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Esa hermana muy hermosa.

Relatos.

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Esa hermana muy hermosa.

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El hombre, cansado, bajó del tren. Era sábado, y la semana había sido agotadora. Aun le faltaba caminar las nueve cuadras hasta su casa. Pero antes, seguidor de sus propias rutinas, decidió ir por la copita de ginebra que todos los días tomaba ni bien bajaba del tren. Era algo así como el sello de clausura de cada jornada. Albañil desde los quince, y pisando ya los sesenta, gozaba de sus retornos a casa como nunca antes. Soñaba con la jubilación. Sabía que de todos modos tendría que hacer algunas changas después de la jubilación, pero no habría de ser lo mismo…
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Sus hijos ya habían volado del nido, pero de cuando en cuando la casita que él mismo había levantado en treinta años de paciencia y fatiga se alegraba con el anhelado barullo de algún nieto de los muchos que tenía.
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Entró en el boliche del turco Jaime, que estaba a dos cuadras de la estación. La copita de ginebra era allí unos centavos menor que en la pizzería de frente a la estación. El pibe que ayudaba al bolichero le sirvió la copita sin preguntar, después de saludarlo. El hombre tomó con sus ásperos dedos la pequeña y panzona copa de vidrio gordo, con el denso y transparente líquido hasta el borde. Con buen pulso, la acercó hacia sus labios y, ni bien logró besarle el borde, con movimientos de cabeza y mano mil veces repetidos, bebió el trago de un solo empujón. Después chasqueó, dejó la copa sobre el mostrador y alzó la mirada hacia el televisor. Las imágenes del terremoto de Chile se sucedían en el canal de noticias. Los demás parroquianos miraban las imágenes, en silencio.
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En algún momento, una voz de la televisión dijo que el terremoto había derrumbado un muro de una cárcel y doscientos presos aprovecharon la ayuda de la madre tierra para fugarse sin más. Varios de los parroquianos soltaron sus risotadas ante los comentarios chuscos que la noticia había provocado entre ellos.
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El hombre pagó la copa, tomó el bolso que había dejado a sus pies, saludó y se fue.
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Minutos más tarde entraba en la casa. Su mujer estaba en la mesa de la salita, con el mate sobre la mesa y el televisor encendido. Chile y su tragedia continuaban en la pantalla. Luego de cambiar las cien mil veces oídas y olvidadas palabras del saludo, ella hizo la pregunta retórica: ¿Viste que desastre lo de Chile? ¡Cómo no verlo!, respondería cualquiera.
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Entonces el hombre, mostrando una sonrisa amplia, nacida desde lo más hondo de su humanidad y que acaso fuera la primera de esa clase que practicaba en mucho tiempo, dijo: ¡Sí: Y se escaparon no sé cuántos presos de una cárcel!
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La mujer, tras decir que sí, que ella también lo había oído, rió con él, y como él. Un minuto después, ante las imágenes del desastre que el terremoto había producido en las infraestructuras de Chile, y las imágenes de los circunstanciados rostros de los afectados por el latigazo de la tierra, ambos, ella y él, desarmaron sus sonrisas. Ella le ofreció un mate. Él lo tomó. Todavía tenía el regusto de la ginebra cuando chupó de la bombilla el mate dulzón.
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De alguna manera vaga pero intensa, el hombre se dio a juzgar que si Dios había obrado el terremoto en Chile como un acto de justicia para con los presos de una cárcel olvidada en la periferia del mundo, el precio había sido demasiado alto. El viejo albañil concluyó: Dios es para sus demoliciones tan chapucero como lo ha sido para sus construcciones.
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Alfredo Arri (Theodoro)

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Epicuro y los muchachos pirronistas.

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Epicuro y los muchachos pirronistas.

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Cuando uno se mete en honduras filosóficas, la primera de las tentaciones que lo asaltan durante el necesario paseo histórico en la busca de la verdad, es el epicureísmo. Epícuro y sus precursores son tentadores, redondamente tentadores. Sobre todo su precursor Pirrón, cuyo nombre por sí solo nos provoca ingeniosidades chuscas, tales como Pirrón, Pirrón, qué grande sos. Pero más allá de esta inmediata simpatía por Pirrón, es el modo de ver la vida de este Pirrón lo que me sedujo, lo que me tentó y entonces no tengo ningún prurito en confesar que por un tiempo fui epicureísta, o suelo ser epicureísta de vez en cuando. Por ejemplo, ahora estoy en uno de esos períodos epicureístas.

Para empezar, el esceptismo siempre seduce. Y si a una forma de escepticismo se le da el elegante nombre de acatalepsia, no sólo me siento digno cofrade de doxólogos de nota, como el doctor Mariano Grondona, sino un poquitín elegante dentro de una tilinguería razonable, o políticamente correcta.

¿Qué sería la acatalepsia? La imposibilidad de comprender y saber nada. Pero cuando digo nada, es nada de nada. Aquí es donde empecé a tentarme.

Aceptada la acatalepsia, no tengo más remedio que adherir a la epojé, que sería algo así como: ¿Para qué andar echando juicios a diestra y siniestra si después de todo es imposible comprender nada?

Y cuando surge la primera objeción a este escepticismo, como es esa voz interior que te dice: Pero, ¡cómo!, ¿nada es verdadero? Entonces Pirrón le responde a tu voz interior: Sí, cómo no. Por supuesto que hay algo verdadero: el fenómeno.

Aceptado todo esto, no queda otra que alcanzar ese estado en el que se alcanza la serenidad del alma, porque después de todo, si lo único verdadero es el fenómeno que me oculta el ser, al que nunca podré llegar, ¿para qué andar dilapidando el tiempo en búsquedas tan vanas como los juicios de valor?

Los libros de historia de la filosofía no lo dicen, pero resulta obvio que esa máxima de atorrante que uno aprende con los muchachos de la barra, ésa que reza: no calentarum largum vivirum, tiene su origen en Pirrón. Razón de más para redoblar el entusiasmo al entonar los versos de alabanza al precursor: Pirrón, Pirrón, que grande sos.

Aficionado al pirronismo, pues, avanzo en mis investigaciones y doy con Epícuro. Y el tipo viene a decir: la única verdad es la realidad. Bueno, en realidad no lo dijo así. Esas palabras célebres le pertencen a otro, pero, de alguna manera…. como se verá, a ellas se llegará.

Epicuro dice que la única verdad es la sensación. Esto tiene un corolario simple pero convincente: Si todo se reduce a la sensación, todo cuanto existe es corporal, ya que sin algo externo y real que mueva a la sensación no hay sensación posible. ¿Y qué son esos cuerpos? ¡Y qué se yo! Son cuerpos que se expresan en fenómenos. Eso es todo. Sin cuerpo no hay fenómeno.

Esta filosofía permite elaborar juicios tan rotundos, bellos y tentadores como éste: El hombre está ausente de su propia muerte.

La frase, entrecomillada, en Google, no da resultado alguno. Y como en el libro de la que lo recogí no está entrecomillada, se la adjudico al autor del libro, Emile Gouiran. La bella frase está en este contexto:

En cuanto a la muerte, si es cierto que el alma y el cuerpo son productos de una agrupación de átomos, mientras el ser exista ambos permanecerán unidos; pero cuando el agregado alma se desintegra, deja libre al cuerpo que, privado de su envoltura, se disipa y desaparece. La destrucción del cuerpo no implica, pues, más que la desaparición de un fenómeno: el hombre está ausente de su propia muerte. O como dice Robin: “la muerte no es nada que nos afecte; pues una vez salida el alma del cuerpo, dejamos de sentir: la ilusión de una vida futura se desvanece.

Emilio Gouiran. Historia de la filosofía, Ediciones Centurion Buenos Aires 1947, pg. 72

Tentador es pues Epícuro y sus muchachos pirronistas. Eso del mundo material compuesto por átomos es la idea más simple, más fácil de representar y más fácil de aceptar para cualquiera que tenga dos dedos de frente y no se ponga a filosofar motivado por la condicionante idea de hallar alguna justificación para la superación a la realidad de la muerte como expresión de un final verdadero e ineludible.

Pero hay más para tentarse con Epicuro. A una metafísica tan en correspondencia con los sentidos, a una teoría del conocimiento en la cual la sensación es el primer criterio de verdad, Epicuro suma dos criterios más: El recuerdo de la sensación, que nos permite, por ejemplo construir edificios de doscientos pisos en medio del desierto. Y un tercero que es el afecto. La moral, que descansa en los afectos del alma. ¿Cuál es el soberano bien al que debe tender el sabio? Epicuro no duda: el placer. Si tomamos el placer por falta de dolor, a la manera de Schopenhauer, y no al living la vida loca de las clases populares posmodernas, estamos hechos. Ya tenemos una filosofía. Una filosofía en la cual, como dije, adhiero y dejo de adherir con regular recurrencia.

Dícese que tender a la búsqueda del placer, a la ausencia del dolor, a la larga inmoviliza. El placer se estabiliza, se vuelve una ausencia de dolor y a la vez ausencia del placer deseado. Esto, también se dice, conduce a los adeptos del epicureísmo a un asceticismo imperfecto. Y al final del camino el epicureísta “se vuelve semejante a un dios entre los hombres, pues nada se asemeja menos a un ser mortal que aquél cuya vida, siendo buena, se desarrolla en medio de bienes inmortales.” (obra citada)

El último párrafo parece complicado, pero es fácil de entender: es cuando el asceticismo te lleva a rodearte todo el tiempo de cuñadas que prenden sahumerios a los muertos y hablan todo el día de los amores de las estrellas de la tele y el cine; o alcanzás un punto de ascetismo tal que un gol de la selección nacional de fútbol te resulta indiferente. Es un amesetamiento de la ausencia de dolor que duele tanto que es estúpido llamarlo placer.

Es en ese punto de toma de conciencia súbita de que he avanzado demasiado en ese camino del asceticismo cuando termino rompiendo el carné de la Escuela de Epícuro para afiliarme, por ejemplo, al partido de los platónicos recalcitrantes. O de los loquitos adoradores de Nitzche. Pero al poco tiempo, cuando el mucho ejercicio del idealismo me termina por producir el dolor de la estupidez que se padece pudiendo uno evitársela; o el hedonismo nihilista o alpedista me empieza a molestar a mí mismo, vuelvo a pedir la solicitud de ingreso en la Escuela del Jardín de Epícuro, y al mismo tiempo, para eludir algunos de los efectos colaterales de esta escuela filosófica, recomienzo la lectura de El Capital.
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Alfredo Arri. (Theodoro) febrero 2010

Epitafio industrial.

Epitafio industrial.

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He aprendido que el más dramático objetivo de todo hombre es tratar de anular para sí el implacable destino de la vida, cual es morir para ingresar, a partir de la muerte, y para siempre, en la más absoluta nada. Los más desgarradores desvelos de cada hombre, mientras vive, se agotan en esa tarea: eludir el fatal destino de que su nombre -lo único que le es propio- se pierda en el polvo y el olvido. A poco de andar por la vida sabe que ese objetivo es casi imposible de lograr, pero no se amedrenta. Se apresura para tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. En esas tres acciones deposita todas sus esperanzas de inmortalidad. Ése es el más doloroso drama de todo hombre: qué hacer en vida para no morir cuando al fin se ha resignado a aceptar que sí habrá de morir. Todo lo que inventa, todo lo que hace, está hecho con ese fin. A veces acierta con alguna de esas obras de tan soberbio propósito y se gana el derecho de que su nombre sea pronunciado -con devoción o con odio- por las generaciones futuras. Lo he logrado, se dirá tras el éxito, y esperará la muerte descansado en su obra. No le interesará demasiado si ésta ha sido una pócima que salvó millones de vidas de una muerte prematura, o si ha sido una bomba atómica que destruyó decenas de miles de vidas en un solo instante. Le dará igual. Lo importante para él será que, de alguna manera, habrá de permanecer entretejido en las palabras de muchos otros hombres, por muchas generaciones. El sueño más íntimo de todo hombre es ganarse el derecho a pensar en su epitafio.

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La inmensa, la abrumadora mayoría de los mortales fracasaremos en ese intento; entonces una abrumadora mayoría de esa abrumadora mayoría de mortales no tendrán más remedio que apelar a la obra humana que más ha trascendido a sus (paradojalmente) anónimos creadores: un dios, un poderoso dios que los seduzca con alguna morada para después de sus inevitables muertes, aunque sea en los infiernos. Otros, en cambio, apenas unos pocos elegiremos abandonar el mundo vírgenes de quimeras de consolación. Así, la inmensa, la abrumadora mayoría de los hombres, llevaremos al pie de nuestros tumbas, en lugar del artesanal y raro epitafio, una simple placa de chapa que, al lado de las dos fechas, reza así: Qüepedé.

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Alfredo Arri.

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Inagotable

Filosofetas.

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Inagotable.

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La parte más dramática de la doctrina de la reencarnación es que, en la eternidad, fatalmente hubimos o habremos de reencarnar en todas las reencarnaciones posibles, que son infinitas. Así, por ejemplo, si en una vida anterior o por venir formamos o formaremos parte de la batalla de Waterloo como guerreros franceses, en otra formamos parte o volveremos a formar parte de la misma batalla como guerreros británicos, o belgas. También, si en una vida anterior o futura fuimos o seremos César, en otra fuimos o seremos Cleopatra; o si en una vida somos mariposa cazada, en otra somos el cazador de mariposas. Como se comprende de suyo, este inventario de posibilidades no tiene fin. La doctrina produce rechazo, porque lo inagotable repugna a la mente. Sin embargo, esa idea siempre ha seducido a los hombres. Tal vez porque en cada uno de nosotros hay al mismo tiempo un patriota y un traidor, un hombre y una mujer, un victimario y una víctima; y esa doctrina viene como anillo al dedo para justificar esas incómodas contradicciones. O para emparchar la herida de una frustración: suele ocurrir que los devotos de la reencarnación afirman haber descubierto -mediante técnicas refinadas, siempre obtenidas a cambio de un caro arancel- que en otras vidas fueron Julio César, Cleopatra, Napoleón, Darwin. Nunca un campesino, un albañil o una puta de burdel suburbano. Y por supuesto, jamás un gusano, una ameba o un cacto, sino más bien una paloma, un tigre o una flor de lis.
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Yo prefiero elegir mis reencarnaciones: ahora soy Sandokan, tigre de la Malasia, pero mi sentido del decoro me obliga a afirmar que habré de manifestarme a los hombres como un verdulero de Villa Caraza, de nombre Ismael. Seré boliviano, y mi ayudante será un joven blanco, descendiente de polacos, que hubo estado mucho tiempo desocupado. Este ayudante dirá en su momento que su nombre es Miguel, pero yo sé aquí y ahora que su verdadero nombre es Yañez de Gomera. Por supuesto, mi inveterada lucha contra el Imperio de Su Majestad la Reina quedará impregnada en mi alma y no se extinguirá con la muerte. Sé que esa rebeldía se habrá de manifestar de alguna manera. Por ejemplo, ese malhadado verdulero de Caraza actuará como un tigre a la hora de discutir el precio de las papas y las cebollas con el papero. Nadie lo dude: ese aprovechador del papero que dirá llamarse Juan es ahora, en esta vida, el odiado James Brooke. Mis tigrecillos, ¡a mí! ¡Al abordaje!
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Alfredo Arri.

A la espera de una teodicea justa.

Filosofetas.

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Sugerencias para una teodicea.

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Estoy a la espera de que un Profeta o Fundador revele o exponga una religión en la cual se tenga por dogma de fe la existencia de un Día del Juicio Final, en el cual Dios habrá de rendir cuenta a los hombres por Su obra. Por supuesto que a los réprobos les estará vedada la entrada al juicio; pero los justos tendrán derecho a reclamarle a Dios una clara y convincente justificación de todas y cada una de las fechorías cometidas por Él en la tierra. Si pasa con éxito la prueba, Dios podrá permanecer en el Reino de los Cielos, junto a los justos. Si en cambio no logra la absolución luego del juicio de los justos, el Reo será expulsado del Reino de los Cielos.

Sería un conveniente auto de fe de esa ausente religión la afirmación de que Dios sí superará felizmente la prueba. Y sería un buen tema de debate teológico, en esa religión, el determinar cuál podría ser el destino para la eternidad de Dios en el caso de que fuera condenado por los justos.
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Alfredo Arri.

Razón.

Soliloquios de un hombre maduro.

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Razón.

Todo tiene su razón de ser aunque no conozcamos el ser de esa razón, y en general de ninguna razón. Razonar es nuestro oficio exclusivo y ese don nos permite mirar por encima del hombro (por así decirlo, de algún modo), al resto de los seres móviles. Algo así como el derecho a olvidar la zoología y despreciar a todos los Darwin.

El hecho cierto de que pocos hombres ejerzan ese oficio no invalida la universal posibilidad del mismo. Los que no lo ejercitamos, no necesitamos preocuparnos por la falta: Hay otros que lo hacen por nosotros. Y, además, lo hacen con gusto. Es el trabajo de ellos. Obramos distinto los hombres con la razón. Pero eso sí: igualdad para todos. Razonar o no razonar no da derecho a la desigualdad. Por algo hemos ganado la democracia, que es hija de la razón. De la razón de unos pocos para todos pero razón al fin.

El día que todos nos decidamos a ejercer ese oficio: otra podría ser la historia. Pero la veo difícil. Es más cómodo que algún otro discurra por mí; y la comodidad es un bien preciado que no tengo por qué resignar en aras de la estúpida razón por mano propia.

Por mano propia… lo que se dice por mano propia: la justicia, si me provocan lo suficiente; y alguna módica alegría en los ratos libres, desgraciadamente escasos. Lo demás: que otros lo hagan por mí. ¿No pago mis impuestos acaso? ¡Claro que sí! ¡Viva la libertad de no pensar más por mí! ¡Vivan las oligarquías que discurren en nombre de todos! ¡Vivan las élites del pensamiento que sobrellevan la carga de pensar por mí! ¡Viva la democracia!

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Alfredo Arri (Theodoro)

Fútbol, literatura y amor.

Reflexiones de un hombre maduro

El gol de Caniggia a Brasil.

El título es suficiente para que millones de argentinos sepan a qué momento de la historia futbolera me he de referir en esta entrada. Pero, vamos, seamos generosos con los amigos de otras latitudes de las Américas y de España y expliquemos qué significa, exactamente, “el gol de Caniggia a Brasil.”

Mundial Italia 1990. Argentina defendía el título México 86. Nuestra selección había ido a Italia con un doble compromiso: Por un lado, la obligación moral de defender el título, ganado con espectacularidad ontológica en el estadio Azteca cuatro años antes, con El Gol del Barrilete Cósmico frente a los Ingleses y El Gol de Burruchaga (el tercero y decisivo) en la Final. Y por otro lado: vencer a Italia, aspirante al título, que era local. Italia, nación en donde Diego Armando Maradona, el artífice del triunfo en México, era por aquellos años una estrella universal que lucía la camiseta del Napoli.

Los italianos ricos del norte, que desprecian a los italianos pobres del Sur –y Napoli es la Italia pobre- alentaban la ilusión burguesa de que Diego Armando Maradona no brillara en ese campeonato, pues éste estaba signado por los hados –y las estrellas que compra el dinero- a Italia. Alentaban la peregrina idea de que ese morocho sudamericano se comportara como un buen chico agradecido por los millones ganados. Nadie escupe la mano que da de comer, dicen los amantes de tener esclavos de su dinero.

Y por su parte los napolitanos, en el fondo de su corazón, deseaban que Diego Armando Maradona, el Maradona que le había devuelto la gloria futbolera al Sur, no jugara para el dinero de la rica Italia (ya había despreciado el dinero de Silvio Berlusconi del Milan), sino para sus compatriotas de Fiorito, para los infelices chicos de Fiorito a quien solo la pelota podía sacar del infierno. Internacionalismo futbolario… ¿`tendés?

Pero había que llegar hasta la instancia Argentina-Italia. No era sencillo. En el camino estaba Brasil. ¡Ah, Brasil… Brasil! Había que pasar por ésa antes. Brasil, eterno rival…. ¿regional? ¡No! ¡Nada de eso! ¡Mundial! La rivalidad argentino-brasileña es mundial: es, sencillamente, a ver quién “el mejor del mundo”, “o maior do mondo”. ¡Casi nada!

Así que en Italia 90, a Brasil había que ganarle sí o sí (como siempre, pero más que como siempre).

Pero resultó que los brasileños demostraron esa tarde que ellos, y no nosotros, eran los mejores del mundo. ¡Qué baile que nos dieron, por Dios! Nos tuvieron en un arco y sólo Dios (que movió los travesaños y los postes) sabrá por qué no quiso que nos fuéramos al vestuario con un varias pepas adentro.
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Los brasileños, todos adelantados. La pelota tenía que entrar de una buena vez y los amarillos estaban todos en ésa. En una jugada de mitad del campo, Maradona se desmarca y pica, dejando atrás a varios defensas. Caniggia pica también. Maradona es dueño de la pelota y la última línea de la defensa se avalanza sobre él. Caniggia, acompañando el pique, se desmarca. Diego, a punto de ser derribado, le pone al Pájaro el pase imposible. El pase que hace pasar la pelota por el único intersticio del tiempo y del espacio a través del cual la esférica bola de cuero podía encontrarse con Caniggia: por entre las piernas del útlimo defensor. La pelota pasa por un agujero imposible, y le llega a los pies a Caniggia. Dueño de la pelota y frente al arquero, el Cani demostró con elegancia y simpleza lo virtuoso que era. Todo por un pase imposible. Ni un milímetro atrás, ni un milímetro adelante. Ni un segundo antes, ni un segundo después. Sólo Diego Armando Maradona pudo poner un pase como ése. Y sólo Caniggia pudo hacer un gol como ése. ¡Gol! Uno a cero, ¡y a cantarle a Gardel! Brasil afuera.

¡Ay, Señor! ¡Qué felicidad!

Lo que siguió después fue anecdótico. A Italia lo dejamos fuera de la Copa luego de una retahila de penales históricos que fueron para el infarto de dos naciones y para la gloria personal de Goicochea. Y en la Final, Alemania se tomó la revancha del Estadio Azteca, con la colaboración, precisamente, de un mexicano. En términos cósmicos, se hizo justicia. Ganaron los alemanes y el fútbol es así. Nunca antes (y creo que nunca más volverá a suceder en el futuro), Argentina celebró un subcampeonato como si fuera un campeonato. Recibidos como campeones. Y eran campeones.

Ése, queridos amigos de las vecinas patrias sudamericanas y de España, ése fue el “Gol de Caniggia a Brasil.”

Ahora paso del fútbol a la filosofía, regiones apenas separadas por un par de pases cortos.

Hay muchas personas que, al memorar aquella hazaña (menor, pero hazaña al fin), no mencionan la jugada decisiva con el nombre de “el gol de Caniggia” sino con el nombre de “el pase de Maradona”.

Para quienes vimos aquel memorable partido, nos resultaría imposible dudar. Quienes vimos entonces el pase de Maradona, así le llamamos sin dudar un instante. Quienes vimos el gol de Caniggia, es ése el nombre que le damos.

Pero luego de dieciocho años, viendo una y otra vez el vídeo, tanto los unos como los otros debemos admitir que estábamos equivocados. El Gol, la Obra, no fue, ni el pase de Maradona, ni el gol de Caniggia.

Fue una jugada única, excepcional, ejecutada por dos jugadores. Una rara conjunción de dos voluntades tan compenetradas entre sí que compusieron un momento, una trayectoria de la materia en el espacio tiempo, una circunstancia única. Una jugada que jamás pudo haber existido si no hubiese sido, como fue, por la comunión de dos acciones separadas pero unidas sobre un mismo instante del cosmos. Como si Caniggia y Maradona hubiesen sido, en esos segundos de vértigo, una sola persona. Una sola persona desdoblada en dos fantasmas, para ilusión engañosa de la defensa brasileña.

Esta descripción no es rebuscada, ni absurda. Hay fuera de la cancha, en la vida misma, circunstancias únicas que surgen como producto obrado de la comunión de una sola voluntad, extrañamente expresada en dos personas. Generalmente un hombre y una mujer. Cada una de estas individualidades, con su voluntad obrante en comunión con la otra, componen una voluntad única, que es la que en definitiva será la obrante de la obra, del acto, de la circunstancia única. Circunstancia obrada que no podría haber existido jamás sin la comunión de esas dos voluntades, entrelazadas en una sola voluntad, por mecanismos que francamente desconocemos y que, a falta de un nombre mejor, llamamos amor. Amor, con mayúscula.

El famoso gol de Argentina a Brasil en Italia 90 seguirá siendo por siempre, o el gol de Cani, o el pase del Diego. No hay forma de darle un nombre a algo que es imposible de describir con palabras. Como mucho, si queremos darle aire a la vena poética, podríamos llamarlo el gol del Pájaro que voló junto al Barrilete Cósmico.

Quien experimentó alguna vez el Amor, lo entenderá.

“¡Grande, loco!”, podría decirme algún amigo de esos que siempre te halagan de puro buenos amigos que son. Pero –objetaría inmediatamente, aun uno de esos amigos-, “la verdad, loco, vimos un montón de goles como ése. Una vez, en el ochenta y…..”

¡No! ¡Falso! –interrumpiría de buena gana a mi buen amigo-: Falso. Hubo y habrá muchos goles parecidos, pero ése, el gol del Pájaro que voló junto al Barrilete Cósmico, hay solo uno. Es único. Volvé a ver el vídeo. Fijate bien. Maradona toma la pelota en el medio campo nuestro. Los amarillos nos vienen apretando desde hacía un siglo. Palo, travesaño, mariposas angélicas que desvían pelotas. En un arco nos tenían, bah.

Y la vida –diría para mí mientras sigo con mis argumentos a mi amigo-; la vida muchas veces hace que la adversidad te tenga contra un arco.

Maradona ve que si descoloca a los que tiene encima quedan tres brasileros entre él y la red. Sabe, también, que si pica con la pelota al pie no va a llegar al arco porque lo barren. Estos no son ingleses. Son brasileños, ¿’tendés?, y Maradona no pasará así les cueste una tarjeta rojaa los amarillos. Faltan diez, loco, el Diego no pasará. Pero el Diego ve a Caniggia y “ve” que éste ya adivinó lo que Diego quiere hacer y el Cani “siente” que el Diego se lo canta desde el arranque del pique. Ambos saben qué está pensando el otro. Desde el arranque de la jugada. Sin palabras, sin señas. Nada. Pura comunión espiritual. Entonces Caniggia pica. Y se desmarca. Maradona apunta al intersticio único y pasa el balón. Y gol. ¡Gol!

¿Entendés? –le insistiría a mi querido amigo- los dos sabían, desde el mismo instante en que Diego inicia la jugada, cómo sería ésta, de principio a fin. La armaron entre los dos, en la mente, antes de que sucediera. La inventaron. La dibujaron en un papel. La pintaron. Dos en uno en plena creación, ¿’tendés?. Y de la comunión, la obra. Como en el amor.

Exactamente igual que en el Amor.

Mi amigo reiría complaciente, de puro buen amigo, pero al fin me diría:

-Lo tuyo es literatura, loco.

-Y también lo es el Amor, mi querido amigo. También lo es. El género menos cultivado de la literatura universal.
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Alfredo Arri (Theodoro)

Filosofetas. Segunda temporada.

Tenía algo abandonadas mis filosofetas. Esta mañana me acordé de ellas. Quizás los primeros fríos del año, la hora temprana, el mate dulce, ésas cosas pequeñas, me llevaron a acordarme de ellas. Así que se me ocurrieron éstas. Es mi pequeño aporte al desconcierto universal.

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Dios no cumple con el requisito esencial para ser mi amigo: la humanidad.
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La posición relativa del hombre en la escala zoológica no está en discusión.
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No me molesta quien pregona que no come carne. Me molesta quien postula que yo no debo comerla.
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El amor romántico es a la feromona lo que el antitranspirante al sobaco.
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La invención de los superhéroes modernos fue necesaria para superar el fracaso editorial de Robin Hood. El carácter fantástico de este personaje era demasiado evidente.
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La educación sexual en las escuelas es un intento que hacen los docentes y los políticos para ver si pueden aprender algo de sexo antes de que los sorprenda la vejez.
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La confianza es el comodín en un juego de naipes entre dos amantes. La desconfianza, en cambio, es la carta más alta en un juego de naipes entre dos tahúres.

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Alfredo Arri (Theodoro)

Vivir con la escoba.

Vivir con la escoba en la mano.

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Experimenté por primera vez la sensación de sentirme bien conmigo mismo a los treinta y pico. A partir de los cuarenta y uno o cuarenta y dos, esa sensación no me abandonó nunca más. Es, sencillamente, placentera.

Admito que una edad como la denunciada, para tal posesión definitiva de ese sentimiento puede ser considerada como tardía. Pero debo remarcar que, hoy, no me afecta esa demora. Si tal demora ocasionó incomodidades, ya las he olvidado. Sólo sé que, antes de esa posesión, no era feliz.

Por otra parte, el hecho de tener conciencia de que muchas personas no alcanzan nunca ese estado, me alcanzaría para evitarme el desagradable e inútil reproche a la mala o a la buena suerte por la la distribución de los tiempos.

Tardé en alcanzar el placer de conocerme, es probable que haya tardado; pero lo logré. Y hoy valoro tal logro. Sé, me consta, cuánto sufren las personas que no alcanzan jamás ese estado de llevarse en paz con ellos mismos. Son personas que transitan mundos kafkianos en las regiones de su propias almas.

También sé que muchos pueden decir con honestidad: ni muy arrepentido ni encantado de haberme conocido. En mi caso, ni arrepentido, ni desencantado de haberme conocido, lo confieso.

Mi mayor bien personal es la arrogancia. Claro que sólo en la primera acepción de arrogante, ya que no me caben las otras dos: no soy valiente, alentado o brioso; tampoco soy gallardo o airoso. Soy, sí, altanero, soberbio.

En esta arrogancia, que tengo por mi mayor bien personal, tal vez estuvo anidada aquella demora, bajo la forma de esa rémora achaflanada llamada falsa humildad. Recién a partir de mi edad madura, en que he alcanzado la altanería, aprendí a ser humilde. Antes de eso, practicaba –no sin sufrimiento- la falsa humildad.

Es la humildad la “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento.” Exacta definición de nuestro diccionario oficial. Conocimiento de las propias limitaciones y debilidades. Conocimiento. Conciencia. Consciente. Caracterización certera del yo por el propio yo.

Mencioné, al pasar, una de mis limitaciones o debilidades: la falta de valentía. No soy cobarde; mucho menos pusilánime. Simplemente no soy valiente. Es una debilidad. Tengo otras muchas, como muchos de los hombres corrientes.

Desde que soy soberbio, es mía esa virtud de la humildad. Antes no. Antes, cualquier imbécil se alzaba con mi respeto, gratuitamente. Ahora no: ahora, a los imbéciles los tengo como a tales y los trato como lo que son, imbéciles. Con desprecio, con desdén.

No soy hombre de creencias religiosas, pero admiro a los devotos de esa religión que postula que la vida de los hombres es una expiación cuyo grado de culpa individual está determinado por sus vidas anteriores. La idea de que cada hombre lleva en su vida un karma y de que éste no es idéntico para todos los hombres es éticamente más atractiva para mí que esa otra doctrina de la culpa universal e irreversible.

Más allá de la idea mística, que no alcanzaré a comprender del todo jamás, la metáfora es bella. No todos somos espiritualmente iguales en este mundo; algunos están más próximos a alcanzar el nirvana que otros. Más aún, creo que esa categoría en que deben comprenderse los “otros” es muy popular. O, si se prefiere, que aquellos que se encuentran más próximos a alcanzar el nirvana son una categoría muy minoritaria.

Yo pertenezco a los otros, claro, pero tengo la esperanza de que si vivo otros veinte años más, alcanzaré a ingresar en ese club de minorías. Al menos tengo conciencia de que centenares de millones de imbéciles que pueblan este planeta hoy, no lo lograrán, así vivan cien años más.

En otras palabras, lo que acabo de escribir en el último párrafo es igual a: No me citen a amar al prójimo porque no me presentaré a la cita. El prójimo es un colectivo demasiado absoluto para mi gusto. Amar como me amo a mí mismo, sólo a un puñado de seres queridos. Nada más.

Un viejo chiste de argentinos que inventaron los españoles para devolvernos la guaranguería de los chistes de gallegos reza así: Un sacerdote le dice a un argentino: “Debes amar al prójimo como a ti mismo.” A lo que el argentino le responde con cara de asombro: “¡¿Tanto, padre?!”

El chiste es malo, pero refleja una cuota de verdad. Ne le encaja al colectivo de los argentinos, es verdad. Le encaja a unos pocos, argentinos o no. Me encaja a mí. A mí, me encaja.

Nunca fui aficionado a la procacidad. Es más, me gusta hablar bien, escribir bien, entendiendo por bien la ausencia de vulgaridades, palabras soeces. Pero debo de admitir, no sin un poco de rubor, que he adoptado una expresión que no es propia de mi forma de hablar o escribir, pero que me satisface tanto que puedo resignar mis gustos estéticos alrededor de la lengua sólo por ella. Esa expresión es ésta: Me chupa un huevo.

No todo me chupa un huevo, sino me chupa un huevo. La primera es una declaración que transparenta una postura metafísica que no va conmigo. La otra, en cambio, es nada más que una fórmula eficaz de réplica. Con esa fórmula adoptada, bien afilada y con la vaina desabrochada, me siento a resguardo de mucho imbécil.

Schopenhauer, Nietzche, cada uno a su modo, han postulado manifestaciones de soberbia parecidas. Con humildad el filósofo burgués, con menos humildad el filósofo chalado.

De todos modos, no tengo vocación de anacoreta. El beso, para mí, es el que se da en las bocas. El beso sabe, huele, siente, duele, place, muerde, mueve, agita, soba, lame, gusta, regusta, exhala, aspira, suspira, impele, babea, traga, goza, tiembla, moja, excreta, preludia, concluye, completa, anexa, desea, pide, da, perfuma. El beso son dos bocas y mil verbos. No, no tengo vocación de anacoreta.

Amo. No al prójimo. A mis prójimos. El prójimo menos mis prójimos es igual a otros prójimos. Y los otros prójimos son, para mí, objeto de permanente semblanteo. No tengo más remedio que obrar así. La inmensa mayoría de los otros prójimos son imbéciles. Esto es axiomático y el establecimiento de tal axioma está fundado en lo evidente.

Pero como no tengo vocación de anacoreta, debo separar la paja del trigo y buscar, afanosamente, entre los otros prójimos a aquellos prójimos que pueda, si no amar, al menos estimar, apreciar, admirar, respetar, amular, considerar y aun querer.

De esta necesidad surge otra: separar la paja del trigo es un arte que debe aprenderse en la vida; cuanto más rápido, mejor.

Vivir con la escoba a la mano, como decía un entrañable amigo.

En aquellos tiempos, cuando mi amigo repetía esa metáfora, me parecía poco apropiada. Barrer personas no es una figura de rápida aceptación cuando uno tiene ciertos pruritos. Pero hoy, cuando ya hace décadas que me siento bien conmigo mismo, que mi soberbia me permite gozar de la humildad, la acepto. Es una buena metáfora. Las hay mejores, claro.

Ayer vi en la calle a una mujer joven, de rotunda belleza mujeril, que lucía una remera con esta leyenda al lado de la caricatura simpática de un sapo: “No beso más sapos.”

La vida enseña. Hay que vivir con la escoba a mano.

Au revoir

Alfredo Arri (Theodoro)

La guerra justa.

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Cuando hay que pelearla, no queda otra que poner el pecho, liberar las manos, afinar los sentidos y mantener entonados los músculos. Cuando viene el golpe, hay que golpear. Duro. Si es a matar, será a matar. Cuando hay que pelearla, no queda otra. Así es la vida. La vida impone la reciedumbre.

Si quieres la paz, prepárate para la guerra. Así sentenciaba Flavius Vegetius Renatus dieciséis siglos ha. Y cinco siglos antes de Cristo, Sun Tzu escribía que la guerra es el tao de la supervivencia y la extinción.

Vivir en paz es la aspiración mayor de los hombres sensatos.

Quien acepte estos postulados, deberá aceptar, necesariamente, que no aspirar a la paz es propio de hombres necios. Va de suyo. Es casi una tautología.

Pero los hombres necios existen, y las guerras existen. Entonces, ¿qué hará el sensato, que aspira a la paz, cuando el necio desata la guerra?

Ninguna filosofía humanista ha podido despojarse de los conceptos de guerra justa y guerra injusta. No hay modo. Los hombres necios siguen naciendo en cada generación. Y cuando desatan la guerra, los hombres sensatos deben aceptar la batalla. En definitiva, se trata de una única y permanente guerra: la de los hombres sensatos contra los hombres necios.

El cristianismo primitivo repudió el concepto histórico de guerra. De guerra a secas, el que surge de la supremacía conforme el pensamiento de la Antigüedad. Pero tres siglos duró apenas, entre las cabezas de la Iglesia, eso de amar al enemigo u ofrecer la otra mejilla. Los doctores de la Iglesia introdujeron el concepto de guerra justa y Francisco de Vitoria, después, extendió el concepto hasta comprender la guerra punitiva contra el agresor vencido. Grocio introduce lineamientos humanitarios en los requisitos para la caracterización de la guerra como justa.

Hoy, hemos internalizado en la conciencia colectiva la institución ético-jurídica de los derechos humanos. Vamos bien. Pero, hasta hoy, ninguna filosofía humanista ha podido despojarse de los conceptos de guerra justa y guerra injusta. ¿Cómo sobreviviría el justo entonces, si la guerra fuese éticamente condenable, siempre?

Los hombres necios se producen de a centenares de millones en cada generación. Algunos, alcanzarán el poder suficiente para desatar las guerras. Los hombres justos, en cambio, deben alcanzar esa categoría tras una ardua y larga preparación. Son, pues, necesariamente pocos en cada generación. Pero son. La existencia de algunos hombres sensatos en cada generación es la prueba de que esa guerra peremne contra la necedad es ganada por los justos. Siempre. Las víctimas son el precio de esa victoria. Un precio muy alto, por cierto. Pero necesario.

Cuando hay que pelearla, no queda otra que poner el pecho, liberar las manos, afinar los sentidos y mantener entonados los músculos. Cuando viene el golpe, hay que golpear. Duro. Si es a matar, será a matar. Cuando hay que pelearla, no queda otra. Así es la vida. La vida impone la reciedumbre.

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Un artículo recomendable acerca de la doctrina de la guerra justa:

Enlace. Libertad Digital