Empanadas peronistas a la Theodoro.
Hoy cocino: empanadas criollas peronistas, con mi toque personal.
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Queridos amigos:
Les voy a dejar mi receta de empanadas criollas. Es una variante peronista de las populares empanadas criollas que, además, tienen mi toque personal.
Son de la variante peronista porque llevan uvas pasas o pasas de uva, que representan al cabecita negra; aceitunas verdes descarozadas y en rodajas, que representan a los gringuitos aliados, no gorilas; huevo duro, que representa… eso, mucho huevo; comino como base de condimento, que representa lo que nos importan boludeces tales como el riesgo país y la cotización del Merval.
Y tienen mi toque personal, el puerro, cuyo gusto rústico, fuerte, representa al trabajo real, el sudoroso. ¡Es un decir, che!
Vamos a hacer unas treinta empanadas con estos ingredientes:
Carne picada. 600 gramos de rosbíf; que puede ser también paleta, nalga, cuadrada, cuadril, tapa, según te guste. De carne, bah. Pero, ¡ojo! no comprés picada. Hacé que te pasen la carne que elegiste por la máquina de picar en el momento de la compra. Por ahí el carniza tiene un fuentón lleno de picada “común” y ni bien vos le decís: “dáme 600 de rosbíf y picameló”, te va a mirar con mala cara, pero vos hacete el gil e insistí. La “común” no me la quiere comer ni el perro, así que…
Cebollas: dos.
Cebollines o verdeos: uno
Ají o pimiento: uno chico
Puerro: un pedacito, un “cigarro” (ojo: puerro, no porro)
Pasas de uva: a discreción. O sea, como te guste
Sal, comino, ají triturado, condimento para pizza o condimento para empanadas (sé’igual).
Para el armado:
Huevos duros: tres
Aceitunas verdes, descarozadas y en rodaja. A gusto.
Tapas o discos. Las tapas, hermanito… a comprarlas en lo del chino. Se pueden amasar, pero… ¡te la regalo! (De cualquier modo, si algún lector de las Extranjias lo pide, le puedo dar un par de recetas de discos para empanadas). Por estos pagos, mejor comprarlas en el súper.
Hay varias marcas de excelente calidad. (Las baratas del supermercado español que te cobra la bolsita son muy buenas también). Las podés elegir hojaldradas o criollas. Eso es a gusto. Mis preferidas (y que recomiendo) son unas cuya variante disco grande lleva la leyenda premium.
Vamos a la cocina.
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Aquí tenemos los ingredientes básicos para el relleno. Como no todo es felicidad en la vida y siempre hay algo que te la caga, dejá a la vista las facturas a pagar, como para que no se te olvide eso, es decir, que siempre hay algo que te…. ya sabés.
Las cebollas, el ají (o pimiento), y el bulbito del cebollín, los picamos a lo bestia. Si tenés un procesador… dale. Fijate que el volumen de la cebolla picada con el aji es más o menos igual al de la carne a usar.
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Las partes verdes del cebollín, y el “cigarro” de puerro, los cortás a cuchillo como para que te queden aritos. Y las dejás aparte.
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La carne la metés en un recipiente cualquiera para poder “amasarla”. Ahí, en la carne, tirás la sal, el comino, el ají molido y el condimento mezcla. También ponés ahí los aritos del cebollín y del puerro. Sobre todo eso, tirás una taza o dos de agua hirviendo. Sí, tal como leíste: agua hirviendo.
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Luego de remover todo con una cuchara o tenedor, metés mano y con la mano mezclás todo bien. Vas a ver que la carne, con los condimentos y el agua, toma una textura más de “pasta”. Perfecto. La dejás aparte.
Tomá una sartén, o una cacerolita o cualquier cacharro y le metés tres o cuatro cucharadas de aceite y un cacho de manteca. Si te da el bolsillo, meté un súper cacho de manteca (mantequilla en otros pagos).
Sobre el aceite con la manteca en caliente tirás las cebollas y el ají picado y ahí las dejás hasta que tengan el color característico de la cebolla rehogada.
Cuando la cebolla con el ají alcanzó ese punto, le tirás la carne que tenías mezclada con los otros ingredientes y mezclás todo bien, como se ve en la foto. En este momento, le tirás las pasas de uva, para que vayan hidratándose en el jugo del relleno.
¿Cuánto se cocina esto? Poco. Hasta que la carne pierda todo vestigio de rojo o rosado. A fuego medio, te puede llevar cinco minutos, más o menos. Éste es el momento de probar cómo quedó de sal y condimentos. Que las empanadas que te vas a comer piquen o no piquen, queda a tu gusto. Así que…, vo’ ves.
Cuando alcanzó ese punto, retirás del fuego y dejás enfriar. Para el armado de las empanadas, es mucho más cómodo que el relleno esté completamente frío, así que es conveniente meterlo en la heladera, si te da el tiempo. (Si en lugar de aceite y manteca usás margarina o grasa, es conveniente que el relleno “solidifique” en frío). Yo las prefiero con aceite y manteca. Somos negros pero finos, ¿vistes?
Ahora ponés un cacharro con agua al fuego y ponés a hervir tres huevos. ¡Meta, meta, meta hueeevo!
Ahora te armás de paciencia y te ponés cómodo.
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Cazá un plato y meté los huevos duros. Los podés cortar en pedacitos con un cuchillo o pisarlos con un tenedor. En otro platito, metés las aceitunas verdes. Y empezá a tomar las tapas para las empanadas.
Ponés una cucharada generosa de relleno en el medio de la masa, luego agregás un cacho de huevo duro y unas rodajas de aceitunas. Doblás el disco por el medio y luego de presionar las partes que se juntan para que queden bien pegadas, las repulgás. ¿Qué no sabés repulgar? ¡Ah, muchacho; ah, muchacha!… ¡A joderse! Aprenda, che, que no es tan difícil… (Entre nosotros, yo no sé usar el pulgar para repulgar. Uso el índice. ¿Será indecar? ¿Indexar? ¿Indicar?
)
Hermoseadas como adolescente pa’l baile, las vas poniendo sobre una pizzera enharinada.
¿Hay que pintarlas? Eso va en gusto de cada quien. Si usás discos de masa hojaldrada, es mejor pintarlas. Si usás el disco de masa criolla, no las pintás. O al revés. Hacé como quieras. Si las pintás, que sea con huevo batido y a pincel. A mí me gustan así como vienen.
Cocción.
El horno tiene que estar, no caliente, sino recaliente. Más caliente que lector de La Nación cuando lee el nombre de Cristina.
Metés la asadera al horno y a esperar. Cuando están doraditas… ¡ajuera!
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Aquí tenemos las primeras diez. ¿Qué? ¿Qué son ocho y no diez? ¡Ja! Es el derecho del cocinero. Pa’ probar, ¿viste?
A la mesa, hermano, con un buen tinto y ¡a comer! Cuando tenés la panza llena y después del tercer o cuarto vaso de tinto mendocino te mandás el consabido: ¡Viva Perón, carajo! y a otra cosa mariposa.
Fue un placer.
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Au revoir.
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Diagnóstico.
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Ayer fui a consultar a un médico. Era la primera vez en mi vida que consultaba a un médico. Me resistí durante un buen tiempo, pero al final tuve que aceptar la realidad: no me sentía bien y el malestar que tenía no me lo podía explicar por mí mismo. Y mucho menos remediarlo. Así que pedí turno a un médico que me recomendaron, me compré un calzoncillo nuevo y allá fui.
Había fantaseado con la idea de que esa consulta había de ser como las que uno ve en las películas, es decir, con estetoscopios y aparatos. Pero no, resultó ser una charla de escritorio. El galeno de blanco, con el estetoscopio sobre el escritorio, entre los retratos de sus hijos; y yo, con mis pilchas de calle, sentado frente a él. “Así será”, me dije.
Empezó preguntándome cosas que yo no podía responder. ¿Qué enfermedades tuvo? La verdad que no sé, le dije, es la primera vez que visito a un médico.
¡Habrían visto ustedes al tipo!: Abrió los ojos como un mal actor que pretende representar el gesto del asombro. Después puso una cara de jugador de naipes que trata de adivinar tu baza por el semblante. ¿Nunca consultó a un médico? No, nunca.
No convencido del todo, afinó la pregunta: ¿Nunca tuvo un malestar; una fiebre; un dolor de algo? Sí, claro, muchas veces. Pero nunca tuve que consultar a un médico.
Tiró el bolígrafo sobre el escritorio y pasó a otra postura, o mejor dicho, se mostró en otro talante. Evidentemente, el tipo creía que le tomaba el pelo. Hizo un silencio que me incomodó. Uno de esos silencios que no van acompañado por ningún gesto, ningún movimiento de nada. Así que opté por romper ese silencio.
No, le explico: ¿sabe que pasa, doctor?: mi madre era hipocondríaca. Y a eso de los veinte o veinticinco años adquirí una especie de fobia a las enfermedades, a los hospitales y a los médicos. Me juré que no consultaría a uno a no ser que padeciera síntomas inequívocos de una enfermedad. Y bueno, una fiebre, un dolor, un malestar… son síntomas, pero no lo son. ¿Me entiende? No, más bien que no lo entiendo. Una fiebre puede manifestar un infección mortal; un dolor, puede ser el anuncio de un cáncer. ¿Ve, ve? Ése es el problema con los médicos…. Una fiebre puede manifestar nada; y un dolor puede ser el anuncio de nada. Siempre ven el lado trágico de las cosas ustedes. ¿Me entiende? Sí, creo que sí. A ver si entendí: ahora, porque sí, por que se le ocurrió que esta vez es diferente, usted teme que el dolor que padece sea el anuncio de un cáncer; que la fiebre que lo tiró a la cama sea el anuncio de una infección mortal. Sí; algo así; pero como tengo miedo que no sea más que un primer brote de hipocondría… en fin. O sea, preferiría usted que los miedos que lo trajeron hasta esta consulta fuesen reales, o sea, padecer una enfermedad grave; preferiría eso a que se tratase de una actitud típica de hipondría. Bueno, sí, si lo quiere poner así, así es. Bueno, a ver, desnúdese. Al fin –me dije-; al fin el médico va a actuar como tal.
¿Fuma?. Una barbaridad. Y sí: los pulmones chiflan. A ver la presión. Chuf, chuf, chuf. Ajá. Alta la baja. ¿Orina abundante y blanco; o escaso y amarillo?. Depende. ¿Toma? Agua. ¿Qué come?. De todo. ¿Fritos? Uf. ¿Embutidos? La misma marca: Uf. ¿Depone todos los días? Como un reloj. ¿Tiene erecciones matinales? Me despierto temprano; a esa hora mi amigo todavía duerme. ¿Tiene relaciones sexuales frecuentes? Defíname “frecuentes”. ¿Se masturba? Con la zurda. ¿Con la zurda? Es un chiste, a mi me gustan las rimas… se masturba, con la zurda, rima asonante, ¿la vio? La vi. ¿A ver, ¿dónde es que le duele? Aquí. ¿Aquí? ¡Ay, si, ahí! A ver, dése vuelta, vamos a ver esa próstata. ¿”A ver”; dino “a ver”? Un tacto, hombre; no me diga que no sabe cómo es un tacto anal. Sí, claro, cómo no voy a saber cómo es… ¡ay, la puta madre! Perdón. No es nada, siempre pasa la primera vez. No tiene nada, la próstata está bien. Tiene inflamación intestinal, pero eso son gases. A ver, vamos a ver los reflejos. Sientese. Cierre los ojos, mueva la cabeza, otra vez, otra vez. Bien, ¡abra los ojos!, ¿qué dice aquí? “Confirmado, Dolores Fonzi embarazada”. ¿Usted lee Paparazzi, doctor?… estoy un poco sorprendido. Mi secretaria es quien la lee. ¿Cuál secretaria?, yo no vi ninguna secretaria. Es esa chica a la que le pagó la consulta en la entrada. Ah. Pensé que era una empleada del sanatorio. No, es mi secretaria. Pero es que cobra para los otros médicos también. Y sí, pero el sanatorio es mío. O sea que es mi secretaria; y los otros médicos son algo así como empleados míos. Ah. Bueno, está todo bien. No tiene nada. ¿Nada; está seguro? Si quiere le ordeno un chequeo y lo mando a los aparatos. Pero le va a costar unos pesos para nada. ¿Está seguro de que no tengo nada? Seguro. ¿No tendré un preinfarto, o algo así? Le hago la orden para un electrocardiograma, si eso lo hace sentir mejor. ¿Y no me va a recetar algún remedio, o algo? Sí: un “algo”, como dice usted: deje de fumar y moderese en las comidas. Entra usted a una edad de riesgo. Y en junio, vacunesé contra la gripe. ¿Nada más? Sí, le receto un ansiolítico. Tomesé una pastillita a la mañana y otra a la tarde. Doctor: yo no tengo ansiedad. ¿Y usted qué sabe? El médico soy yo. No sé si voy a seguir sus indicaciones, doctor. Es su elección, amigo; le doy una cita para el mes que viene. ¿Para el mes que viene; para qué? Ya le dije: entra usted en una edad de riesgo; debe visitar al médico en forma periódica. Pero si no tengo nada. Eso es lo que usted cree. Pero, ¿qué tengo? Ansiedad, ya le dije; tome, recoja su receta. ¿Una a la mañana y otra a la tarde, dijo? Ajá. ¿Son caras? No sé. ¿Cómo que no sabe; no sabe cuánto cuesta lo que receta? No, no lo sé. ¿Y si cuestan demasiado caras para mi presupuesto? Si no las puede comprar, no las compre; cambie por té de tilo. ¿Té de tilo? Sí, tilo, ¿nunca vio un tilo? Sí, claro, pero de ahí a hacer té con tilo… ¿Por qué no de paraíso, o de malvón? ¿Un té de malvón? ¡Ja! ¡Qué bueno! Mantiene usted el buen humor, a pesar de todo. ¿”A pesar de todo”; que quiso decir? Ya se lo dije, hombre: está entrando usted en la zona de riesgo. Está a punto de recibirse de viejo. Vejez, ¿entiende ahora? Sí, entiendo. ¿Dos por día, dijo: una a la mañana y otra a la tarde…? Ajá. Buenas tardes, doctor. Buenas tardes, amigo. El mes que viene lo veo. ¡Ni en pedo! ¡¿Cómo dijo?! Que ni en pedo, dije. Me estaré viniendo viejo pero no hipocondríaco. ¡Chau! Además, ¿qué clase de médico es usted que lee Paparazzi? ¡Pss!
Me fui dando un portazo, naturalmente. Y, además, confirmé lo que había sospechado durante toda la vida: cuando llegara a la vejez me convertiría en un viejo cabrón. Dicho y hecho.
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Au revoir.
Louis Amstrong. When the saints go marching in
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Gracias al aporte a Youtube de Elvio07, tanguero de ley -y por lo visto también jazzman-, tenemos este vídeo de Satchmo, de 1959. Para el viejazo!, y para la curiosidad de los jóvenes.
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Clicá en “texto completo”, aquí abajo de esta misma entrada, para ver el vídeo.
Tom Jones. Sex Bomb. Bomb Sex. Jones Tom.
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.¡Otra del viejazo! Tom Jones y Sex Bomb.
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Vendedores eran los de antes.
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Vendedores eran los de antes..
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No, todo cambia y para mal. Vendedores eran los de antes, man. Si no, fijate lo que me pasó. Fue ayer a la tardecita. Salimos del trabajo y fuimos a recorrer, mi mujer y yo, varios locales en los que se venden colchones. Y, sí, adivinaste: tenemos que cambiar la cama. Y, son muchos años, loco. Y la verdad es que le dimos todas las noches. Al sueño, claro. Es decir, le dimos al colchón, dormimos sobre él. ¿Qué te creías? Exceptuando las pocas veces que nos fuimos de vacaciones, allí dormimos todas las noches de nuestra vida matrimonial. Aguantó el pobre. Pero ya es hora. Todo llega, viste. Y el colchón también. Murió, loco, qué querés que te diga. No da más. Está finito como una hostia. Si le saco el forro seguro que se parece a un pionono. Y un pionono sin dulce de leche es una pálida… Así que dijimos: vamos. Vamos a por él; a por el colchón nuevo.
La Maris lo quiere de resortes, viste. Y, sí, no sé: le habrá agarrado la idea fija. “¿Qué es un resorte, papi?”, me preguntó una vez. Y yo, que por aquel entonces no sospechaba siquiera las connotaciones futuras que había de tener mi respuesta, le dije, con gesto de manos y todo: “Y es algo, así y así, que se mantiene siempre tenso, siempre rígido, siempre… listo.” Y bueno, ya entendiste. Ahora me dijo: “Lo quiero de resortes, papi”. Y allí salimos ayer a la tardecita, con un viento de cero grados, a recorrer tres colchonerías.
De la primera salimos espantados. Ni bien cerramos la puerta del negocio al retirarnos, en plena vereda y al unísono nos preguntamos: ¡¡¿¿Cuánto dijo??!! ¡Qué lo parió, hermanito: un colchón de resortes sale un huevo de la cara! En el camino la Maris, que siempre aporta lo suyo en estos casos, soltó su reproche-frase de consolación: “¿Viste que no sólo las verduras estaban muy caras: ¡Todo aumentó! Si yo vine e preguntar el mes pasado y salía mucho menos!?”
En el segundo comercio salimos igual de escandalizados, pero ya más mansos. En la calle nos dijimos: “Y bué, habrá que pagar tanto, che; qué vamo’ a hacer.”
Así, preparaditos para recibir el mazazo como las vacas que entran al matadero, abrimos la puerta del tercer negocio de venta de colchones. Y entonces nos atiende un vendedor de unos cincuenta y pico (de tucán, claro), buena tintura en la terraza, dientes perfectos (je je), bien a lo tanguero, y nos dice, después de decirnos las buenas noches y escucharnos decir que veníamos por un colchón.
-¿Para ustedes?
Ya le pregunta te cae mal; de verdad. Está bien. Podía pensar que veníamos a comprar un colchón para regalar, a una hija que se casa, o algo así. Pero el preguntó lo que preguntó con cara de asombro y con modulaciones irónicas. A mí adentro me empezó a funcionar el factor tanada del gen argentino. Está bien: venía caliente por los precios y helado por el frío. Mala combinación. Pero la pregunta del tipo incomodó. Tenía ganas de decirle: “¡Qué! ¿Tenemos cara de que no dormimos juntos, o qué?” Pero no dije nada, claro. Es decir, sí dije:
-Y…sí
Entonces el tipo aclaró. ¿Te acordás del no aclares que oscurece? Bueno, tal cual:
-No, yo preguntaba por el peso, vio. Porque para un peso como el de ustedes…
¡No, loco: no lo podía creer! Yo la miré a la Maris, para ver si había engordado en los últimos díez minutos, porque hasta la salida de la colchonería anterior tenía el peso lástima que tuvo toda la vida. Y la miré por segunda vez. A lo mejor me equivoqué de mina y entré con una gorda que se me pegó en la esquina. Pero no, era ella. Y yo era yo. Con mis kilos de siempre, los de un tipo corriente. Jockey no soy, es cierto, pero tampoco gordo, loco.
-¿Qué pasa, maestro: los colchones se fabrican según el peso del durmiente? Eso es venta al peso…
-Por mí no lo dirá -aportó la Maris…
-No. Jajajaja. Qué ocurrentes son. Me gustan. No, no: es que hay varias calidades, vio. Porque los resortes….. bla bla bla. Venga, venga -a mí- sientesé aquí, en éste.
Me senté. Sentí que los resortes resistían. Me gustó. Con el culo pudo constatar solidez de materiales.
-Ahora venga, venga, pruebe éste.
Me senté en el otro. Los resortes me empujaron para arriba, como queriéndome despedir. Yo, que tantas veces escribí esa figura de “salió disparado como por un resorte” me empecé a reír porque me sentía disparado por un resorte. Es decir, por varios de ellos. Al menos dos, che; que ni soy gordo, ni soy mister culón.
-Este es más…
-¡Vio, vio! ¿No le dije? Es otra calidad.
Yo seguía sin entender cuál de los dos era el adecuado para nuestro peso (a esta altura ya había aceptado que el tipo nos había calculado el peso comunitario, es decir, el de la Maris, el mío juntos más el de los dos camperones que vestíamos habida cuenta del puto frío que hacía anoche.)
-Ajá. ¿Y cuánto sale éste, y cuánto aquél?
Sí, adivinaron: el más caro era aquél, o sea, el que tenía los resortes que empujaban para despedirte de la cama. O sea, el adecuado para nuestro peso.
Mientras la Maris miraba las almohadas, desenvainé el móvil y llamé a mi hija.
-Nena, hola, si… en la colchonería. Bien, bien… Decime, hija: ¿cuánto pesás vos y cuánto tu marido?
La nena se rió, claro, porque el padre la tiene acostumbrada a esas preguntas insólitas. Pero de todos modos contestó: “yo casi nada, tu yerno una barbaridad.” Tal cual, Hija de tigre. De tal palo tal astilla. Creyó que estaba jodiendo. Le dejé unos cuantos besos, saludos y corté. Volví la mirada al vendedor con pinta de tanguero, que estaba haciendo malabares con almohadas ante los ojos de la Maris.
-¡Jefe!: Éste, el de los resortes de molibdeno, ¿cuántos años de garantía tiene?
-Cuatro. Más que suficiente.
¡Ah, no. Eso era demasiado. Encima nos daba nada más que cuatro años de vida! Fui decidido a mandarlo a la mierda, tal vez a boxearlo, pero el tipo volvió a aclarar:
-Para un producto como éste, es una buena garantía. La mayoría dan uno, o dos. Cuatro años es más que suficiente. Les va a durar mucho más, verán.
No, evidentemente, vendedores eran los de antes. Al menos sabían usar el idioma con corrección.
Salimos, de vuelta al frío. Camino a casa resolvimos comprar el de los resortes poderosos. Y comprarlo, además, en el último comercio, es decir: a ese vendedor. ¿Por qué? Bueno, los descuentos, más las almohadas de regalo, en fin… Auténticos argumentos que te habría dado antes que nada un vendedor como los de antes.
-¿Cómo se sentía? -preguntó ella.
-Y… no sé… te empujan. Los resortes te empujan. Vamos a tener que dormir apretaditos, mami; porque si dormimos separados los resortes nos pueden tirar fuera de la cama.
-¿Hacen ruido, los resortes? -La cara de la Maris, a pesar del frío, estaba… estaba… iluminada.
-Sí, hacen ruido.
-¿Y cómo sabés? Yo no escuché nada cuando lo probaste.
-Lo sé porque el vendedor me lo dijo, al oido, para que no escucharas: “Hace ruido, pero para el uso que le van a dar ustedes….”
La gente aterida que pasaba a nuestro lado no podía evitar de mirarnos: Íbamos del brazo, muertos de la risa. La Maris dijo:
-¡Qué tipo ése. Antes no te atendían así en un negocio…!
-No, tenés razón, bombón asesino: vendedores eran los de antes.
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Alfredo Arri (Theodoro)
Plymouth 1937.
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Aunque te parezca mentira, con un auto como éste aprendí a conducir, allá por los sesenta. Era del viejo, claro. Y aunque te parezca mentira también, fue taxi. Así, todo negro. Menos las bandas blancas en las cubiertas, que era un chiche imprescindible para este tipo de máquinas. Había sido taxi, el viejo lo había utilizado como taxi, hacia fines de los cincuenta. Después tuvo un Siam Di Tella para laburar, entre él y un peón. Así que el Plymouth 37 sobrevivió unos años más como auto de paseo. ¡Sí, no te riás! Con ésa máquina sáliamos de paseo. Y no sólo nosotros, sino una cantidad grande de vagos que aun no habían llegado al Siam, o al Rastojero, o al Fitito, o al Citröen. ¿De dónde te creés que salió la famosa canción? Vamos de paseo/ en un coche viejo/ pero no me importa/ porque llevo torta? Sí, claro, de la caterva de negros que hacíamos andar aún en los sesenta a todo el parque automotor yanqui de preguerra y posguerra. ¡La cupé 46! ¡Ah! ¡Qué ganas que le tenía la muchachada de la época del Club del Clan a las cupecitas del 46!
En ese tanque de guerra aprendí a manejar. Casi mato un ciclista en la segunda lección, pero mi primo El Negro, que era quien me enseñaba y me acompañaba en esa ocasión, sacó la cabeza por la ventanilla para gritarle al ciclista: ¡Fijate por donde vas, boludo! Era parte de la enseñanza, claro: la culpa es siempre del otro.
Pero con el Plymouth aprendí a manejar, nomás. Para salir me prestaba el Siam. Así que me perdí de una experiencia que habría sido divertida acometerla con el Plymouth: estacionar entre dos automóviles ya estacionados.
Si te gustan estos bichos, te dejo el enlace de una página de Costa Rica (Club de Autos Antiguos de Costa Rica) que tiene ejemplares dignos de exhibición.
Un recuedo. Para el viejazo que de vez en cuando me agarra.
Arrebóire (Au revoir)
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Ho capito che ti amo. Pimpinela. Homenaje a Luigi Tenco
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¡Ah! ¡Cómo nos dábamos en los bailes con temas como éste!.
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