Baile de disfraces.
Recreo!!!. Un poco de humor.
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.Anoche fui por vez primera a un baile de disfraces. Como mi edad es la de maduro tirando a viejo, no creí que pudiera tener, ya, ocasión de vivir esa experiencia. Pero se me dio, nomás.
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La abuela Encarnación cumplía los cien y la idea de festejar el acontecimiento singularísimo fue de Inés, la séptima u octava de los diecisiete biznietos y biznietas y doce tataranietos que tiene la abuela. Abuela de mi madre, quiero aclarar. O sea, mi bisabuela. Formo parte, pues, de ese colectivo de diecisiete biznietos. O sea: Inés es una de mis tantas primas, aunque debo decir: la más cheta de todas. Madura también, pero en su caso tirando a madurita, que no es lo mismo que maduro tirando a viejo, como es mi caso, según ya confesé.
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Pues bien, cuando Inés llamó para invitarnos a la gran fiesta gran, le dijimos inmediatamente que sí. De modo que cuando añadió que se trataba de una fiesta de disfraces ya habíamos comprometido el sí. Ni bien cortamos la comunicación, la Negra y yo nos miramos en mutuo y recíproco estado de estupefacción. ¿De disfraces, djo? ¿Y de qué carajo nos vamos a disfrazar; decime, a ver… de qué?
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Como el aviso de mi prima con aires de grandeza fue con tres semanas de anticipación a la magna fecha, tuvimos tiempo para pensar qué haríamos. Lo primero que decidimos mi mujer y yo fue no gastar dinero alguno en el alquiler de un disfraz: tres semanas era mucho tiempo para una anciana de noventa y nueve coma once, y nadie podía asegurar que el cumpleaños finalmente no se suspendiese por ausencia forzada de la celebrante. Para peor, la bisabuela, a quien llamábamos todos la abuela Encarna, llegaba a su Centenario con un deterioro progresivo de varias décadas. Es más, cuando llamó Inés pensé que llamaba para invitarnos al velorio.
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Tomada esa decisión de no invertir dinero en disfraces, nos quedaba por decidir de qué nos disfrazaríamos. Optamos por algo sencillo y con lo que tuviéramos a la mano. Yo iría disfrazado de yudoca, ya que conservaba en el ropero un yudogui de cuando practicaba el noble deporte japonés; y la Negra iría vestida de dama de la Colonia, ya que tenía una peineta y un abanico bien hispánicos que le había traído mi prima Rosario en uno de sus frecuentes viajes a Europa. Conservaba, además, una falda larga y amplia a la que yo podría improvisarle fácilmente un miriñaque con un poco de alambre de enfardar, con todo respeto por la Negra. Además, dijo mi esposa, eso de dama de la Colonia venía adecuado por lo del Bicentenario.
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La decisión que habíamos tomado era práctica, pero al final, en mi caso, tuvo sus inconvenientes: La noche de la fiesta resultó ser cruda noche de mayo y debo confesar que me cagué de frío enfundado nada más que en mi yudogui, a pesar del agitado carnaval carioca que, como es fama, suele acaecer en tales acontecimientos de fervor familiar como remate a una sesión danzante. Además, como la quise hacer bien, decidí ir en patas, para lo cual calcé nada más que un par de ojotas playeras, lo cual hizo que el sufrimiento del frío deviniese mortificación. Afortunadamente mi primo Estaban, que había ido disfrazado de Drácula me cedió su capa, ya que el vino tinto lo había acalorado y acalorado se mantuvo hasta el final de la fiesta. Y otro primo, Juan, me prestó unas alpargatas que siempre llevaba en el auto, porque con ellas, decía, conducía más cómodo.
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Como dije, la fiesta del Centenario de la abuela Encarna coincidió con los días del Bicentenario de la patria. Eso hizo que la idea de la Negra fuera también la de otros y otras. Hubo otras damas de la Colonia y no faltó uno, Manuel, el marido de la prima Esther, que optó por el disfraz de revolucionario. Fue un escándalo, porque vistió tal y como aparece en las pinturas el general Belgrano, es decir, con su levita, su banda celeste y blanca sobre una camisa blanca con jabot en el pecho y una apretadísimas calzas de color blanco que marcaban a la perfección y en su totalidad el aparato reproductor del desubicado pariente político. Afortunadamente, se había conseguido un calzado de época, que sirvió de excusa para que todos aquellos que reparaban en lo que no se podía disimular, terminaran por elogiarle las botitas, como una forma de justificarse de haber echado las miradas hacia abajo.
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Nada como una fiesta de disfraces para que se pongan en evidencia las diferencias sociales entre los miembros de una familia. Aníbal, el marido de Inés, capo máximo de una financiera de ésas que curran a lo grande y en forma poco clara, se apareció disfrazado de guerrero romano, de pies a cabeza, casco y mandoble incluidos. Y otro de los de buen pasar, mi primo Carlos, se presentó a la fiesta dentro de un perfecto Pato Donald que medía como dos metros. Sorprendente fue para mí cuando en una de las idas al baño, vi de cerca el traje de mi primo Carlos. Aunque usted no lo crea, una etiqueta más o menos disimulada en la casaca de marinerito del célebre pato dejaba constancia de la autenticidad del disfraz, ya que podía leerse con toda claridad: Dysney trade mark. Nada de comprado en el Once, o en La Salada: No: en el mismísimo Disneyworld. Por el lado de los pobres de la familia, nos destacamos varios. Rafael, otro de mis primos, se disfrazó de barrendero del gobierno de la ciudad que es, precisamente, el sitio en el que labora, naturalmente como barrendero. Lo propio hizo Mabel, su mujer, que siendo maestra de grado se disfrazó, con todo descaro, de maestra de grado.
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Pero hubo dos disfraces excepcionales, para los que quiero extender un par de párrafos. El primero es el disfraz en el que enfundaron a la propia homenajeada. Como mi prima Inés no quiso llevar a la abuela Encarna en su silla de ruedas, optó por llevarla disfrazada de beba antigua, para lo cual obligó a su marido a que le fabricase un moisés móvil para meter a la anciana centenaria dentro. El marido de Inés improvisó el moisés montando una canasta de panadería, de mimbre, sobre una mesa rodante de televisor. Además, vistieron a la abuela con una cofia de bebé y la enfundaron en un osito también de bebé. Cuando vimos que la bajaban de la ambulancia en el estrecho estacionamiento del salón bailable nos impresionamos un poco. Nadie daba dos centavos por la estabilidad del moisés. Alguien habrá comentado algo al respecto, ya que el marido de Inés dijo que había usado bulones del calibre de un cigarro para fijar el canasto a la mesa. La abuela Encarna sobrellevó la fiesta con dignidad, es decir, como una beba de buenos modales. El único problema que se presentó fue a la hora de apagar las velas. Primero hubo un intento de levantar el moisés para que la abuela pudiera quedar en posición apta para soplar, pero de inmediato desistieron ya que ni bien advirtió que comenzaba a perder la horizontalidad la pobre abuela empezó a los gritos. Al final las velas las apagaron los chicos que, como eran tantos, fue inevitable que volaran algunos escupitajos entre las chispas de las bengalas; escupitajos que de seguro cayeron, al menos en una buena proporción, sobre la cobertura de chocolate de la torta.
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Y el otro disfraz impresionante fue el de Juan Carlos, el esposo de mi prima Eva. Ellos viven en Claypole y no tienen auto, así que nadie esperaba de ellos que se presentaran disfrazados a la fiesta del centenario en el Bicentenario. Pero sí se presentaron disfrazados. Eva se disfrazó de algo así como bailarina de los años locos. Estaba para el charleston, digamos. Tenía un vestido de hippona y su cabeza estaba cuebierta con una bandana amplia y unas plumas. El rostro, pintado a más no poder. Cuando le preguntamos si había viajado así desde Claypole nos contestaron que no. Eva aclaró que la bandana, la pluma y el make up lo había completado en el taxi que los había traído desde Constitución. En cuando a Juan Carlos, su idea para disfrazarse fue sin duda audaz. Portador de profuso bigote que llevaba sobre su labio superior desde los tiempos en que era sindicalista de la UOM en los años de Rucci, optó por afeitárselos de modo tal que dejó un pequeño bigote exactamente debajo de su nariz. Por otro lado se tinó el pelo de negro y se peinó a la cachetada, pegoteando un mechón sobre un costado de la frente. Vestía, simplemente, un traje cruzado, camisa y corbata. Y para completar su disfraz, se calzó sobre la manga del saco un brazalete con una perfecta cruz esvástica. Cuando lo vimos entrar al salón nos impresionamos un poco. Primero por la audacia, y después porque recién ahí caímos en la cuenta de que el parecido fisinómico que el antiguo sindicalista tenía con el difunto Adolf Hitler era notable. Más que notable. Para ser franco, era el vivo retrato del Führer.
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Aníbal, el soldado imperial, lo increpó a la entrada del salón, diciéndole que alguien podría sentirse ofendido por ese disfraz. Juan Carlos le replicó que él era cristiano y sin embargo no se sentía ofendido de ser increpado por el centurión que le había ensartado la lanza al Cristo. Ante la insistencia de Aníbal para que se quitara al menos el brazalete, el otro le respondió con un rotundo chupame un huevo que terminó la discusión. Eva terció para decirle: Vamos, poné onda, Aníbal. El centurión se retiró, no sin antes alzarse con unos sándwiches de miga que estaban sobre una mesa, los que llevó hasta su mesa y devoró con los modos ramplones que uno imagina para un centurión luego de una derrota.
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Otros disfraces no sobrepasaron la categoría de comunes, así que no merece la pena detenerse en la descripción de ninguno de ellos. No faltaron, ni el sheik, ni la gitana, ni el escocés o celta. Éste último sin gaita, claro, pero con su pollerita de múltiples pliegues, sus calcetines con pompón y sus zapatillas de fútbol. Entre los chicos hubo dos o tres Messi, un Maradona y un Palermo. Y entre las nenas, naturalmente, princesas. Hubo también dos brujas, pero de esas primas no quiero decir nada.
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La fiesta estuvo buena. Buena también estaba la enfermera que Inés había contratado para que estuviese al lado de la cumpleañera, y para asistirla en sus necesidades y darle sus medicaciones. Hacia la mitad de la fiesta, esta chica tuvo la intención de llevar a la abuela Encarna al baño para cambiarle los pañales, pero el moisés móvil tenía más anchura que la luz de la puerta, razón por la cual hubo de desistir en el intento. La chica tenía tanta buena voluntad que se ofreció para realizar esa tarea, con discreción, en un rincón de la cocina, pero como en ese momento estaban calentando las pizzetas, Inés dijo que no era oportuno.
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Comimos pantagruélicamente y bebimos hasta el agua de los floreros. Y se bailó a más no poder. En pocas palabras, y como ya lo dije: la fiesta estuvo buena. El premio al mejor disfraz fue para Centurión, para furia del Pato Donald, que -menos secreta que públicamente- aspiraba a ese título.
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La primera en retirarse (en realidad, en ser retirada) fue la abuela Encarna, ya que a la una en punto la vino a buscar una ambulancia. Drácula y el Celtíbero subieron el moisés a la ambulancia. La enfermera subió con la abuela, saludó con su sonrisa de Marylin, cerró la puerta y partieron. La abuela Encarna, pues, había alcanzado a cumplir los cien.
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La Negra y yo nos retiramos de la fiesta un rato más tarde que la abuela Encarna. Confieso que el frío que padecía apuró mi decisión. A eso de las tres de la madrugada llegamos a casa. Mientras estaba tomando un té caliente y calentaba mis pies en un palangana con agua caliente, sonó el teléfono. A esa hora, como es de imaginar, malas noticias.
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Murió la vieja, sentenció la Negra mientras se dirigió rauda hacia la mesita del teléfono. Pero no. Eran malas noticias, es verdad, pero no la que imaginábamos. Inés nos llamaba para pedirnos que nos acercásemos hasta el hospital Argerich, ya que nosotros éramos los que estábamos más cerca de la Boca. Eva y su marido habían tenido un accidente.
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Media hora más tarde, estábamos junto a Juan Carlos, que yacía todo golpeado en una cama de la guardia del Hospital Argerich. Eva estaba bien. Cuando le pregunté a mi prima qué había pasado me contestó lo increíble:
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Subimos al taxi que nos llevó hasta Constitución y Juan Carlos me ayudó a quitarme el maquillaje y los accesorios de la ropa. Pero el pelotudo se olvidó de quitarse el brazalete nazi. Ni bien entramos en la estación, unos vagos lo empezaron a insultar. El pelotudo éste -dijo Eva señalando a su magullado marido- no tuvo mejor idea que levantar el brazo, hacerles el saludo nazi y gritarles heil hitler. Lo cagaron a trompadas, lo cagaron.
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Alfredo Arri
Mario Bunge y un relato muy humano.
Relatos de autor.
El gran sueño del pastor.
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por Mario Bunge.
Nuestro epistemólogo Mario Bunge, quien transita ahora los noventa de su edad, nos regala un relato que sin duda alguna merece ser divulgado entre los lectores que, como este blogger, creen que los animales encierran algún misterio que aún no hemos sabido descubrir.
El relato se encuentra publicado en La Nación de hoy, y su lectura será posible luego de clicar el enlace que se deja a continuación:
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Esa hermana muy hermosa.
Relatos.
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El hombre, cansado, bajó del tren. Era sábado, y la semana había sido agotadora. Aun le faltaba caminar las nueve cuadras hasta su casa. Pero antes, seguidor de sus propias rutinas, decidió ir por la copita de ginebra que todos los días tomaba ni bien bajaba del tren. Era algo así como el sello de clausura de cada jornada. Albañil desde los quince, y pisando ya los sesenta, gozaba de sus retornos a casa como nunca antes. Soñaba con la jubilación. Sabía que de todos modos tendría que hacer algunas changas después de la jubilación, pero no habría de ser lo mismo…
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Sus hijos ya habían volado del nido, pero de cuando en cuando la casita que él mismo había levantado en treinta años de paciencia y fatiga se alegraba con el anhelado barullo de algún nieto de los muchos que tenía.
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Entró en el boliche del turco Jaime, que estaba a dos cuadras de la estación. La copita de ginebra era allí unos centavos menor que en la pizzería de frente a la estación. El pibe que ayudaba al bolichero le sirvió la copita sin preguntar, después de saludarlo. El hombre tomó con sus ásperos dedos la pequeña y panzona copa de vidrio gordo, con el denso y transparente líquido hasta el borde. Con buen pulso, la acercó hacia sus labios y, ni bien logró besarle el borde, con movimientos de cabeza y mano mil veces repetidos, bebió el trago de un solo empujón. Después chasqueó, dejó la copa sobre el mostrador y alzó la mirada hacia el televisor. Las imágenes del terremoto de Chile se sucedían en el canal de noticias. Los demás parroquianos miraban las imágenes, en silencio.
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En algún momento, una voz de la televisión dijo que el terremoto había derrumbado un muro de una cárcel y doscientos presos aprovecharon la ayuda de la madre tierra para fugarse sin más. Varios de los parroquianos soltaron sus risotadas ante los comentarios chuscos que la noticia había provocado entre ellos.
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El hombre pagó la copa, tomó el bolso que había dejado a sus pies, saludó y se fue.
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Minutos más tarde entraba en la casa. Su mujer estaba en la mesa de la salita, con el mate sobre la mesa y el televisor encendido. Chile y su tragedia continuaban en la pantalla. Luego de cambiar las cien mil veces oídas y olvidadas palabras del saludo, ella hizo la pregunta retórica: ¿Viste que desastre lo de Chile? ¡Cómo no verlo!, respondería cualquiera.
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Entonces el hombre, mostrando una sonrisa amplia, nacida desde lo más hondo de su humanidad y que acaso fuera la primera de esa clase que practicaba en mucho tiempo, dijo: ¡Sí: Y se escaparon no sé cuántos presos de una cárcel!
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La mujer, tras decir que sí, que ella también lo había oído, rió con él, y como él. Un minuto después, ante las imágenes del desastre que el terremoto había producido en las infraestructuras de Chile, y las imágenes de los circunstanciados rostros de los afectados por el latigazo de la tierra, ambos, ella y él, desarmaron sus sonrisas. Ella le ofreció un mate. Él lo tomó. Todavía tenía el regusto de la ginebra cuando chupó de la bombilla el mate dulzón.
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De alguna manera vaga pero intensa, el hombre se dio a juzgar que si Dios había obrado el terremoto en Chile como un acto de justicia para con los presos de una cárcel olvidada en la periferia del mundo, el precio había sido demasiado alto. El viejo albañil concluyó: Dios es para sus demoliciones tan chapucero como lo ha sido para sus construcciones.
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Alfredo Arri (Theodoro)
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La batalla. Un relato breve.
Relatos breves.
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Ver datos ilustración al final de la entrada.
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La batalla.
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El sol buscaba perderse detrás del gran pico nevado y el techo de la selva perdía, de a poco, la violencia de su luminoso verdor. Los cavernícolas decidieron que era el momento propicio para iniciar un nuevo ataque. Tomaron las armas, abandonaron sus cuevas y bajaron hacia la selva. Con el sigilo que habían aprendido de los animales de la espesura, se acercaron hasta la aldea y, ni bien la floresta se abrió de golpe en la luz de la mínima aldea, se lanzaron a la carrera hacia las chozas. Una voz, la de un aldeano viejo, gritó con fuerza, para anunciar a los suyos, desprevenidos, el ataque. Fue un grito en vano, o tardío, o sin juicio: la primera lanza que encendieron de muerte los cavernícolas atravesó el pecho del viejo que había dado el alerta y éste cayó pesadamente a tierra. Un leve y efímero remolino de polvo envolvió su cuerpo. De las chozas salieron los defensores más decididos, arma en mano, dispuestos a defender sus vidas y las vidas de los suyos a sangre y sangre. El más aguerrido de todos, el hijo del jefe, el que estaba llamado a regir los destinos de los suyos cuando su padre partiera hacia la muerte, fue quien cayó primero después del viejo. Uno de los invasores, armado con una maza, le había asestado un duro golpe en la cabeza y el guerrero quedó como paralizado en el tiempo, inmóvil, de pie, con los ojos perdidos en una mirada horrorosa. De su mano cayó el arma, una tosca lanza de metal, y al instante, varios, muchos invasores se abalanzaron sobre él y lo descuartizaron, a golpes de mazas y a filo de hachas y de fierros. Quien acaso era el jefe de los invasores, se alzó con la cabeza del joven troceado y, enarbolándola con la mano que sostenía el arma, dejó salir de su interior estentóreos y fieros gritos de victoria, o de muerte, o de enajenación gozosa. De todas las chozas salieron todos los hombres. Unos, armados con palos y hachas; otros, con metales y puntas. Un nuevo combate dio comienzo. El clamor en la aldea devino rápidamente en furor de voces y de ayes. Todos los pájaros de la selva más cercana volaron al unísono, en un acorde de alas espantadas y agudos chillidos. Sobre la tierra, los cuerpos se trenzaron rápidamente en lucha, en el estrecho espacio del sitio. En el amasijo de cuerpos y cosas, los guerreros en lucha alzaron una nube de polvo que oscureció todo. Los perros volvieron a enloquecer, una vez más, e hincaban los dientes en las carnes de los invasores. La batalla duró lo que agota una fiera del bosque en rugir un par de veces. Al cabo del combate, los invasores se retiraron raudos hacia la floresta, abandonando las armas, los muertos y los heridos. Los aldeanos, una vez más victoriosos, remataron uno a uno a todos los heridos de la horda invasora, y despenaron uno a uno a los irreparables de entre sus propios hombres. Un guerrero joven, quien había jugado su pellejo en la vana persecución de los que hubieron huido hacia la selva, apareció por entre la floresta hacia el claro. Portaba en una mano, de regreso, la cabeza del hijo del viejo jefe. En silencio, entre el silencio de todos, el joven caminó hacia el viejo y ni bien hubo llegado al lado del notable, alzó la mano que sostenía la cabeza. El venerable compuso una mueca incomprensible y, tras girar su cuerpo, se marchó hacia el interior de su choza. Esa noche, los aldeanos encendieron fogatas en el claro, sobre las llamas de las cuales asaron la carne de los cavernícolas caídos en la refriega. Luego de comer aldeanos y perros, se embriagaron los hombres con el brebaje frutal que esa tribu resistente reservaba con celo nada más que para las jornadas sangrientas, a la hora de reparar en el estrago. Más tarde, cayeron en el sueño del veneno y del cansancio. Al alba, todos, hombres y mujeres, portaron sobre yacijas vegetales los cuerpos de los suyos hasta el río, a cuyas aguas los arrojaron, en medio de gritos y otros sonidos elementales que nadie podrá saber jamás si se trataba de exclamaciones de dolor, de llamados a los dioses o de vagos juramentos de venganza. De regreso en la aldea, amontonaron los restos mutilados de sus eternos enemigos, los hombres de las cuevas de la montaña nevada, y allí los dejaron, para que el sol y las alimañas del día dieran cuenta de esa carne en el día, y la luna y las sabandijas de la noche dieran cuenta de esa carne en la noche. El jefe, con gestos más que con palabras, dio una orden. Obedientes y dispuestas, varias ancianas tomaron cestos repletos de la fruta consagrada y se dieron a la tarea de machacar los frutos con palos, en los cóncavos fondos de los rústicos y gastados morteros de piedra. Cuando en el interior de los morteros los frutos devinieron maceración cabal, los hombres jóvenes, al paso de uno en uno ante los morteros y frente a las viejas, abandonando sus cuerpos al ritmo de un par de tambores, lanzaron sendas escupiduras sobre las porciones del mejunje. En unas pocas lunas, las entonces secas vasijas de cuero volverían a llenarse con la imprescindible pócima.
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Lentamente, sol a sol, luna a luna, la fragancia de las frutas maceradas fue apagando el hedor, ese pesado olor de la muerte.
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Alfredo Arri. Nov 2009
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Ficha técnica de la ilustración de este relato. Título: Guerrero con garza y otro herido. Autor: Miguel Cavarrubias. Lápiz sobre papel. 134 x 163 mm. Universidad de las Américas. Puebla. México. Link.
http://catarina.udlap.mx/u_dl_a/acervos/covarrubias/elemento.jsp?nombre=aztecas_dibujos_y_fotografias&clave=3274
Museo.
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“No hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie.”
“Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso.”
Walter Benjamin. Sobre el concepto de la historia. Tesis VII y IX respectivamente.
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Dos naciones guerrearon entre ellas durante siglos. Con el paso de las generaciones, en las capitales de ambos Estados se levantaron sendos museos históricos. Parecidos objetos que estaban expuestos en uno de los museos como emblemas de la victoria y la derrota, estaban expuestos en disposición especular en el otro como signos de la derrota y la victoria. Un día, luego de una dilatada paz, los gobiernos de ambas naciones decidieron formar una Confederación. Al cabo de un tiempo, una dura disputa alrededor del destino de los dos museos históricos generó una guerra civil en la nueva confederación. La nueva guerra fue más cruenta que las viejas guerras. No había alma alguna, en aquellos días, que creyera en el fin del dolor. Años más tarde y tras la firma de la paz, el bando vencedor reabrió su museo histórico en un remozado edificio. El otro edificio, en la otra gran ciudad de esa nación de guerreros, quedó totalmente destruido por las bombas. Sus ruinas fueron abandonadas y ninguno de los alcaldes que se sucedieron en la segunda ciudad de la Confederación supieron qué hacer con ellas. Hoy, los turistas extranjeros se aglomeran en ese sitio histórico todas las mañanas y todas las tardes, para tomarse fotos con las ruinas de fondo. En las cercanías florecieron los comercios para turistas. Yo, cronista extraño a esta tierra, escribo estas líneas en la terraza del bar Las ruinas. Dicen que en la ciudad Capital, el Museo Histórico Nacional es el edificio más hermoso de esta nación. Dicen, también, que hay voces que quieren convertir ese edificio en un hotel cinco estrellas. Y los más suspicaces afirman, en voz baja, que los políticos están a la espera de que muera el último veterano de guerra para emprender esa obra. El anciano, devenido icono de las glorias nacionales, tiene hoy noventa y siete años y goza de buena salud. Todos los años, desde hace décadas, en la fecha establecida para el fasto oficial, el anciano y sus medallas aparecen por televisión. No he hallado mozo ni chófer de taxi en esta hermosa ciudad, ni los hallé en la gran ciudad capital de esta próspera nación, que pudiera decirme para cuál de los dos bandos combatió tan venerable guerrero.
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Alfredo Arri. 2009.
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Sonrisas de alambre.
Relatos breves. Sonrisas de alambre.
Invito a ustedes a leer un nuevo relato de la serie Cielos. Se trata de un breve relato de mi autoría, que podrán leer en este enlace:
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El color del cristal con que se mira.
Selecciones del Reader dog: Un texto de Martín Caparrós.
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Con el título Veo Veo, Martín Caparrós publicó hoy su columna en Crtítica de la Argentina varios textos enlazados, que tienen todos ellos en común la mirada del observador que va, precisamente, a observar. La mirada del enviado especial, la mirada del viajero. De los párrafos, seleccioné éste, que es, en mi modesto juicio, una perla:
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Veo Veo (fragmento) Martín Caparrós, en Crítica de la Argentina
Mirar es un error. Cuando subí, en México, al avión que me trajo a Nueva York, vi a una mujer muy bella de cincuenta y tantos, con ese estilo escandinavo de cara rubia dibujada fina, todo tan perfecto. Y con ella un fulano bastante arruinado: un sesentón con profusión de arrugas, que debió haber sido un tipo atractivo pero se veía que la vida le había pegado duro. Yo le miraba los jeans negros gastados, las bolsas en los ojos y me preguntaba, entre otras cosas, qué hacía ella para seguir con él, para ser fiel a lo que él había sido en algún antes, cuando se conocieron, cuando podían creer en aquellas ilusiones. Lo pensé, lo olvidé, me concentré en mi libro de Fuentes. Después, ya parados esperando que se abriera la puerta del avión, me fascinó mirar cómo el fulano se metía una birome en la oreja, la revolvía, la sacaba, la estudiaba con placer de connaisseur, se la ponía en la boca, la chupaba. Más degradación, pensé: el fulano está al horno. Pero fue justo entonces –¿cuando lo vi chupando cera en la birome?– que me di cuenta de por qué me sonaba su cara: era Paul Auster. Y la escena, de pronto, pasó a ser tan distinta: esa mujer era su esposa Siri, escritora correcta que prospera a la sombra del escritor famoso; la birome en su oreja una anécdota simpática, graciosa; los surcos en la cara las marcas de una vida bien contada. No es que viera otras cosas; fue que, de pronto, la historia que veía se hizo otra.
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Martín Caparrós.
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La columna completa aquí: Crítica de la Argentina Veo Veo.
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Testigo de cargo. Un relato menor de un escritor menor.
Relato breve.
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La vida nos pone a prueba todos los días y -puede ocurrir- que el hecho más alejado a nuestras vidas, tal como uno insignificante, o uno que no nos pertenece o no nos incumbe, nos desacomoda totalmente.
Ahí iba yo, por la calle, de regreso de una salida menor, cuando me topé de repente con una pareja en plena ventilación pública de una querella privada. De una grave querella, para ser preciso. Simple, repetida, mil veces repetida, pero de todos modo grave: ella le reprochaba a él su infidelidad. A los gritos, claro. A los gritos y a los manotazos. Con llanto, moco, maldiciones y mucha, pero mucha palabra soez.
-¡Hijo de remil putas: mirá cómo tenés la cara, toda rajuñada. Y el cogote chuponeado. Hijo de puta…!
En ese tono. Ni más, ni menos.
El tipo se defendía como podía, tratando de esquivar los manotazos de la mujer, pero sin responderle. No respondía: ni con la lengua, ni con las manos.
En el momento en que pasé más cerca de los dos personajes, adiviné… en realidad vi más que adiviné, un reflejo de alegría no del todo desdibujada en la mirada del tipo. Me dije: en el fondo, este tipo está disfrutando del momento. O del momento de mierda que estaba pasando su mujer, o de algún otro momento. Sí, también puede ser que ese otro momento fuese el recuerdo del los momentos pasados… con la otra.
En otras palabras, bah: ya porque el tipo estuviese gozoso del embarazoso momento que vivía con su mujer alterada, ya porque el tipo aún tuviera la resaca de la placentera borrachera pasada con la otra, la cosa era que, de alguna manera velada pero cierta, el hombre parecía disfrutar del momento.
Es más: cuando pasé a su lado, me lanzó una mirada cómplice. Fue un instante en que los ojos de él y los míos se cruzaron. Un instante nada más. Pero suficiente para entender su pensamiento: “Vos me entendés, hermano, ¿no?” Algo así.
En ese preciso instante, la mujer, cuyo estado de alteración emocional no decrecía sino que aumentaba, comenzó a golpear una puerta de calle de una casa cercana a la escena que describo.
-¡Puta!. ¡Salí, puta! ¡Salí que te mato, reventada!
“Ah, La Otra es una vecina”, pensé (sin gastar mucha suspicacia por cierto). “Pero en esa casa –pensé a continuación- vive una chica que…”
En efecto, la señorita que recordaba haber visto en otras ocasiones en la puerta de esa casa salió finalmente a la calle. Era la misma que recordaba.
A ver… ¿cómo describirla? Tal vez así: veinte a veinticinco años, alta, de una belleza extraordinaria, con un cuerpo escultural. Algo así como una tapa de revistas del corazón. Un bombón. Un bombonazo. Un camión. Una potra. Un minón infernal. Ya me entendiste…
No sé, no alcancé a entender qué cosa dijo la chica cuando salió a la calle pero la mujer del infiel, ni bien La Otra salió a la vereda, se le abalanzó, tomándola de las mechas mientras repetía todo el rosario de maldiciones que han inventado los hombres en los últimos cinco mil años, con sus ¡puta! mil veces repetido.
El infiel, un hombre de generosa humanidad por cierto, intervino con sus manos, por fin. Separó a las dos mujeres y tomando de un brazo a su mujer, a la rastra, se la llevó hacia su casa, una que estaba a unas cuatro o cinco puertas de la otra, o sea, de la de la otra.
Mientras la pareja se alejaba, miré más detenidamente a la mujer engañada. A ver… ¿cómo describirla? Tal vez así: cincuenta años, entrada en carnes, desgreñada, con marcas de la vida difícil en el rostro, el pelo descuidado, las carnes colgadas… y unas espantosas chancletas en los pies, rematadas con una margarita de plástico en cada una.
Volví la mirada hacia mi rumbo. La chica -la otra- permanecía en la vereda aún. En su rostro, en su bello rostro, descansaban tranquilamente los gestos de la insolencia, iluminados con los brillos de la malicia en los ojos. En los bellos ojos.
Seguí mi camino. Mis pensamientos estaban alterados, claro. Semejante escena no podía pasar así nada más por mi pobre cabeza. Pensé en muchas cosas. En muchísimas cosas. Todas racionales, claro. La razón ha sido siempre mi fuerte, es mi capital.
Pero, como dije al principio, a veces la vida nos ofrece pruebas, nada más que para desacomodarnos de nuestras creencias, convicciones, principios y demás productos de la pura razón y de la razón pura también.
Sencillamente un solo pensamiento surgió, solo, impetuoso, por encima de todos los otros. Un solo pensamiento:
“¡Qué caramelito que te comiste, hermano!”
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Alfredo Arri. (Theodoro). 2008
La Biblia y el calefón. Otra versión, casi preñada de literalidad.
Relatos breves.
La Biblia y el calefón. Otra versión, casi preñada de literalidad.
Vauvargues, citado por Arthur Schopenhauer.
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En el pasado, sólo me había ocurrido un par de veces. Fueron experiencias raras, extrañas y, de alguna manera preocupantes. Pero, como las dos o tres veces en que padecí esa incomodidad fue algo efímero, fugaz, no alcanzó para que acabara cuestionándome nada. Ni de mí, ni del mundo.
Pero ahora, en la veteranía, me volvió a ocurrir. Desde hace un mes o dos. Y esta vez, perdura; no se va; no pasa. Ahora, sí: empiezo a cuestionar al cosmos, o a cuestionarme a mí. A ver cómo explico qué cosa es lo que sucede, o me sucede…
Tengo (más que la sensación, la certeza) de que mi cerebro se ha desconectado del resto de mis vísceras. No biológicamente, se entiende. Sé, obvio, que la misma sangre que irriga las plantas de mis pies es la que, tarde o temprano, irriga también mi cerebro. Es decir, las vísceras están conectadas como dios manda. El aparato circulatorio, el nervioso… todo bien. No, no es ésa la desconexión. La disgregación es de otro tipo. A ver si puedo explicarlo mejor…
Antes, y siempre (salvo aquellas dos o tres excepciones), mi cerebro estaba permanentemente conectado con el resto de mis vísceras. Doy ejemplos burdos para que se me comprenda: si un ciego intentaba cruzar una calle, y mis sentidos constataban que nadie había cerca de él como para ayudarle, mi cerebro funcionaba así: “Ese hombre perderá un precioso tiempo esperando que alguien le ayude a cruzar. Si lo hace solo, es probable que algún coche lo atropelle. Debería ir a ayudarlo. ¿Voy a ayudarlo? Y, sí, voy. ¿Qué puedo perder? ¿Cinco minutos? Si, yo voy.”
Como se ve, el cerebro producía dictámentes con sus herramientas propias, la lógica, y aun la ética, pero estaba conectado con alguna forma de ansiedad que experimentaba ante la situación. Ésta ansiedad, producida en las vísceras más viscerales, determinaba, de alguna manera vaga pero imperiosa, aquellos pensamientos. ¿Se entiende? Bien. Ahora paso a lo que me sucede desde hace un tiempo a esta parte…
Imaginemos una situación igual a la descrita en el ejemplo: un ciego pretende cruzar la calle; nadie hay cerca de él; sólo yo, viendo tal situación, a una buena distancia. Bien, por un lado, experimento la misma ansiedad que experimentaba antes, pero, ahora, ésta no determina ningún pensamiento.
Se agota en sí misma. Y entonces mi cerebro produce pensamientos de este tipo: “Ese hombre perderá mucho tiempo hasta que alguien se le acerque a cruzar. Y si acaso intenta cruzar solo, es probable que resulte atropellado por un auto. ¡Pobre tipo! ¡Qué injusta es la vida!”. Y, naturalmente, sigo caminando.
¿Se entiende? Si resulta difícil de entender, entonces lo expresaré de un modo más directo: desde hace un tiempo a esta parte, es como si todo me chupara un huevo.
Hasta aquí, nada raro hay. Estaríamos en presencia de un caso más de indiferencia. La indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo, recién sentirás… Ya sabés, el tango. Los indiferentes abundan en este mundo. Así que si todo acabara en eso, me aplicaría hacia mí mismo este concepto: “Has ingresado al mundo de los indiferentes. Bienvenido. Pasa y sé feliz.” Pero no se agota en eso. Hay más.
El indiferente, de todos modos siente, piensa y actúa conforme a un sentimiento. Dice el diccionario que la indiferencia es: Estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado.
No siente, ni repugnancia, ni inclinación, por nada o por nadie. Pero de todos modos está ganado por un estado de ánimo. Y un estado de ánimo es, también conforme al diccionario: Disposición en que se encuentra alguien, causada por la alegría, la tristeza, el abatimiento, etc. En el caso de la indiferencia, la causa no es ninguna de esas cosas, ni ninguna de otras cosas. Pero sí es un estado de ánimo; un estado de ánimo sin causa. Es algo así como la experimentación del no sentimiento. El sentimiento del no sentimiento. Sentir que no se siente. Sentir el no sentir. Algo tan paradójico pero incuestionablemente real como, por ejemplo, oir el silencio.
Así que no me reputo indiferente. Si la indiferencia es no experimentar la inclinacíón o la repugnancia por algo o alguien, yo no soy indiferente. Lo que sí puedo decir es que, de la disyuntiva que ofrece la definición de indiferencia (inclinación o repugnancia), mientras mis vísceras experimentan alguna de las dos sensaciones (inclinación o repugnancia), mi cerebro produce pensamientos en los cuales no intervienen esas sensaciones.
Así produzco, sin intermediación visceral alguna, pensamientos iguales para toda ocasión. Si siento inclinación por cierta mujer, por ejemplo, pienso de ella exactamente lo mismo que pienso de una mujer que me produce repugnancia.
Si ella fuese, digamos, una jefa de estado muy preparada y eficaz, cuyas acciones están en correspondencia con mis inclinaciones éticas y aun deontológicas, diré de ella exactamente lo mismo que si se tratase de otra jefa de estado con iguales aptitudes ejecutivas que la primera pero cuyas acciones son contrarias a mis inclinaciones éticas y deontológicas. Diré, de una y de la otra: “¡Qué excelente jefa de estado que es!”
Si una mujer ejerce la prostitución y me siento muy atraído por ella, diré de ella exactamente lo mismo que de otra prostitura que no me provoca otra cosa que repugnancia: “Pero, ¡qué putarraca, por Dios!”
Como se comprende de suyo, esto es muy incómodo. Si los hijos de mi vecino son bellos, inteligentes y amorosos, por ejemplo, diré de ellos: “¡Qué amorosos son!” Y si los míos son grotescos, brutos como un burro y menos afectuosos que un cacto, diré de ellos: “¡Qué poca cosa que son!”.
Ejemplo uno: Mi mujer es fea, mi cuñada es linda. Ejemplo dos: Garmendia es más apto que yo, él merece el ascenso. Ejemplo tres: Mi madre es partidaria de otorgar imputabilidad penal a los menores de edad, o sea que mi madre es una malparida. Este inventario parcial permite sospechar la existencia de una serie infinita.
La parte más incómoda de este mal que me aqueja desde hace un tiempo es la siguiente: ni los aderezos, ni los perfumes, ni los atuendos, ni el cuidado acicalamiento, nada de eso impide que vea que, detrás de cada semejante, detrás de cada uno de mis prójimos, hay un animal que come, mea, caga, eructa, tira pedos, huele fatal, menstrua, eyacula, moquea, junta pelusa en el ombligo, mierda en las inmediaciones del culo, marga en las patas y, -como el hombre no es un animal en el término zoológico del término-, además de todo eso, tiene mierda en el cerebro bajo la forma de pensamientos pedorros.
Todo prójimo hoy, me resulta, sencillamente, un pobre animal que lucha por la supervivencia biológica con las únicas armas que tiene a mano: la simulación, la impostura, la farsa, la gazmoñería –llamalo como quieras- y cuatro o cinco normas de convicencia social que íntimamente desprecia (pero que de todos modos adopta), para no ser muerto por otros animales como él, o sencillamente para no ir preso.
Mis prójimos ya no son hombres, son apenas homo sapiens. Bueno, no es que sean…somos, claro, yo también estoy del mismo lado de las rejas que el resto en el gran zoológico cósmico que habitamos, la Tierra.
¿Será porque me estoy haciendo viejo? No lo sé. Ya confesé que me había pasado un par de veces durante mi juventud. Así que no es algo, ese mal, que esté en el cerebro añoso. Puede anidarse en uno aún no quemado por esa droga engañosa que es el tiempo.
Como sea, mi vida se ha convertido en una suerte de tormento sin descanso.
Ayer a la tarde, en la puerta de la panadería, Margarita S., una suculenta vecina que desde hace años me atrae, se detuvo a conversar conmigo. Me coqueteó. Ya lo había hecho antes, pero esta vez fue patente, con agresividad, como perentorio. Flagrancia, le dicen. Yo me sentí inmediatamente tocado. Sentí que mis vísceras más viscerales reaccionaban como hacía mucho tiempo no reaccionaban. Mientras ella me hablaba -de un calefón descompuesto o algo así-, yo contemplaba sus labios y sentía deseos de besarla.
Su rostro luminoso, blanco pero con raras pinceladas de un áureo pálido con ocres como de crepúsculo a orillas del mar, rostro salpicado de pecas también, era para mi sentido básico del placer visual como el colmo del objeto más bello cogido y cogido para siempre.
Y sin embargo mis pensamientos, desdeñosos de todo ese sentir, surgían solos, puros, limpios, sin contaminación: Tiene una carie mal arreglada; su aliento no está perfumado; el cuello de la blusa tiene esa suciedad característica del demasiado roce de la tela contra la piel, seguramente hace días que no se la cambia; sus palabras son las propias de una mujer prejuiciosa y alcornoque; sus dichos acerca de otra mujer que ambos conocemos son patentemente nacidos de la envidia; la piel áspera de sus manos deben herir la piel en cada caricia, si es que acaso acaricia la muy estúpida; los dos o tres dedos de los pies que dejan ver sus sandalias transparentan escasa higiene; seguramente su entrepierna huele acremente; es tan probable que llore en el momento del clímax, como que sea anorgásmica. ¿Será de evacuación fácil, o será de constreñirse? Su rostro blanco con pecas debe subir a los tonos rojos cuando se esfuerza para expulsar los bolos fecales. Y si así no fuese; si es de intestino ligero, sus defecaciones deben oler muy mal.
Todos estos pensamientos surgían, irrumpían, para decirlo con un verbo mejor, en mi conciencia al mismo tiempo que mis vísceras bajas daban cuenta de una inminente erección. Ella seguía hablando. Su mirada era inequívoca, el tono de su voz, indubitable; sus ojos, acompañaban las palabras con otras, las calladas:
-Bueno, Asdrúbal, si usted quiere, un día pasa por mi casa y me lo revisa….
-Ni en pedo, Margarita. Yo no me acuesto con usted ni que me pague.
Es inútil. No se puede andar por la vida de plomero y filósofo a la vez.
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Alfredo Arri (Theodoro)
El abanico de seda. (Fragmento). Texto de Lisa Lee.
El abanico de seda. (Fragmento). Novela de Lisa Lee.
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El dolor no se atenuaba. ¿Cómo iba a atenuarse? En cualquier caso, aprendimos la lección más importante para toda mujer: debíamos obedecer por nuestro bien. Ya en aquellas primeras semanas empezó a formarse una imagen de lo que seríamos las tres cuando alcanzáramos la edad adulta. Luna Hermosa sería estoica y hermosa en cualquier circunstancia. Hermana Tercera sería una esposa quejica, amargada por la suerte que le había tocado, y no sabría agradecer los dones recibidos. En cuanto a mí, que se suponía que sería especial, aceptaba mi destino sin rechistar.
Un día, mientras daba una vuelta por la habitación, oí un crujido. Se me había roto un dedo del pie.Pensé que el sonido era algo interno de mi cuerpo, pero fue tan fuerte que lo oyeron todas las que estaban allí. Mi madre me clavó la mirada.
-¡Muévete –dijo-. ¡Por fin adelantamos algo!
Seguí caminando, pese a que me dolía todo el cuerpo. Al anochecer ya se me habían roto los ocho dedos que tenían que romperse, pero seguían obligándome a andar. Notaba los dedos quebrados con cada paso que daba, porque bailaban dentro de los zapatos. El espacio recién creado donde antes había habido una articulación se había convertido en un gelatinoso infinito de tortura. El frío del invierno no había empezado a anestesiar las atroces sensaciones que atenazaban mi cuerpo. Aun así mi madre no estaba satisfecha con mi docilidad. Aquella noche mandó a Hermano Mayor traer un junco cortado de la orilla del río. Durante los dos días siguientes me golpeó con él en la parte posterior de las piernas para que no parara. El día que me cambiaron las vendas, sumergí los pies en el agua como de costumbre, pero esta vez el masaje para dar forma a los huesos fue más espantoso que nunca. Mi madre tiró de mis dedos rotos y los dobló hasta pegarlos por completo a la planta de los pies. En ningún otro momento percibí tan claramente el amor de mi madre.
-Una verdadera dama debe eliminar la fealdad de su vida –repetía una y otra vez para inculcármelo bien-. La belleza sólo se consigue a través del dolor. La paz sólo se encuentra a través del sufrimiento.
.Fragmento de “El abanico de seda”, novela de Lisa See. Ed. Salamandra, 2006
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La novela de Lisa See compone una historia que transcurre en la China rural y profunda del siglo XIX.
El texto reproducido aquí refiere al proceso de vendado de los pies, una tradición que se practicaba a las niñas entre los cinco y siete años en la antigua China. Los pies deformados en la mujer formaba parte del imaginario erótico masculino. La práctica fue abolida, como se sabe, recién en el siglo XX.
Yo no he leído la novela. Simplemente, leí ese fragmento en una publicación en la que se hacen reseña de libros. Su lectura me causó una honda impresión, cómo no. El texto está magistralmente escrito y relata, desde la intimidad del cuarto donde las niñas y su madre pasan sus días, una práctica cruel y sin embargo amorosa.
Tras leer ese fragmento quedé con la sensación de que, más allá de la novela en sí misma (que no conozco, repito), hay allí un relato cerrado, completo que, al tener como remate esa retahila de sentencias duras: una verdadera dama debe eliminar la fealdad de su vida; la belleza sólo se consigue a través del dolor; la paz sólo se encuentra a través del sufrmimiento, la convierten en un texto acabado, cerrado. Un relato breve. Un relato breve y magistral. Un bello relato.
Y aún más allá de la forma, la cual me da argumentos para reproducirlo nada más que como bello texto, hay en el contenido mismo del relato un juicio, una sentencia de que, de alguna manera, a pesar de las aboliciones, a pesar de las condenas sociales a las prácticas brutales que históricamente ha padecido la mujer; a pesar de todo ello, de alguna manera vaga pero cierta, esa suerte de condena de dolor como precio por la belleza persiste. Bajo otras formas, quizás no tan crueles, pero persiste.
Bello texto..
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