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Tilingo

 

Tilingo.

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Hay veces en la que me apena mi condición de simple. No es vergüenza, quiero aclarar y aclaro. No me avergüenza pertenecer a la clase de los simples. Más aún, normalmente siento orgullo de pertenecer a esa clase para la cual el trabajo honesto y las pequeñas alegrías compartidas son algo así como el sostén espiritual de una vida. No: no es vergüenza; es pena. Es imaginar, o creer, con una pizca de dolor, que acaso pude tener una vida más acorde con lo que son, con lo que siempre han sido, mis inclinaciones, mis aficiones, mis anhelos, mis gustos.

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Éstos, mis aficiones, mis inclinaciones, mis gustos, pertenecen en realidad a un mundo que no es precisamente el de los hombres simples. Pertenecen al mundo de los notables, de los hombres y mujeres que disponen de tiempo y de medios para satisfacer esos gustos. Es un mundo estético que se expone o realiza en teatros, en museos, en salones de arte. Es un mundo que se mueve y para moverse en él y con él es vital viajar, conocer sitios y personas, parajes y circunstancias. Es un mundo en el que se hace necesario frecuentar.

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Hubo un tiempo en que mansamente acepté sustituir todos esos requisitos por los sucedáneos que la industria de los hombres notables ha preparado para el consumo de los hombres simples. Así, adquirí reproducciones de Van Gogh y de Leonardo, discos de la Filamórnica de Londres, y en lugar de viajar por el mundo coleccioné una buena cantidad de videos documentales. Un tiempo después de haber consumidos estos objetos comprendí que me había transformado en un auténtico tilingo.

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Tilingo es una palabra que tiene un uso exclusivamente peyorativo, pero debo admitir que su uso en este caso es justo, y la tengo por bella además. Finalmente, es nuestra, es decir, de nuestro idioma rioplatense. En la parte que me toca, me cabe el término por aquello de persona insubstancial, que dice tonterías y que suele comportarse con afectación. Y aunque son más las veces que me comporto con afectación que las que digo tonterías, acepto el calificativo, por justo y por apropiado. Tilingo fui durante mucho tiempo. Y tal vez algo me quede aún, a pesar de haber arrojado en el fondo de un volquete mis reproducciones de Van Gohg y de Leonardo, mis discos de vinilo de la Filarmónica de Londres, y mi colección de documentales en vhs y en cd. Y digo que tal vez algo de tilingo me quede aún porque, a pesar de haber abandonado el hábito de comportarme con afectación, aún suelo decir tonterías. O escribirlas, que es peor aún. He ahí mi pena.

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Alfredo Arri.

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La fecha.

Conmemoración del 11 de setiembre de 2001..

Muchas personas están firmemente convencidas de que la fecha 11 de setiembre de 2001 se convertirá, con el tiempo, en un hito de la Historia. Que habrá en los futuros libros de historia la exacta demarcación de una era que finalizó en esa fecha, al tiempo que nacía otra.
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Yo me permito descreer de esa creencia. El atentado que conmovió al mundo hace exactamente ocho años no habrá de marcar ningún hito histórico. Fue, sin duda alguna, un hecho espectacular, en el sentido más cabal del término: Cosa que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover el ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos o nobles. (DRAE). Eso y no otra cosa fue el atentado que acabó con las torres gemelas de Nueva York. Un gran espectáculo que destruyó miles de millones de dólares y borró de este mundo material, evaporándolos, los cuerpos de casi tres mil personas.
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Obama y los deudos de las víctimas del September 11Nada cambió substancialmente en el mundo a partir de ese atentado. El mundo que amaneció el 12 de setiembre de 2001 sigue siendo el mismo de antes. Ello no significa que el atentado no produjera consecuencias. Las hubo: Dos guerras de rapiña contra dos naciones por parte del Imperio, con la excusa de combatir a los autores del atentado. El desenmascaramiento de una política violatoria de los derechos humanos por parte de un Estado que lo había hecho hasta entonces en forma clandestina o por tercerización y que a partir de entonces se permitió hacerlo a la luz del día y por mano propia. El aumento de las medidas de seguridad en los aeropuertos. El abandono -¡temporal pero feliz abandono!- del Patio Trasero por parte del Imperio. Un estado de paranoia más o menos generalizado en las principales capitales de Occidente. El nacimiento de nuevas teorías conspirativas. Y una constante fuente de explotación mediática. Y nada más. El mundo es hoy tal como era antes de esa fecha. El imperio sigue siendo el imperio que ha sido desde que es imperio. Más débil, y por lo tanto más peligroso, pero siempre igual a sí mismo en su esencia.
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La fuerza de la fecha reside, pues, en la espectacularidad del hecho en sí mismo, captado por las cámaras de televisión y visto en tiempo real por miles de millones de habitantes en todo el mundo. Y con una espectacularidad tan asimilable a una superproducción hollywoodense que lo ha convertido en inolvidable. Inolvidable para quienes lo hemos visto en tiempo real, e inolvidable para las generaciones futuras que lo verán en infinitas repeticiones. Inolvidable hasta que algún otro espectáculo superior en realce y eficacia lo relegue a puestos menores en los rankings de espectacularidad.
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Todos los relatos que se habían inventado aviesamente y que, aprovechando el hecho conmocionante del S11, se quisieron imponer mediáticamente para cambiar con voluntarismo puro una era, no han durado ni siquiera una década. No hay ni choque de civilizaciones, ni guerra de religiones. Hay lo que había antes del S11: un imperio que lleva a cabo guerras de rapiña para apropiarse de los recursos naturales que necesita para alimentar su maquinaria bélica e industrial, para satisfacer su demanda doméstica de riqueza, para sostener un poder militar.
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A ese Imperio, nada le vino mejor que el atentado que estableció una fecha para la regular conmemoración global. No adhiero, ni quiero insinuar que podría adherir a teorías conspirativas tan de moda. No. Para hablar con franqueza, no creo en la teoría del auto atentado. Mi creencia acerca de este hecho de la historia reciente es más simple: un grupo económico –multinacional e ideológicamente aséptico-, utilizando como mano de obra a unos pobres fanáticos deliberadamente aleccionados de una ideología religiosa, se tomó venganza mafiosa de una traición mafiosa. Así de simple. Una guerra privada entre dos grupos económicos que involucraron a varias naciones. A los Estados Unidos por un lado, como sede visible de uno de esos grupos de poder económico; y a otros varios y no identificados Estados por el otro. La causa, por supuesto, el dinero. En este caso el petróleo. No hay más que eso en el S11. Todo lo demás es para la gilada, como decimos por aquí, o pour la galerie, como se dice en forma más elegante.
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Por supuesto, uno de los principios básicos del pensamiento por el cual se pone a prueba la verosimilitud de cualquiera teoría conspirativa, es resolver este interrogante: ¿A quién o quiénes benefició el hecho objeto de sospecha? Sí: el S11 benefició al grupo de poder estadounidense. Pero eso no alcanza para sostener una teoría conspirativa.
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La fracción menos torpe de los adherentes a la teoría conspirativa del S11 afirman que no fue que los Estados Unidos prepararan el atentado, sino que, sabiendo que vendría, lo dejaron acaecer. Y el argumento más fuerte que tienen para sostener esa teoría es que en la historia diplomático-bélica de los EUA hay antecedentes de maniobras tácticas similares, siendo el más importante de ellos el conocimiento cierto que se tenía del ataque japonés en Pearl Harbor. Y, yendo más lejos aún (en el tiempo y en la audacia), está la historia del atentado al Maine en La Habana; historia de malicia mediática, diplomática y militar harto conocida. Con tales antecedentes, que los Estados Unidos supieran y no hicieran nada para evitar, o directamente provocaran el atentado de S11 son proposiciones al menos verosímiles. Pero una teoría conspirativa debe ser sostenida con algo más que ese argumento de sentido común.
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De todos modos, más allá de lo que el tiempo produzca en materia de pruebas documentales para sostener o desechar una teoría conspirativa, el hecho del S11 en sí mismo sirvió para que los Estados Unidos continuaran con una política agresiva (bélica) de dominio imperial en una época en la cual, a raíz de la situación creada por el fin de la guerra fría, se la hubiese hecho difícil llevar a cabo sin una excusa globalmente aceptada.
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Tanto fue así que para la segunda campaña, la llevada a cabo contra Irak, los Estados Unidos no obtuvieron, ni mucho menos, la aprobación de la comunidad internacional. Y hubieron de sobrellevar, además, un fuerte repudio popular internacional por otra parte. Debe recordarse siempre que contra Afganistán Estados Unidos arremetió como las ONU, mientras que contra Irak hubo de comprometer una coalición entre Inglaterra, Estados Unidos y otras naciones, entre las cuales estaba España, por la voluntad de José María Aznar y para oprobio de la nación española.
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El argumento de la funcionalidad, por lo tanto, es fuerte. Pero no alcanza para sostener una teoría conspirativa. Sigo con mi creencia más digerible para mi cosmovisión, tan aferrada a las explicaciones más directas, menos sofisticadas: un espectacular y sangriento ajuste de cuentas entre dos grupos mafiosos.
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Por lo pronto, el acontecimiento será recordado año tras año principalmente como una forma de homenaje permanente a las víctimas.
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Y será recordado por mucho tiempo por la única razón que le ha otorgado trascendencia global: por su casi perfecta espectacularidad. Pero hito, lo que se dice hito histórico, ni lo ha sido, ni lo será.
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Alfredo Arri.

Evita, nuestra singularidad.

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María Eva Duarte de Perón, Evita. Nuestra singularidad.

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En el cincuenta y siete aniversario de una muerte obrada por Dios para empujar la infatigable lucha por la emancipación de los humildes.

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Cuando los buitres te dejen tranquila
y huyas de las estampas y el ultraje
empezaremos a saber quién fuiste.

María Elena Walsh. Eva.

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Eva, nuestra singularidad.
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Cuando murió Eva Perón yo era un chico que empezaba la escuela. Por aquellos años se ingresaba a la escuela a los seis, en el llamado primer grado inferior. Cuando Juan Perón fue derrocado, ya cursaba el tercer grado.
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La memoria que conservo de esos años, como se comprenderá, es muy escasa y fragmentada. Recuerdo los libros de lectura, con las imágenes de Perón y Evita, que inmediatamente después del golpe de setiembre fueron rápidamente sustituídos por otros. Esta sustitución obligatoria era a elección de los padres. La obligación era que había que desaparecer los libros oficiales; la libertad de elección: podíamos llevar al cole cualquier libro, menos los oficiales. En mi caso, mi padre me compró unos libros de cuentos de Constancio C. Vigil; libros primorosamente encuadernados y bellamente ilustrads que conservé por mucho tiempo.
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Lo que conservo como recuerdo propio de esos años, pues, se limita a las imágenes de Perón y Evita que se repetían en mis libros escolares, o en los parques, o en las vidrieras de algunos comercios; y a los eslóganes más conocidos en la era peronista: En la Argentina de Perón los únicos privilegiados son los niños; Eva, jefa espiritual de la Nación…
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Conservo nítidamente, también, los días compartidos con centenares de otros chicos, hijos de compañeros de trabajo de mi padre, en una colonia de vacaciones sindical, en un hermoso campo, con decenas de árboles, (recuerdo especialmente las moras), juegos, canchas; con suntuosos y amplios edificios donde compartíamos juegos, comidas…
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Y conservo, también, las impresionantes imágenes de mil boquetes de balas y metralla de bombas en las paredes de los edificios que enmarcan la Plaza de Mayo; recientes rastros notorios de aquel crimen atroz de junio del 55. Estrago bélico que mis ojos de niño de nueve o diez años miraron azorados, mientras una de mis manos, seguramente, apretaría fuertemente la mano de mi padre.
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Después del 55, en la escuela Perón se convirtió súbitamente en el tirano prófugo y más tarde, poco a poco, el peronismo de Perón fue parte del pasado. Como tal, como parte del pasado, el peronismo de Perón me fue contado de mil modos diversos, según quién me lo relatara. Escuché todas las versiones. Escuché todos los relatos. Leí libros. Pregunté. Busqué. Indagué. Pesquisé. Y al llegar a los veinte años de mi edad había descubierto las dos únicas cosas que tengo por verdades de aquel pasado que, en los años que refiero aquí, eran todavía recientes: Una, que Juan Domingo Perón había sido y había de seguir siendo por siempre objeto de discusión. Dos: Que Eva Perón había sido y seguiría siendo por siempre un objeto de amor, o de odio.
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A Perón se lo discutía y se lo había de discutir por siempre desde las cabezas, desde las ideologías, desde los lugares comunes de la conversación. A María Eva Duarte de Perón se la refería y se la había de referir por siempre desde las vísceras. Evita había de permanecer en el ideario colectivo, o como la Abanderada de los Humildes, o como la maldición con la que Dios castigó a los argentinos de bien por algún ignoto pecado. Eva, esa puta… escuché decir muchas veces durante mi infancia y adolescencia. Palabras siempre mordidas con todo el odio del que el ser humano es incapaz de ocultar.
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Más tarde, allá por los sesenta y tantos, cuando el mundo entero recibió la ola revolucionaria, en nuestra patria, poco a poco se empezó a comprender que Eva había sido, ante todo, una revolucionaria. Una revolucionaria que creció como tal al lado de un líder como pocos dio América; un adalid que pudo ser muchas cosas, pero nunca un revolucionario. Una paradoja extraordinaria. Una burla de la Historia. Un desafío de los hombres a Dios.
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A partir de esa paradoja comencé a entender la dicotomía de sentimientos que el solo nombre de Eva provocaba y sigue provocando aún entre mis compatriotas: Eva, la que había denunciado a la oligarquía y al capitalismo salvaje era amada por los pobres y era odiada por los ricos. Los sentimientos tan fuertes alrededor de su figura eran, simplemente, el amor o el odio de clases. Algo así a como se siente el Che: La encarnación del Hombre Nuevo para unos; el asesino para otros. Así de igual se siente a Evita: la Vindicadora de los Humildes para unos; la usurpadora para otros. Evita, para unos; Eva Perón para otros.
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Pasaron más años todavía. En las horas más negras de la peor noche de nuestra historia nacional, en 1978, Evita fue una ópera. La excelencia de dos artistas y el azar elevaron a la categoría de icono universal a nuestra Eva. Las mentes simples, ésas que gustan ejercer escrupulosamente “la policía de las pequeñas imperfecciones” pusieron el grito en el cielo sin comprender, los muy cortos de vista y entendimiento, que Eva ingresaba a la globalización y que al ingresar en la globalización ingresaba, a la vez, en la Revolución. Porque la Revolución ha de ser universal o no será.
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Así, devenida icono, Eva pasó a ser la mujer humilde que llevó consigo el clamor de los humildes y las ansias de libertad de la mujer a las entrañas del poder, y a quien el poder le devoró las entrañas hasta llevarla a la peor de las muertes, la prematura muerte. La perfecta metáfora: Ni de la mano de un hombre, mucho menos de la mano de una mujer, los humildes no deben insolentar al poder. Al poder hay que destruirlo, no insolentarlo; si no, el poder acabará aniquilando a quien ha osado insolentarse con él.
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Eva Duarte murió de un cáncer a los treinta y tres, es verdad. Pero, ¿quién podría refutarme la creencia de que esa muerte fue obrada por Dios para que los hombres construyamos la metáfora aleccionadora? Nadie podría. No tendría argumentos. Ni uno solo.
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Más tarde, en los convulsos años de la violencia en nuestra patria, muchos marcharon al ciego y absurdo combate de derrota cierta en medio de un cántico ficticio: Si Evita viviera, sería montonera.
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No hay –nunca la ha habido; nunca lo habrá- ucronía posible con la figura de Eva Perón. Porque las ucronías que podríamos elaborar a partir de la premisa contrafactual si Eva no hubiese muerto son tantas y tan alejadas todas de la realidad histórica que nos ha tocado vivir, que acabaríamos componiendo un vasto inventario de universos conjeturales sin alcanzar jamás ni uno solo que se corresponda, ni de cerca, con el universo de la historia realmente vivida por todos nosotros.
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Conjeturar qué habría sido de Argentina si Evita no hubiese muerto en el tiempo en que murió, es tan vano e inútil como conjeturar qué habría sido de Occidente si Cristo no hubiese resucitado al tercer día de su muerte. La notoria vaciedad de universos tales por contraste a los de la historia real -y además multiplicados al infinito-, producirían sentimientos insoportables.
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Podría cualquiera conjeturar, en un brote de pasatiempo lúdico aunque irreverente, que de no haber nacido Albert Einstein de todos modos algún otro hombre habría formulado la Teoría de la Relatividad; o que si Gardel no hubiese muerto en Medellín, habría transitado patéticamente la impiadosa vejez del ídolo decadente. Pero las conjeturas que pudiere alguien hacer a partir de la hopótesis si Eva Perón no hubiese muerto en el 52, producirían –todas- sentimientos insoportables por su notoria desproporción.
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Evita pasó por la vida de Juan Perón para inclinar a favor de los humildes el artificio histórico creado por el padre de la criatura. Muerto Perón, el peronismo ha sido reclamado una y otra vez para sí por las clases sociales que lo crearon y lo usufructuaron: las siempre miserables oligarquías terratenientes, las siempre inestables burguesías nacionales y las siempre acomodaticias corporaciones sindicales colaboracionistas.
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Si esas clases privilegiadas no han logrado aún recuperar del todo al peronismo para sí, ello se debe a la existencia, efímera pero intensa y revolucionaria, de María Eva Duarte de Perón, o Eva María Duarte o simplemente Evita. De ahí que el odio a “esa mujer” no ha decaído un ápice entre las clases privilegiadas de nuestra patria, ni entre los tilingos y tilingas de ciertas capas medias de la población, después de más de medio siglo de su muerte.
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Pero el tiempo no pasa en vano: aniversario tras aniversario, el pueblo va descubriendo, lenta e implacablemente, nuevos momentos de esa singularidad argentina llamada Evita. Algún día, la conoceremos, por fin.
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Alfredo Arri.
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Eva

por María Elena Walsh.

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I
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Calle Florida, túnel de flores podridas.
Y el pobrerío se quedo sin madre
llorando entre faroles sin crespones.
Llorando en cueros, para siempre, solos.
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Sombríos machos de corbata negra
sufrían rencorosos por decreto
y el órgano por Radio del Estado
hizo durar a Dios un mes o dos.
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Buenos Aires de niebla y de silencio.
El Barrio Norte tras las celosías
encargaba a Paris rayos de sol.
La cola interminable para verla
y los que maldecían por si acaso
no vayan esos cabecitas negras
a bienaventurar a una cualquiera.
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Flores podridas para Cleopatra.
Y los grasitas con el corazón rajado,
rajado en serio. Huérfanos. Silencio.
Calles de invierno donde nadie pregona
El Líder, Democracia, La Razón.
Y Antonio Tormo calla “amémonos”.
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Un vendaval de luto obligatorio.
Escarapelas con coágulos negros.
El siglo nunca vio muerte mas muerte.
Pobrecitos rubíes, esmeraldas,
visones ofrendados por el pueblo,
sandalias de oro, sedas virreinales,
vacías, arrumbadas en la noche.
Y el odio entre paréntesis, rumiando
venganza en sótanos y con picana.
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Y el amor y el dolor que eran de veras
gimiendo en el cordón de la vereda.
Lagrimas enjuagadas con harapos,
Madrecita de los Desamparados.
Silencio, que hasta el tango se murió.
Orden de arriba y lagrimas de abajo.
En plena juventud. No somos nada.
No somos nada más que un gran castigo.
Se pintó la República de negro
mientras te maquillaban y enlodaban.
En los altares populares, santa.
Hiena de hielo para los gorilas
pero eso sí, solísima en la muerte.
Y el pueblo que lloraba para siempre
sin prever tu atroz peregrinaje.
Con mis ojos la vi, no me vendieron
esta leyenda, ni me la robaron.
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Días de julio del 52
¿Qué importa donde estaba yo?
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II
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No descanses en paz, alza los brazos
no para el día del renunciamiento
sino para juntarte a las mujeres
con tu bandera redentora
lavada en pólvora, resucitando.
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No sé quién fuiste, pero te jugaste.
Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo,
metiste a las mujeres en la historia
de prepo, arrebatando los micrófonos,
repartiendo venganzas y limosnas.
Bruta como un diamante en un chiquero
¿Quién va a tirarte la última piedra?
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Quizás un día nos juntemos
para invocar tu insólito coraje.
Todas, las contreras, las idólatras,
las madres incesantes, las rameras,
las que te amaron, las que te maldijeron,
las que obedientes tiran hijos
a la basura de la guerra, todas
las que ahora en el mundo fraternizan
sublevándose contra la aniquilación.
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Cuando los buitres te dejen tranquila
y huyas de las estampas y el ultraje
empezaremos a saber quién fuiste.
Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva,
única reina que tuvimos, loca
que arrebató el poder a los soldados.
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Cuando juntas las reas y las monjas
y las violadas en los teleteatros
y las que callan pero no consienten
arrebatemos la liberación
para no naufragar en espejitos
ni bañarnos para los ejecutivos.
Cuando hagamos escándalo y justicia
el tiempo habrá pasado en limpio
tu prepotencia y tu martirio, hermana.
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Tener agallas, como vos tuviste,
fanática, leal, desenfrenada
en el candor de la beneficencia
pero la única que se dio el lujo
de coronarse por los sumergidos.
Agallas para hacer de nuevo el mundo.
Tener agallas para gritar basta
aunque nos amordacen con cañones.
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Maria Elena Walsh
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Mary Terán. De la historia de la inútil crueldad.

Soliloquios de un hombre maduro.

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Un capítulo en la historia de la inútil crueldad: Mary Terán.

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Su nombre era Maria Luisa Terán de Weiss, conocida popularmente como Mary Terán y fue la primera tenista argentina de renombre internacional.

Los datos biográficos básicos de esta olvidada mujer, así como las referencias a sus actuaciones deportivas los podrá encontrar el lector de red en Wikipedia y en una nota dedicada a ella en la página web de UPCN (Unión del Personal Civil de la NAción).

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Las autoridades de la ciudad autónoma de Buenos Aires decidieron rescatarla del olvido y darle el sitio que se merece en la historia del deporte argentino poniéndole su nombre al estadio multipropósito antes conocido mediáticamente como estadio Parque Roca. Por decisión de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se sancionó la ley 2502 que dio el nombre de la deportista al estadio, el 8/11/07, con la firma de Santiago de Estrada y Alcia Bello.

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En esta entrada pretendo destacar, de la historia de esta mujer, aquella parte de la misma que refleja la crueldad de una de nuestras más vergonzosas características nacionales: el odio de clases y la persecución política basada en ese odio.
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Mary Teran

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Mary Terán, quién nació en Rosario en 1918, inició su carrera de tenista a partir de 1940. Ese año conoció a quien luego había de ser su marido, Heraldo Weiss, quien a la sazón ya era campeón argentino de tenis y miembro del equipo nacional de la Copa Davis.

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Mary Terán en El GráficoLa biografía antes mencionada da cuenta de que Mary Terán participó en mil cien partidos internacionales, con 832 victorias, de las cuales 32 lo fueron en certámenes internacionales. Esta carrera la desarrolló entre los años 1941 y muy entrados los cincuenta. Obtuvo también dos medallas de oro y una de bronce en los Primeros Juegos Deportivos Panamericanos (Buenos Aires, 1951). Alcanzó a ocupar un ranking que la tuvo entre las veinte mejores tenistas del mundo.

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Mary Terán era hija de trabajadores y al advenimiento del peronismo no dudó en sumarse al movimiento. En 1952 fue designada asesora en la Municipalidad de Buenos Aires para el estímulo al deporte. Estuvo a cargo de los Ateneos Deportivos Eva Perón.

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Dice la nota publicada en la web page de UPCN:

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El 16 de septiembre de 1955 Mary Terán estaba jugando las finales del Abierto de Alemania, cuando lo derrocan a Juan Domingo Perón. Intervenida por la dictadura la Asociación Argentina de Tenis envían un telegrama a la Federación Internacional para que no dejaran participar más a Mary Terán en sus torneos; situación que no fue tenida en cuenta en este certamen internacional . Mientras tanto, en el país eran incautados todos sus bienes y comenzaba una investigación que iba a durar varios años.

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Exiliada (en España hasta 1959 según una de las dos notas mencionadas, en Montevideo según la otra), Mary Terán continuó su carrera deportiva, participando en torneos internacionles.
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Regresó a Argentina durante el gobierno de Arturo Frondizi. El dirigente del Club Atlético River Plate, Antonio Liberti, le abrió sus puertas para que Mary Terán retomara su carrera deportiva en el país, pero “los rivales se negaban a jugar contra ella”, en actos de abierta discriminación clasista. Relegada al olvido, pasó el resto de sus días en soledad, hasta que en 1984, a la edad de 66 años tomó la decisión de quitarse la vida.
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En una semblanza de Mary Terán que el periodista José Luis Ponsico publicó en su momento, pude encontrar otras referencias a esta notable deportista. De la lectura de ese texto puede uno sospechar -creo que con justicia- que Mary Terán pasó a formar parte -allá por los cincuenta y tantos- del patético folclore gorila. Dos de los párrafos de ese texto son:

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Pero el destino le tenía reservada una trampa: su afinidad con la política deportiva puesta en marcha por el gobierno la hizo peronista. Con la añadidura de una agravante para lo que vendría después del ’55: se decía que para Juan Perón la única mujer capaz de reemplazar a Evita en su corazón era la ascendente tenista. Algo terrible para ella por lo que ocurriría años más tarde.

(…)

el 4 de julio de 1953, el influyente diario europeo de la época, France Dimanche, publicaba una foto con un epígrafe inolvidable para sus detractores: «Mary Terán, una de las mejores jugadoras del mundo y gran amiga del presidente Perón»

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Esta cita la tomó a su vez el señor José Luis Ponsico de un texto de la escritora y periodista santafesina Liliana Morelli quien en un libro de 1990 -Mujeres deportistas-, rescata a la olvidada deportista del olvido social.
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En otra parte de la semblanza de José Luis Ponsico se afirma que si bien fue una fervorosa adherente al peronismo, Mary Terán no fue lo que podría ser llamado una militante, “condición que nunca asumió”, remarca el autor.
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Para cualquiera que sea argentino y que transite una edad suficiente como para reconocer lo que para otros ha de permanecer oculto, de la lectura de esos párrafos es fácil sospechar, como dije, que la condena al ostracismo, a la muerte civil por parte de lo peor de la sociedad argentina se debió a que, en aquellos años, Mary Terán formó parte del folclore gorila en la parte más pacata, obscena y cruel que esta variante cultural del odio de clases ha tenido en nuestra patria.
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Esta sospecha, surgida de la lectura de esos párrafos, se confirma en estas palabras del propio Juan Domingo Perón, dichas en un reportaje durante su exilio en Puerta de Hierro y que recoge la autora Marta Antunez :
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“¡Me inventaron dos romances también! Y ambos son falsos. Uno con la tenista Maria de Weiss, que era una señora muy bien y de una familia muy bien en todos los sentidos. Era una pobre muchacha a la que no dejaban surgir como tenista. Y nosotros la ayudamos para que fuera a Inglaterra a participar en los Campeonatos de Wimbledon. Más tarde, cuando murió su marido como estaba en mala situación económica, nosotros le ayudamos como buenos amigos. De manera que todo lo que dijeron es mentira. La mujer no tuvo nada que ver conmigo. son cosas que inventa la gente con fines denigratorios.”…*

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Fines denigratorios. Odio. Odio que, habiendo permanecido larvado durante décadas, reapareció en estas épocas convulsas que estamos viviendo ahora, aunque con otros destinatarios, otras fábulas, otros modos.
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Un párrafo más del texto de José Luis Ponsico, para ser más precisos, una cita que éste hace al ex subsecretarios de deportes de la Nación entre 1989 y 1992, Víctor Lupo:
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«En su momento de gloria no imaginaba cómo pagaría el revanchismo político de ese tiempo», evocaba hace poco Víctor Lupo, un lúcido dirigente y ex subsecretario de Deportes de la Nación, entre 1989 y 1992.

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En su semblanza, el señor Ponsico no vacila en adjudicarle a la “miopía” de los dirigentes de los años cincuenta, quienes utilizaron la figura de Mary Terán para iniciar una campaña destinada a convertir al tenis en un deporte popular el cual era, por aquellos años, un deporte considerado elitista, tanto por tirios como por troyanos. Afirma el autor que “la antítesis de esa política” fue el tenista Enrique Morea quien, desde el Lown Tenis Club privilegió la pólitica de élite para la práctica del tenis.
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Sin embargo, fue Enrique Morea la única persona que acompañó los restos mortales de Mary Terán cuando ésta decidió quitarse la vida, arrojándose al vacío desde los altos de un edificio marplatense. “Curiosamente -termina su nota Ponsico-, la única figura que despidió sus restos fue Enrique Morea, otro grande de la época, atrapado, en aquel tiempo del absurdo debate, por un antiperonismo irreversible”.
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En definitiva.
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¿Qué puede decir uno, que por edad le ha tocado vivir gran parte de toda esta historia de absurdas persecuciones políticas, crueles las más de las veces, gratuitas siempre?
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Hay muchas respuestas para esta pregunta. Yo tengo la mía propia, que no expondré aquí, en este sitio, en este momento. Pero sí digo que, contrariamente a lo que muchos creen, o afirman, o postulan, ese sentimiento negativo, discriminatorio, cruel, inmensamente cruel, no ha desaparecido, ni mucho menos.
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Alfredo Arri.
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Fuentes:

José Luis Ponsico. De injusticias y olvidados. Mary Terán: el costo de ser peronista.
http://www.cepag.com.ar/pdf/peronistas_2/Ponsico.pdf
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Maria Luisa Beatriz Terán en Wikipedia.
http://es.wikipedia.org/wiki/Mary_Ter%C3%A1n_de_Weiss
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Mary Terán de Weiss. Una mujer olvidada. En UPCN
http://www.upcndigital.org/2009/06/22/mary-teran-de-weiss-una-mujer-olvidada/
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Marta Antúnez: Mary Terán: ¿Cautiva del deporte o mujer política?
http://www.fazendogenero8.ufsc.br/sts/ST54/Marta_%20Antunez_54.pdf
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Buena idea, pero está verde aún.

Wolfram Alpha, con bombos y platillos… por la prensa.

Ha sido presentado al mundo, con bombos y platillos por parte de la prensa, el nuevo motor de Internet, el denominado Wolfram Alpha.

Según la interpretación primera y más sencilla que intuitivamente puede uno hacer de esta herramienta, es que brinda, no sitios en los que uno debe hallar la información buscada, sino una respuesta única.

Intuitivamente también -o mejor expresado, instintivamente-, tiende uno a desconfiar de una herramienta como la ofrecida, si es que en definitiva se limita a esa función. La desconfianza surge sobre todo cuando la información que uno busca no es de carácter científico.

Me expreso mejor: es una excelente idea que quien busque en la red, por ejemplo, una información sobre leucocitos, o el diámetro de la tierra, obtenga una respuesta directa -y correcta-. Esa posibilidad es una excelente; evitará el riesgo de obtener información incorrecta (que hoy es un riesgo alto en la red). Pero, ¿qué respuesta única podría nadie dar sobre conceptos tales como política exterior del Estado de Israel, o liberalismo, o pintura naif?
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logoWolfram

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Como no podía ser menos -¡cómo resistirse!-, he probado el motor y, aun en su utilidad más obvia, la de obtener información sobre conceptos científicos, me he encontrado con una limitación. En una primera y única prueba. Es poco, por supuesto, pero a mí me resultó suficiente para poder afirmar: es una buena idea, pero está verde. Muy verde.

La palabra que expuse al motor de Wolfram Alpha fue “roundup”. En escasos segundos me dio toda la información básica de la molécula del glifosato. Composición química, representación gráfica de la molécula, peso específico, etc. Pero en el item toxicidad figuraban sus características físicas: inodora. Como el item ofrecía un link more, clicando en éste, el motor me informó que la substancia es mutágena (mutagen). Y fue aquí donde apareció la sorpresa:

Si uno tipea mutagen o mutágeno en Google, la búsqueda lleva directamente a Wikipedia (primer sitio de la primera página), ya en la búsqueda en inglés como en español. Pero al tipearlo en Wolfram Alpha, el motor dio la información de que “mutagen” era el componente de una substancia química -meclorotamina-, lo cual es incorrecto. O si no lo es, no es lo el significado que uno buscaba, este es: “un agente físico o químico que altera o cambia la información genética (usualmente ADN) de un organismo y ello incrementa la frecuencia de mutaciones por encima del nivel natural” (Wikipedia). Como se ve, un grueso error.

En el caso de liberalism, Wolfram Alpha da las dos acepciones que tiene cualquier diccionario, la referida a la doctrina económica y la referida a la doctrina política. Eso es todo. Y ni un link. Diccionarios de este tipo podría uno alojarlos incluso, si quisiera, en su propio disco rígido.

En pocas palabras, una buena idea, pero verde aún.

Finalmente, un interrogante más al respecto: ¿Quién querría abandonar el placer de descubrir páginas valiosísimas a las que las búsquedas en Google nos llevaron casi por azar y que jamás habríamos descubierto de no haber sido por El buscador?

Y para terminar, otro comentario adicional, o anexo: Muchos monopolios mediáticos estarían felices de la vida si los buscadores del futuro eliminaran de las búsquedas a los medios periodísticos alternativos. :-)
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Alfredo Arri. (Theodoro)

Se acaba el mundo.

Se acaba el mundo.

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gripe porcina

A América TV, y a todos los canales de televisión y periódicos que hacen del terror pánico su negocio diario.

Una peste es algo que muy pocas de las personas de las que hoy moramos en el planeta tierra podrían relatar en calidad de sobrevivientes. La inmensa mayoría de los habitantes de este loco mundo tenemos noticia de esos fenómenos trágicos sólo a través de los libros. La palabra misma hace rato que está relegadas a la literatura, o al lenguaje coloquial, en el que tiene usos triviales. Sos una peste, me decía mi abuela materna en cisertas circunstancias. Sin embargo, la posibilidad de que el mundo sea escenario de una nueva peste, hoy, es una real. No hace falta estar demasiado informado para aceptar la idea de que tal tragedia podría ocurrir en nuestros días. Si no es por este brote de gripe o influenza porcina aparecido en México en estas últimas semanas, será por otro brote, de algún otro virus mutante, en cualquiera día de estos.

Las imágenes que nos muestra la tele son contundentes: multitudes que, en una de las ciudades más densas del mundo, transitan por las calles con sus barbijos, cubrebocas, o como los llamen aquí o allá, cubriéndoles boca y nariz. Las imágenes delatan el pánico individual y la prevención estatal, entremezclados ambos modos de actuar en una sola acción colectiva. Está claro que ello es, hasta ahora, objeto de curiosidad mundial y objeto, a la vez, de explotación mediática. Distinto sería todo si la pandemia tan temida se hiciera finalmente realidad y una nueva peste devastara al mundo.

Si una imagen vale más que mil palabras, un símil eficaz vale más que las mil palabras y la imagen juntas. Una peste mataría en un par de meses una cantidad de personas equivalente a las que mató el SIDA en veinticinco años. El símil no es mío, lo tomé de Wikipedia. Algún colaborador de la enciclopedia en red pensó que era la mejor forma de graficar la magnitud de una tragedia de esas características. Y creo que acertó. De esa magnitud hablamos cuando hablamos de peste.

Una eventualidad tal sería algo verdaderamente trágico. Anhelamos todos que esta emergencia sea superada. Impotentes, nada podemos hacer, más que ponernos barbijos y echarnos a esperar. Que los creyentes recen a sus dioses para que la calamidad no sea; que los racionalistas adscribamos al optimismo por un rato, a la espera de que la tragedia no sea. De todas maneras, aunque este brote de este virus no se transforme en pandemia, o en peste, ya hay consecuencias serias. Y no me refiero a las muertes que la influenza o gripe porcina ha provocado hasta ahora. Me refiero a otras consecuencias.

Las imágenes que nos llegan desde México impresionan. También impresionan los epígrafes que acompañan las fotografías, o los comentarios que acompañan a las imágenes de la televisión.

Dicen tales comentarios que las personas aconsejan no saludarse dándose las manos, mucho menos besarse. Supimos, además, que se han suspendido las actividades que se manifestan a través de grandes concentraciones humanas. Se evita tomar el metro. Se suspenden las clases. Hasta se han suspendido las misas. Por otro lado, las compañías aéreas denuncian, en todas partes, masivos pedidos de anulación de reservas para volar a México, o a los Estados Unidos. La OMS declaró un alerta serio.

No nos besemos, no nos demos las manos. Argentinos, uruguayos, paraguayos, brasileños del sur: No compartamos el mate. Cada cristiano con su mate. Es una palabra: alejémonos los unos de los otros. No sea que el otro nos endilgue la maldita nueva enfermedad amenazante.

Separémonos. Aislémonos. Miremos al prójimo con recelo. Ése, el prójimo, aun el más próximo, (sobre todo el más próximo), puede ser nuestro verdugo. Fuera amantes; fuera vecinos; fuera parientes; fuera compañeros de trabajo o de estudio. Aléjense hijos, nietos, sobrinos. Cubrámonos boca y nariz. No toquemos a nadie. Que nadie nos toque. Lavémonos las manos hasta que se nos gaste la piel. Así, si Dios quiere, lograremos salvarnos.

La peste no sucederá. O sí. Nadie lo sabe. Todo es posible. Esperamos que no. Rogamos para que no; rezamos para que no. Pero, si sucediere, nadie lo dude, estamos todos, absolutamente todos, preparados para despegarnos del prójimo de la forma más rauda que se pueda. Del maldito y amenazante prójimo. Así estamos. Así nos ha preparado la posmodernidad.

Los Che en los leprosarios amazónicos; las Teresa en los morideros de Calcuta; los piadosos de toda piedad se han muerto de hartazgo. Ya no hay lugar para los héroes, los ascetas, los santos. Ni siquiera para el vulgar amor. ¡A ponerse los barbijos! ¡Y a escapar!

Pero, sépanlo ustedes, expendedores del miedo en formato rectangular: A mi no me asusta morir por haber dado o recibido un beso; un apretón de manos; un dame la mano que te ayudo a levantarte; o por haber recibido en pleno rostro las salpicaduras de un ¡te quiero! o aun de un ¡andá al carajo! No. A mí me aterra que la muerte me encuentre escondido en un rincón, como un estúpido jugador ciego de una cósmica y azarosa ruleta rusa.

Si es por mí, métanse en el culo todos los barbijos del mundo. Eso sí: si por una de esas putas circunstancias la peste no es; y si no muero de un beso dado o recibido; si nada de eso ocurre, entonces ustedes, fabricantes del miedo en las pantallas de arena y mierda, hacedores del pánico a través de las páginas de sus inmundos periódicos; ustedes, tendrán en mí y mi página a un enemigo mortal, hasta el resto de mis días.

Ustedes sí que son una peste.
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Alfredo Arri.

Indiana Jones en Perú. ¡Socorro!

Las cosas como son.

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El portal moviemistakes ha cerrado el año otorgándole a la última de la saga Indiana el reconocimiento a la chapucería en el arte de filmar… superproducciones.

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indianajoneskcalaveradecristal.jpgIndiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull (Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal), se alzó con el premio 2008 a la película con más errores e incongruencias. El portal moviemistakes no tuvo más remedio que otorgar el primer lugar a la chapucería en filmación a la superproducción Indiana Jones y no sé qué huevada de cristal, a su director Steven Spielberg y al incansable Harrison Ford, ya madurito para esas aventuras, aunque por lo bien pagas que tales aventuras suelen ser, justificamos al actor.

En la película, abundan los disparates geográficos e históricos. Así, la Pampa de Nazca está en Cuzco, los mayas hablan quechua, el Perú queda en Mesoamérica y otras perlas tales como como meter retratos de un conquistador por otro, aparecer en el Perú por el aeropuerto de Nazca, sobrevolar cataratas que nadie sabe dónde están, han hecho, en su momento, el hazmerreír de los medios peruanos.

Todos esos errores históricos y geográficos groseros, más escenas con saltos de continuidad, aparición de camarógrafos en cuadro y otras perlitas por el estilo suman, según el mencionado portal moviesmistakes, la bonita suma de 72 a la fecha, algo verdaderamente chapucero para una superproducción millonaria.

A raíz de esta “premiación” o “reconocimiento”, se han renovado en youtube las vistas a los videos que en el momento del estreno de la peli hicieron la delicia de los internautas. Veamos uno de ellos, hecho con algo de bronca por parte de los peruanos pero mucho de fino humor.

Veamos uno.
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Veinte años no es nada.

Selecciones del Reader Dog.

Hace veinte años, había otro mundo… que apenas cambió.

Hojeando un libro que ya tiene sus años, encontré una página que merece no ser olvidada. El libro es uno que podría calificar de entretenimientos, de carácter entre testimonial y periodístico. Lo firma Ricardo Parrota y lleva el directo título de Las mejores anécdotas de Menem.

Lo que reproduzco a continuación, es uno de los centenares de artículos que contiene el libro. En este en particular se relata, con un estilo levemente irónico, levemente ácido, una crónica social (al modo de las revistas del corazón) de la boda de la nieta de Amalia Lacroze de Fortabat. El libro apareció en el año noventa, Carlos Menem había ganado las elecciones presidenciales en 1989, así que la boda debió acaecer en una fecha no muy distante a la de la publicación del libro.

El texto que sigue no necesita comentario alguno. Se explica por sí mismo.

Sólo se me ocurre introducirlo con esta cita de Hannah Arendt:

Cuando los nobles perdieron sus privilegios, entre ellos el privilegio de explotar y de oprimir, el pueblo los consideró parásitos, sin ninguna función real en el dominio del país. En otras palabras: ni la opresión ni la explotación como tales han sido nunca la causa principal del resentimiento; la riqueza sin función visible es mucho más intolerable, porque nadie puede comprender por qué debería tolerarse.

Hannah Arendt. Los orígenes del totalitarismo. Planeta Agostini. 1994. TI pg. 48

Bien, ahí va el texto:

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¡La fiesta per-fec-ta!

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Perfecto. Impecable. Cronometrado. Tintineante. Un acontecimiento social memorable. La boda de la nieta de Amelita Fortabat. ¡Hasta el fotógrafo de Lady Di viajó a Buenos Aires para inmortalizar el evento!

Los novios: Bárbara Bengolea (nieta de Amalita) y Esteban Ferrari. La iglesia: De la Merced. Los novios fueron recibidos por un coro de veinte voces, media docena de trompetas y violines, que interpretaron Carrozas de fuego.

El sacerdote que casó a los novios hizo emocionar “profundamente” a los invitados cuando pidió a Amalita que leyera la “Oración de los Fieles”. Y hubo mucha más emoción después del beso de los novios porque “Amalita lloró”, como consignaron los avispados cronistas sociales.

Pero la fiesta… ¡ah, la fiesta! Fue perfecta. Mejor: ¡per-fec-ta!

En la quinta de San Isidro, la empresaria cementera hizo construir especialmente una estructura a cincuenta centímetros del piso, con aire acondicionado central (junio es un mes duro en Buenos Aires y más allá, en San Isidro, cerca del río). Fueron cubiertos más de 3000 metros cuadrados en una obra que insumió un mes de trabajo. Paredes, color rosa. Techo tapizado en blanco. Alfombra tono champaña. Decoración: ¡per-fec-ta!

Antes de la cena se degustó jamón de ciervo, centolla, canapés de salmón, brochettes de cerdo y ananá, langostinos a la milanesa con salsa tártara.

La cena, que comenzó poco después de la medianoche (tambien per-fec-ta), ofreció un primer plato de huevo Volga, centolla, salmón ahumado con ensalada de palmitos, ananá y champignones. Segundo plato: pavita caliente con salsa de almendras y puré de marrón glacé; mesa de postres.

Se descorcharon 1500 botellas de champán, 1000 de vino blanco, 800 de tinto, 80 de whisky, dos mil litros de gaseosas y jugos.

La torta (per-fec-ta) fue construida en siete pisos: dos de torta galesa, tres de frutillas y crema y los últimos de marrón glacé.

El servicio (per-fec-to), de María Rosa Gradin de Seeber.

El disck jockey (per-fec-to y re-divertido), Alejandro Font Lezica, que cortó el vals de los novios y arremetió con New York, New York por Frank Sinatra.

Invitados: 2000. Maitres: 10. Mozos: 350. Sommeliers: 80. Cocineros: 30. Ayudantes: 30. Costo del servicio: 100.000 dólares.

Regalo de Amalita: un piso amueblado en Avenida del Libertador y un viaje de bodas por el mundo: Paris, la Polinesia, Hong Kong, Bahamas, Tokyo, Madrid, Saint Thomas.

Las 230 mesas estaban forradas –todas- con un shantug de seda color rosa. Cada mesa tenía capacidad para diez personas.

El fotógrafo, Norman Parkinson, acostumbrado a las lides del Palacio de Buckingham y a estas bodas fastuosas, llegó con un miniestudio, ayudantes, maquilladores, retocadores. Hizo las fotos (per-fec-tas) de los novios y después una a cada uno que quiso ser inmortalizado por el mismo dedo que había hecho ¡click! a la pareja de los príncipes ingleses. Por una vez, nadie recordó Malvinas.

La Policía de la Provincia envió 300 hombres. Dentro del recinto vigilaba la Policía Federal y en los límites de la quinta, los bomberos esperaban con las mangueras desplegadas. Por si una chispa…

Tanto invitado, necesitó baños. Amalita hizo construir una veintena. Todas las toallas hacían juego con los jabones verdes de glicerina. En la antesala de los baños, una escultura de ¡Julio César!.

En el gran salón de la fiesta, Amalita colgó lo mejor de su pinacoteca (per-fec-ta): Berni, Petorutti, Andy Warhol.

La organización fue, desde luego, per-fec-ta.

Amalita alquiló predios del Jockey Club de San Isidro para que los invitados estacionaran sus coches. Entre otros mil autos, había 135 BMW y 153 Mercedes Benz. Tan per-fec-ta fue la organización que contrataron ocho enormes autobuses para transportar a los choferes de los autos desde el Jockey a la fiesta (y viceversa).

Al aparecer Carlos Saúl Menem, los mozos abandonaron sus sitios, los cocineros desertaron de las cocinas, los choferes se marcharon de sus puestos al volante. Todos, absolutamente todos, corrieron para que Menem les firmara un autógrafo. Eso sí, la desorganización en ese momento de júbilo fue total y ¡per-fec-ta!

Ricardo Parrota. Las mejores anécdotas de Menem. Aguilar, 1990, pg. 131

Fechas II.

En la Revista Veintitrés, con el título de La Madre de la Patria, y con la firma de Diego Rojas (e investigación de Jorge Repiso), se rescata del olvido la biografía de una mujer negra –María Remedios del Valle, llamada la Madre de la Patria por sus pares soldados-, quien tuvo participación activa -y heroica- en la Guerra de la Independencia.

La biografía de esta mujer está desarrollada en el mencionado artículo y remitimos a ese artículo a todo lector interesado en conocerla. El enlace al artículo mencionado está al final de la cita. (Contiene, además, referencias a interesantes documentos históricos.)
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Yo quise traer aquí tres párrafos del artículo. Conforman esos párrafos, más allá del caso particular de la biografiada, una pintura breve pero contundente de la larga historia de discriminación de que fueron objeto en nuestro pasado la mujer y los negros. Y, también, aporta algunos datos contundentes para desmitificar uno de los mitos preferidos de los argentinos, esto es, de que nosotros, los argentinos, descendemos de los barcos.

Los párrafos son estos:

Cantaba John Lennon que la mujer es el negro del mundo. ¿Por qué sorprenderse del silencio que rodea a la historia de Del Valle si no sólo pertenecía al género femenino, sino que además tenía la piel oscura? La sociedad argentina, y los discursos que la construyeron, fueron pródigos en exclusiones…
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Y no se debería olvidar que la población negra de Buenos Aires censada en 1810 arrojó la cifra de 9.615 personas de origen afro que convivían con 22.793 blancos, es decir más del 20 por ciento. Los negros argentinos fueron una parte sustancial e imprescindible de la lucha independentista, al punto que llegaron a cubrir el 65 por ciento de los puestos de batalla en las tropas comandadas por Belgrano y San Martín. En 1848 Domingo Faustino Sarmiento, el gran estadista y escritor, escribió en su diario de viaje a los Estados Unidos: “La esclavitud de los Estados Unidos es hoy una cuestión sin solución posible; son 4 millones de negros, y dentro de 20 años serán 8. Rescatarlos, ¿quién paga los 1.000 millones de pesos que valen? Libertos, ¿qué se hace con esa clase negra odiada por la raza blanca?”. Durante su presidencia, inaugurada en 1868, sobrevendrían la fiebre amarilla y la Guerra de la Triple Alianza, acontecimientos a los que se le atribuye el exterminio de los negros en el país. En 1887, el censo oficial computó sólo un 1,8 por ciento de negros sobre el total de la población.

Más tarde, el Estado se encargaría de silenciar su historia y los aportes que realizaron a la construcción de la nación. El espíritu europeísta de las clases dirigentes necesitaba una historiografía que contemplara un destino blanco y cristiano. A tal punto llegaron que los primeros retratos del general San Martín, en los que se notan sus rasgos amerindios, fueron españolizados mientras se lo elevaba a la categoría de héroe nacional. Aunque al sentido común argentino le guste señalar que descendemos de los barcos transoceánicos, un estudio realizado por Daniel Corach, que dirige el Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la UBA, demostró que un 56 por ciento de la población tiene marcadores genéticos amerindios. O lo que es lo mismo: la mayoría de los habitantes del país tiene en su árbol genealógico algún poblador originario. Si ese dato es ignorado, ¿cómo extrañarse, entonces, por el olvido al que fue relegada la vida de María Remedios del Valle, una prócer que era mujer, negra, pobre y vieja?
Fuente: En El Argentino, por Revista Veintitrés

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El artículo de Veintitrés se publica en estos días con la evidente intención de aprovechar una fecha: el Día de la Madre, que en nuestro país se celebra el tercer domingo de octubre de cada año.

Pero hay otra fecha: Hoy es 17 de Octubre. Para el folclore del peronismo es el llamado Día de la Lealtad, que en sus años de celebración oficial era llamado Día de la Lealtad Peronista.

Esta jornada histórica, cuya trascendencia y significado en la historia nacional no valoraré en esta entrada, tiene su icono: los trabajadores que, habiendo llegado de a pie desde los suburbios sureños, refrescaron sus pies en la fuente de la Plaza de Mayo.
17 de octubre de 1945

La fotografía, como dije, ha quedado como icono. Y no es arbitrario, un capricho de la historiografía. Representó y sigue representado, por una parte, la reacción pacata de los escandalizados porteños de clase media y clase alta que vieron en esa intrusión de los “cabecitas negras”, de los “grasitas” en el parque emblemático de la Nación una ofensa histórica, social y moral que denominarían más tarde, con abominable imprudencia, “aluvión zoológico”. Y, por otra parte, representa, de una vez y para siempre, la presencia insolente y provocadora del trabajador en el parque emblemático de la Nación.

Los prejuicios raciales siguen siendo lo peor de nuestra idiosincrasia. Y en los tiempos que corren, las tendencias de xenofobia y racismo tenderán a crecer en todo Occidente, razón por la cual, más que nunca, hay que alertar contra ello.

El dato de que el 56 por ciento de la población argentina llevamos sangre amerindia en nuestras venas es una buena noticia. Confirma el dato, objetivo, real, de que nuestra población tiene un fuerte componente europeo –tal como lo establece el mito- pero, al propio tiempo, reafirma que el dato de que la sangre amerindia del mestizo, del criollo, es, como afirma otro mito popular para otro colectivo popular, “la mitad más uno”.

Celebraremos, pues, este domingo, el Día de la Madre. Pero téngase presente que su celebración no será solo en las casas de los blancos, con sus ravioles domingueros y regalos de shopping, sino, también, en las humildes casas de los barrios suburbanos, en las casas de los argentinos con sangre amerindia, con asados elementales y regalos de supermercados chinos.

En un sentido más amplio que el que tiene en su misma razón de ser, la expresión “madre hay una sola”, en este aspecto de la cosa, es absolutamente falsa.

Au revoir. Feliz Día de la Madre!

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Alfredo Arri (Theodoro)

Un olímpico error.

Hace tiempo que sigo las columnas de Lucila Castro en La Nación. Con el título de Diálogo semanal con los lectores, la profesora en Letras Lucila Castro, todos los lunes, nos regala cumplidos artículos destinados a mantener el uso correcto de nuestra lengua. Su columna es, sin lugar a dudas, altamente recomendable.

Este lunes, su texto lleva por título “El vano intento de instaurar una era olímpica” y desnuda la apresurada adopción, por parte de los comunicadores (escribientes o hablantes), de la diferenciación entre juegos olímpicos y olimpíadas, diferenciación que ha quedado definitivamente establecida en los medios de comunicación de nuestro país.

En su nota, la profesora nos da una lección. Al menos, yo asumo que he recibido una lección. Y es ésta: algunos adoptamos apresuradamente giros de la lengua sin comprobar, antes de aceptarlos, si la generalización de uso que constatamos es correcta.

En este caso de las olimpíadas, al menos yo actué en forma apresurada, tomando por buena esa diferenciación que dice que olimpíadas es el período que media entre un juego olímpico y otro. Período que en nuestra era moderna es, como se sabe, de cuatro años. En otras palabras, confieso este pecado: alguien (no sabemos quién) lo dijo; todos siguieron a ese alguien ignoto; ergo: yo también los seguí.

Pues bien, la tan mentada diferenciación de vocablos no es correcta. Y la profesora Lucila Castro, en este artículo, argumenta el porqué de ese incorrección.

Más allá de que dejo el enlace para que aquellos lectores que deseen conocer la argumentación lean el mencionado artículo de la colaboradora de La Nación, lo que pretendo manifestar aquí es advertir lo fácil es caer en el uso de vocablos y giros de la lengua incorrectos sólo por que muchos lo hacen. Donde va la gente va Vicente, dice el viejo refrán popular.

Una cosa es cometer errores gramaticales en nuestros textos, por ignorancia (las editoriales tienen sus correctores a raíz de esta circunstacia corriente entre quienes escriben); y otra muy distinta es cometer errores por apresuramiento, o por evitarnos el esfuerzo de comprobar –antes de publicar- lo correcto -o no- de lo que escribimos. Aquellos son inevitables; éstos, imperdonables.

Afortunadamente, he recibido de parte de mis lectores correcciones a varios datos incorrectos que he publicado aquí, que inmediatamente corregí. Otros lectores, quizás, descubriendo errores en otras entradas de este blog, no se animaron a comunicármelo y ahí deben estar, orondos, algunos que seguramente he cometido.

Pero de las correcciones que me han hecho saber, en todos los casos, la causa fue esa falta de precaución en consultar los diccionarios (el de la lengua y alguno enciclopédico) antes de publicar.

Así que, estimados amigos, podemos llamar a ese espectáculo maravilloso de la actividad lúdica de la humanidad que se lleva a cabo cada cuatro años en una privilegiada ciudad, juegos olímpicos u olimpíadas.

Au revoir
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Diálogo semanal con los lectoresEl vano intento de instaurar una era olímpica

Por Lucila Castro

lanacion.com | Opinión | Lunes 1 de setiembre de 2008