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La fecha.

Conmemoración del 11 de setiembre de 2001..

Muchas personas están firmemente convencidas de que la fecha 11 de setiembre de 2001 se convertirá, con el tiempo, en un hito de la Historia. Que habrá en los futuros libros de historia la exacta demarcación de una era que finalizó en esa fecha, al tiempo que nacía otra.
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Yo me permito descreer de esa creencia. El atentado que conmovió al mundo hace exactamente ocho años no habrá de marcar ningún hito histórico. Fue, sin duda alguna, un hecho espectacular, en el sentido más cabal del término: Cosa que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover el ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos o nobles. (DRAE). Eso y no otra cosa fue el atentado que acabó con las torres gemelas de Nueva York. Un gran espectáculo que destruyó miles de millones de dólares y borró de este mundo material, evaporándolos, los cuerpos de casi tres mil personas.
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Obama y los deudos de las víctimas del September 11Nada cambió substancialmente en el mundo a partir de ese atentado. El mundo que amaneció el 12 de setiembre de 2001 sigue siendo el mismo de antes. Ello no significa que el atentado no produjera consecuencias. Las hubo: Dos guerras de rapiña contra dos naciones por parte del Imperio, con la excusa de combatir a los autores del atentado. El desenmascaramiento de una política violatoria de los derechos humanos por parte de un Estado que lo había hecho hasta entonces en forma clandestina o por tercerización y que a partir de entonces se permitió hacerlo a la luz del día y por mano propia. El aumento de las medidas de seguridad en los aeropuertos. El abandono -¡temporal pero feliz abandono!- del Patio Trasero por parte del Imperio. Un estado de paranoia más o menos generalizado en las principales capitales de Occidente. El nacimiento de nuevas teorías conspirativas. Y una constante fuente de explotación mediática. Y nada más. El mundo es hoy tal como era antes de esa fecha. El imperio sigue siendo el imperio que ha sido desde que es imperio. Más débil, y por lo tanto más peligroso, pero siempre igual a sí mismo en su esencia.
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La fuerza de la fecha reside, pues, en la espectacularidad del hecho en sí mismo, captado por las cámaras de televisión y visto en tiempo real por miles de millones de habitantes en todo el mundo. Y con una espectacularidad tan asimilable a una superproducción hollywoodense que lo ha convertido en inolvidable. Inolvidable para quienes lo hemos visto en tiempo real, e inolvidable para las generaciones futuras que lo verán en infinitas repeticiones. Inolvidable hasta que algún otro espectáculo superior en realce y eficacia lo relegue a puestos menores en los rankings de espectacularidad.
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Todos los relatos que se habían inventado aviesamente y que, aprovechando el hecho conmocionante del S11, se quisieron imponer mediáticamente para cambiar con voluntarismo puro una era, no han durado ni siquiera una década. No hay ni choque de civilizaciones, ni guerra de religiones. Hay lo que había antes del S11: un imperio que lleva a cabo guerras de rapiña para apropiarse de los recursos naturales que necesita para alimentar su maquinaria bélica e industrial, para satisfacer su demanda doméstica de riqueza, para sostener un poder militar.
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A ese Imperio, nada le vino mejor que el atentado que estableció una fecha para la regular conmemoración global. No adhiero, ni quiero insinuar que podría adherir a teorías conspirativas tan de moda. No. Para hablar con franqueza, no creo en la teoría del auto atentado. Mi creencia acerca de este hecho de la historia reciente es más simple: un grupo económico –multinacional e ideológicamente aséptico-, utilizando como mano de obra a unos pobres fanáticos deliberadamente aleccionados de una ideología religiosa, se tomó venganza mafiosa de una traición mafiosa. Así de simple. Una guerra privada entre dos grupos económicos que involucraron a varias naciones. A los Estados Unidos por un lado, como sede visible de uno de esos grupos de poder económico; y a otros varios y no identificados Estados por el otro. La causa, por supuesto, el dinero. En este caso el petróleo. No hay más que eso en el S11. Todo lo demás es para la gilada, como decimos por aquí, o pour la galerie, como se dice en forma más elegante.
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Por supuesto, uno de los principios básicos del pensamiento por el cual se pone a prueba la verosimilitud de cualquiera teoría conspirativa, es resolver este interrogante: ¿A quién o quiénes benefició el hecho objeto de sospecha? Sí: el S11 benefició al grupo de poder estadounidense. Pero eso no alcanza para sostener una teoría conspirativa.
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La fracción menos torpe de los adherentes a la teoría conspirativa del S11 afirman que no fue que los Estados Unidos prepararan el atentado, sino que, sabiendo que vendría, lo dejaron acaecer. Y el argumento más fuerte que tienen para sostener esa teoría es que en la historia diplomático-bélica de los EUA hay antecedentes de maniobras tácticas similares, siendo el más importante de ellos el conocimiento cierto que se tenía del ataque japonés en Pearl Harbor. Y, yendo más lejos aún (en el tiempo y en la audacia), está la historia del atentado al Maine en La Habana; historia de malicia mediática, diplomática y militar harto conocida. Con tales antecedentes, que los Estados Unidos supieran y no hicieran nada para evitar, o directamente provocaran el atentado de S11 son proposiciones al menos verosímiles. Pero una teoría conspirativa debe ser sostenida con algo más que ese argumento de sentido común.
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De todos modos, más allá de lo que el tiempo produzca en materia de pruebas documentales para sostener o desechar una teoría conspirativa, el hecho del S11 en sí mismo sirvió para que los Estados Unidos continuaran con una política agresiva (bélica) de dominio imperial en una época en la cual, a raíz de la situación creada por el fin de la guerra fría, se la hubiese hecho difícil llevar a cabo sin una excusa globalmente aceptada.
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Tanto fue así que para la segunda campaña, la llevada a cabo contra Irak, los Estados Unidos no obtuvieron, ni mucho menos, la aprobación de la comunidad internacional. Y hubieron de sobrellevar, además, un fuerte repudio popular internacional por otra parte. Debe recordarse siempre que contra Afganistán Estados Unidos arremetió como las ONU, mientras que contra Irak hubo de comprometer una coalición entre Inglaterra, Estados Unidos y otras naciones, entre las cuales estaba España, por la voluntad de José María Aznar y para oprobio de la nación española.
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El argumento de la funcionalidad, por lo tanto, es fuerte. Pero no alcanza para sostener una teoría conspirativa. Sigo con mi creencia más digerible para mi cosmovisión, tan aferrada a las explicaciones más directas, menos sofisticadas: un espectacular y sangriento ajuste de cuentas entre dos grupos mafiosos.
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Por lo pronto, el acontecimiento será recordado año tras año principalmente como una forma de homenaje permanente a las víctimas.
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Y será recordado por mucho tiempo por la única razón que le ha otorgado trascendencia global: por su casi perfecta espectacularidad. Pero hito, lo que se dice hito histórico, ni lo ha sido, ni lo será.
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Alfredo Arri.

Evita, nuestra singularidad.

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María Eva Duarte de Perón, Evita. Nuestra singularidad.

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En el cincuenta y siete aniversario de una muerte obrada por Dios para empujar la infatigable lucha por la emancipación de los humildes.

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evita_color.jpg

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Cuando los buitres te dejen tranquila
y huyas de las estampas y el ultraje
empezaremos a saber quién fuiste.

María Elena Walsh. Eva.

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Eva, nuestra singularidad.
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Cuando murió Eva Perón yo era un chico que empezaba la escuela. Por aquellos años se ingresaba a la escuela a los seis, en el llamado primer grado inferior. Cuando Juan Perón fue derrocado, ya cursaba el tercer grado.
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La memoria que conservo de esos años, como se comprenderá, es muy escasa y fragmentada. Recuerdo los libros de lectura, con las imágenes de Perón y Evita, que inmediatamente después del golpe de setiembre fueron rápidamente sustituídos por otros. Esta sustitución obligatoria era a elección de los padres. La obligación era que había que desaparecer los libros oficiales; la libertad de elección: podíamos llevar al cole cualquier libro, menos los oficiales. En mi caso, mi padre me compró unos libros de cuentos de Constancio C. Vigil; libros primorosamente encuadernados y bellamente ilustrads que conservé por mucho tiempo.
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Lo que conservo como recuerdo propio de esos años, pues, se limita a las imágenes de Perón y Evita que se repetían en mis libros escolares, o en los parques, o en las vidrieras de algunos comercios; y a los eslóganes más conocidos en la era peronista: En la Argentina de Perón los únicos privilegiados son los niños; Eva, jefa espiritual de la Nación…
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Conservo nítidamente, también, los días compartidos con centenares de otros chicos, hijos de compañeros de trabajo de mi padre, en una colonia de vacaciones sindical, en un hermoso campo, con decenas de árboles, (recuerdo especialmente las moras), juegos, canchas; con suntuosos y amplios edificios donde compartíamos juegos, comidas…
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Y conservo, también, las impresionantes imágenes de mil boquetes de balas y metralla de bombas en las paredes de los edificios que enmarcan la Plaza de Mayo; recientes rastros notorios de aquel crimen atroz de junio del 55. Estrago bélico que mis ojos de niño de nueve o diez años miraron azorados, mientras una de mis manos, seguramente, apretaría fuertemente la mano de mi padre.
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Después del 55, en la escuela Perón se convirtió súbitamente en el tirano prófugo y más tarde, poco a poco, el peronismo de Perón fue parte del pasado. Como tal, como parte del pasado, el peronismo de Perón me fue contado de mil modos diversos, según quién me lo relatara. Escuché todas las versiones. Escuché todos los relatos. Leí libros. Pregunté. Busqué. Indagué. Pesquisé. Y al llegar a los veinte años de mi edad había descubierto las dos únicas cosas que tengo por verdades de aquel pasado que, en los años que refiero aquí, eran todavía recientes: Una, que Juan Domingo Perón había sido y había de seguir siendo por siempre objeto de discusión. Dos: Que Eva Perón había sido y seguiría siendo por siempre un objeto de amor, o de odio.
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A Perón se lo discutía y se lo había de discutir por siempre desde las cabezas, desde las ideologías, desde los lugares comunes de la conversación. A María Eva Duarte de Perón se la refería y se la había de referir por siempre desde las vísceras. Evita había de permanecer en el ideario colectivo, o como la Abanderada de los Humildes, o como la maldición con la que Dios castigó a los argentinos de bien por algún ignoto pecado. Eva, esa puta… escuché decir muchas veces durante mi infancia y adolescencia. Palabras siempre mordidas con todo el odio del que el ser humano es incapaz de ocultar.
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Más tarde, allá por los sesenta y tantos, cuando el mundo entero recibió la ola revolucionaria, en nuestra patria, poco a poco se empezó a comprender que Eva había sido, ante todo, una revolucionaria. Una revolucionaria que creció como tal al lado de un líder como pocos dio América; un adalid que pudo ser muchas cosas, pero nunca un revolucionario. Una paradoja extraordinaria. Una burla de la Historia. Un desafío de los hombres a Dios.
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A partir de esa paradoja comencé a entender la dicotomía de sentimientos que el solo nombre de Eva provocaba y sigue provocando aún entre mis compatriotas: Eva, la que había denunciado a la oligarquía y al capitalismo salvaje era amada por los pobres y era odiada por los ricos. Los sentimientos tan fuertes alrededor de su figura eran, simplemente, el amor o el odio de clases. Algo así a como se siente el Che: La encarnación del Hombre Nuevo para unos; el asesino para otros. Así de igual se siente a Evita: la Vindicadora de los Humildes para unos; la usurpadora para otros. Evita, para unos; Eva Perón para otros.
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Pasaron más años todavía. En las horas más negras de la peor noche de nuestra historia nacional, en 1978, Evita fue una ópera. La excelencia de dos artistas y el azar elevaron a la categoría de icono universal a nuestra Eva. Las mentes simples, ésas que gustan ejercer escrupulosamente “la policía de las pequeñas imperfecciones” pusieron el grito en el cielo sin comprender, los muy cortos de vista y entendimiento, que Eva ingresaba a la globalización y que al ingresar en la globalización ingresaba, a la vez, en la Revolución. Porque la Revolución ha de ser universal o no será.
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Así, devenida icono, Eva pasó a ser la mujer humilde que llevó consigo el clamor de los humildes y las ansias de libertad de la mujer a las entrañas del poder, y a quien el poder le devoró las entrañas hasta llevarla a la peor de las muertes, la prematura muerte. La perfecta metáfora: Ni de la mano de un hombre, mucho menos de la mano de una mujer, los humildes no deben insolentar al poder. Al poder hay que destruirlo, no insolentarlo; si no, el poder acabará aniquilando a quien ha osado insolentarse con él.
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Eva Duarte murió de un cáncer a los treinta y tres, es verdad. Pero, ¿quién podría refutarme la creencia de que esa muerte fue obrada por Dios para que los hombres construyamos la metáfora aleccionadora? Nadie podría. No tendría argumentos. Ni uno solo.
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Más tarde, en los convulsos años de la violencia en nuestra patria, muchos marcharon al ciego y absurdo combate de derrota cierta en medio de un cántico ficticio: Si Evita viviera, sería montonera.
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No hay –nunca la ha habido; nunca lo habrá- ucronía posible con la figura de Eva Perón. Porque las ucronías que podríamos elaborar a partir de la premisa contrafactual si Eva no hubiese muerto son tantas y tan alejadas todas de la realidad histórica que nos ha tocado vivir, que acabaríamos componiendo un vasto inventario de universos conjeturales sin alcanzar jamás ni uno solo que se corresponda, ni de cerca, con el universo de la historia realmente vivida por todos nosotros.
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Conjeturar qué habría sido de Argentina si Evita no hubiese muerto en el tiempo en que murió, es tan vano e inútil como conjeturar qué habría sido de Occidente si Cristo no hubiese resucitado al tercer día de su muerte. La notoria vaciedad de universos tales por contraste a los de la historia real -y además multiplicados al infinito-, producirían sentimientos insoportables.
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Podría cualquiera conjeturar, en un brote de pasatiempo lúdico aunque irreverente, que de no haber nacido Albert Einstein de todos modos algún otro hombre habría formulado la Teoría de la Relatividad; o que si Gardel no hubiese muerto en Medellín, habría transitado patéticamente la impiadosa vejez del ídolo decadente. Pero las conjeturas que pudiere alguien hacer a partir de la hopótesis si Eva Perón no hubiese muerto en el 52, producirían –todas- sentimientos insoportables por su notoria desproporción.
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Evita pasó por la vida de Juan Perón para inclinar a favor de los humildes el artificio histórico creado por el padre de la criatura. Muerto Perón, el peronismo ha sido reclamado una y otra vez para sí por las clases sociales que lo crearon y lo usufructuaron: las siempre miserables oligarquías terratenientes, las siempre inestables burguesías nacionales y las siempre acomodaticias corporaciones sindicales colaboracionistas.
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Si esas clases privilegiadas no han logrado aún recuperar del todo al peronismo para sí, ello se debe a la existencia, efímera pero intensa y revolucionaria, de María Eva Duarte de Perón, o Eva María Duarte o simplemente Evita. De ahí que el odio a “esa mujer” no ha decaído un ápice entre las clases privilegiadas de nuestra patria, ni entre los tilingos y tilingas de ciertas capas medias de la población, después de más de medio siglo de su muerte.
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Pero el tiempo no pasa en vano: aniversario tras aniversario, el pueblo va descubriendo, lenta e implacablemente, nuevos momentos de esa singularidad argentina llamada Evita. Algún día, la conoceremos, por fin.
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Alfredo Arri.
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Eva

por María Elena Walsh.

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I
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Calle Florida, túnel de flores podridas.
Y el pobrerío se quedo sin madre
llorando entre faroles sin crespones.
Llorando en cueros, para siempre, solos.
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Sombríos machos de corbata negra
sufrían rencorosos por decreto
y el órgano por Radio del Estado
hizo durar a Dios un mes o dos.
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Buenos Aires de niebla y de silencio.
El Barrio Norte tras las celosías
encargaba a Paris rayos de sol.
La cola interminable para verla
y los que maldecían por si acaso
no vayan esos cabecitas negras
a bienaventurar a una cualquiera.
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Flores podridas para Cleopatra.
Y los grasitas con el corazón rajado,
rajado en serio. Huérfanos. Silencio.
Calles de invierno donde nadie pregona
El Líder, Democracia, La Razón.
Y Antonio Tormo calla “amémonos”.
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Un vendaval de luto obligatorio.
Escarapelas con coágulos negros.
El siglo nunca vio muerte mas muerte.
Pobrecitos rubíes, esmeraldas,
visones ofrendados por el pueblo,
sandalias de oro, sedas virreinales,
vacías, arrumbadas en la noche.
Y el odio entre paréntesis, rumiando
venganza en sótanos y con picana.
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Y el amor y el dolor que eran de veras
gimiendo en el cordón de la vereda.
Lagrimas enjuagadas con harapos,
Madrecita de los Desamparados.
Silencio, que hasta el tango se murió.
Orden de arriba y lagrimas de abajo.
En plena juventud. No somos nada.
No somos nada más que un gran castigo.
Se pintó la República de negro
mientras te maquillaban y enlodaban.
En los altares populares, santa.
Hiena de hielo para los gorilas
pero eso sí, solísima en la muerte.
Y el pueblo que lloraba para siempre
sin prever tu atroz peregrinaje.
Con mis ojos la vi, no me vendieron
esta leyenda, ni me la robaron.
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Días de julio del 52
¿Qué importa donde estaba yo?
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II
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No descanses en paz, alza los brazos
no para el día del renunciamiento
sino para juntarte a las mujeres
con tu bandera redentora
lavada en pólvora, resucitando.
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No sé quién fuiste, pero te jugaste.
Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo,
metiste a las mujeres en la historia
de prepo, arrebatando los micrófonos,
repartiendo venganzas y limosnas.
Bruta como un diamante en un chiquero
¿Quién va a tirarte la última piedra?
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Quizás un día nos juntemos
para invocar tu insólito coraje.
Todas, las contreras, las idólatras,
las madres incesantes, las rameras,
las que te amaron, las que te maldijeron,
las que obedientes tiran hijos
a la basura de la guerra, todas
las que ahora en el mundo fraternizan
sublevándose contra la aniquilación.
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Cuando los buitres te dejen tranquila
y huyas de las estampas y el ultraje
empezaremos a saber quién fuiste.
Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva,
única reina que tuvimos, loca
que arrebató el poder a los soldados.
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Cuando juntas las reas y las monjas
y las violadas en los teleteatros
y las que callan pero no consienten
arrebatemos la liberación
para no naufragar en espejitos
ni bañarnos para los ejecutivos.
Cuando hagamos escándalo y justicia
el tiempo habrá pasado en limpio
tu prepotencia y tu martirio, hermana.
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Tener agallas, como vos tuviste,
fanática, leal, desenfrenada
en el candor de la beneficencia
pero la única que se dio el lujo
de coronarse por los sumergidos.
Agallas para hacer de nuevo el mundo.
Tener agallas para gritar basta
aunque nos amordacen con cañones.
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Maria Elena Walsh
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Babel, la perfecta pintura de una época.

Babel. Una película que pinta una época muy breve del mundo.

Hoy he visto Babel. Dos años después de su estreno y por la tele, como corresponde a un tipo como yo, que no paga una entrada de cine desde hace ya una pila de años y no la habrá de pagar nunca más. Pero confieso que, si hubiese pagado una entrada para ver esta película en un cine, no habría salido arrepentido de haber puesto unos pesos en la taquilla. La película es intensa y me atrapó de principio a fin.

Inmediatamente después de verla me hice un viaje de navegante trasnochado por Internet. Tenía curiosidad en conocer la ficha técnica de la película. Me habían impresionado el director, la interpretación de los actores, la música y el ritmo. Que no es poco, claro está.

En esa busca me topé con varios comentarios que cinéfilos, aficionados o simples cibernautas habían dejado por aquí y allá. Y me sorprendí al leer algunos de esos comentarios. Concretamente, me sorprendí al leer comentarios en los que se calificaba de racista a la película. A la trama de la película. A su contenido.

Sorprendente. Me pregunté: ¿a dónde vieron racismo estos tipos? ¿Qué parte de la peli me perdí? ¿La exposición cruda de la realidad del mundo en que vivimos es racismo? ¿El racismo (y la discriminación) están en el mundo o en la película?

Veamos.

La película pinta el drama existencial de cada uno de cuatro personajes: una pareja de jóvenes padres estadounidenses en un viaje por Marruecos para forzar un duelo; una sordomuda japonesa perdida en un mundo de seres oyentes y parlantes al que no puede acceder; un par de hermanos norafricanos, adolescentes y campesinos, miserables de toda miseria que desatan una tragedia y una mexicana inmigrante ilegal en los Estados Unidos que es víctima del azar.

La intensidad de la película se encuentra en eso: en el drama existencial de todos estos personajes. Dramas que son universales y cualquiera haya sido la elección de nacionalidades para esos personajes que el director hubiese elegido sería exactamente igual. Sin esos dramas, el film carecería de intensidad y sin ésta, no sería nada.

Una pareja que pierde un hijo y no pueden reencontrarse, perdidos en un magma ardiente de culpas, reproches, dolor. Una sordomuda que se encuentra perdida en un mundo que no está hecho para ella y cuyo único lazo con el mundo de los afectos, su padre, tampoco está preparado para penetrar en el universo de su hija. Un par de campesinos pobres que apuntan con un arma a un bus distante sin tener conciencia de que causan una tragedia. Una inmigrante con 16 años en Estados Unidos a quien la boda de su hijo la regresa a sus orígenes y este viaje la lleva a un infierno de confusiones.

En los cuatro casos está permanentemente la muerte presente, ahí, al lado de los personajes, rozándoles la piel, arrojándoles al rostro su fétido aliento. Los jóvenes estadounidenses han perdido un hijo y la mujer misma es llevada hasta las puertas de la muerte por un disparo. Los jóvenes campesinos también son movidos por los hilos de la muerte, ajena y propias. La adolescente japonesa no ha sido capaz de sobrellevar la muerte de la madre y anhela su propia muerte. El padre de la chica japonesa estuvo toda su vida produciendo la muerte, como cazador. Y la mexicana y los niños a su cargo estuvieron al borde de la muerte en el desierto.

Tratándose su director Alejandro González Iñárritu de un conspicuo cineasta mexicano (tal como su guionista Guillermo Arriaga), la presencia permanente de la muerte en toda la película queda plenamente justificada. Ya sabemos todos el idilio permanente que tienen los mexicanos con la muerte.

La película es brillante por su intensidad, como dije. Y esa intensidad es la que la convierte en un gran obra. Es verdad que tiene el defecto de lo demasiado obvio, pero eso no la desmerece.

De todos modos, toda esa trama dramática (que es lo que sostiene la película, repito) no es más que una excusa –consciente o no- de mostrar otra cosa, trascendente al drama personal de cada uno de los personajes.

Y esa otra cosa que la película quiere mostrar no es más que la pintura exacta, realista, cruda y cruel del mundo en la era inaugurada por Bush a partir del 2001; era que, gracias a Dios, acaba de finalizar. Un orden internacional basado en la supremacía de Occidente, del occidente blanco, en la identificación de toda cultura ajena a ese Occidente blanco como terrorismo. ¿Racismo? Sí, una forma de racismo (y de discriminación, en el caso de la chica japonesa), pero que no aparece en ninguno de los personajes, ni protagonistas ni secundarios, sino en el sistema policial en el mundo impuesto por la ideología de la era Bush.

El racismo y la discriminación no están presentes en los personajes, están presentes en el sistema. Más aún: todos los personajes dan muestras permanentes de solidaridad. Exceptuando el egoísmo de los viajeros del bus en el que se desatan los acontecimientos, todos los demás personajes se muestran solidarios. Así que no veo cómo puede tildarse de racista a la película.

El hecho azaroso que desata el ordenamiento del caos es un disparo que, sin ser accidental, tampoco es doloso. Como el disparo ocurre en un país musulmán y la víctima es una joven estadounidense, la máquina del orden mundial impuesto por Bush se pone en funcionamiento desde el primer momento de la película hasta el último.

Y el recurso que delata al espectador ese mecanismo “antiterrorista” imperante en el mundo es la prensa. Todos los personajes que intervienen en la tragedia saben que el disparo ha sido un lamentable accidente causado por la inconsciencia de dos adolescentes, casi chicos, pero nadie puede evitar de los medios –la voz oficial del relato mundial- sigan informando que se trató de terrorismo. ¿Ocurrió en un país musulmán? Pues entonces debe ser terrorismo. Eso es lo que la película Babel muestra.

Es más: tengo para mí que la alteración de lo lineal en lo temporal para el relato tiene el propósito de que en muchas escenas aparezca la pantalla de tv que informa el “desarrollo” del acto terrorista de “la turista americana”.

Y el mecanismo del relato antiterrorista está tan bien aceitado, es tan automático, tan irracional, que hasta la propia policía estadounidense no sabe reconocer a sus propios ciudadanos que debe proteger (en este caso dos niños). Y ni la policía japonesa sabe reconocer la integridad de sus propios ciudadanos cuando el relato mundial manda a dudar de todo y de todos.

Si hay una lectura política, o social, de Babel, pues para mí es ésa: la exacta pintura de lo irracional de una política imperial absurda, paranoica, represeiva, deshumanizada y violadora de los derechos humanos como ha sido la era Bush.

Eso es lo que vi en Babel. Como no soy cinéfilo, ni experto, quedo eximido de toda culpa.

Au revoir.
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Brad Pitt en Babel.

Brad Pitt en Babel


La trama:

Un montañés norafricano vende a otro paisano suyo, padre de dos hijos, un fusil. El campesino comprador le enseña a tirar a sus dos hijos varones, con la intención de matar chacales que les matan el escaso rebaño del que son dueños. En ocasión de hallarse solos los dos chicos, tiran hacia un bus que marcha en una ruta lejana, para ver “si llegaba la bala”. La bala alcanza el bus e hiere gravemente a una turista estadounidense. Ésta iba en el bus con su marido, en un viaje que tenía el propósito de forzar el duelo por la muerte de un hijo. Ambos son jóvenes. Sus dos hijos, de unos siete a diez años, un chico y una chica, quedan en los Estados Unidos, al cuidado de una mexicana indocumentada que durante años los cuidó, trabajando en forma ilegal para el matrimonio ahora en viaje por Africa. La mujer no tiene mejor idea que llevarlos consigo hasta su pueblo natal en México, para la boda de su hijo. Al término de la fiesta, regresan en un auto conducido por un pariente de la mujer mexicana, también ilegal quien, borracho, se topa con la policia en la frontera. Basureado por un policía paranoico, huye con el auto a toda marcha, originando una persecución policial. Cuando advierte que corren peligro los dos chicos, los deja, junto con la mujer, en medio del desierto y continúa la huída solo, seguramente hacia la muerte. Los pequeños norteamericanos y su cuidadora se pierden en el desierto hasta que son encontrados por la policía. La mujer es deportada inmediatamente. Mientras tanto, el padre de los chicos, en Marruecos, lucha contra el mundo para que su mujer malherida sea asistida en un hospital, hospital que queda lejos y sin transporte que la lleve. Por otra parte, la policía marroquí encuentra al dueño del arma que causó la tragedia. Éste confiesa dos cosas: habérsela vendido a quien se la vendió y haberla recibido de un cazador japonés en gratitud a los servicios que le prestó como guía. La policía decide buscar al nuevo dueño del arma y, a la vez, corroborar la historia del origen del arma. El cazador japonés aludido es un hombre muy adinerado que vive en Tokio, viudo de una mujer suicidada y padre de una adolescente sordomuda que es victima de la discriminación o, al menos, de la indiferencia del mundo. La policía japonesa corrobora la historia del campesino marroquí. Por otro lado, la policía norafricana encuentra a los campesinos que han hecho el disparo y, tras un tiroteo desatado por la desesperación del acorralado, son capturados. Uno de los chicos recibe a la vez un disparo. Finalmente, la joven pareja estadounidense es trasladada en helicóptero a Casablanca donde es finalmente operada en un hospital y salva su vida.

Miserias argentinas.

Reflexiones acerca de una publicación, y de la obra de un artista plástico.

Con el título de Costumbres Argentinas, Clarín ofreció a los lectores de su publicación Clarín Rural, un almanaque para el año 2009 con ilustraciones del artista santafecino Carlos Ferreyra.

En la contratapa de la publicación, pueden leerse los datos básicos de la biografía del artista. Así, nos enteramos de que el autor nació en Santa Fe en 1937, es autodidacta, fue actor de teatro independiente, labor que lo llevó a actuar (y a dirigir teatro) en Guatemala y México. “A lo largo de cuarenta años –dice el texto- de labor ininterrumpida, Carlos Ferreyra abarcó tanto las formas abstractas como las figurativas. Ferreyra no sólo ha creado un estilo único sino que interpreta los ritos y sentimientos de nuestra cultura.”

Desde 1968 realiza exposiciones individuales y colectivas en Argentina, Estados Unidos, España, México y Guatemala. En 1998, recibe el Primer Premio Mejor Pintura en las muestras “Argentine Cultural Month 1998” y “Las Américas 1998”, en The Florida Museum of Hispanic and Latin American Art.

Tales los datos que nos acerca la mencionada publicación. Ahora voy a lo mío.
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Miserias argentinas.

Mis pocos pero fieles lectores saben de sobra que mi pasión artística es la literatura, las palabras. Y también saben que mi pasión anterior a las letras es la patria y la anterior a ambas es la familia.

Carezco de todo conocimiento para opinar sobre artes visuales. En este terreno, como ya lo manifesté muchas veces, me gobierno por el simple me gusta no me gusta. En otras palabras, estoy absolutamente inhabilitado para opinar sobre las artes visuales.

Pero no es por el arte de la pintura que he traído estas imágenes aquí. Es por otro tema. Un tema en el que sí estoy habilitado a opinar. Y estoy habilitado a opinar porque tengo sesenta y dos años de argentino. De argentino que conoce la Argentina. Excepto las tres provincias cuyanas, conozco toda la patria. Desde la Patagonia a la Quebrada de Humahuaca. Desde la Pampa hasta el Litoral más profundo. Y conozco a nuestra gente. Y conozco nuestra problemática. Y nuestra historia. Y nuestra cultura. Y, también, claro, nuestras miserias.

Y una de nuestras más escandalosas miserias es el racismo. No el racismo operativo, militante, activo, provocador, sino el racismo velado, el que se ejecuta con el silencio, la humillación, la discriminación, la desvalorización del prójimo según sea su origen. Hablo del racismo insolente del blanco, del gringo. Hablo del dolor argentino: el odio de clases que, a falta de inteligencia para racionalizar (o por falta de coraje para aceptar lo inconfesable), lo transforma, para tranquilidad del espíritu, en diferencias étnicas.

Nuestra Argentina está partida desde hace medio siglo por la existencia de la división tajante: gringo-cabecita. Es triste, pero es así. En realidad, nos viene desde Sarmiento, pero adquirió patente de realidad social dinámica a partir de 1945.

Con la laboriosidad, pujanza, espíritu de emprendimiento, mística de trabajo, sueños de futuro, nuestros antepasados europeos trajeron también de Europa otros bienes y males culturales: las ideas revolucionarias, por un lado, y, por otro, el racismo atávico del europeo, que se ha manifestado en mil guerras, desde el fondo de la historia hasta los años noventa del siglo XX; en millones de actos racistas, desde el fondo de la historia hasta estas mismas horas en que vos y yo, lector, compartimos esta pantalla. Ahora mismo, a esta hora exactamente, como rezaba el recordado poema de Tejada Gómez, a esta hora exactamente, en algún lugar de Europa, hay un blanco que discrimina, insulta, humilla, degrada, agrede, a cualquier inmigrante africano, asiático o americano o, también, a otro blanco de otra etnia.

En nuestra patria, ese racismo se manifestó con crudeza cuando la gran migración interna producida en los años cuarenta del siglo XX atrajo masas de peones rurales a las grandes ciudades, para cubrir las necesidades de la entonces pujante industria de sustitución de importaciones. Ahí nació el Veinte y Veinte, el cabecita negra, el grasita, el negro, el aluvión zoológico. El odio al pobre montado sobre los prejuicios étnicos, transformaron el odio de clases en racismo militante. Y la clase media, por supuesto, se montó sobre el discurso de la oligarquía. Con el cabecita negra y el peronismo nació su estereotipo opuesto, el gorila.

El tiempo transformó los términos y devinieron categorías sociológicas. Así, hoy, hablamos de la negritud sociológica ocultural y del gorilismo en forma independiente del color de la piel. Cristina Fernández, por ejemplo, representa la negritud. Su marido, Néstor Kirchner, descendiente de alemanes, también. Y abundan, claro, morochos, auténticos criollos que son gorilas culturales.

El conflicto entre la sociedad argentina en su conjunto y los productores agropecuarios, desatado por estos últimos entre marzo y julio del año que ahora termina, puso la cuestión del odio de clases, montada sobre el racismo, otra vez en los escenarios político y cultural.

El ya histórico episodio radial entre el actor Fernando Peña y el dirigente social Luis D’Elía, que originó la expresión: Odio al blanco, odio a la puta oligarquía, puso el tema en el centro de la cuestión. Así como el gringo considera al cabecita un ser inferior, vago por naturaleza, así la negritud cultural considera al gringo un “oligarca”.

Ni los criollos son vagos, ni los gringos son oligarcas terratenientes, claro. Pero, así se planteó, disfrazada, una vez más, la verdadera lucha: los que vivimos bien no queremos dar nada a los que viven mal; los que vivimos mal queremos que los que viven bien se sometan a las generales de la ley. En otras palabras, se debatía y se sigue debatiendo la redistribución de la renta. El sistema neoliberal impuesto desde hace treinta años creó ricos más ricos y más pobres, más pobres que nunca.

Las vestiduras que adquirió esta lucha son falsas. Es decir, no responden al racismo, sino a la lucha de intereses económicos. Pero las vestiduras elegidas, a su vez, son las que el racismo latente anidado en nuestra clase media, acepta. Existe. Ese racismo existe. Es real. Así como Hitler se montó en el racismo del europeo para llevar a cabo una política imperialista a favor de sus empresas alemanas perdidosas en el reparto de mercados, así los grandes grupos económicos se montaron sobre nuestro racismo local para ocultar una lucha por la posesión de miles de millones de dólares. Si los representantes de la “mesa de enlace” se hubiesen presentados desnudos a esa lucha, no habrían tenido el apoyo de las clases medias urbanas como sí lo tuvieron.

Pero el racismo existe. Es nuestra enfermedad social.
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En la Ruta, ilustración de Carlos Ferreyra

En la Ruta, por Carlos Ferreyra.

Cuando abrí el envase en el que venía el almanaque de Clarin Rural con las ilustraciones del artista Carlos Ferreyra y terminé de hojearlo quedé pasmado: Nada mejor que ese almanaque y la obra de ese artista plástico para ilustrar nuestro drama nacional.

En El truco, En la ruta, La picada, Almuerzo dominguero, El cacerolazo y En el club, podés ver a los gringos. Y te preguntás: ¿Y los negros, dónde están?

Los negros, los achinados, los morochos de crencha pringosa y bigote descuidado aparecen en El salón de la Julia. O sea, en el prostíbulo. Un bandoneonista adormiladoy un violinista europeo entrado en años animan con música a seis chinos entre las putas y los porrones de ginebra. A uno de los negros incluso, la borrachera lo ha tumbado sobre la mesa, y ahí aparece, durmiendo la mona.

Más claro, echále agua.

Por supuesto, no conozco ni conoceré jamás toda la obra de este artista, pero más allá de las ilustraciones que acompañan a los meses del año de ese almanaque (bimestres, para ser preciso), hay otras ilustraciones en tamaño menor que acompañan el texto de la contratapa y en ellos se repite los estereotipos: El gringo mateando, señoras blancas en vacaciones playeras, un par de ancianos de aspecto pobre asando un solo chori en una parrillita del fondo del patio y… otra vez, el estereotipado compadre suburbano, achinado, con sombrero y lengue, al lado de la puta.

Podría objetarme alguien que el estereotipo del compadrito viene desde Borges. Si, claro, pero persiste en la imaginación creativa de este artista en obras actuales. Porque las ilustraciones son actuales, tal como lo delatan las obras En la ruta y Cacerolazo. Para el artista, el estereotipo sigue válido. El gringo es el trabajo, el progreso; y el negro la vagancia, la vida sin valores morales, el alcohol.

Sólo en la ilustración de la tapa, en una escena de hinchada futbolera, con bombos y choripanes, podría uno aceptar que se encuentran fundidas en una misma valoración, las etnias que componen nuestra argentinidad. Como si el fútbol fuese la única obra cultural colectiva que compartimos todos por igual. Y tal vez lo sea en realidad.

Van las ilustraciones comentadas. Y va también una foto casual, (de prensa) tomada durante el acto del 25 de mayo de 2008 en Rosario. En la fotito, tomada por algún medio para registrar la presencia de algunos dirigentes en la multitudinaria concentración, se puede ver en segundo plano un cartel (evidentemente de una persona que no estaba allí en representación de ninguna organización), en el que se puede leer “Este es el pueblo… acá no hay vagos”. Sí, ya sé, una golondrina no hace verano, pero…
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El Truco, y En el Salón de Julia, por Carlos Ferreyra.

El Truco, ilustración de Carlos Ferreyra.

El Salón de la Julia, por Carlos Ferreyra
Acto 25 mayo 2008 en Rosario. Rev. 7 días.

Acto del 25/5/08 en Rosario.


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Alfredo Arri (Theodoro) Domingo 28/12/08 13:30 en el Este, 12:30 en el Oeste y en la Patagonia.

Elegio de ciertos sueños.

Reflexiones acerca de un fenómeno universal.

Adrián Paenza, profesor de matemáticas, periodista y hombre de los medios, quien reparte su residencia entre su Argentina natal y los Estados Unidos, ha manifestado una opinión a la que tengo por plausible.

Tal opinión se refiere a la admiración masiva que sienten los estadounidenses por Manu Ginóbili, nuestro basquetbolista más destacado, estrella de la NBA, jugador

Hacerse la película. Nuestro hollywood interior.

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Hacerse la película.
Reflexiones acerca de nuestro hollywood interior.

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En el lenguaje coloquial de mi país, usamos la expresión hacerse la película para denotar la representación psíquica que un sujeto elabora respecto de un suceso no acaecido.

Lo explico con algunos ejemplos: Fulano tendrá mañana lunes una entrevista de trabajo, de la cual podría depender, de hecho, modificaciones significativas a su patrimonio. En su mente, al tanteo, trata de precisar las preguntas que le harán, y a partir de ellas, las respuestas que dará. En ese ejercicio puede suceder, y algunas veces sucede, que el sujeto “elabora” toda la entrevista, desde el momento de presentarse ante el entrevistador hasta el momento en que el entrevistador le dice que será contratado. Esa elaboración culmina con la representación de todo el hecho aún no sucedido, completo, de la manera que el sujeto cree o quiere que suceda. Se ha hecho la película.

Otro ejemplo de aplicación, en una situación más simple, y, por tanto, corriente: Mengana recibe un día un cumplido por parte de un compañero de trabajo. Por ejemplo, éste le elogia un nuevo corte de pelo. Otro día, Mengana recibe una mirada de ese mismo compañero de trabajo que ella decodifica como una mirada de interés. Otro día, Mengana vuelve a interpretar en ese sentido otra señal cualquiera, siempre del mismo compañero. Finalmente, llega a la conclusión de que ese compañero de trabajo está interesado en ella y entonces, en su mente, elabora una secuencia de diálogos y situaciones que producirán el encuentro, su aceptación o rechazo e, incluso, las formas de la primera cita. Y de las segundas también. Mengana se hizo la película.

Como surge de suyo, la aplicación de la expresión referida a otro –Zutano se hizo la película- tiene connotaciones negativas. Es equivalente a decir: elaboró una secuencia de hechos probables que finalmente no tuvieron nada que ver con la realidad. Estaba confundido. Estaba soñando. Confundió deseos con realidad. Fantaseó. Es más, en el lenguaje coloquial, o más que coloquial, familiar, no es raro oír la expresión: “El boludo se hizo toda la película.”

Hacerse la película es pues, elaborar una representación acabada de un hecho no acaecido. No es sólo montar ilusiones, o confundir deseos con realidad. Es algo más: es elaborar un suceso probable, a acaecer, en forma acabada, es decir, con todos los detalles: escenarios, vestuarios, diálogos, olores, sabores. No es una casualidad que la expresión incluya muchas veces el adjetivo todo muy remarcado en la pronunciación: ¡Se hizo toooda la película!

¿Era necesaria la invención de la expresión? ¿No era suficiente con el verbo fantasear? En principio perecería que sí: La definición primera para el verbo fantasear es clara: dejar correr la fantasía o imaginación. Correcto. Para la expresión hacerse la película podría ser aplicable la definición. Pero hay diferencias. A saber.

Fantasear, que es un ejercicio que no todos pueden ejecutar con facilidad, implica el placer de sumergirse en una situación creada por la imaginación. Si se quiere, es una de las formas que tenemos los humanos para regodearnos con situaciones placenteras. Fantasear situaciones eróticas puede ser un buen método para excitarse sexualmente, por ejemplo. Pero creo que en la acción de fantasear, quien fantasea jamás pierde la conciencia del carácter fantástico de su “viaje”, si se me permite caracterizar a la experiencia con ese símil.

En cambio, en el acto de hacerse la película, la fantasía pierde, en algún punto del proceso, el carácter de tal y el hacedor de esa fantasía puede perder la plena conciencia de que aquello que elaboró en su psiquis no es realidad, sino una forma representada de una “realidad” que no ha sido puesta a prueba con la realidad real. Y mientras no exista esa confrontación de la “realidad” representada con la realidad misma, la película interna pierde gradualmente su carácter de tal, de ficción, de fantasía, para convertirse en un discurso de lo real que aún no ha acaecido pero acaecerá de ese modo, o, en el peor de los casos, que no habría motivo alguno para que sucediera finalmente de otro modo.

Dicho así, el hacerse la película aparece como un procedimiento de la psiquis más cercano a lo patológico que a lo normal. Pero si así fuera, el concepto mismo de normalidad psiquica debería revisarse ya que, así como la facultad de fantasear con facilidad no es tan corriente como se cree, sí lo es la facultad de “hacerse la película.”

Aplicarlo en primera persona a manera de excusa: “¡Ay, y yo que me había hecho toda la película…” equivale a confesar ¡Cómo me equivoqué! ¡Qué equivocado estaba! Ya adivinará el lector que la situación más frecuente para la aplicación de esta lamentación en primera persona surge inmediatamente después de haberle sido rechazado a uno un lance. Un lance que ejecutó, se entiende, totalmente convencido de que habría de obtener una respuesta positiva.

La expresión más cercana que hallé en el diccionario es el verbo pronominal o reflejo ilusionarse que se define como el forjarse ilusiones. Bien, vale: forjarse ilusiones. Sería el equivalente adecuado. Pero habida cuenta que el verbo forjar remite a la metalurgia por un lado, o los versos patrioteros o himnos sindicales por otro lado, ¿por qué renunciar al ramplón pero útil “hacerse la película”? No, creo que está mejor definir la acción de ilusionarse como la acción de hacerse ilusiones. Y mejor aún, hacerse la película.

Antes de poner el punto final a este introducción, otra vuelta de tuerca al tema, y una apostilla.

La vuelta de tuerca es ésta: la expresión hacerse la película tiene una ventaja adicional sobre el verbo ilusionarse. En éste está implícito que, si bien las ilusiones se edifican en la psiquis por el sujeto que se ilusiona, éstas, las ilusiones son representaciones sin verdadera realidad, surgidas de la mera imaginación o del engaño de los sentidos. En cambio, la película, que también es elaborada en la psiquis del sujeto que la construye, implica un objeto más material, sujeto a leyes físicas. Si una ilusión es representación sin verdadera realidad, la película es una representación no demasiado alejada de la verdadera realidad.

Traigo un ejemplo que puede ser útil para comprender mejor la diferencia sutil. Hay un famoso tango (de 1945), que lleva por título “El sueño del pibe”. El argumento dramático de esta composición puede sintetizarse así: Se trata de un chico, quien vive solo con su madre y un “perrito blanco”. Son muy humildes. El fútbol le podría permitir al chico sacar a su madre y salir él mismo de esa vida pobre. En el relato está la aparición de un cartero, quien le trae al chico “la citación” para el club. Es decir, obtuvo una respuesta positiva a la acción pretérita (implícita en la obra) de anotarse en un club de fútbol, y esperar a ser llamado para “probarse”.

Como el chico sabe que tiene habilidad (“yo sé que me espera / la consagración”), toma el episodio de recibir la citación como la realización de su objetivo, o el comienzo de la realización de su objetivo. El tango famoso termina cuando el chico, esa noche, contento, sueña “el sueño más lindo que pudo tener”, que el autor (Reynaldo Yiso) reflejó en muy escasos pero contundentes versos: “faltando un minuto están cero a cero. /Tomó la pelota, sereno en su acción. / gambeteando a todos llegó hasta al arquero / y con fuerte tiro quebró el marcador.”

Ésta, la del “sueño del pibe”, es la fantasía de todo chico varón de estos pagos sudamericanos. Al menos, para los que éramos chicos en los tiempos anteriores al playstation. No hubo varón de mi generación que no fantaseara con “el sueño más lindo que pudo tener”. Estar en el “estadio lleno” un “glorioso domingo” cuando “por fin en primera lo iban a ver” y hacer el gol de la victoria en el último minuto del partido. En mi tierra, uno puede darse el “lujo” de no haber fantaseado nunca con los labios de Marilyn, pero no puede darse el lujo de no haber fantaseado el “sueño del pibe.”

Bien: va la aclaración: El “sueño” en sí mismo, el de convertir un gol en el último minuto del partido es una fantasía. Típica. Sólo se puede dar cuando la conjunción única de los astros sea favorable, ignorando uno cuáles astros deben alinearse y de qué modo es la alineación favorable. En cambio, la representación que alguien pudiera hacerse en la psiquis, desde el momento de enviar una solicitud a un club hasta el momento de recibirla, y, una vez recibida ésta y aceptado en aquél, y luego entrever con quiénes jugadores se codearé, etc, etc, toda esa parte de la historia es hacerse la película.

Todos los chicos podíamos fantasear con el heroico gol del “sueño del pibe”, pero sólo pocos podían hacerse la película de jugar en primera un glorioso domingo. En el medio de ambos grupos, hay otro grupo, más o menos amplio que, sin llegar a hacerse la película, se ilusionan de todos modos. ¿Se capta la diferencia?

Por último, la apostilla. Dadas las diferencias sutiles pero reales que hay entre el “hacerse la película” y el “ilusionarse”, vale anotar que, en este fenómeno del comportamiento humano, como en muchos otros, existen las diferencias de género.

Tal vez, sólo tal vez debido a las ventajas comparativas que tiene la psiquis de la mujer con respecto a la del varón para el pensamiento emocional, nuestras compañeras están mejor preparadas que nosotros para eso de hacerse la película. Para armar sus películas, ellas recogen elementos de la realidad sutiles, que a nosotros nos pasan desapercibidos. Y claro, sus películas son más “realistas” que las nuestras.

Pero hay otra diferencia de género para apuntar. Cuando a ellas les sucede que la realidad sirvió finalmente para que su “película” se diera tal como la compusieron en su psiquis, se adjudican para sí una capacidad brujeril o brujesca. “¡No te dije!”, te dirán. O, mejor aún: “¡No, si yo tendría que ser bruja”! O, más cómunmente: “Mi madre siempre me lo dijo: vos sos medio bruja.”

Vale este momento para apuntar que el apelativo “bruja”, referido a la compañera de uno, tan común en mi país, obedece a ese fenómeno: la capacidad de la mujer para prever situaciones que acaecerán alrededor de una persona o de una circunstancia.

Se hacen la película respecto a nuestros amigos, parientes, jefes y demás humanos que nos rodean, con una facilidad asombrosa. Y algunas veces aciertan. A menos que estén enamoradas, circunstancia fatal para todo humano, incluso ellas, suelen acertar de seguido. “¿Che, es verdad que tu socio te estafó?” “¡Sí: qué hijo de puta! ¡Pensar que la bruja me lo advirtió!” La “bruja”, claro, es la esposa. Diálogo típico entre hombres de clase media.

Para nosotros los varones, en cambio, cuando la película que nos hicimos la vemos finalmente en la realidad tal cual la compusimos, ello se debe nada más que a la casualidad. Es decir, no podemos pasar por alto las ocasiones en las cuales la película no se nos dio.

No se nos dio. Circunstancia esta última, claro está, que es la se da la mayor parte de las veces. Elaboramos en la cabeza una perfecta Duro de Matar, por decirlo de algún modo, y la vida nos presenta, finalmente, una pedorra película de aventuras de clase B.

Pero, como decía una de mis tías: “Mientras tenga un final feliz…”

Au revoir.
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Señales que preocupan.

Algo que huele mal ha comenzado a manifestarse en los portales de alojamiento de vídeos.

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Aunque aún no se ha manifestado en forma notable, hay de todos modos señales suficientes para creer que poderosos grupos monopólicos de medios, que concentran en pocas manos el espectáculo en televisión, han emprendido una campaña de presión muy fuerte en los sitios de alojamiento de videos, con miras a impedir que miles de videos puedan ser compartidos por otros miles y aún millones de usuarios.

Nadie duda que las empresas que controlan el mundo del espectáculo fueron los propietarios originales de los contenidos que compraron primero a los artistas creadores y vendieron después a empresas privadas a cambio de publicidad. Pero tampoco nadie duda que esos grupos empresariales han dejado de ser los propietarios de los contenidos que han puesto en el aire una vez emitidos. Los espectáculos que ingresan a la sala de mi casa a través de la pantalla de televisión; las noticias y comentarios que ingresan a mi casa a través de las ondas de radio, ¿a quién pertenecen?

Todos hemos tenido alguna vez en nuestras manos un libro en una de cuyas páginas primeras podía leerse “prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio”. Lo propio para las ediciones de CD de música, o para los DVD de películas o de espectáculos musicales. Se supone que son de uso privado. Una empresa compró los derechos de autor a los artistas que los crearon y los vende al consumidor por un precio. Está claro como el agua. Pero, ¿es lo mismo para las señales ya emitidas al aire de los programas de radio y televisión? ¿Son de consumo privado? Para nada. Nunca nadie leyó en el primer minuto de un programa una leyenda que advirtiese: “esto que sale por aquí es de consumo privado y está prohibido invitar a un vecino a sumarse a la audiencia”. No hay norma que permita tal cosa.

Quizás también sean públicos los contenidos de los periódicos una vez que la edición está en la red. A nadie se le ocurriría editar un libro –para vender- con una recopilación de artículos, por ejemplo, de Joaquín Morales Solá. Pero, ¿con qué derecho nadie podría prohibir que alguien, en su propio sitio, o en su propio libro, que al tratar ciertos temas publicara “Esto es lo que dijo al respecto Joaquín Morales Solá en la edición del domingo”, anunciado lo cual transcribe el texto aludido.

Si los autores quieren conservar para sí las formas jurídicas tradicionales de los derechos de propiedad intelectual, pues que editen libros para la venta y se limiten a ejercer la policía de la propiedad privada sobre esa venta.

Si los diarios quieren los mismos derechos para sus artículos, que vendan sus ediciones en papel y que se limiten a los lectores que por ese medio tengan. Pero si los diarios pretenden mantener en la red, en los medios electrónicos, los mismos derechos de propiedad que sus ediciones en papel para venta privada, están equivocados. Al menos que hagan, claro, como lo hacen muchos diarios on line: limten la lectura de los artículos a suscriptores a cambio de un abono. Vos podés publicar la foto de Juan Gelman recibiendo el premio Cervantes en la portada de la edición en papel de un diario y decir estra foto es mía y no la presto. Pero no podés publicarla en la edición on line en forma pública. Si lo hiciste, ya es de todos. Esto es tan claro que no sé cómo podría rebatirse.

Si una empresa de espectáculos edita un video para su venta en CDs, está bien que pretenda mantener los derechos de propiedad tradicionales sobre ellos. Pero no pretendan mantener esos derechos de propiedad si, además, los exponen en la red.

Una cosa es la copia indebida de un CD, o de un libro y su subida subrepticia a la red. Es un ejercicio ilegal. Pero tal práctica sucede; y, la verdad, por muy ilegal que sea, no sé si está éticamente mal que suceda. Tango mis dudas. Por ahora, opino en contra de esa práctica nada más que porque es ilegal. Pero lo que sí sé es que esa tendencia no la podrán evitar. Lo podrán entorpecer, pero no evitar. Hay en la red otra filosofía en cuanto a la propiedad del conocimiento, del saber, y aun del show. A menos, claro, que la misma red quede finalmente, en un futuro, en manos de dos o tres empresas monopólicas.

La pregunta es: filmar uno mismo, en la sala de uno mismo, aquellas partes del programa que uno vio para compartirlo, no con el vecino de al lado, o con la tía Juana, sino con millones de personas de todo el mundo a través de la red, ¿es malo?; ¿es violatorio de alguna ley? ¿Desde cuando una empresa emisora de contenidos en un medio público pretende tener la propiedad de ese contenido una vez que está en el aire, una vez que se metió en la sala de mi casa?

Una emisoria de radio, un canal de televisión, son medios públicos. A ver si se entiende de una pajolera vez: públicos. ¿Quién carajo les da la licencia para que puedan transmitir contenidos por determinadas frecuencias de radio y televisión? ¡Es el estado, man; o sea, todos los miembros de una nación, de una comunidad!

¿Por qué las empresas fatigan tantos esfuerzos para obtener tales licencias de aire y pagan tanto dinero para emitir contenidos a través de ellas? Si, la respuesta primera es: para tener poder, pero también está el negocio: Para vender publicidad, la que también sale por los mismos canales. El negocio de un canal es comprar los derechos de autor a un artista de un contenido para revendérselo a otras empresas que pagan por publicidad. Y una vez que lo emiten se acabó la cosa, tío.

Cuando a mí me meten en mi casa un show de un cantor de boleros, también me meten la publicidad que pagó el viaje de ese cantor, su caché y la ganancia del canal. Así, me meten en mi casa jabones que no lavan, gaseosas que no son saludables, autos que funcionan deficientemente, yogures que producen adicción; dietas que son peligrosas para la salud. Las toleramos por el contenido. Bueno, si el anunciante pagó por él, aguantamos al anunciante.

Pero el contenido, una vez que está en el aire, es de todos, y una vez que está en mi casa es mío. Si no, ¿por qué no nos pagan, a los usuarios, los canales de televisión y las emisoras de radio un dinero por tolerar durante horas y horas de nuestras vidas publicidades de una estupidez peregrina y de un pésimo gusto? O más aún: ¿por qué no vuelven a pagar por siempre a los artistas a quienes pagaron por primera vez por esos contenidos y que luego venden mil veces durante años y años de reposiciones del mismo producto? ¡Ah, no: te arrancarán los ojos! Ahí no hay derecho de propiedad intelectual. Ahí hay sólo derechos de propiedad común.

Los sitios de alojamiento de videos se estaban perfilando como espacios virtuales eficaces de la creatividad y de la cultura universales. Pero si sigue esta tendencia de perseguir al usuario de los alojamientos de videos porque el canal XX se sintió molesto cuando ese usuario se atrevió a filmar en la sala de su casa al artista JJ y querer compartirlo con el mundo; si sigue esa tendencia, entonces crecerán en forma relativa y en proporcíón geométrica los contenidos vacuos.

Y esto ha comenzado a suceder: ya empieza a verse con mayor frecuencia una actitud complaciente para con los monopolios del espectáculo por parte de los portales de alojamiento de videos.

No hay ningún problema en crear y subir videos para putear con mil obscenidades a cualquier personaje público del mundo. Tampoco hay problema en subir producciones domésticas que son una calamidad por lo tonto. Todo eso está bien; ninguna página de alojamiento de videos te dirá nada por subir tales cosas. Pero subir un vídeo en el cual alguien grabó un espectáculo musical de tevé en Alemania para que otro fulano de Argentina pudiera verlo está mal; te cae el quinto de caballería, te eliminan del portal de alojamientos y quedás como un pelotudo con los tres, cuatro, diez, o cien mil tipos que en todo el mundo tenían tu video y ahora, de la noche a la mañana, por el llamado telefónico del señor Canal X al gerente regional de la Página T, no tienen nada.

Estas señales que comienzan a verse en la red, transparentan dos fenómenos. Uno, harto conocido, es el enorme poder de los monopolios de medios. El otro, es la complacencia de los grandes portales de Internet para con esos mismos grupos económicos. Esto último es ya un poco más preocupante cuando uno se pone a mirar a futuro.

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Volveré y seré millones.

La célebre, esclarecida y bella expresión volveré y seré millones forma parte de la mitología argentina: Todo argentino tiene para sí que esas palabras fueron dichas por Eva Perón poco antes de morir. Nadie puede decir con certeza dónde y cuándo las dijo; más aún: algunos conocedores de la intimidad de la familia justicialista, afirman que Evita nunca las dijo. Entonces, ¿cómo se originó el mito?

Dicen que en 1962, José María Castiñeira de Dios compuso en homenaje a Evita una poesía. Lo hizo en una décima, el metro

Reír, llorar.

Algunas reflexiones deliberadamente incoherentes acerca de la risa y el llanto.

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Una de las primeras lecciones que aprendemos en la vida es la de ser premiados por reír. Nuestra risa es prematuramente celebrada y, de alguna manera, aprendemos -también prematuramente- a provocar esa celebración.

La risa, la facultad de reír, viene incorporada con los genes; pero me animo a creer que el uso especulativo de esa facultad, ya es cultural. Es un acto, aún reflejo, sin dudas, pero ya cultural.

Recuerdo estas palabras de un médico pediatra, dirigidas a una joven mamá que insistía en el carácter especularivo de la risa de su bebé. “No, señora; hasta después de los tres o cuatro meses de edad, los bebés no tienen risa social.” ¡Ja!, respondió la madre, practicando una risa, si se me permite, notoriamente antisocial.

Hay que aceptar, de todos modos,

Entre pajas y buen gusto.

Un comentario acerca de un texto transgresor publicado hoy en Crítica de la Argentina.

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El diario Crítica, no el de Botana, sino el de Lanata, Crítica de la Argentina, publica hoy en la revista C que acompaña la edición del domingo, un relato firmado por Carolina Balducci, “Recuerdos verdaderos”.

A pesar de que he pagado mis cuatro pesos con cincuenta por el diario con la revista, lo que me da derecho a reproducir el relato aquí, en mi página, si quisiera, no lo voy a hacer. Ese texto no da la talla para mi blog de relatos eróticos, que es el sitio en el cual podría tener lugar.

Así que este comentario estará hecho sobre un texto que muy pocas personas han leído hasta hoy. Algo así como gastar pólvora en chimangos. De todos modos, el comentario va porque me interesa el tema de fondo del texto publicado hoy en C.

El relato de Carolina Balducci podría resumirse en estas dos o tres pinceladas: La narradora describe a Silvia, una compañera de oficina, quien logra la atención de sus otras compañeras con sus relatos de soberbias jornadas de sexo que protagoniza. Quien narra, lo hace de una manera inequívoca: el lector habrá de alzarse con la idea de que Silvia miente, fabula. Que es –si se me permite la licencia de decirlo con las palabras que utilizaríamos los hombres para situaciones similares pero dadas entre los de nuestro género-; que Silvia es una de ésas que “cogen con la lengua.” La narradora se jacta de no caer en la trampa, como sus demás compañeras; sabe que Silvia fabula, pero se lamenta de no poder desenmascararla.

“No pude desenmascararla. Pero el resto de la tarde, ya con las pasiones aquietadas, sentí lástima por Silvia y por todas esas mujeres que contaminan sus fantasías con elementos tan improbables.”

Los elementos improbables que alude son los que Silvia manifestó en su propio relato de la experiencia de cama: cuatro orgasmos para ella; tres para el amante.

Sí, en efecto, es improbable. O, mejor expresado, poco probable. O, mejor aún, correctamente expresado, tratándose de un relato, es inverosímil. Pero ella, la narradora, es la única “viva” que se percata de ello; lamenta no poder desenmascararla, y siente “lástima” por las demás compañeras de oficina que sí le creen.

Por eso, ayer, mientras veía a las chicas en sus cubículos mirar escenas de amor en YouTube y pasarse la birome por el escote con los ojos cerrados, pensé que yo prefería atesorar fantasías más cercanas al mundo real… Cuando se trata de calentarse no hay nada más efectivo que los recuerdos verdaderos.

Intuyo para Carolina Balducci un futuro exitoso en las letras. Veo ahí una versión larvada de un Paulo Cohelo femenino: alguien que, con un manejo eficaz de la escritura y pocos escrùpulos, se pone a pontificar. A dar sermones. Y para eso, ya se sabe, hay mercado. Abundan las personas a quienes les encanta ser sopapeadas por cualquiera que tenga sello de popular, o sea, fama mediática.

Pero más allá de esto, que no es otra cosa que una idea intuitiva sin fundamento alguno y, que si llega el día en que tal intuición se corresponda con la realidad o no, yo no estaré para verlo, o si aun estoy me habré olvidado de este relato y de esta autora; más alla de eso, quería meterme en la cuestión de fondo.

Vamos a ver.

Calentarse -como dice ella, o sea, excitarse sexualmente- con los recuerdos verdaderos me parece un poco soso.

En primer lugar habría que establecer con certeza qué quiso decir la autora con eso de “recuerdos verdaderos”.

Voy a eliminar desde el vamos lo obvio, que es la tautología. Si es recuerdo es verdadero. Uno debe presuponer, en una conversación entre cuerdos, que un recuerdo referido debe dar cuenta de algo sucedido en verdad. Así que esto lo dejo de lado, porque en este caso la expresión refiere al relato de algo del pasado, algo que Silvia, el personaje del relato, cumple. Así que la expresión “recuerdo verdadero” no querría significar eso de dar cuenta de algo que realmente sucedió, sino de algo pasado, que puede ser fiel a lo sucedido, levemente modificado, groseramente modificado, o decididament inventado, pero verosímil.

La primera elección me parece francamente inoperante. Tomemos el mejor polvo de nuestra vida y recordemoslo para excitarnos. Puede dar resultado, pero a la larga aburre. Para excitarse sexualmente se requieren estímulos permanentes, variados, nuevos, sorpresivos, innovadores.

Imaginemos a esas mujeres que contemplan escenas de amor en YouTube, pasándose la birome por el escote (la metáfora es muy buena, dicho sea de paso). Imaginemos también que una de ellas haya tenido la noche anterior su polvo diario, semanal, quincenal, mensual, bimensual, trimestral, semestral o anual. E imaginemos también que ha sido satisfactorio. Excitarse con el recuerdo de esa jornada caliente, ¿es recordar o es regustar las reverberaciones temporales del placer reciente?

Imaginemos otra de esas mismas compañeras de Silvia que hubiesen experimentado esa jornada no la noche anterior, sino en momentos tan distantes a esa mañana de oficina que su regusto resulte impracticable. ¿Les resultará excitante recordar ese útlima jornada de placer tal como ésta acaeció? ¿O les resultará mucho más excitante “recordar” la versión ampliada, editada, mejorada, de ese momento de placer? Y si así fuera, ¿cuál es el límite de esa “edición” de las representaciones en las que transitan los recuerdos?

A mí se me hace que el mecanismo más efectivo es el de permitirle a la imaginación que se regodee con las fantasías más puras, las poco o las muy distantes de la realidad “verdadera”.

Tal vez quiso referirse Carolina Balducci a la veroimilitud del relato de Silvia, y hacernos saber que a la narradora no la calientan las historias que carecen de verosimilitud. Acepto que algo así se dé en algunas personas. Pero también acepto la idea de que la excitación de las compañeras de Silvia no requieren del certificado de “verdaderas” para las bazas que relata Silvia. A las compañeras que la escuchan les basta con la situación que Silvia provoca. Silvia no es envidiada; tal vez otras compañeras, además de la narradora, no le crean; Silvia es sólo el disparador de sus fantasías, que necesitarán el complemento, en esa jornada pública como es una oficina, del paseo fugaz en horas de trabajo por los videos de YouTube, y de la sutil caricia del culo de la birome sobre sus escotes. Y de mil cosas más, cercanas o no tan cercanas a los “recuerdos verdaderos”. Así es la libido, gracias a Dios.

La pretensión de ser uno el disparador de tales sueños es un ejercicio difícil, pero gratificante. Es lo que intenté hacer alguna vez en mi blog donde publicaba mis relatos eróticos. No sé si lo hacía bien, regular o mal. Pero lo hacía con un gran cariño para con los que me leen. Y, sobre todo, con un enorme respeto, y un cuidado cuidado estético. (Edición de 2010: Ahora ya no lo hago más porque el género me pudrió y el blog erótico lo cerré)

Y es precisamente en lo estético es cuando el relato de Carolina Balducci desbarranca. Para muestra basta un botón:

Ésa es Silvia, y entenderán por qué no me creo esa historia que nos contó ayer a las chicas mientras comíamos; por cierto, quiero decir que no estoy para nada de acuerdo con esa práctica extendida entre mis hermanas de género de hablar de sexo mientras una come. ¿A cuento de qué? ¿Acaso quien habla de recetas mientras tiene sexo? Lo que es a mí, me resulta imposible mezclar las dos situaciones, tanto en una como en la otra suelo tener la boca muy llena…

De pésimo gusto, por cierto.

La transgresión está de moda, está bien. Pero, el buen gusto, ¿murió? Sí así fuera, sentiría lástima por mí mismo, ya que si sintiera lástima de mis semejantes me sentiría como un miserable engreído.

Au revoir

Alfredo Arri (Theodoro)

Todas las citas son de: Carolina Balducci, Recuerdos verdaderos, en C, la revista de Crítica de la Argentina, edición de hoy, 9 de marzo de 2008, pg. 66.

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