El Rostro del Sudario ¿es el de Leonardo Da Vinci?
Un Relato muy bien logrado.
Una producción de Discovery Channel presenta un Relato perfecto.
Como es fama, el Santo Sudario de Turín es uno de los objetos más fascinantes para los aficionados a los misterios que resisten a las explicaciones científicas. Para muchos, por supuesto, se trata de una reliquia del catolicismo y, como tal, es objeto de veneración. Pero para muchos otros, se trata de uno de esos huesos duros de roer para la ciencia, lo cual lo hace tan atractivo. Para estos últimos, entre los que me incluyo, el famoso lienzo no es más que una patraña -una patraña extraordinariamente realizada- y el desafío científico está en que se descubra quién lo hizo, cuándo y por qué.
Más allá del contundente carbono 14 que dató el lino que sirve de soporte a la imagen como un lienzo tejido en el siglo XIII, poco es lo que ha hecho la ciencia para establecer con exactitud cómo fue realizado y con cuáles materiales. Para ser sincero, ninguna de las hipótesis lanzadas como tales fueron satisfactorias. Es decir, nunca logró hacerse un relato verosímil del origen y propósito de la imagen fijada en la tela.
Pero sucede que en esta semana, una producción de Discovery Channel, realizada como parte de una breve saga de producciones dedicadas a la Semana Santa, ha presentado en el programa que trata el tema del Santo Sudario de Turín el primer relato verosímil.
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Va la aclaración de inmediato: verosímil en el sentido del Relato. Es decir: se trata de un programa de televisión, de entretenimiento y, en cuanto tal, el mero espectador no puede saber si se trata de una ficción o de un documental de verdad. En otras palabras: en cuanto televidente se lo consume como producto de entretenimiento. Como una ficción. Pues bien: en estos términos, el Relato elaborado en esta ocasión por los productores de Discovety Channel para explicar el origen y propósito de la creación de ese objeto es sencillamente perfecto.
Es la primera vez, para decirlo con pocas palabras, que se presenta la historia de este objeto de culto y controversia como un Relato perfectamente verosímil, coherente, completo e incluso plausible.
La emisión está anunciada para esta noche, 31 de marzo a las 21 de Buenos Aires, pero, por razones que ignoro, lo he visto ayer o anteayer, en el Discovery Channel y por pura casualidad, es decir, recalé allí tras el habitual zapping. Así que no sé, francamente, si vi un adelanto o si vi el programa completo, ofrecido, digamos, en una suerte de preestreno. Esta noche lo volveré a ver, pero sospecho que lo que vu como adelanto fue el programa completo, ya que el Relato está completo.
En menos palabras aún: este Relato cumple a la perfección aquel viejo proverbio: Se non è vero, è ben trovato. Si no es verdad, está muy bien contado.
Según el “documental”, hacia fines del siglo XIII una familia noble de Francia hizo una fortuna exhibiendo en su castillo a los crédulos peregrinos una de las infinitas reliquias del catolicismo. En este caso se trataba de una tela en la que se reproducía la imagen de un hombre, con rastros visibles de heridas en perfecta correspondencia con las del Crucificado. Lanzado el albur de que se trataba del sudario que había cubierto el cuerpo de Cristo mortificado, los peregrinos abarrotaban ese castillo. Con la venta de perros calientes y coca-colas por un lado, y la urna para oblar una donación, los poseedores de la “reliquia” hicieron una fortuna. La cosa llegó a oídos del Papa quien mandó un inspector de reliquias y, al ver que ésta era una burda pintura, conminó al noble a que cesara con el fraude, so pena ya sabemos de qué.
El curro del noble francés cesó, pero el fraude fue leyenda y, cincuenta años más tarde, cuando ya todo estaba olvidado, otro noble, en este caso alguno de los descendientes de Luis de Saboya vio la oportunidad de reproducir el negocio y le encargó nada menos que a Leonardo Da Vinci que hiciera un nuevo sudario, pero menos burdo, o sea, más creíble.
El primer escollo al Relato surge del hecho de que Da Vinci vivió entre 1452 y 1519, es decir, en la segunda mitad del siglo XV, mientras que la tela de lino del Sudario, según la datación por carbono 14, fue tejida en el siglo XIII, o principios del XIV. Naturalmente, la superación de este escollo es mediante la suposición de que Leonardo buscó las telas más antiguas que pudiese hallar para la mejor hechura del fraude, tela que no le hubo resultado difícil de obtener.
Superado este escollo, el “documental” da cuenta del cómo fue realizado el santo sudario por Leonardo. El procedimiento fue el de utilizar una tela de lino bañado en una solución de plata y expuesto a la luz a través de una lente, por un orificio hacia el interior de una cámara oscura. En otras palabras: el Santo Sudario sería una perfecta fotografía realizada en pleno siglo XV. De la descripción de la cámara oscura hay referencias desde el siglo X.
La hipótesis de la toma es la siguiente: En el cuarto oscuro, Leonardo colocó una parte del paño con las sales de plata sobre un bastidor. Afuera del cuarto, estacado y expuesto a la luz del sol, uno de los cadáveres que eran la materia prima de Leonardo para sus prácticas de disección. Luego, el mismo procedimiento, esta vez expuesto el cadáver de espaldas, para impregnarlo en otra parte de la tela. Esto explica, dice el experto en el “documental”, la diferencia de longitud que en la realidad tienen las imágenes del Sudario de Turín entre la vista de frente y la parte de la espalda. Al hacer la segunda exposición “a ojo”, se le pasó en unos centímetros la superposición de imágenes. Por supuesto, el toque artístico de Leonardo fue “propinarle” al cadáver las heridas necesarias para que se correspondieran con las del Cristo.
Quien en el film aparece como el autor de la hipótesis afirma que, de comprobarse la presencia de moléculas de plata en el Sudario de Turín, tal hipótesis sería probada.
Hasta aquí, el Relato ya es excelente. Pero hay más: en el documental se afirma que el rostro del Sudario no es el del cadáver que Leonardo expuso a la cámara oscura y la tela con sales de plata sino que sobre el rostro del finado colocó una máscara moldeada de su propio rostro, travesura que Leonardo gustaba hacer ya que, según se afirma, es la misma -según los rastros antropométricos- que la de la Mona Lisa, su famoso autorretrato en lápiz y el rostro de un Cristo en una de las pinturas que se le atribuyen, un Salvator Mundi propiedad de Jean Louis de Ganay.
Por supuesto, en la producción de Discovery Channel desfilan antropólogos, artistas, expertos que a lo largo de la hora del film desarrollan el Relato con apoyaturas testimoniales muy bien compuestas. Y si fuese un documental verdadero; si se probase la hipótesis; si el Relato no fuese el de una ficción sino uno de una investigación llevada con todas las de la ciencia; si llegase a probarse todo ello, en una palabra, entonces sí: el Santo Sudario de Turín sería una de las bromas más extraordinarias realizadas jamás por genio alguno. Y si no, es, de todos modos, una extraordinaria producción televisiva.
Digno de verse.
Medio millón de visitas.
Elucubraciones de un boludo alegre.
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Hitos más, hitos menos, igualito a la nada.
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Cuando este blog superó las doscientas cincuenta mil visitas -meses atrás- registré aquí mismo mi alegría personal por haber alcanzado ese hito. Para un blog personal, que se escribe desde la periferia del mundo y que lo firma un tipo común y silvestre, no estaba nada mal. En estos días pasé el hito del medio millón de visitas, y aunque se supone que la alegría de entonces debía ser una multiplicada por dos, no lo es.
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Por supuesto, entre ambos momentos de la existencia de esta bitácora han sucedido cosas, y me han sucedido cosas… Cosas que de alguna manera u otra afectaron la marcha misma del blog, y afectaron negativamente el ánimo de quien firma estas líneas. Cosas. Cosas de la vida privada o familair, cosas graves de la vida, y cosas extraordinarias en la marcha del mundo que, de alguna manera también, me consumieron horas que bien pude haber aprovechado en otro tipo de ejercicios. Cosas.
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Sin embargo, sé que debo celebrar la superación de este hito del medio millón de visitas. Si me ganara la indiferencia y no lo hiciera, sería una patente contradicción con la existencia misma del blog. Si no se me mueve un pelo ante ese éxito -menor pero éxito al fin-, entonces, ¿para qué seguir posteando en él?
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Pero más allá de esta observación de sentido común, la pregunta tiene un sentido más amplio. En efecto, para qué seguir posteando en un blog exige una respuesta clara, contundente, que vaya más allá del estado de ánimo de quien sostiene un blog. Y no hay una respuesta, o, lo que no es nada agradable: la respuesta podría ser incómoda.
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José Pablo Feinmann, uno de nuestros intelectuales más populares y a la vez más interesantes desde muchos puntos de vista, ha dictaminado algo que es muy difícil de refutar, al menos con argumentos sólidos. Ha establecido Feinmann: Cualquier boludo tiene un blog. Más que un dictamen es un desafío, una provocación, tan típica en Feinmann, quien hace de la provocación un modo de excitar las neuronas de quien lo lee o escucha. No está mal. Es una provocación, sí, pero a la vez establece un dictamen que, al menos, merece ser considerado.
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Veamos: Existe la sospecha de que el mundo está lleno de boludos, con blog o sin él. Esta sospecha es tan intensa que hasta podría afirmarse que se trata de una certeza. Así que sería razonable y verosímil la idea de que, desde que existen Internet y los blogs, existe la categoría de boludos con blogs como parte del universo de los boludos que desde siempre habitan el mundo. Pero esto no implica, de ninguna manera, que cualquier blogger sea un boludo. A menos, claro, que consideremos boludos cabales, por ejemplo, a personalidades tales como José Saramago, Michael Moore, Orlando Barone o Barack Obama. Con estos ejemplos de bloggers ilustres quedaría en claro que la admonición de Feinmann tiene un sentido restringido: el boludo equivaldría, en su dictamen, a anónimo, don nadie, cuatro de copas, etc.
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Así que todo blogger debe hacerse antes que nada un examen de conciencia para hacer frente a la máxima de Feinmann: ¿Soy yo un boludo que tiene blog, o soy un blogger que de boludo no tiene nada? Sustituyendo el vocablo chusco por alguno de sus equivalentes cultos, la pregunta aparece mucho más clara: ¿Soy yo un cuatro de copas que tiene un blog; o soy un blogger que de anónimo no tiene nada? La respuesta es obvia en mi caso: Soy un cuatro de copas que tiene un blog; ergo -sustituyendo otra vez los vocablos-: soy un boludo que tiene un blog.
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Queda por establecer si soy un boludo cualquiera o boludo destacado. El problema que aquí se me presenta es que ser destacado dentro del universo de los boludos no aparece de suyo como un mérito, o como una muestra de excelsitud societaria, para decirlo de una manera absolutamente boluda. Todo lo contrario. Recibir, digamos, el diploma de Presidente de la AAB no parece ser un logro adquirido tras años de esfuerzos sino una suerte de sambenito estigmatizador. De verme alguna vez ante la alternativa de tener que aceptar o rechazar un cargo societario de esas características, lo rechazaría de plano. Tal vez con argumentos meramente retóricos, tales como: ¡Qué! ¿Acaso me vieron cara de boludo?
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¡Ni qué decir si ese ofrecimiento surgiese de una elección interna entre los socios de tan homogénea asociación! Porque ser designado a dedo como miembro destacado de una sociedad de boludos por pares que son boludos menos lerdos que uno, vaya y pase: podría reputarse uno víctima de una boluda conspiración y conspirar boludamente en contra de esa movida. Pero ser elegido boludo destacado en elecciones universales, secretas y obligatorias por la toda masa societaria de tan egregio club sería un golpe muy duro de asimilar.
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Creo, sinceramente, que el mejor argumento que podría exhibir para negar mi condición de cualquier boludo dentro del club de boludos que tienen un blog, sería el del éxito alcanzado con mi blog que es, por otra parte, la causa de esta entrada, esto es, festejar boludamente haber alcanzado la cifra de medio millón de visitas. Pero por este rumbo me meto de nuevo en honduras. Vea usted: si la categorización de boludo exitoso parece una admisible, tal admisibilidad se diluye ni bien volvemos a sustituir el vocablo boludo por el equivalente que le da Feinmann, esto es anónimo, don nadie, cuatro de copas. En efecto, si la expresión boludo exitoso es tolerable en algún aspecto, la expresión anónimo exitoso, en cambio, es un oxímoron deplorable. A esta altura, sospecho que José Pablo Feinmann quiso darle al vocablo boludo un alcance más amplio que el de anónimo, cuatro de copas, don nadie, etc.
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Y creo, también, que, de ser tal la intención del filósofo nac&pop al acuñar el dictamen, estaría en lo cierto. El punto al cual han llegado mis elucubraciones alrededor de este tema así lo demuestran. Sólo un boludo cabal pudo haber llegado hasta aquí con estas inútiles elucubraciones. Admito, pues, mi condición de boludo cualquiera. Y cambio lo de exitoso por afortunado. Quien firma las entradas de este blog es, pues, un boludo con suerte.
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Ahora bien: habiendo establecido antes que el tener un blog no es muestra de boludez supina, ya que conspicuos hombres de letras, de ciencias y del pensamiento en general lo tienen, el gran interrogante que quedaría por resolver sería este: ¿Para que un boludo cualquiera querría tener un blog?
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Declaro sin vueltas: las respuestas a esta pregunta son muchas y variadas. Como participo de la idea de que un inventario de más de dos respuestas a la misma pregunta inaugura una serie infinita de respuestas, reduzco la serie infinita a las dos más brutales.
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En un extremo, está la idea de que los boludos que tenemos un blog creemos, de alguna manera, que estamos alternado la marcha del mundo. Por supuesto, siempre alteramos la marcha del mundo con nuestras acciones, por mínimas que éstas sean. Lo que quiero decir aquí es que: se dice que los boludos que sostenemos un blog lo hacemos con la idea de que nuestras opiniones, puntos de vista, observaciones, réplicas, investigaciones, argumentos, ideas, etc., son de tal peso que contribuimos a los saltos dialécticos en el desarrollo de las ideas en el mundo. Auténticos cuatro de copas con ínfulas de pensadores originales. Descubridores del agujero del mate. Algo así como lo que pinta la metáfora tanguera: un galán de voz gangosa con berretín de cantor. Esta idea suele manifestarse críticamente de muchas formas, desde la académica, por parte de estudiosos del comportamiento humano, hasta la ácida de los humoristas. Este muy buen chiste gráfico de Wolf Toul es representativo de esa idea.
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En el otro extremo, está esta otra respuesta: los boludos que tenemos un blog lo hacemos por diversión. Una suerte de entretenimiento que trata de explotar las formas -amplias y laxas- de nuevas tecnologías; tan nuevas y revolucionarias que en ellas está todo por hacerse.
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No me avergüenza confesar que mi motivación ha sido principalmente lúdica. Como juego, supera en mucho a otros de reglas rígidas, ya que éste tiene aspectos sorprendentes. Y si no, vea usted: un día me dispuse a disfrutar de unos sándwiches de miga. Un hecho corriente de la vida corriente. El aspecto del paquete abierto, con sus pilas de sándwiches mostrando los colores de los ingredientes, me tentó a tomar una fotografía y, finalmente la visión de la fotografía en la pantalla me motivó a escribir una entrada cien por ciento lúdica sobre los sándwiches de miga. Con el tiempo, la entrada se convirtió en una de las más populares de este blog y a su pie hay una colección de comentarios muy sinceros y muy sentidos de argentinos desparramados por el mundo, nostálgicos de la patria y de los sándwiches de miga. ¿Qué otro juego da tales sorpresas, agradables sorpresas? ¿Qué otro juego virtual permite acceder a fenómenos, sentimientos, individualidades -por cierto reales- del modo que lo permite éste? Ninguno.
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La circunstancia de que esa entrada lúdica y gastronómica sea la más popular del blog (junto con otra sobre las empanadas árabes), y que otras, más presuntuosas digamos, apenas reciban visitas, ¿es un motivo para desesperar? Mi respuesta es un rotundo no. De ninguna manera.
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El resultado de la práctica consecuente de este juego que ya lleva algunos años y sobrepasó las quinientas mil visitas ha sido sorprendente: el enriquecimiento de mí mismo. Debo admitir, sin tapujo alguno, que tener este blog me convirtió en pocos años, del boludo aburrido que era al boludo alegrre que soy. Que no es poco. Mis seres queridos agradecidos: esto ha sido para ellos mucho más productivo -en términos de módica felicidad doméstica- que esos paseos por Plaza Francia cuando estábamos al pedo.
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En cuanto al papel que sobre la marcha del universo cumple mi blog, ¿a qué clase de boludo le interesaría tal cosa?
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Creo que lo mejor es cerrar esta entrada de íntima celebración echando mano a una de las herramientas que más uso en este juego: combinar palabras en décimas aceptables. Me compuse una apropiada para un auténtico -y soberbio- boludo alegre:
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Medio millón de visitas
no es un logro menor
que si modesto es el blog
no lo es el que lo edita.
Con mi firma manuscrita
estampo satisfacción
por alcanzar el mojón
que promedia las seis cifras
¡Abran cancha y anchen pista
que áura voy por el millón!
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Alfredo Arri (Theodoro)
Evita, nuestra singularidad.
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María Eva Duarte de Perón, Evita. Nuestra singularidad.
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En el cincuenta y siete aniversario de una muerte obrada por Dios para empujar la infatigable lucha por la emancipación de los humildes.
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y huyas de las estampas y el ultraje
empezaremos a saber quién fuiste.
María Elena Walsh. Eva.
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Eva, nuestra singularidad.
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Cuando murió Eva Perón yo era un chico que empezaba la escuela. Por aquellos años se ingresaba a la escuela a los seis, en el llamado primer grado inferior. Cuando Juan Perón fue derrocado, ya cursaba el tercer grado.
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La memoria que conservo de esos años, como se comprenderá, es muy escasa y fragmentada. Recuerdo los libros de lectura, con las imágenes de Perón y Evita, que inmediatamente después del golpe de setiembre fueron rápidamente sustituídos por otros. Esta sustitución obligatoria era a elección de los padres. La obligación era que había que desaparecer los libros oficiales; la libertad de elección: podíamos llevar al cole cualquier libro, menos los oficiales. En mi caso, mi padre me compró unos libros de cuentos de Constancio C. Vigil; libros primorosamente encuadernados y bellamente ilustrads que conservé por mucho tiempo.
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Lo que conservo como recuerdo propio de esos años, pues, se limita a las imágenes de Perón y Evita que se repetían en mis libros escolares, o en los parques, o en las vidrieras de algunos comercios; y a los eslóganes más conocidos en la era peronista: En la Argentina de Perón los únicos privilegiados son los niños; Eva, jefa espiritual de la Nación…
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Conservo nítidamente, también, los días compartidos con centenares de otros chicos, hijos de compañeros de trabajo de mi padre, en una colonia de vacaciones sindical, en un hermoso campo, con decenas de árboles, (recuerdo especialmente las moras), juegos, canchas; con suntuosos y amplios edificios donde compartíamos juegos, comidas…
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Y conservo, también, las impresionantes imágenes de mil boquetes de balas y metralla de bombas en las paredes de los edificios que enmarcan la Plaza de Mayo; recientes rastros notorios de aquel crimen atroz de junio del 55. Estrago bélico que mis ojos de niño de nueve o diez años miraron azorados, mientras una de mis manos, seguramente, apretaría fuertemente la mano de mi padre.
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Después del 55, en la escuela Perón se convirtió súbitamente en el tirano prófugo y más tarde, poco a poco, el peronismo de Perón fue parte del pasado. Como tal, como parte del pasado, el peronismo de Perón me fue contado de mil modos diversos, según quién me lo relatara. Escuché todas las versiones. Escuché todos los relatos. Leí libros. Pregunté. Busqué. Indagué. Pesquisé. Y al llegar a los veinte años de mi edad había descubierto las dos únicas cosas que tengo por verdades de aquel pasado que, en los años que refiero aquí, eran todavía recientes: Una, que Juan Domingo Perón había sido y había de seguir siendo por siempre objeto de discusión. Dos: Que Eva Perón había sido y seguiría siendo por siempre un objeto de amor, o de odio.
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A Perón se lo discutía y se lo había de discutir por siempre desde las cabezas, desde las ideologías, desde los lugares comunes de la conversación. A María Eva Duarte de Perón se la refería y se la había de referir por siempre desde las vísceras. Evita había de permanecer en el ideario colectivo, o como la Abanderada de los Humildes, o como la maldición con la que Dios castigó a los argentinos de bien por algún ignoto pecado. Eva, esa puta… escuché decir muchas veces durante mi infancia y adolescencia. Palabras siempre mordidas con todo el odio del que el ser humano es incapaz de ocultar.
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Más tarde, allá por los sesenta y tantos, cuando el mundo entero recibió la ola revolucionaria, en nuestra patria, poco a poco se empezó a comprender que Eva había sido, ante todo, una revolucionaria. Una revolucionaria que creció como tal al lado de un líder como pocos dio América; un adalid que pudo ser muchas cosas, pero nunca un revolucionario. Una paradoja extraordinaria. Una burla de la Historia. Un desafío de los hombres a Dios.
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A partir de esa paradoja comencé a entender la dicotomía de sentimientos que el solo nombre de Eva provocaba y sigue provocando aún entre mis compatriotas: Eva, la que había denunciado a la oligarquía y al capitalismo salvaje era amada por los pobres y era odiada por los ricos. Los sentimientos tan fuertes alrededor de su figura eran, simplemente, el amor o el odio de clases. Algo así a como se siente el Che: La encarnación del Hombre Nuevo para unos; el asesino para otros. Así de igual se siente a Evita: la Vindicadora de los Humildes para unos; la usurpadora para otros. Evita, para unos; Eva Perón para otros.
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Pasaron más años todavía. En las horas más negras de la peor noche de nuestra historia nacional, en 1978, Evita fue una ópera. La excelencia de dos artistas y el azar elevaron a la categoría de icono universal a nuestra Eva. Las mentes simples, ésas que gustan ejercer escrupulosamente “la policía de las pequeñas imperfecciones” pusieron el grito en el cielo sin comprender, los muy cortos de vista y entendimiento, que Eva ingresaba a la globalización y que al ingresar en la globalización ingresaba, a la vez, en la Revolución. Porque la Revolución ha de ser universal o no será.
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Así, devenida icono, Eva pasó a ser la mujer humilde que llevó consigo el clamor de los humildes y las ansias de libertad de la mujer a las entrañas del poder, y a quien el poder le devoró las entrañas hasta llevarla a la peor de las muertes, la prematura muerte. La perfecta metáfora: Ni de la mano de un hombre, mucho menos de la mano de una mujer, los humildes no deben insolentar al poder. Al poder hay que destruirlo, no insolentarlo; si no, el poder acabará aniquilando a quien ha osado insolentarse con él.
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Eva Duarte murió de un cáncer a los treinta y tres, es verdad. Pero, ¿quién podría refutarme la creencia de que esa muerte fue obrada por Dios para que los hombres construyamos la metáfora aleccionadora? Nadie podría. No tendría argumentos. Ni uno solo.
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Más tarde, en los convulsos años de la violencia en nuestra patria, muchos marcharon al ciego y absurdo combate de derrota cierta en medio de un cántico ficticio: Si Evita viviera, sería montonera.
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No hay –nunca la ha habido; nunca lo habrá- ucronía posible con la figura de Eva Perón. Porque las ucronías que podríamos elaborar a partir de la premisa contrafactual si Eva no hubiese muerto son tantas y tan alejadas todas de la realidad histórica que nos ha tocado vivir, que acabaríamos componiendo un vasto inventario de universos conjeturales sin alcanzar jamás ni uno solo que se corresponda, ni de cerca, con el universo de la historia realmente vivida por todos nosotros.
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Conjeturar qué habría sido de Argentina si Evita no hubiese muerto en el tiempo en que murió, es tan vano e inútil como conjeturar qué habría sido de Occidente si Cristo no hubiese resucitado al tercer día de su muerte. La notoria vaciedad de universos tales por contraste a los de la historia real -y además multiplicados al infinito-, producirían sentimientos insoportables.
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Podría cualquiera conjeturar, en un brote de pasatiempo lúdico aunque irreverente, que de no haber nacido Albert Einstein de todos modos algún otro hombre habría formulado la Teoría de la Relatividad; o que si Gardel no hubiese muerto en Medellín, habría transitado patéticamente la impiadosa vejez del ídolo decadente. Pero las conjeturas que pudiere alguien hacer a partir de la hopótesis si Eva Perón no hubiese muerto en el 52, producirían –todas- sentimientos insoportables por su notoria desproporción.
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Evita pasó por la vida de Juan Perón para inclinar a favor de los humildes el artificio histórico creado por el padre de la criatura. Muerto Perón, el peronismo ha sido reclamado una y otra vez para sí por las clases sociales que lo crearon y lo usufructuaron: las siempre miserables oligarquías terratenientes, las siempre inestables burguesías nacionales y las siempre acomodaticias corporaciones sindicales colaboracionistas.
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Si esas clases privilegiadas no han logrado aún recuperar del todo al peronismo para sí, ello se debe a la existencia, efímera pero intensa y revolucionaria, de María Eva Duarte de Perón, o Eva María Duarte o simplemente Evita. De ahí que el odio a “esa mujer” no ha decaído un ápice entre las clases privilegiadas de nuestra patria, ni entre los tilingos y tilingas de ciertas capas medias de la población, después de más de medio siglo de su muerte.
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Pero el tiempo no pasa en vano: aniversario tras aniversario, el pueblo va descubriendo, lenta e implacablemente, nuevos momentos de esa singularidad argentina llamada Evita. Algún día, la conoceremos, por fin.
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Alfredo Arri.
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por María Elena Walsh.
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I
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Calle Florida, túnel de flores podridas.
Y el pobrerío se quedo sin madre
llorando entre faroles sin crespones.
Llorando en cueros, para siempre, solos.
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Sombríos machos de corbata negra
sufrían rencorosos por decreto
y el órgano por Radio del Estado
hizo durar a Dios un mes o dos.
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Buenos Aires de niebla y de silencio.
El Barrio Norte tras las celosías
encargaba a Paris rayos de sol.
La cola interminable para verla
y los que maldecían por si acaso
no vayan esos cabecitas negras
a bienaventurar a una cualquiera.
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Flores podridas para Cleopatra.
Y los grasitas con el corazón rajado,
rajado en serio. Huérfanos. Silencio.
Calles de invierno donde nadie pregona
El Líder, Democracia, La Razón.
Y Antonio Tormo calla “amémonos”.
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Un vendaval de luto obligatorio.
Escarapelas con coágulos negros.
El siglo nunca vio muerte mas muerte.
Pobrecitos rubíes, esmeraldas,
visones ofrendados por el pueblo,
sandalias de oro, sedas virreinales,
vacías, arrumbadas en la noche.
Y el odio entre paréntesis, rumiando
venganza en sótanos y con picana.
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Y el amor y el dolor que eran de veras
gimiendo en el cordón de la vereda.
Lagrimas enjuagadas con harapos,
Madrecita de los Desamparados.
Silencio, que hasta el tango se murió.
Orden de arriba y lagrimas de abajo.
En plena juventud. No somos nada.
No somos nada más que un gran castigo.
Se pintó la República de negro
mientras te maquillaban y enlodaban.
En los altares populares, santa.
Hiena de hielo para los gorilas
pero eso sí, solísima en la muerte.
Y el pueblo que lloraba para siempre
sin prever tu atroz peregrinaje.
Con mis ojos la vi, no me vendieron
esta leyenda, ni me la robaron.
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Días de julio del 52
¿Qué importa donde estaba yo?
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II
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No descanses en paz, alza los brazos
no para el día del renunciamiento
sino para juntarte a las mujeres
con tu bandera redentora
lavada en pólvora, resucitando.
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No sé quién fuiste, pero te jugaste.
Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo,
metiste a las mujeres en la historia
de prepo, arrebatando los micrófonos,
repartiendo venganzas y limosnas.
Bruta como un diamante en un chiquero
¿Quién va a tirarte la última piedra?
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Quizás un día nos juntemos
para invocar tu insólito coraje.
Todas, las contreras, las idólatras,
las madres incesantes, las rameras,
las que te amaron, las que te maldijeron,
las que obedientes tiran hijos
a la basura de la guerra, todas
las que ahora en el mundo fraternizan
sublevándose contra la aniquilación.
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Cuando los buitres te dejen tranquila
y huyas de las estampas y el ultraje
empezaremos a saber quién fuiste.
Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva,
única reina que tuvimos, loca
que arrebató el poder a los soldados.
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Cuando juntas las reas y las monjas
y las violadas en los teleteatros
y las que callan pero no consienten
arrebatemos la liberación
para no naufragar en espejitos
ni bañarnos para los ejecutivos.
Cuando hagamos escándalo y justicia
el tiempo habrá pasado en limpio
tu prepotencia y tu martirio, hermana.
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Tener agallas, como vos tuviste,
fanática, leal, desenfrenada
en el candor de la beneficencia
pero la única que se dio el lujo
de coronarse por los sumergidos.
Agallas para hacer de nuevo el mundo.
Tener agallas para gritar basta
aunque nos amordacen con cañones.
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Maria Elena Walsh.
Primero de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores.
Primero de Mayo.
Este Primero de Mayo, el de mañana, es el primero, en los ciento y tantos años de su existencia como día de lucha del trabajador, que acaecerá en medio de una inédita situación histórica. Una crisis sin precedentes en la historia del capitalismo, desplegada además sobre el escenario mundial que ha levantado la globalización, es el marco para este Día Internacional de los Trabajadores.
Hacia fines de setiembre del año pasado, como ya es historia, se produjo la explosión de la llamada burbuja financiera, con su seguidilla de derrumbes de entidades financieras y salvatajes estatales. Este Primero de Mayo, pues, encuentra a los estados capitalistas en el acto desesperado de salvar a sus empresas financieras e industriales, con el dinero de los trabajadores. De los trabajadores presentes y de los trabajadores futuros.
Este Primero de Mayo encuentra al mundo, pues, con el extraño e inédito fenómeno de que decenas de miles de millones de trabajadores en todo Occidente se encuentran conminados por sis respectivos estados nacionales para salvar la caída de sus propios empleadores. Nunca en la historia de la lucha sindical de los que viven de un salario se había visto nada igual.
Las políticas de “recurso heroico” de las potencias capitalistas han despertado en muchos sectores de las poblaciones en cada nación, la falsa ilusión que los jefes de estado (con medidas financieras cuya misma magnitud anticipa el carácter ilusorio de las mismas), terminarán por salvarle sus empleos, sus modestas posesiones, su tranquilidad.
Pero los paliativos no pueden ocultar la enfermedad grave. La economía real, la que produce bienes tangibles con el trabajo tangible de decenas de miles de millones de hombres de carne y hueso ha entrado en recesión profunda y el desempleo, el paro, es una consecuencia inevitable de esa caída.
Los despidos de trabajadores se suceden día a día en las grandes economías del mundo. En la Unión Europea, los despidos masivos son moneda corriente desde setiembre del año pasado y ya han comenzado a producirse las primeras reacciones de las organizaciones sindicales y sociales en muchas de las naciones de la región. Y también reacciones individuales, o colectivas y a la vez anárquicas, producto de la desesperación. El hecho es que el paro, el desempleo, ha llegado. Y ha llegado para quedarse por un tiempo.
España se carga –hasta hoy- a dos de cada tres desocupados recientes en la UE. En Estados Unidos, las grandes empresas industriales requieren reformas perentorias para no caer en la bancarrota. Las flagrantes reformas incluyen, claro está, la principal medida de reparación: la baja de salarios… o el despido. Y para los acreedores de esas grandes empresas, la quita en sus acreencias…. o la quiebra.
En Francia, hubo varios episodios de ocupación de instalaciones empresariales por parte de los trabajadores. La novedad es que con la ocupación llegaron a incluir el secuestro de sus directivos, para retenerlos durante la ocupación en calidad de rehenes. Absurdo. Absurdo jurídico. Absurdo moral. Y el mayor de los absurdos: los franceses en general no desaprobaron esta peligrosa jugada táctica.
Varias naciones han sobrellevado ya fuertes crisis políticas y muchas jornadas de agitación social. De las positivas y de las negativas (entre éstas últimas la maldita xenofobia). El pronóstico sobre ciertas regiones de la nueva Europa es desalentador. En los países del Este europeo, la estabilidad política y social pende de un hilo. De un hilo muy delgado llamado FMI. Ni bien se cuelguen de ese hilo, la probabilidad de caer al abismo será mucho más flagrante.
Este Primero de Mayo encuentra al mundo, pues, en una situación de convulsión social y de incertidumbre económica nuevas, inéditas, inexploradas. La crisis es global y profunda. Y las perspectivas a corto plazo no son optimistas. Ni aquí, ni allá, ni en ninguna parte del mundo. El mundo entero palpita al incómodo ritmo del qué pasara. Trema la terra.
Mañana será otro Primero de Mayo. Día Internacional de los Trabajadores.
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Alfredo Arri (Theodoro)
Volver.
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1. El regreso.
¿Cómo regresa nadie de las regiones del pesar? ¿Cómo hace alguien para desplantar airadamente al dolor y emprender la marcha para regresar? Y si finalmente uno emprende el canino del regreso, ¿a dónde es que regresará?
Regresar. Volver… Con la frente marchita, cantaba Gardel.
Volver a aquella vida de antes de haber partido hacia la incómoda morada del dolor es imposible. En la región que espera al doliente regresado hay ausencia y esa ausencia es definitiva. El ausente en este caso lo es para siempre. Pero uno debe volver y enfrentarse a las ausencias. Uno debe volver.
¿Debe uno volver? Sí, claro. ¡Quién, si no es insensato, podría negarlo! Hay que volver. Claro que hay que volver. Pero, ¿cómo se hace?
Un fundamentalista del racionalismo respondería simplemente así: se vuelve volviendo. Volvé. Nada más tenés que volver. Volvé tus pasos. Ciento ochenta grados. Le das la espalda al dolor y regresás. ¡Chau, dolor, regreso a la alegría de vivir! Es fácil.
Pero no lo es. Es decir: Sí es fácil ser racionalista, ya sea uno de los fundemantalistas o de los moderados; ya sea para aconsejar a otro o para entender de otro. Lo que no es fácil es el mismo acto de volver. Volver físicamente, materialmente. Convertir la voluntad en acción. O, peor aún, diferenciar si la acción que se emprende al regresar es verdadera o ilusoria. Porque a veces sucede que uno cree que vuelve y no vuelve. O vuelve y de todos modos no ha dejado de partir de donde cree que ha partido para emprender el regreso.
Dar la espalda a algo o alguien no es más que un acto físico. Un mínimo gasto de energía muscular que alcanza para doblegar fácilmente la fuerza de la gravedad. ¡Zap! y ya está. Ya diste el giro de ciento ochenta grados. Pero no. El pérfido dolor está ahí. Vos no lo ves porque ya diste la vuelta y tus ojos buscan el horizonte del regreso, o del pasado, pero sabés, sabés muy bien que el muy hijo de puta sigue sonriendo mientras acompaña tu decidida o dubitativa partida con su astuta mirada.
Ya volverás, sabés que él dice. Dice, o piensa; porque es lo mismo que te lo diga o que te lo calle. Lo piensa y ya está. Con eso basta. Con eso le basta al señor Dolor. Mil millones de millones de batallas ganadas antes y otras tantas de victoria segura en el porvenir le dibujan la sonrisa grosera al insolente Dolor. Andá, doliente descreído, andá nomás; ya regresarás.
Pero, ¿saben qué? Ahora, hoy, no me importa si alguna vez me veré obligado a regresar a pagarle mis tributos en especies a ese pérfido recolector de lágrimas. Me importa un carajo. Me importa una mierda si alguna vez debo ir a prostrarme ante él, forzado, esposado, escoltado. Ya será ese día de claudicar una vez más. Ahora regreso a las regiones de la vida y a otra cosa. Ahora emprendo el regreso y ya. Vuelvo.
Inicio la vuelta. Arremeto con el regreso. Emigro para volver.
¿Con la frente marchita? Y…sí, ¡qué más! Con la frente marchita, cantaba Gardel.
Volver, con la frente marchita, pero volver.
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2. El perro filósofo.
De las provincias que hay en el país del regreso está ésta, el otrora Rincón de Theodoro, el hasta hoy refugio de Theodoro y Perro Filósofo.
No me resultaría nada sencillo desprenderme de ésta, mi ínfima cuota de creación cósmica, lo confieso. No creo que pudiera hacerlo. No mientras viva. Hay aquí infinidad de desaciertos, es verdad; pero hay también un par de aciertos. Y esos escasos aciertos fueron el producto de muchas horas de desvelo propio y, sobre todo, el producto de muchas horas compartidas. Paulo, mi hijo, no escribía aquí, pero estaba en todos los detalles para que yo pudiera escribir aquí. Formaba parte de este blog sin ser parte de él. No, no es esta afirmación una contradicción. Es una declaración con sentido. Estuvo en todas y cada una de las cosas que escribí alguna vez aquí. En las formas, pero lo estuvo. Y de otras maneras, menos materiales. Y ya no está; no lo estará más. No sé cómo haré para continuar con este blog. Me resultará muy difícil. Sólo sé que haré lo posible para continuar, aunque no sepa cómo hacer ese deseo realidad. No es fácil.
Tampoco podría desprenderme del perro filósofo. Es decir, no podría rebajar a mi fiel Theodoro de la condición de perro filósofo a la condición de animal de compañía. No se merece esa degradación. Estuvo a mi lado en todo momento, con el mejor argumento del sabio: con el silencio. Ahí mostró su valía de filósofo. Un animal de compañía corriente, ante el rumoroso llanto del amo, o mueve la cola estúpidamente, o ladra, nervioso. No Theodoro. Él supo llorar conmigo. ¡Y cómo!
Ahí está ahora, mirándome. Sé que en cualquier momento, ni bien él repute que mi regreso es verdadero, volverá a filosofar conmigo. Lo sé. Aún no me lo dijo, pero en sus ojos está la idea. Yo la veo.
Theodoro y el perro filósofo seguirán en este espacio de Internet tan extraño que, sin duda alguna, es un espacio cósmico. No sabemos, ni él ni yo, cómo, pero seguiremos aquí. En cuanto a las formas, ya veremos cómo nos las arreglaremos. Por ahora seguimos aquí. Pero es posible que un día cualquiera nos mudemos, llevándonos todos los muebles a otro sitio. Por lo pronto, este sitio llevará otro epígrafe a partir de este momento: Theodoro y el perro filósofo pasará a ser Theodoro y el perro filósofo, Segunda época.
El anuncio anticipa cambios. En efecto, en esta segunda etapa, Theodoro y el perro filósofo será distinto. Tal vez no se advierta al principio. Tal vez mi lector no advierta cambio alguno. Pero el cambio será. No podría de ser de otra manera, ya que en esta época que aquí se inicia seremos –en este espacio cósmico- Theodoro y yo, solitos los dos. Absolutamente solos.
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3. El último posteo. El primer posteo.
El último posteo de la primera época de Theodoro y el perro filósofo tiene fecha del 12 de marzo. Es una canción, en cuyo estribillo se repite la lastimera voz Que esta tristeza acabe de una vez.
Más de cuarenta días después regreso aquí. Soy otro porque ya no soy el mismo de antes. Y en éste, mi primer posteo de la Segunda época de Theodoro y el perro filósofo, abro con esta sentencia que ha escrito Jorge Luis Borges en Emma Zunz:
“Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.”
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Hasta pronto.
Alfredo Arri
Yo creo, porque quiero celebrar.
El joven catalán que adquirió penosa celebridad por un video de seguridad, declara su arrepentimiento en el juicio.
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En el juicio. Foto de El País.
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“Me doy asco a mí mismo; ese día no era yo”, ha manifestado el acusado de la agresión racista a una menor ecuatoriana en un vagón de los Ferrocarriles de la Generalitat, en Sant Boi de Llobregat en 2007, durante el juicio que se celebra en la Audiencia de Barcelona y tras visionar la grabación los hechos captada por las cámaras de seguridad.
Sergi Xavier M.M., de 21 años, ha asegurado que no recuerda nada de lo sucedido porque aquel día había bebido “algunos cubalibres y cervezas”, todo ello junto a “pastillas de éxtasis”. El acusado ha añadido que se siente arrepentido por lo que hizo. “Nadie merece lo que le hice a esa chica”.
Fuente: El País.
Tal fue la noticia que publicó El País anteayer, 19 de febrero. Todos recordamos el vídeo. Lo hemos visto, indignados. Indignados por lo que transparenta como una muestra de un fenómeno repugnante como es la manifestación de racismo; indignados por lo que muestra de nuestra condición humana en general. Ver el vídeo indigna… y avergüenza.
En el fondo de nuestros corazones todos sabemos que, por al acohol, la droga o el odio, nuestros bajos instintos brotan desde lo más primitivo de nuestra aún incompleta espiritualidad.
Las declaraciones del agresor son las de un victamario que es, a la vez, víctima. Las mentes mezquinas son libres de conjeturar que tales declaraciones fueron aconsejadas por la defensa, en busca de la morigeración de la pena por parte del juez, en busca de la conmiseración del público en general. Pero también somos libres de conjeturar que fueron declaraciones sinceras.
Y aun si no lo fueran, valen. Tienen valor. El valor de lo éticamente correcto; el valor de establecer lo que debe ser y lo que no debe ser. El valor de ser civilizados.
Celebramos que Sergi Xavier haya declarado lo que ha declarado. Todo lo demás, es asunto exclusivamente de él.
Una marca.
Una marca.
En las próximas horas, tal vez en un día o dos, Theodoro y el perro filósofo cruzará la marca de las trescientas mil visitas. La cifra no es menor para un blog que es unipersonal y tal vez luzca un poco desdibujado en cuanto a su naturaleza última. Es más, la cifra es una de carácter mayor y el hecho de alzarme con ese número lo tengo como un logro del cual me puedo enorgullecer y me enorgullezco.
No puedo ocultar que hay en este blog entradas destinadas a mantener un buen flujo de visitas; y otras, destinadas a lograr un buen posicionamiento en los buscadores. Pero, más allá de estos recursos que utilizamos todos los bloggers y de los que no he abusado, tengo como un logro valioso que esta página tenga un muy importante número de lectores consecuentes.
Esto último dato es, en realidad, lo que verdaderamente me llena de satisfacción. Mucho más al tratarse Theodoro y el perro filósofo de un blog medio desordenado. Quiero decir, que no se trata de un blog que por su naturaleza –por ejemplo, de noticias- atraiga lectores que regresen una y otra vez. Sin embargo, lectores hay que regresan aquí una y otra vez. Ése, pues, es mi verdadero orgullo. Algo así como un premio, un reconocimiento que recibo una y otra vez. No puedo menos que celebrarlo, y lo celebro.
Esta circunstancia, por otra parte, crea una responsabilidad. Algo así como un deseo consciente de no defraudar al visitante frecuente. Y esto hace nacer una suerte de exigencia de publicar más y mejor.
Algunos de mis amigos de la red lo saben, pero creo que es justo de que lo sepan el conjunto de esos lectores que suelen visitar esta página con regularidad: Estoy pasando por un trance familiar difícil y aquélla exigencia de escribir más y mejor deviene, a veces, en frustración.
Sucede que, sencillamente, no lo puedo hacer. Es decir, no puedo escribir más y mucho menos mejor. No por ahora. Espero, tengo confianza, que si las cosas evolucionan favorablemente; si la ciencia médica y la buena fortuna que se requieren siempre para todo me ayudan, y ayudan sobre todo a mi hijo, las viejas musas volverán impetuosas como antes. Estas horas, estos días, estas semanas, serán decisivas para ello.
Mientras tanto, permítanme ustedes que exprese aquí y ahora dos manifestaciones de mi estado de ánimo: una, un infinito agradecimiento a todos mis lectores amigos -y amigos lectores- que de cuando en cuando clican Theodoro y el perro filósofo para ver qué escribió Theo, qué hace Theo, cómo anda Theo. A todos ustedes, mil gracias. Sin ustedes, esta página habría fenecido hace unos meses ya. La otra: manifestar, aunque sea sin cotillón ni fuegos de artificio, mi satisfacción por haber alcanzado esta marca de las trescientas mil visitas.
Pretendo llegar, como imaginarán, al millón. Theodoro, el perro, como siempre me ayudará.
Gracias a todos.
Licencias de personalidad.
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Soliloquios de un hombre maduro..
Licencias de personalidad
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Reflexiones inmaduras de un madurito en red.
A “Gloria”
Hoy he recibido una carta de una vieja amiga de estos pagos cibernéticos. No son estas líneas que siguen, ni mucho menos, respuesta a esa carta. Tal misiva es privada, y privada debería ser la respuesta. Debería digo, porque me está vedado responderla por ahora. Pero esa carta, afectuosa, escrita desde el corazón, me produjo sensaciones variadas que quiero ahora exponer aquí.
Sensaciones variadas dije. Por ejempo alegría, a causa un grato reencuentro virtual; o amistad, por la confianza en contarme alguna que otra cosa de su familiaridad; y también una pizca de presunción (vanidosa), por las cosas agradables que ella decía de mí en su carta; y, finalmente, la necesidad de echar al viento algunas reflexiones surgidas después de su lectura. Reflexiones acerca de algo que ya tenía por superado pero que, al parecer, no es así. O, al menos, algo sobre lo que siempre se puede dar una vuelta de tuerca más.
El tema es así: Ella me dice en su carta que se acuerda de mí por dos cosas: por mi intervención activa en la red, o sea por mis palabras; y, la segunda, por la imagen que en aquel momento presenté de mí.
Dejemos de lado mis palabras. Ellas no han variado nunca. Las que fueron por aquellos clubes foreros han sido y son en ésta, mi casa bloguera. Como buen madurito que soy –entrado en años, bah- las modificaciones de ideas, conceptos, creencias, preferencias no son de aceptación nada fácil. Uno tiene su cosmovisión más o menos estructurada y ya. Y en ese sentido, siempre obré en estos pagos cibernéticos fiel a esa cosmovisión.
Pero otra cosa es la imagen, el aspecto. Uno, en su etapa vacilante de cibernauta principiante, pone un avatar cualquiera. La elección de la imagen parece inocente, pero tal vez no lo sea tanto.
Desde el principio vale la aclaración: el mío no ha sido el caso del camionero físicamente baldado que se hace pasar por Brad Pitt o… por Lulú. No. Nada de eso. Siempre fui llano con los datos de mi género, edad, estado civil, preferencia sexual, domicilio o localidad. Al principio eludí el nombre verdadero, pero eso duró apenas unas semanas. Así que nada de mi filiación personal fue alterada para ser presentada en la red. Siempre de frente march, como decimos por aquí.
Salvo el avatar, cuyo uso prolongué por dos años o más. Al principio me resultaba más correcto - cibernéticamente correcto- mostrarme con una imagen que tenía por más apropiada para la red que que la propia imagen.
Esta amiga de la carta me conoció con aquél avatar y no con la fotografía de mi caripela que hoy luzco (perdón por el verbo), tanto en mis blogs como en cualquier otro sitio de la red en el que intervengo. Mi amiga tiene, pues, una imagen de mi aspecto que, al adosarla a mis palabras, le dio una idea de una personalidad que si bien se parece a la mía, no es del todo la mía. O es la mía a medias. O sea, que no es la mía.
Veamos. Aquél avatar era la imagen fotografiada de un famoso irónico. O irónico famoso. Creo que la elegí más por la ironía como sustantivo que como adjetivo. Oportuno, ingenioso, rápido para la réplica de humor. Así era este personaje famoso en vida. Y la verdad que… nada que ver conmigo.
Mi escasa aunque a veces afortunada ingeniosidad no ha sido nunca fruto de la rapidez de una personalidad chispente, sino de la elaboración meditada, rebuscada (en el sentido de buscar y buscar y buscar), y, por supuesto, propia de la de prudente para la réplica, más bien un retraído. Tirando a hosco, digamos.
En otras palabras: mi prístina personalidad social virtual, por llamarla de alguna manera, no se correspondía en absoluto con la personalidad social real que he sobrellevado por añares en la vida cotidiana.
En ésta pertenezco al gremio de los hoscos. Hosco, vos sabés…: retraído, huraño, áspero, desabrido, seco. Para hablar con franqueza, un asco de tipo.
Socialmente hablando, se entiende. En la familiaridad, con aquellos con quienes el trato frecuente me permite mostrarme de otra forma, suelo mostrarme, pues, de esa otra forma. Más admisible. Pero con los extraños no. Y los extraños, para mí, son tales hasta que no demuestren lo contrario.
“¿De dónde sacaste al pelotudo éste?”, podía preguntar un extraño -refiriéndose a mí-, a un amigo que me había llevado a una reunión social. “¡Ja! No: dale tiempo… es un tipo macanudo”, respondía mi amigo. Y con el tiempo, y no poco tiempo, el ex extraño terminaba diciéndome: “Pensar que cuando te conocí… “
Con el tiempo aprendí que uno, en realidad, no tiene interés en mantener trato frecuente con la inmensa, abrumadora mayoría de sus congéneres. Así, mi privación para el trato social rápido, inmediato, me permitió zafar de varios centenares (por no decir miles) de insufribles zopencos. Claro… también me cerró las puertas para que pudiera ingresar la oportunidad de conocer a algún semejante interesante. Pero, la verdad, solía pensar con convicción, si el semejante es tal, o sea, semejante a mí, no podía ser interesante.
¡Ja! Resulta que al escribir esto último he caído en la cuenta de que aquel irónico famoso que fue mi rostro durante más de dos años en la red, había dejado para la posteridad una ironía impecable: No quiero partenecer a un club en el cual reciban a miembros como yo. O algo así. La idea es ésa y es igual a aquélla. O sea, que el personaje de la foto del avatar y yo, en un punto al menos coincidimos.
Pues, sí: Aquí mismo quería llegar. A que las casualidades no se dan por casualidad. ¿Hasta qué punto aquella elección de avatar fue caprichosa? ¿Existen los caprichos cabales? ¿O, al mostrarse caprichoso, uno está actuando movido por poderosas fuerzas interiores, a las que uno no puede gobernar por la sencilla razón –entre otras razones menores- de que no las conocemos? “Aún cuando el hombre puede hacer lo que quiere, no puede, sin embargo, querer lo que quiere”, ha sentenciado Schopenhauer, según citaba Einstein.
Al “ilustrar” mi filiación real con la imagen de un irónico célebre, ¿no estaba diciéndome que en realidad hubiese querido poseer esas cualidades que el célebre irónico del avatar tenía y por las cuales era celebrado por las multitudes? Creo que sí.
Lo mío, como lo de muchos otros en la red, había sido una mínima afectación, un acto de simulación venial. Por supuesto que dejamos de lado a los camioneros que se hacen llamar Lulú… o Brad Pitt. Hablo de las personas corrientes, que nos mostramos tales como somos pero… un poquitito mejorados. Algo así como retocados por un photo shop de la personalidad. Pero, ¿con qué finalidad?
Creo que la finalidad más obvia para que alguien haga esto de darse con el photo shop sobre su personalidad social, en la red, es para seducir.
Entonces va la pregunta: Mi personalidad en la vida real no seduce por sí misma y sólo me he mostrado seductor cuando la necesidad hormonal me obligó a serlo. Forzadamente. Simulaba cualidades que no tenía, simulaba ser lo que no era, nada más que para el levante, para el ligue. Entonces, ¿por qué querría seducir a nadie en la vida virtual?
Dejando de lado el sexo (que, tratándose de un mundo virtual, el sexo carece de toda operatividad como no sea la tradicional puñeta que uno obtiene con recursos menos trabajosos que el escribir horas y horas en una página social en la red), querer seducir en la red, así, al voleo, tal vez apunte nada más que a seducirse uno mismo, a mostrarse como lo que no se es pero que le hubiese gustado ser por el puro gusto de verse como tal.
Es una explicación posible. Pero hay otra, que sube un peldaño más en la conjetura: Tal vez se trate de querer mostrarse como uno realmente es en el fondo de su espíritu pero que en la vida real, por circunstancias diversas, no queremos ser. A ver: en mi caso, ¿no será que en el fondo de mí soy como el tipo del avatar y me le prohibí durante la mayor parte de mi vida, forzándome a ser hosco, seco, huraño, etc. etc., por razones que desconozco pero que debieron ser poderosas?
Lo dicho sería el equivalente al ejemplo del homosexual que al cabo de mil años de fingir una incómoda heterosexualidad, finalmente decide “salir del placard” (o del ropero, para otros pagos de nuestro variado castellano). Algo así.
Tal vez, sólo tal vez, al elegir el avatar famoso del famoso irónico, no oculté mi imagen física por el ocultamiento de la misma (no doy mal en las fotos, ni me he quejado nunca de mi humanidad), sino más bien que lo que quise fue mostrar mi verdadera (y negada) personalidad, a través de un rostro prestado.
Ése, el rostro del irónico famoso sería, así, el rostro que encajase en el tipo que en el fondo acaso soy y que nunca me permití ser. Dejando lo de famoso de lado, o mejor aún, interpretando famoso por popular. ¿Se entiende la idea? Creo que sí.
La explicación es interesante y con ella debía estar colmada mi curiosidad reflexiva. Pero sucedió lo siguiente: Después de mi experiencia de relacionarme socialmente en la red advertí que, poco a poco, comenzaba a comportarme en la vida real del modo en que esa personalidad virtual se comportaba en la red. De súbito, un día me di cuenta de que me estaba permitiendo “licencias” de comportamiento social que tenía absolutamente extrañas para mí y por lo tanto inadecuadas para mi personalidad.
Curiosamente, el resultado de esas licencias de personalidad fue sorprendente para mí: el prójimo, el semejante, reaccionaba frente a mis ocurrencias, chascarrillos, chanzas, comentarios irónicos, etc., de una manera positiva, como nunca antes me había sucedido. Nunca. Excepto, claro, en aquellas ocasiones en las que, como dije, con fines de levante o ligue simulaba una personalidad distinta a la de todos los días. Pero aquellas jornadas de simulación con miras al levante tenían ese carácter de tales en forma consciente. Simulaba. Es decir, me mostraba como no era para…
Con lo cual surge esta duda: Es probable que la elección del avatar fuese, como conjeturé, mostrarme como en el fondo soy y nunca me permití ser. Pero también es probable que me mostrara con modificaciones de mi personalidad social con el mismo propósito que en aquellas jornadas de levante, es decir, con un propósito utilitario. Digamos, para seducir.
Pero, si esto hubiese sido así, es decir, si hubiese estado simulando en la red con algún fin utilitario ¿por qué me sentí impulsado a mostrarme también en la vida real en correspondencia con aquella personalidad virtual? En otros términos: ¿Con qué finalidad se me dio por seguir la simulación (si hubiese sido realmente tal) de ser un tipo sociable, simpático? Porque en la vida real, lo digo de una, lo que menos ganas tengo es de seducir a nadie, en términos de seducción sexual. No estoy para eso. Tengo tantos problemas (algunos graves) que lo sexual, y sobre todo a mi edad, es el último de mis propósitos. No es que hubiere perdido mi sexualidad, lo cual es fisiológicamente imposible. Simplemente es que el último de mis deseos en estos días es el de coger, o follar para el lenguaje de otros pagos.
Entonces no tengo más alternativa que aceptar mi conjetura inicial: si hay alguien a quien he querido seducir, tanto en la red como en la vida real luego de ensayar esa otra personalidad en la red, ha sido a mí mismo. Es decir, regodearme de mí mismo por mi comportamiento como un tipo sociable, amigable, fácilmente tratable, casi casi extrovertido. Mostrarme menos hosco. O sea, obtener en la calle, en la vida real cotidiana, pequeñas, efímeras, fugaces pero gozosas grageítas de felicidad. Con la ayuda, obvio, de ese ser tan despreciable, el prójimo menos próximo, el extraño, el semejante extraño no familiar.
Si así fue de verdad, debo admitir que el esfuerzo ha merecido la pena. No sólo porque me causa placer mi nuevo perfil agradable –módico, pero eficaz-, sino porque mostrarme de este modo es mucho más sencillo de lo que jamás creí.
He aprendido a ser levemente agudo, módicamente salado, aceptablemente ingenioso con mi prójimo extraño. Y me gustó el resultado. Ahora sé que debo aprender a retribuir a ese prójimo, a ese semejante, las efímeras, fugaces pero gozosas grageítas de felicidad que mi nueva personalidad obtiene de ellos. A los semejantes de la vida real y a los de la vida virtual.
Sólo me falta, hoy, la paz interior para completar esa educación. Ando mal porque lo que debo afrontaren el futuro inmediato me obliga a sentirme irremediablemente mal. Pero algún día, tal vez no lejano, pueda recuperar la paz interior, concluir con esa educación sentimental, y permitirme muchas más licencias de personalidad. Ser atento, considerado, amigo. Incluso, hasta podría contestar las cartas de mis amigos virtuales, o visitar a mis amigos reales.
Cuando ese día llegue, saldré a la calle -la real y la virtual- con el rostro de aquel viejo avatar del irónico célebre… ¿Qué? ¿Dicen ustedes que ese rostro no es el mío propio? ¡Ja!
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Alfredo Arri (Theodoro)
¡Por la pena de la patada en el culo!
Debería instituirse en el Derecho la pena de la patada en el culo.
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La civilización, mediante el Derecho, condena ciertos comportamientos socialmente reprobables mediante la tipificación de delitos y cuasidelitos. En las sociedades modernas, hay en en Derecho una tendencia a eliminar las acciones contra la propia humanidad del procesado y encontrado culpable como formas de condena. El suplicio, la pena de muerte, los castigos corporales en general, son a su vez moralmente condenados por las sociedades modernas. Persiste como último bastión de ese sometimiento de la humanidad del reo en la privación de la libertad. Y ésta última, a su vez, se reserva cada vez más, en la conciencia colectiva como un acto deseable, para los llamados delitos graves, aberrantes, así como también a los crímenes de lesa humanidad.
En estos tiempos que corren, cada vez menos personas piden la cárcel para delitos en los que no se comprometa la seguridad colectiva. El ejemplo típico de la actualidad es el delito de lesiones, lesiones graves, y aun homicidio culposo en casos de accidentes de tráfico. En estos casos –tan corrientes en estos tiempos- vale más como acto de justicia las condenaciones patrimoniales e inhibitorias. Una suculenta indemnización a la víctima, y una inhabilitación para volver a conducir, por ejemplo, son actos de justicia más atractivos para la conciencia humana que la cárcel.
Pero hay delitos y cuasidelitos que ameritan un castigo sobre la humanidad del reo. Leve, pero lo suficientemente simbólico en lo social, en lo cívico, como para que la condena sirva, por ejemplo, para acomodar las neuronas del condenado.
Un ejemplo de este tipo de acción punitiva de fuerte contenido simbólico contra la humanidad del reo sería el de arrancar los emblemas de un uniforme miliar a quien ha sido condenado con la degradación. Un sopapo moral. Ésa es la idea.
Pues bien, para los civiles que merezcan ese tipo de sanciones, yo propongo que se instituya la pena de la patada en el culo. El condenado deberá agacharse en la plaza pública y un verdugo se encarga de darle una flor de patada en el orto. Pero bien dada.
Véase este caso que aparece en la prensa de hoy: Heath y Deborah Campbell tuvieron, como miles de millones de personas en el mundo, sus propios hijos. Y los bautizaron, Nación Aria a una nena y Adolf Hitler a un varón.
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Ahora, la justicia estadounidense les quita la custodia. Y, según cuenta la nota periodística (que para la idea de esta entrada da lo mismo que fuese buena o pescado podrido), no tienen los padres antecedentes de mal trato a sus hijos, en los términos que la ley contempla para quitarles la tenencia de los mismos. Con esta medida legal, al alejar a los padres de sus hijos, la ley viene a actuar como un castigo adicional a los niños. A la desgracia de llevar nombres ridículos se le suma la desgracia de perder de vista a sus padres por una condena legal.
En casos así, ¿no bastaría con que el Estado cambie, de oficio, los nombres extravagantes de los hijos por otros extraídos del uso común y condenar a ambos padres a recibir en la plaza pública sendas patadas en el culo por pelotudos? ¿No sería más justo para los chicos y más aleccionador para la sociedad?
Es más, la ley debería considerar la opción de que el propio hijo, por ejemplo al cumplir los dieciséis pudiera presentarse a la justicia para reclamar al juez: Señor Juez: vengo a pedir que a mis padres se los condene con sendas y reparadoras patadas en el culo por el nombre que me pusieron ante la pila bautismal, en un estado de total indefensión.
Y así podrían desfilar por los tribunales los Juan Domingo, Los Ernesto Fidel, los Carlos Vladimiro, los Nación Aria, los Adolf Hitler, los Carlos Federico, las María Eva, las India, Indio, Indiana, Nahuel, Catriel, Encarnación, Santísima Trinidad… y cuanto nombre condenatorio a una infancia de mierda que pululan entre tanta gente que está convencida de que un hijo es algo, un objeto que les pertenece. Y no hay quien los convenza de lo contrario… hasta que el propio hijo, finalmente, se los hace saber.
¡Cuánta simpleza tenemos aún los hacedores de esta proeza llamada Hombre!
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Alfredo Arri (Theodoro)
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La noticia está publicada en:
Cielo.
A veces me pregunto si el cielo es realmente tal como lo vemos, o lo que vemos no es más que una ilusión obrada por la imperfección de los sentidos. Sé, no se me escapa, que esa pregunta es nada más que una forma, si se quiere poética, si se prefiere cándida, de la gran indagación sobre el misterio del cosmos, o de la vida. Sé, no ignoro, que todas las respuestas posibles son válidas: El cielo es lo que nuestros sentidos nos dicen que es; el cielo no es como nuestros sentidos nos cuentan que es; el cielo no nos deja saber como es; el cielo no es. Y sin embargo, estas múltiples respuestas válidas; esta verdad única e inaccesible, despedazada en fragmentos sucesivos de saber o no saber, no sorprende para nada. Lo verdaderamente sorprendente es que el cielo nos apabulla con su belleza en las radiantes tardes límpidas, o con idéntica intensidad nos amenaza con su fiereza en las convulsas noches de tormenta. Nos insolenta con el sol y nos provoca con la luna. El cielo podrá ser, o no ser. Ése es el arcano. Pero, afortunadamente, bajo él transcurren nuestras vidas. Hoy, en la tarde del diecisiete de noviembre del año dos mil ocho del Señor, Buenos Aires tiene el cielo más luminoso, más límpido, más bello de todos los tiempos, de todos los mundos. Con saber eso me basta.
Dame, cielo celeste,
dame un límpido adiós,
que si mañana regresas,
celeste cielo,
si mañana regresas,
aquí estaremos, los dos.
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Theodoro.
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