esa falta. Tres: sospechar -fundadamente- que la penetración cultural del Norte hacia el Sur no se detiene, con lo cual mi humor empeora. Cuatro: me siento tentado en componer algunas reflexiones insubstanciales alrededor de estos temas.

Como ya habrá barruntado mi lector, no me resistiré a dar rienda suelta a esta última tentación.

Las enumeradas acciones de mi voluntad, surgidas desde la constatación de una moda tonta como es comer pochoclo en el cine, me permiten levantar sobre mí mismo la sospecha que me he convertido en un conservador recalcitrante. Sin embargo, ni bien me acuerdo (y reafirmo) que me siguen gustando tanto los tangos de la guardia vieja y las películas de Gardel como con los tangos de Bajo Fondo Tango Club o las peliculas de Tim Burton, contrarresto aquella sospecha. Ergo: no es que me hubiera convertido en conservador en el sentido lato del término; simplemente me he convertido en un viejo.

El hecho de que me sigan gustando las mujeres, a pesar de que ya no me mueven un pelo, (o nada más que un pelo) lo reafirma.

Los viejos abominamos de ciertas modificaciones de las rutinas, sobre todo si tales modificaciones son de las más pequeñas e inútiles. Que aquellos que concurren a un cine en estos días elijan llamar pop-corn al pochoclo me resulta fastidioso, aunque mi fastidio quedaría justificado por aquello de la añoranza a nuestra propia cultura, tan castigada en estos tiempos de globalización. Y la reprobación de mi parte para eso de los espectadores coman durante la función, podría sostenerlo con argumentos tales como que se trata de un asquete. ¿Por qué no cortarse las uñas de las patas en las escenas aburridas, por ejemplo?

Se me objetará afirmando que no es lo mismo de repugnante ver (u oír, u oler) comer pochoclo a un prójimo demasiado próximo que ver al mismo prójimo demasiado próximo cortándose las uñas. Refutaré esa hipotética objeción con esta réplica: usted nunca vio a mi tío Ernesto comiendo pochoclo: adoraría usted hasta la profesión de podólogo.

Como fuere, insisto: hay incómodas modificaciones menores del cosmos cuyas probables explicaciones para esas incomodidades carezcan de argumentos racionales, o no transciendan el carácter irascible del viejo, sino que se agotan en eso, es decir, en la condición de irascible del carácter del viejo. Comer o ver comer (u oír, u oler) a un prójimo próximo a uno en un cine durante la proyección de un película es una de esas incómodas modificaciones del cosmos. Hay otras.

Por ejemplo, que la dirección de un canal de televisión decida cambiar los horarios de los programas que suelo ver regularmente, me puede llevar directamente a la abominación, no sólo del programa hasta entonces favorito sino del canal todo. En casos así, llamo a uno de mis nietos que conocen los arcanos del control remoto, para que eliminen ese canal del alma de esa prolongación tan boba como útil de la mano.

Otro ejemplo: que los evangelistas domingueros de estos tiempos sean más agresivos, más pelmazos, que los evangelistas domingueros de hace tres décadas, puede provocarme ataques de ira. Antes, los despedía con alguna mínima muestra de cortesía; ahora no: ahora los despido con las más agrias demostraciones de falta de urbanidad: ¿Por qué no se van a predicar al desierto, así no joden a nadie? En los desiertos no hay domingos, ni lunes, ni nada. Sé que es inútil, porque los evangelistas carecen del sentido del humor y están incapacitados para decodificar ironías. Sólo responden a los exabruptos más guarangos, aunque tampoco saben responder a éstos con la furia humana, sino que se ponen a blandir maldiciones satánicas y otras manifestaciones de idiotez por el estilo. Sé que es inútil, decía, pero igual se me da mostrarme para con ellos más agresivo de lo que ellos se muestran para conmigo.

Hay más, por supuesto: Ahora es cosa corriente que en un café o restaurante haya carteles por todos lados que rezan: los baños son para uso exclusivo de los clientes. Como comprenderá usted, amigo lector, si me veo obligado a consumir un café nada más que para poder usar el baño del bar, es esperable y aun saludable que una vez que logre pelar en ese lugar sagrado donde acude tanta gente, desarticule mi puntería con certeros mandobles de pene con el fin de orinar abundantemente el piso y las paredes del baño.

Antes -para seguir en este tono de queja menor- había seres humanos detrás de las ventanillas de los bancos, dispuestos a hacer tareas sencillas tales como contar billetes o sellar papeles. ¡Ah! ¡Qué placer provocaba verlos desarrollar con habilidad de prestidigitador esas tareas! Ameritaba, no digo el aplauso, pero sí un muchas gracias que uno le regalaba, adosado a una sonrisa, al tipo o tipa antes de retirarse de la ventanilla, ya con los billetes, ya con un papel sellado. Ahora no: ahora en los bancos hay robots a los que, increíblemente, llaman cajeros.

El señor le va a enseñar cómo se hace, me dijo la primera vez una empleada de banco que me mandó derechito al cajero robot y me señaló a un empleado con uniforme del Ejército de Salvación. En efecto, un señor de la vigilancia me aleccionó en el funcionamiento de esa máquina. Se aprende rápido, es verdad, pero yo recurro al empleado humano cada vez que voy al banco. Porque de lo que se trata es de rebelarme -vana, pero placenteramente- contra la automatización. Señor: ¿me puede explicar cómo funciona esto? ¿No se lo expliqué la semana pasada…? Puede ser, pero se me olvidó. ¿Me hace el favor, quiere?

Una vez, una joven que estaba en la fila detrás de mí, que se percató de que no encaraba la máquina, y de que miraba para todos lados en busca del hombre de la seguridad, me preguntó: No, g¿Quiere que lo ayude, abuelo? No, gracias, abuelo las pelotas, dije y pensé. Quiero que venga el señor de seguridad porque él sabe mi clave, ya que yo no la recuerdo. ¡No, abuelo, usted no le tiene que dar la clave a cualquiera! No, no es a cualquiera: el señor de seguridad no es cualquiera, yo lo conozco, se llama Miguel. Allá está. ¡Ea!, Miguel, me da una mano, por favor… ¿Otra vez usted, abuelo?

Abuelo las pelotas. Hace rato que soy abuelo; lo que soy desde hace poco es viejo, que es otra cosa. Ser abuelo es aprender a aceptar los cambios: los nietos cambian mucho más rápido de lo que cambiaron los hijos en su momento. Un abuelo se alboroza ante el mínimo cambio que se manifiesta en el nieto, y eso ocurre todos los días. Ser viejo es otra cosa.

En la vejez nos aferramos a las rutinas y nos incomodan las alteraciones mínimas del cosmos. Nos rebelan los cambios que modifican nuestra vida cotidiana, nuestros hábitos cotidianos. Por ejemplo: celebré con verdadero fervor la media sanción, por parte de la cámara de diputados, del proyecto de ley que elimina ese artículo del código civil que menciona como actores necesarios a un hombre y una mujer para referirse al matrimonio, y pongo todas mis energías mentales para que el Senado convierta en ley el proyecto. Pero, vea usted la diferencia, quise conspirar contra el Gobierno cuando se le ocurrió modificar la hora oficial, en aras de un supuesto ahorro de energía. Cenar con la luz del sol es insoportable y, de haber hallado conspiradores en buen número, habría atentado contra la autoridad del Estado por ese desatino. Semejante norma ameritaba una revolución, aun si fuese efectiva la medida: es preferible cenar a la luz de las velas cuando hay corte de luz eléctrica a tener que servir la sopa sobre una mesa inundada por los rosados colores de la tarde y alborotada por el chirriar de los gorriones.

Seré franco: tengo para mí que eso de comer pochoclo en el cine es una suerte de retroceso para la humanidad. Por lo menos para esta parte de la humanidad que llamamos argentinos. Allá ellos, los yanquis, si comieron pop-corn en los cines desde siempre. Aquí es como una involución cultural. Es como una suerte de compensación cósmica a otras modificaciones evolutivas, como por ejemplo el descubrimiento de una vacuna o una droga que salve millones de vidas. Es como si Dios dictaminara: ¿En Suecia se acaba de inventar un medicamento milagroso? Pues entonces que otros, por ejemplo los argentinos, coman pochoclo en los cines, para compensar el desequilibrio que se ha producido en favor de la humanidad y en mi contra. Algo así.

Me dicen, también, que algunos chicos de clase media de vida holgada celebran Halloween. O que los jóvenes de clase media no tan acomodada celebran San Patricio empedándose en masa. Pero esto no me preocupa demasiado, lo confieso. Son grupúsculos. La inmensa mayoría del pueblo aborrece de esas celebraciones que se nos tratan de imponer a la fuerza. Esas modas pasarán, de puro vacuas que son.

Lo que no pasa, lo que no deja de pasar nunca es el tiempo que, precisamente, consiste en pasar. O aparenta pasar. Aunque es lícito dudar incluso de tal apariencia, la apariencia de ese paso está y es fuerte. El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, rezan los versos del poeta cubano. Y pasa más rápido cuando, el que lo mide, suma en su propia humanidad una pila de años, es decir, una montaña de tiempo. Aquella constatación empírica de que los cambios se dan más apretaditos en los nietos que en los hijos confirma esa relatividad del tiempo según la edad del sujeto que lo mide, padece, sufre, tolera o goza.

Hay una sentencia de Borges que me ha parecido siempre débil. Escribió nuestro poeta mayor y hasta hoy único proto filósofo que dio la patria: “Negar el tiempo es dos negaciones: negar la sucesión de los términos de una serie, negar el sincronismo de los términos de dos series.” (Borges, Otras inquisiciones. B)

No necesariamente debe haber sincronismo entre diversas series. Al menos, no hay pruebas de esa necesidad. Esa necesidad de sincronismo entre series temporales es lo que aparenta al observador que no forma parte de ninguna de las dos series, pero no lo es para cada una de las subjetividades involucradas en cada una de las series. Parafraseando a Schopenahuer, me anticipo a defenderme de una hipotética objección: Creer que el sincronismo de las series temporales es sólo aparente a la subjetividad que las contempla desde fuera puede ser considerado un pensamiento absurdo; creo que lo absurdo está, precisamente, en imaginar lo contrario.

Si los cambios en el cosmos, la naturaleza, la sociedad y los hombres se producen en forma cada vez más apretada a medida que el sujeto de la serie que observa ese cosmos avanza en edad, ¿por qué no sospechar -fundadamente- que ese estrechamiento en los intervalos entre los cambios alcanza valores infinitésimos, cercanos a la misma anulación del tiempo cuando el sujeto alcanza una edad matusalena?

Nadie ha alcanzado tal edad como para que pueda dar testimonio de su percepción del tiempo a los novecientos y tantos años de pura vejez, pero sí hay signos que nos permiten sostener -caprichosa pero fundadamente- alguna tesis audaz. Ya he relatado alguna vez el caso de un tío que murió a una edad muy avanzada. Había sido traído por sus padres de Italia cuando él tenía dos o tres años de edad. ¿Cuatro, prefiere? Póngale cuatro. Al ingresar en la última agonía, cuando ya había perdido toda su comunicación con este mundo, sus palabras se reducían a incoherencias dichas en dialecto fruilán. Dialecto que jamás había utilizado en toda su vida en Argentina, que fue como de ochenta años. Sus expresiones incoherentes en un dialecto olvidado, sus vagas pero inequívocas sonrisas -amplias, gozosas- durante la agonía, bien podrían ser un signo de una realidad que nos es desconocida y, al ingresar el mortal en las regiones cercanas a la Gran Puerta, el tiempo deja de suceder, como en los sueños.

Los refutadores de leyendas de Villa del Parque podrían burlarse de mí, recordándome que las drogas que calman el dolor del muriente alteran la conciencia. Es verdad, pero no conozco ninguna droga que provoque a un moribundo de casi noventa años hablar un dialecto olvidado durante ochenta y cinco. Además, aquél tío murió de viejo, y no fue el dolor de una grave enfermedad lo que lo llevó a un hospital. Tampoco lo dormían los enfermeros para que no molestara: aquel viejo tío no molestó nunca a nadie, ni siquiera a la hora de morir. Cuando joven, contaba malos chistes cuando se chispeaba en las celebraciones familiares; ése fue su mayor pecado en esta vida.

Más fuerte es la objeción que podría oponerme un Hombre Sensible de Flores: tal vez en la muerte -podría oponerme un trovador y poeta de pizzería-, de alguna manera la subjetividad se aniquila en la aniquilación del tiempo de la misma forma como sucede en los sueños. Sé que una réplica a esa objeción que advirtiese que en los sueños, a pesar de todo, el sujeto no pierde la conciencia de su subjetividad y que esta conciencia de un sujeto es incómoda para la atemporalidad, tampoco serviría. En efecto, nadie podría asegurar que la descripción en vigilia de un sueño no sea más que la primera versión temporal, taquigráfica y mal trascrita, de una experiencia que durante el sueño, no sólo no tuvo serie temporal alguna reconocible, sino sujeto que la pudiera reconocer.

Tal vez en la vigilia, en el inmediato despertar de cada día, el relato del sueño no sea otra cosa que una forzada puesta en funcionamiento de todas las series temporales del universo, comenzando por el alfabeto. Una sincronización de las series temporales ajenas al sujeto que despierta. Algo así como dar cuerda al mundo cada mañana, para que funcione de modo que lo podamos reconocer. O peor aún: tal vez cada mañana, tras el despertar, no hacemos otra cosa que echarnos encima el tiempo, con idéntica mansedumbre con que nos ponemos las ropas y el calzado. Y así como en la vejez preferimos las pantuflas a los zapatos de cuero, las ropas de entrecasa al elegante sport, así del mismo modo los viejos nos calamos cada mañana una versión más aligerada del tiempo. Una versión del tiempo en la que las grandes modificaciones suceden tan apretadas que nos mueven a la indiferencia; a la vez que las pequeñas modificaciones de las rutinas que nos pertenecen nos alteran el ánimo, nos conducen al mal humor y a la módica rebelión.

Mi última reflexión sobre este tema permanecerá oculta detrás de una pregunta: Si en medio de una función de cine algún espectador se atragantase con pop corn, ¿debería interrumpirse la proyección para asistirlo? ¿O el show must go on a como dé lugar?

Alfredo Arri.

o0o

Epicuro y los muchachos pirronistas.

Filosofetas.


epicuro.jpg

.

Epicuro y los muchachos pirronistas.

.

Cuando uno se mete en honduras filosóficas, la primera de las tentaciones que lo asaltan durante el necesario paseo histórico en la busca de la verdad, es el epicureísmo. Epícuro y sus precursores son tentadores, redondamente tentadores. Sobre todo su precursor Pirrón, cuyo nombre por sí solo nos provoca ingeniosidades chuscas, tales como Pirrón, Pirrón, qué grande sos. Pero más allá de esta inmediata simpatía por Pirrón, es el modo de ver la vida de este Pirrón lo que me sedujo, lo que me tentó y entonces no tengo ningún prurito en confesar que por un tiempo fui epicureísta, o suelo ser epicureísta de vez en cuando. Por ejemplo, ahora estoy en uno de esos períodos epicureístas.

Para empezar, el esceptismo siempre seduce. Y si a una forma de escepticismo se le da el elegante nombre de acatalepsia, no sólo me siento digno cofrade de doxólogos de nota, como el doctor Mariano Grondona, sino un poquitín elegante dentro de una tilinguería razonable, o políticamente correcta.

¿Qué sería la acatalepsia? La imposibilidad de comprender y saber nada. Pero cuando digo nada, es nada de nada. Aquí es donde empecé a tentarme.

Aceptada la acatalepsia, no tengo más remedio que adherir a la epojé, que sería algo así como: ¿Para qué andar echando juicios a diestra y siniestra si después de todo es imposible comprender nada?

Y cuando surge la primera objeción a este escepticismo, como es esa voz interior que te dice: Pero, ¡cómo!, ¿nada es verdadero? Entonces Pirrón le responde a tu voz interior: Sí, cómo no. Por supuesto que hay algo verdadero: el fenómeno.

Aceptado todo esto, no queda otra que alcanzar ese estado en el que se alcanza la serenidad del alma, porque después de todo, si lo único verdadero es el fenómeno que me oculta el ser, al que nunca podré llegar, ¿para qué andar dilapidando el tiempo en búsquedas tan vanas como los juicios de valor?

Los libros de historia de la filosofía no lo dicen, pero resulta obvio que esa máxima de atorrante que uno aprende con los muchachos de la barra, ésa que reza: no calentarum largum vivirum, tiene su origen en Pirrón. Razón de más para redoblar el entusiasmo al entonar los versos de alabanza al precursor: Pirrón, Pirrón, que grande sos.

Aficionado al pirronismo, pues, avanzo en mis investigaciones y doy con Epícuro. Y el tipo viene a decir: la única verdad es la realidad. Bueno, en realidad no lo dijo así. Esas palabras célebres le pertencen a otro, pero, de alguna manera…. como se verá, a ellas se llegará.

Epicuro dice que la única verdad es la sensación. Esto tiene un corolario simple pero convincente: Si todo se reduce a la sensación, todo cuanto existe es corporal, ya que sin algo externo y real que mueva a la sensación no hay sensación posible. ¿Y qué son esos cuerpos? ¡Y qué se yo! Son cuerpos que se expresan en fenómenos. Eso es todo. Sin cuerpo no hay fenómeno.

Esta filosofía permite elaborar juicios tan rotundos, bellos y tentadores como éste: El hombre está ausente de su propia muerte.

La frase, entrecomillada, en Google, no da resultado alguno. Y como en el libro de la que lo recogí no está entrecomillada, se la adjudico al autor del libro, Emile Gouiran. La bella frase está en este contexto:

En cuanto a la muerte, si es cierto que el alma y el cuerpo son productos de una agrupación de átomos, mientras el ser exista ambos permanecerán unidos; pero cuando el agregado alma se desintegra, deja libre al cuerpo que, privado de su envoltura, se disipa y desaparece. La destrucción del cuerpo no implica, pues, más que la desaparición de un fenómeno: el hombre está ausente de su propia muerte. O como dice Robin: “la muerte no es nada que nos afecte; pues una vez salida el alma del cuerpo, dejamos de sentir: la ilusión de una vida futura se desvanece.

Emilio Gouiran. Historia de la filosofía, Ediciones Centurion Buenos Aires 1947, pg. 72

Tentador es pues Epícuro y sus muchachos pirronistas. Eso del mundo material compuesto por átomos es la idea más simple, más fácil de representar y más fácil de aceptar para cualquiera que tenga dos dedos de frente y no se ponga a filosofar motivado por la condicionante idea de hallar alguna justificación para la superación a la realidad de la muerte como expresión de un final verdadero e ineludible.

Pero hay más para tentarse con Epicuro. A una metafísica tan en correspondencia con los sentidos, a una teoría del conocimiento en la cual la sensación es el primer criterio de verdad, Epicuro suma dos criterios más: El recuerdo de la sensación, que nos permite, por ejemplo construir edificios de doscientos pisos en medio del desierto. Y un tercero que es el afecto. La moral, que descansa en los afectos del alma. ¿Cuál es el soberano bien al que debe tender el sabio? Epicuro no duda: el placer. Si tomamos el placer por falta de dolor, a la manera de Schopenhauer, y no al living la vida loca de las clases populares posmodernas, estamos hechos. Ya tenemos una filosofía. Una filosofía en la cual, como dije, adhiero y dejo de adherir con regular recurrencia.

Dícese que tender a la búsqueda del placer, a la ausencia del dolor, a la larga inmoviliza. El placer se estabiliza, se vuelve una ausencia de dolor y a la vez ausencia del placer deseado. Esto, también se dice, conduce a los adeptos del epicureísmo a un asceticismo imperfecto. Y al final del camino el epicureísta “se vuelve semejante a un dios entre los hombres, pues nada se asemeja menos a un ser mortal que aquél cuya vida, siendo buena, se desarrolla en medio de bienes inmortales.” (obra citada)

El último párrafo parece complicado, pero es fácil de entender: es cuando el asceticismo te lleva a rodearte todo el tiempo de cuñadas que prenden sahumerios a los muertos y hablan todo el día de los amores de las estrellas de la tele y el cine; o alcanzás un punto de ascetismo tal que un gol de la selección nacional de fútbol te resulta indiferente. Es un amesetamiento de la ausencia de dolor que duele tanto que es estúpido llamarlo placer.

Es en ese punto de toma de conciencia súbita de que he avanzado demasiado en ese camino del asceticismo cuando termino rompiendo el carné de la Escuela de Epícuro para afiliarme, por ejemplo, al partido de los platónicos recalcitrantes. O de los loquitos adoradores de Nitzche. Pero al poco tiempo, cuando el mucho ejercicio del idealismo me termina por producir el dolor de la estupidez que se padece pudiendo uno evitársela; o el hedonismo nihilista o alpedista me empieza a molestar a mí mismo, vuelvo a pedir la solicitud de ingreso en la Escuela del Jardín de Epícuro, y al mismo tiempo, para eludir algunos de los efectos colaterales de esta escuela filosófica, recomienzo la lectura de El Capital.
.
Alfredo Arri. (Theodoro) febrero 2010

Epitafio industrial.

Epitafio industrial.

.

He aprendido que el más dramático objetivo de todo hombre es tratar de anular para sí el implacable destino de la vida, cual es morir para ingresar, a partir de la muerte, y para siempre, en la más absoluta nada. Los más desgarradores desvelos de cada hombre, mientras vive, se agotan en esa tarea: eludir el fatal destino de que su nombre -lo único que le es propio- se pierda en el polvo y el olvido. A poco de andar por la vida sabe que ese objetivo es casi imposible de lograr, pero no se amedrenta. Se apresura para tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. En esas tres acciones deposita todas sus esperanzas de inmortalidad. Ése es el más doloroso drama de todo hombre: qué hacer en vida para no morir cuando al fin se ha resignado a aceptar que sí habrá de morir. Todo lo que inventa, todo lo que hace, está hecho con ese fin. A veces acierta con alguna de esas obras de tan soberbio propósito y se gana el derecho de que su nombre sea pronunciado -con devoción o con odio- por las generaciones futuras. Lo he logrado, se dirá tras el éxito, y esperará la muerte descansado en su obra. No le interesará demasiado si ésta ha sido una pócima que salvó millones de vidas de una muerte prematura, o si ha sido una bomba atómica que destruyó decenas de miles de vidas en un solo instante. Le dará igual. Lo importante para él será que, de alguna manera, habrá de permanecer entretejido en las palabras de muchos otros hombres, por muchas generaciones. El sueño más íntimo de todo hombre es ganarse el derecho a pensar en su epitafio.

.

La inmensa, la abrumadora mayoría de los mortales fracasaremos en ese intento; entonces una abrumadora mayoría de esa abrumadora mayoría de mortales no tendrán más remedio que apelar a la obra humana que más ha trascendido a sus (paradojalmente) anónimos creadores: un dios, un poderoso dios que los seduzca con alguna morada para después de sus inevitables muertes, aunque sea en los infiernos. Otros, en cambio, apenas unos pocos elegiremos abandonar el mundo vírgenes de quimeras de consolación. Así, la inmensa, la abrumadora mayoría de los hombres, llevaremos al pie de nuestros tumbas, en lugar del artesanal y raro epitafio, una simple placa de chapa que, al lado de las dos fechas, reza así: Qüepedé.

.

Alfredo Arri.

.

Inagotable

Filosofetas.

.


plataia-y-los-millones.jpg

.

Inagotable.

.

La parte más dramática de la doctrina de la reencarnación es que, en la eternidad, fatalmente hubimos o habremos de reencarnar en todas las reencarnaciones posibles, que son infinitas. Así, por ejemplo, si en una vida anterior o por venir formamos o formaremos parte de la batalla de Waterloo como guerreros franceses, en otra formamos parte o volveremos a formar parte de la misma batalla como guerreros británicos, o belgas. También, si en una vida anterior o futura fuimos o seremos César, en otra fuimos o seremos Cleopatra; o si en una vida somos mariposa cazada, en otra somos el cazador de mariposas. Como se comprende de suyo, este inventario de posibilidades no tiene fin. La doctrina produce rechazo, porque lo inagotable repugna a la mente. Sin embargo, esa idea siempre ha seducido a los hombres. Tal vez porque en cada uno de nosotros hay al mismo tiempo un patriota y un traidor, un hombre y una mujer, un victimario y una víctima; y esa doctrina viene como anillo al dedo para justificar esas incómodas contradicciones. O para emparchar la herida de una frustración: suele ocurrir que los devotos de la reencarnación afirman haber descubierto -mediante técnicas refinadas, siempre obtenidas a cambio de un caro arancel- que en otras vidas fueron Julio César, Cleopatra, Napoleón, Darwin. Nunca un campesino, un albañil o una puta de burdel suburbano. Y por supuesto, jamás un gusano, una ameba o un cacto, sino más bien una paloma, un tigre o una flor de lis.
.
Yo prefiero elegir mis reencarnaciones: ahora soy Sandokan, tigre de la Malasia, pero mi sentido del decoro me obliga a afirmar que habré de manifestarme a los hombres como un verdulero de Villa Caraza, de nombre Ismael. Seré boliviano, y mi ayudante será un joven blanco, descendiente de polacos, que hubo estado mucho tiempo desocupado. Este ayudante dirá en su momento que su nombre es Miguel, pero yo sé aquí y ahora que su verdadero nombre es Yañez de Gomera. Por supuesto, mi inveterada lucha contra el Imperio de Su Majestad la Reina quedará impregnada en mi alma y no se extinguirá con la muerte. Sé que esa rebeldía se habrá de manifestar de alguna manera. Por ejemplo, ese malhadado verdulero de Caraza actuará como un tigre a la hora de discutir el precio de las papas y las cebollas con el papero. Nadie lo dude: ese aprovechador del papero que dirá llamarse Juan es ahora, en esta vida, el odiado James Brooke. Mis tigrecillos, ¡a mí! ¡Al abordaje!
.
Alfredo Arri.

A la espera de una teodicea justa.

Filosofetas.

.

fractal2.gif

.

Sugerencias para una teodicea.

.
Estoy a la espera de que un Profeta o Fundador revele o exponga una religión en la cual se tenga por dogma de fe la existencia de un Día del Juicio Final, en el cual Dios habrá de rendir cuenta a los hombres por Su obra. Por supuesto que a los réprobos les estará vedada la entrada al juicio; pero los justos tendrán derecho a reclamarle a Dios una clara y convincente justificación de todas y cada una de las fechorías cometidas por Él en la tierra. Si pasa con éxito la prueba, Dios podrá permanecer en el Reino de los Cielos, junto a los justos. Si en cambio no logra la absolución luego del juicio de los justos, el Reo será expulsado del Reino de los Cielos.

Sería un conveniente auto de fe de esa ausente religión la afirmación de que Dios sí superará felizmente la prueba. Y sería un buen tema de debate teológico, en esa religión, el determinar cuál podría ser el destino para la eternidad de Dios en el caso de que fuera condenado por los justos.
.
Alfredo Arri.

Filosofetas. Segunda temporada.

Tenía algo abandonadas mis filosofetas. Esta mañana me acordé de ellas. Quizás los primeros fríos del año, la hora temprana, el mate dulce, ésas cosas pequeñas, me llevaron a acordarme de ellas. Así que se me ocurrieron éstas. Es mi pequeño aporte al desconcierto universal.

.

.

Dios no cumple con el requisito esencial para ser mi amigo: la humanidad.
.
La posición relativa del hombre en la escala zoológica no está en discusión.
.
No me molesta quien pregona que no come carne. Me molesta quien postula que yo no debo comerla.
.
El amor romántico es a la feromona lo que el antitranspirante al sobaco.
.
La invención de los superhéroes modernos fue necesaria para superar el fracaso editorial de Robin Hood. El carácter fantástico de este personaje era demasiado evidente.
.
La educación sexual en las escuelas es un intento que hacen los docentes y los políticos para ver si pueden aprender algo de sexo antes de que los sorprenda la vejez.
.
La confianza es el comodín en un juego de naipes entre dos amantes. La desconfianza, en cambio, es la carta más alta en un juego de naipes entre dos tahúres.

.

Alfredo Arri (Theodoro)

Filosofetas II

.

Como mi capacidad administrativa para los apuntes, borradores, archivos y todos los etcéteras relacionados con el orden en los papeles es nula, decidí darle nueva numeración a mis filosofetas. Como fui publicando una y otra al azar, su numeración se ha desordenado. Así que opto por numerarlas en el momento de la publicación. Comienzo pues con la número uno, que puede ser otro número cualquiera en mis borradores. Alguna repetición será inevitable..

.

1.

Cuando me dijeron que estaba loco, acepté el dictamen sin protestar: fue ésa la primera vez en la vida que se hizo justicia conmigo. Que nadie venga ahora a reclamarme cordura; mi cordura es mía y no pienso compartirla con nadie.

.

2.

La primera vez que una mujer me rechazó quise escribir un tango pero, entonces, no tenía habilidad para hacer tales cosas. Ahora que tengo el hábito de escribir, podría urdir ese tango, pero ya es tarde: ahora me gusta el rock.

.

3.

No te puedo componer un tango porque ahora me gusta el rock; no te puedo componer un rock porque mi formación ha sido tanguera. Lo más romántico que te puedo ofrecer es regalarte un Cd para tu cumpleaños. ¿Arjona te gusta?

.

4.

El primer beso de amor que experimenté acaso fue prematuro: sabía a chicle.

.

5.

Si alguien me preguntase si alguna vez lloré por una mujer, no sé si me atrevería a responder la verdad.

.

6.

Si alguien me preguntase si me intereso por el prójimo, sencillamente no le respondería.

.

7.

Dice una conocida canción que el amor es un paraguas para dos. La verdad es que cuando llueve, lo mejor es tener un paraguas para cada uno. Así que, si el amor es un paraguas para dos, mientras seamos dos lo mejor es que no llueva.

.

8.

¿Mariposas en el estómago? ¿Estás segura? ¿No estarás caliente?

.

9.

Se dice que las mujeres odian a Isaac Newton. Eso es falso. Algunas saben que Newton no tiene nada que ver. Tampoco la manzana.

.

10.

Si yo supiera cantar decentemente, podría trovar al pie de tu ventana. Pero también podría considerarse que si realmente cantara decentemente probablemente ni siquiera te habría conocido.

.

11.

Afirmar, como afirmo, que la mitad de las personas que me conocen me tienen por pesimista es una muestra cabal de mi optimismo.

.

12.

Dicen que pescar con señuelos artificiales es un arte. Yo tengo para mí que reputarse un artista gracias a la complicidad de unos animalitos naturalmente torpes es poco gratificante.

.

13.

La naturaleza del alacrán es picar a la rana que lo ayudó a cruzar el río; pero no está en la naturaleza de las ranas ayudar a los alacranes a cruzar los ríos. Ergo: la rana de la fábula recibió su merecido.

.

14.

Veinte años no es nada. Yo cumplí los sesenta y al respecto digo: Que los últimos veinte de mi vida fuesen una nada; podría llegar a considerarlo. Que los anteriores veinte años fuesen otra nada ya es más difícil de creer. Y que los primeros veinte años de mi vida fueron otra nada, eso ya es inaceptable. Ergo: desde mi perspectiva, veinte años es una montaña de años; sesenta, una cordillera; la vida no es un soplo; y el tango Volver es una pelotudez de Lepera cantada por Gardel. Desgraciadamente, bien cantada.

.

15.

La mejor metáfora que conozco tiene autor conocido: Ringo Bonavena: Todo el mundo te da consejos, pero cuando suena la campana y te sacan el banquito, te quedás solo en el ring.

.

16.

Ya se sabe cuál fue el origen de nuestra especie: un ser onmipresente, omnipotente y omnisciente tomó el material más corriente que encontró por estas tierras, arcilla, modeló un muñeco a su imagen y semejanza y le insufló vida. Luego fabricó otro muñeco más o menos parecido al anterior, al que llamó mujer, con la costilla del primero. Finalmente les dijo: “Ea, a follar, que se acaba el mundo” y esa pareja prístina fundó la especie que pobló el planeta. La candidez humana es patética.

.

17.

La primera vez que me mandaron al carajo, acepté el insulto sin protestar porque tuve conciencia súbita de que no había de ser ése el último insulto que recibiría en mi vida; así que decidí conservar su recuerdo impoluto. Cualquier cosa que hubiere argüido en mi defensa habría ensuciado ese recuerdo. ¡Y lo bien que hice! Es el único insulto que recuerdo. Los que vinieron después murieron antes de nacer.

.

18.

No todos los actos de Dios son arbitrarios e injustos. Un acto de Su justicia fue hacerme ateo.

.

19.

Me alegra mucho que te haya emocionado mi última carta. No hice más que plasmar en palabras lo mucho que te quiero. Pondré idéntico fervor cuando te escriba la carta en la que te anuncie que he dejado de quererte.

.

20.

Me aterra la idea de ir al cielo después de mi muerte porque le tengo miedo pánico a la soledad.

.

oOo.

Filosofetas. Dos

.

27. Si un genio embotellado me otorgara el cumplimiento irrestricto de un único deseo, le pediría longevidad sobrehumana para mí, dejándole a él la facultad de asignar la justa medida de esa prebenda.

33. Que los tiempos que corren son menos pacíficos que los de antaño está corroborado por mí a partir del día que no devolví la pelota que colgaron en mi patio los pibes que jugaban en la calle. ¿Que eso no es ninguna prueba de la violencia urbana de nuestra época? Entonces debo estar poniéndome viejo.

40. Cuando mi niñez, las heladerías permanecían cerradas durante los meses de otoño e invierno; la fábula de que los heladeros migraban, como las aves, al hemisferio norte para eludir el frío era entonces verosímil. Ahora se cultiva el mito de que las heladerías que permanecen abiertas en el invierno lavan dinero, pero ésa es otra historia.

Alfredo Arri. Theodoro

oOo

.

Filosofetas. Uno

Filosofetas. Uno.

3. Mi padre me heredó que el misterio de la vida se oculta en los laberintos de un monte de Venus. La idea que tal dictamen nos obliga a intuir puede aparecer como una muestra de burda animalidad; sin embargo, la sabiduría que esas palabras trasuntan es, como se comprende de suyo, inmensamente humana. Yo querría heredarle a mi hijo que ése misterio es el amor pero un algo, vago pero fuerte, me obliga a posponer ese juicio.

4. La lujuria es como el perro doméstico. Si es de sangre pura, oculta alguna tara que a la larga se manifiesta; si es silvestre, resulta a ratos útil y a ratos molesto; si se libra al abandono, se torna irremediablemente salvaje.

13. Es un lugar común decir que muchos de quienes abominan de Borges jamás lo han leído. Lo que es verdaderamente sorprendente es descubrir que algunos de esos abominadores sí lo han leído.

20. Conocí un pescadero que mientras fileteaba merluza soñaba con emigrar a los Estados Unidos. Cuando me confesó ese deseo íntimo sólo se me ocurrió preguntarle con qué ungüento quitaba de sus manos el olor a pescado.

Alfredo Arri. Theodoro

oOo


Sumate al Foro de las palabras. Un espacio propio para la discusión de los temas que te interesan: Libros, música, plástica, y un lugar de encuentro para la amistad.

oOo