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Parece mentira. Relato breve.

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Parece mentira.

No sé cómo me encontraste. Es lo primero que se me ocurre decir. Una sorpresa es precisamente eso, una sorpresa y tras ella muy difícilmente pueda uno decir algo sensato, o tolerable al menos. ¿Cómo me encontraste? Otra cosa no se me ocurrió decir, o pensar.

Pero después, claro, uno reflexiona acerca del reencuentro “casual” y cae en cuenta de los detalles obvios. Aquí están mi nombre y mi apellido cien veces escritos. Basta con ponerlos en el buscador y el robot te trae derechito aquí, al blog, al sitio donde dejo mis poesías o mis intentos de poesías, mis modestos relatos, mis pensamientos. Es la moda, viste. Ahora cualquier chichipío escribe y publica. Es fácil. Y es gratis. Además te leen, por muy chapucero que seas. Bueno, eso. Yo también estoy en la moda y tengo mi blog. Así que si pusiste mi nombre y apellido en el buscador, el robot te trajo derechito aquí.

Claro, eso pone de manifiesto otra cosa: tuviste la intención de encontrarme. Es decir, por algo te tomaste el trabajo de tipear nombre y apellido. Yo puse tu nombre y apellido en los buscadores muchas veces. Pero nunca apareciste por ninguna parte. Ni siquiera en una lista de deudores morosos. Jajaja. Sí, también te busqué por esos sitios. Es decir… busqué, busqué. No, en realidad no te buscaba. Ponía tu nombre y apellido en el buscador de puro curioso, para ver, para saber, pero nada más.

Curiosidad, nada más que curiosidad. ¿En qué andará?, me preguntaba. ¿Seguirá en España; o ya habrá regresado a Buenos Aires, como tantos otros que se fueron preñados de ilusiones cuando aquí era tan difícil sobrevivir? Pero, ¿sabés qué?: no me preguntaba: ¿Se habrá casado? No, eso lo daba por descontado. Yo no volví a saber nada de vos, pero siempre tuve para mí que habías casado. Y te hacía madre de dos o tres críos. Desde que empecé a olvidarte, siempre te imaginé así.

Lo que no lograba era componer una representación de cómo serías ahora. Ya cumpliste los cuarenta y tantos. Y cuando yo te conocí tenías veinte. ¡Cómo habría de imaginarte más allá de Tacuarembó! No, yo te tenía en el recuerdo como eras a los veinte. Imposible representarte en el recuerdo de otro modo. Podía hacerte madre y señorona a mi antojo, pero no podía imaginarte con otro cuerpo distinto al que tenías a los veinte.

Y ahora que apareciste siento curiosidad por verte. Mandame una foto. Así, como estés. Si seguís siendo la mujer escultural que fuiste, bien; si estás hecha una matrona desaliñada, mandámela también. Y si tenés hijos, mandame fotos de ellos. A mí ya me ves. Ahi tenés esa fotito. Como ves, yo tampoco soy el mismo. A mi los años no me pasaron: me cagaron a palos. Pero todavía tengo mis cosas, claro. Y vos también, de seguro, las tenés. Por muy mucho daño que te hayan hecho los años no podés haber perdido todos tus encantos. Eso es imposible.

Me alegró que tuvieras, no sé si el coraje, pero sí la voluntad de escribirme ese comentario. Cuando leí tu nombre me sorprendí. ¡Qué raro!, me dije. Está bien que son nombres y apellidos corrientes, pero de todos modos era raro. Me parece que alguna vez te comenté que no creo en las coincidencias. Después, al leer el comentario me di cuenta de que efectivamente eras vos. ¡Y habías elegido la poesía indicada para dejar tu comentario!. Sí, es verdad, ésa, está inspirada en vos. Y sí, olvidarte fue muy duro. Sufrí. Al perderte sufrí. ¿Qué otra cosa podría hacer que escribir poesías de amores desolados?

Me consuela saber que para dar con esa poesía debiste recorrer prácticamente todo el blog; y demorarte en su lectura. Eso me da placer. Me imagino riéndote como una loca al leer cada una de las poesías en las que descubrías o creerías descubrir un rastro de tu propia sombra. No sé, es como una suerte de curiosidad perversa que, extrañamente, me agrada.

Parece mentira: habiendo tantos modos de reencontrarse, se vino a dar de este modo.

De todas maneras, no aprobé tu comentario, A.

“Nunca te imaginé poeta.”, escribiste, entre otras cosas. Gracias por el halago, morena. Teniendo en cuenta que fuimos amantes, tu comentario es un halago.

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Alfredo Arri (Theodoro) 2006

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Jamás mencionaron la palabra amor. Relato breve.

He aquí la publicación de un nuevo relato de mi autoría. Se trata de un relato breve, en el cual, una vez más, el amor está presente como figura central en el relato..

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Jamás mencionaron la palabra amor..

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Cuando jóvenes, un hombre y una mujer vivieron un romance, apasionado pero fugaz. No habían transcurrido ni dos meses de encuentros de viva pasión cuando advirtieron, ambos, que esa llama se apagaba. Así como un día, de forma súbita se sintieron fuertemente atraídos; así otro día, al poco tiempo y de forma súbita también, dejaron de atraerse. Una tarde lo conversaron. Ambos admitieron sus sentimientos y decidieron dejar de verse. La ruptura no produjo ningún estado de duelo en ninguno de ellos
…. Registrate para leer el relato completo.

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Voces: Pájaros, chicos, hombre y mujer.

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Voces: Pájaros, chicos, hombre y mujer..

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Un relato de amor y pasión de Alfredo Arri (Theodoro)

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La playa estaba casi desierta. Extraño para ése día, hora y estado del tiempo. Ninguna festividad local había en Villa Eloísa del mar, ni siquiera en Eloísa, como para imaginar que las personas de la villa y del poblado hubiesen resignado el paseo playero.

Era un domingo pleno de sol. El viento, habitante permanente de esas costas sureras, también estaba ausente. Hacía calor. Y sin embargo, la playa estaba casi desierta.

En algún momento le comenté a Marisa esa anomalía. Ella respondió con uno de esos casi rezongos que solemos regalar cuando estamos desinteresados en la noticia. Ajá. Hum. Algo así. Marisa era deliciosa cuando rezongaba giros tan estrictos.

Estaba echada sobre una loneta estampada con motivos infantiles, que nos había prestado el dueño de la casa que alquilábamos. “Llevela, don Enrique… LEER MÁS

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