Cartas a El Negro. El estrés, Lenin y una milonga campera.
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El estrés, las pastillas de color, la Revolución Rusa y una milonga campera.
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El Negro es un antiguo camarada que se tuvo que ir del país hace muchos años y nunca regresó. Siempre mantuvimos alguna correspondencia; últimamente con más frecuencia, dada la facilidad de las comunicaciones. Le pedí autorización para hacer públicas algunas de las mías y me respondió afirmativamente.
Ésta es de ayer.
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Después de muchos meses he vuelto a escribir, Negro. Escribir de la manera que me gusta hacerlo: tranquilo, despreocupado, tomándome todo el tiempo del mundo, que es poco, muy poco.
Me costó, pero lo logré. Me impuse un régimen de horarios muy estricto, sabés; y lo cumplo a rajatabla. Me levanto a las seis, como lo venía haciendo desde hacía mucho tiempo y hasta que Internet me desacomodó los horarios. Y es otra cosa. Es la hora más productiva para mí, ya que es la única hora del día que estoy a full. Y ahí le doy: hasta las ocho, ocho y media. Todos los días. Es muy poco, ya lo sé, pero ¡qué le voy a hacer! A la nochecita me tomo otras dos horas para escribir, antes de irme…
La última curda. Carta a El Negro.
El Negro es un antiguo camarada que se tuvo que ir del país hace muchos años y nunca regresó. Siempre mantuvimos alguna correspondencia; últimamente con más frecuencia, dada la facilidad de las comunicaciones. Le pedí autorización para hacer públicas algunas de las mías y me respondió afirmativamente.
Ésta es de la noche del 10 de diciembre de 2006.
No pude aguantar, Negro. No hace ni veinticuatro horas que nos emborrachamos juntos en Montevideo; vos estás ahora en pleno vuelo sobre el Atlántico… y yo te escribo esta carta. Te la escribo y te la mando, que hoy por hoy es casi lo mismo. Un enviar y chau. Así que cuando mañana abras tu correo, te vas a encontrar con ésta. Y vas a pensar que estoy loco. Pero no lo estoy; es que no pude aguantar.
Llegué a las 9 a Buenos Aires y me fui a dormir. Después de la noche que pasamos en Montevideo tendría que haber dormido quince horas. Pero a la una y media me despertó Mari para comer. ¡Un dolor de cabeza! La resaca, claro. Pero me levanté. Domingo, fideos; un clásico.
-¿No te da vergüenza; a tu edad? -me preguntó Mari. “¡Zás!, se avivó”, pensé. Pero no, se refería a la borrachera.
-Olés a vino…barato.
-Es whisky. Y no era barato.
-¿Whisky. Y desde cuándo tomás whisky?
-Es por el tango, mami; encuentro con un viejo amigo… el tango.
-¿Tango; qué tango?
-“Whisky”, así se llama: “Dále, tomáte otro whisky; total la guadaña nos va ‘hacer sonar”.
Insistía que olía a vino barato. Y puede ser, capaz que la mezcla de olor a whisky y perfume de puta vieja da olor a vino barato. Qué se yo. Mañana contáme a qué te olió la nórdica. A vino barato seguramente que no; allá barato no hay nada… ¿o sí?
Che, Negro, ¿tu mujer no sabrá tu password de correo, no? A ver si lo abre… Bueno, después de todo, como me contaste que tu mujer era dura para el español, si abre el correo no va a entender un carajo.
La cosa que comí los fideos (sin vino, claro) y se me fue pasando el dolor de cabeza. Al rato, ¡pum!, la noticia: murió Pinochet, otro de los lechuzos del Imperio que se va directo al infierno; viaje sin escalas. Noticia largamente anunciada, claro, pero noticia al fin. Entonces me acordé de vos. Pensé en llamarte al celular; pero después me dije: “No, capaz que está durmiendo la mona en el avión y yo lo despierto con esta pavada; igual mañana se entera…” Y no llamé, pero no aguanté y me puse a escribir esta carta.
Mañana cuando abras el correo me contás si te enteraste durante el vuelo o no.
En realidad, Negro, lo que quisiera que me escribas cuanto antes son dos respuestas: La primera pregunta es ésta: ¿por qué en todos estos años que nos carteamos no me contaste lo que me contaste anoche? Imagino que será por una suerte de paranoia residual de aquéllos tiempos; por eso de no dejar cosas escritas; no sé. Imagino, pero me gustaría que me lo digas.
No me atrevería a decir que me sentí como si todos estos años fuese un extraño más que un amigo. No, no quiero decir eso. Pero comprendé que un poco extrañado tengo que estar. No te estoy acusando: en todo este tiempo, es cierto, nunca me transmitiste una felicidad conyugal de ésas como en las comedias de Holywood. Es verdad; pero tampoco me diste señales de que detrás de la pintura de normalidad familiar que me describías se ocultara una desdicha como la que me contaste. ¿O sí me diste esas señales y yo no las supe ver? A mí me parece que no.
Me escribiste una vez que tu matrimonio te había abierto muchas puertas. En otra carta, muy posterior, me confesaste que muchos de los éxitos académicos que lograste se lo debías a tu mujer y a su familia. Pero nada más. Y para mí ésas no eran señales de nada. A lo sumo, que te facilitaba las cosas. Pero eso es bueno y hasta necesario cuando te encontrás en un lugar donde sos sapo de otro pozo; hablás otra lengua; curtís otras costumbres, qué se yo.
Ahora me venís a contar que sos prisionero de ella, de ella y de su familia. Que en realidad lo que hicieron al aceptarte en la familia fue comprarte para mostrarte como un objeto. Perdoname que te lo diga, Negro, pero ¿adónde está el negocio para ellos? ¿qué compraron? ¿un sudaca, para colmo medio negro? ¿no podían comprarse un finlandés, un belga, un austríaco, qué se yo…? Es raro, Negro. Vos la ves medio cambiada, che. Además, cuando vos te fuiste allá, no eras más que un estudiante de Física. ¿Acaso eran visionarios; sabían que el muerto de hambre refugiado de una puta dictadura había de llegar a ser capo en no sé qué puta rama de la Física que entienden vos y cuatro más, aparte del Hawking ése? Vos decís que ellos te hicieron a su medida y que ahora te tienen prisionero. ¿Cómo te pueden hacer, to make, Negro? ¿Cómo se puede fabricar un Físico de la nada y ponerlo a las puertas del Nobel? No, Negro, vos te hiciste solo. El bocho es tuyo.
Además, Negrito, yo no entiendo nada, pero la punta de esa teoría de las cuerdas y qué se yo qué jodida onda que ahora te está dando la fama ya la acariciabas acá, a los veinte. ¡Acordate cómo rompías las pelotas; acordate esa noche que Víctor te dijo, en medio del Politeama: “Negro, cortála con la Física. Estamos debatiendo El Discreto Encanto de la Burguesía, ¿qué tiene que ver el espacio tiempo con Buñuel, loco? Cortála!” ¿Te acordás?
¿Sabías que Víctor vive en España, no? Otro día te cuento.
Mirá, Negro: lo tuyo es inaudito. Nos encontramos después de una montaña de años. Nos abrazamos como dos viudas recientes en el medio de un lobby repleto de tipos raros que nos miraban como tales. Te hago el aguante en la última conferencia, debate incluído. Después nos vamos a cenar; no en la pensión que yo quería sino en un restaurante de la puta madre; comemos y una hora más tarde estamos en un boliche dándole al whisky. Me contás tus cosas, ésas que yo ni sospechaba, y cuando empecé a comprender lo que escuchaba ya estaba en pedo. Así que no tuve tiempo de nada. Recién ahora, con la panza llena de fideos, sin la resaca, y viendo en la tele los patéticos pasos de baile callejeros de pinochestistas y antipinochetistas, entro a comprender tu caso.
Te enamoraste, según vos, de una italiana a los cincuenta y pico (pico de tucán, Negro, aceptálo). Empezaste una aventura y terminaste enamorado. Fuiste por lana y saliste esquilado. Una historia como tantas, como dice el tango y uno de mis amigos virtuales, uno que vive en España. Una historia como tantas. Y eso de enamoramiento… está por verse.
Yo te escuché con atención mientras el whisky andaba dando vueltas en mi cuerpo hasta que subió a la azotea. Después, chau. De lo que escuché, Negro, saqué esta conclusión:
Vos no querés volver a Buenos Aires, ni para dar la vuelta en Caminito como un turista más. Pero… ¡ni saber querés!. Estuvimos unas cuantas horas en Montevideo; pudimos salir a caminar; a aspirar los olores montevideanos, que no son los de Buenos Aires, pero casi. Pero no; no quisiste salir de adentro de un boliche de lujo, patéticamente idéntico a miles que hay por todos lados alrededor del mundo. Ahí me contás lo de la italiana. Y entonces yo, hoy, saco mi conclusión, Negro: ¡seguís enamorado de Pina! La borrachera de anoche, Negro, es la repetición (tragicómica, acordate de Marx) de la otra; de tu primera curda; ésa que te ligaste con vino barato cuando el padre de la Pina te sacó a patadas en el culo de su casa. ¡Negamelo! ¡No podés!
Aquélla noche era la del cumpleaños de quince de Pina. Vos tenías, ¿cuántos: 16; 17? “¡Andáte de acá, negro de mierda; ¿vos te creés que yo eduqué una hija para que se la lleve un muerto de hambre como vos? Tomatelá, va, va..!”¡Y todavía la llorás! ¡Qué lo parió, Negro! He escuchado historias, pero ésta…
Mañana estarás leyendo esta carta y me vas a putear. ¡Pero qué cosas dice este boludo! Pero pensalo, Negro…. encerrate en ese gabinete que tenés, con tus cuerdas y tus cálculos, y pensalo tranquilo.
Más arriba dije que te quería hacer dos preguntas. La segunda es ésta (y pensá bien la respuesta antes de escribirla): ¿Por qué, cuando pediste las putas por el teléfono de tu habitación, dijiste: “Mándenos las dos más viejas que tenga”? ¿Por qué las más viejas? ¿Y por qué mande-nos; por qué nos?
La que me tocó a mí, Negro, tenía las manos de un albañil y cuando me entró a masajear la espalda un poco se me frunció. ¿Ne será un travesaño?, me preguntaba con lo poco que me quedaba de conciencia. Tiré la mano por debajo de la pollera, para ver, para tantear… “¡Eh, qué apuro, argentino”, decía la decana de las putas orientales. “No soy argentino; soy un venezolano bolivariano”, decía yo, totalmente borracho. “¡Já!”, decía ella, mostrando una risa que yo no veía porque estaba todo en movimiento pero que imaginé desdentada. “Ni ebrio ni dormido me la hago chupar por ésta”, me advertí. Cuando llegué con la mano adonde tenía que llegar vi que era, efectivamente, una ella nomás. Entonces me tranquilicé y …me dormí. Entre nosotros, Negro, espero que no hayas pagado más de cinco euros por la viejarda… no lo valía, ni aunque hubiera hecho uso.
Pero la pregunta es ésa: ¿por qué las más viejas? Pensálo, Negro, pensalo bien. Sé honesto con vos mismo y vas a ver que en la respuesta está la respuesta de todo.
Ya está. Te escribí así, en caliente; con vos en los cielos del Atlántico y el cadáver de Pinochet todavía tibio. ¡Y te la mando!. Así no hay retorno. Y sé que no te vas a enojar. Porque vas a aceptar que tengo razón. Capaz que no te gusta, pero no te vas a enojar.
Cuando terminé la carta, antes de releerla, le dije a Mari que quería escuchar música hasta que empezara Boca-Lanús. Y puse tangos, claro. Entonces te busqué uno para vos. En un adjunto va el mp3 en la versión de El Polaco. Para vos, Negrito, los versos de Cátulo Castillo:
La última curda:
Lastima bandoneón mi corazón
tu ronca maldición maleva.
Tu lágrima de ron me lleva
hacia el hondo bajo fondo
donde el barro se subleva.
Ya sé, no me digés, tenés razón:
la vida es una herida absurda
Y es todo, todo tan fugaz
que es una curda nada mas
mi confesion.
Contáme tu condena
decíme tu fracaso
¿No ves la pena que me ha herido?
Y habláme simplemente
de aquel amor ausente
tras un retazo del olvido.
Yo sé que me hace daño;
yo sé que te lastimo
llorando mi sermón de vino.
Pero es el viejo amor
que tiembla, bandoneón.
Y busca en un licor que aturda
la curda que al final
termine la función
Corriéndole un telón
al corazón
Un poco de recuerdo y sinsabor
gotea tu rezongo lerdo.
Marea tu licor y arrea
la tropilla de la zurda
al volcar la ultima curda.
Cerráme el ventanal
que arrastra el sol
su lento caracol de sueños
No ves que vengo de un país,
que está de olvido, siempre gris
Tras el alcohol.
Sí, Negro: Pero es el viejo amor / que tiembla, bandoneón. / Y busca en un licor que aturda / la curda que al final / termine la función / corriéndole un telón / al corazón.
Es así, Negrito. Convencete. La tana que te encontraste allá no es la Pina. Ni lo va a ser en mil años. Seguí con lo tuyo, hermano, que vas camino al Nobel. Ese destino te lo marcó un tano hijo de puta, hace muchos años, ayudado por la incapacidad de dos adolescentes para defender un amor contra viento y marea. Shakespeare, Negro, no había llegado a Villa del Parque. Aquella vez hallaste consuelo en tu primera curda. La de anoche, compañero, tiene que ser la última. La última curda.
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Alfredo Arri (Theodoro)
No soy de aquí, ni soy de allá. Cartas a El Negro.
El Negro es un antiguo camarada que se tuvo que ir del país hace muchos años y nunca regresó. Siempre mantuvimos alguna correspondencia; últimamente con más frecuencia, dada la facilidad de las comunicaciones. Le pedí autorización para hacer públicas algunas de las mías y me respondió afirmativamente.
Aquí hay dos: una es de noviembre de 2006. La otra de varios meses antes. Creo que están las dos relacionadas.
Recibí los pasajes de avión, Negro. Voy a ir, cómo no. Te los agradezco, claro, pero dejáme que te diga que no te entiendo: vos estás en el otro lado del mundo; estás establecido, tenés una vida, una familia. Tuviste motivos de sobra para enojarte con el país. Que te fuera incómodo volver; o que nunca te diera ganas de volver lo entiendo. Pero que ahora, treinta años más tarde, que tenés que bajar hasta Uruguay para un Congreso; y que la perspectiva de hallarte en Montevideo no te despertara el deseo de tomarte unas horas para cruzar el río, francamente me desorienta. No te entiendo. Está bien que las actividades del congreso sean de agenda apretada, pero son unas horas, che. Una hora en alíscafo o media hora de avión. ¿Por qué, Negro?
Sí, claro que voy a ir a verte, cómo no. No es el mejor momento para que un argentino ande paseándose por la 18 de Julio, pero me hago pasar por venezolano y listo. El acento de camarada bolivariano me sale. ¿Te imaginás en nuestra época, Negrito, un Chávez pregonando la revolución bolivariana? ¡Madre mía! Sesenta golpes de estado ya habría tenido… ¡Cómo cambiaron los tiempos, hermano!
Voy a parar en un hotel en el que ya estuve otras veces. En realidad es casi una pensión más que un hotel, pero se come muy bien. Porque aunque esté sólo una noche, o dos días, voy a comer bien. ¿Qué no? Sí, claro que sí. Y vos me vas a acompañar. Aunque sea una cena, che.
No sé por qué no querés venir. Tal vez algún día me lo contés. A lo mejor te pasa como a Fede. ¿Te acordás de Fede, no? Sí; te tenés que acordar, porque si no te acordás de él, hermano, entonces estás para el geriátrico.
Fede se vino más o menos en el 90 ó 91. No, en el 92, porque me acuerdo bien que nos contaba de los inconvenientes que hubo en Italia a raíz de la Guerra del Golfo, la de Bush padre. Sí, fue en el 92. Él se había exiliado en Italia y, al igual que vos en tu nuevo país, se casó con una mujer del lugar, tuvo hijos, en fin, echó raíces. Pero un día se animó. Convenció a la mujer para que lo acompañase; vinieron los dos y trajeron un hijo mayor, que tendría unos quince.
La mujer de Fede es una diseñadora de modas y tiene una pequeña empresa de confecciones. Linda mujer y muy, pero muy inteligente. Ella, acá, la pasó muy bien. Se daba con todos, chapurreaba el español, aprendió a bailar tango. Estuvieron como un mes, en la casa de una de las hermanas de Fede. Una hermana que nosotros no conocimos.
A mi casa vinieron dos veces. Una, claro, el asado obligatorio. Y la otra, una larga tarde de mateada. Esa tarde Fede me contó adónde había llevado a su mujer, es decir, cuáles sitios del país le había mostrado. Mientras conversábamos, yo me di cuenta que la mujer lo miraba como una jovencita embobada; y que lo escuchaba embelesada. Hacía más de quince años que estaban juntos y parecían dos enamorados. Daba gusto, Negro. Esa tarde me pareció que ella se tornaba triste según fueran los giros de la conversación; y también me pareció que Fede hablaba de los sitios que había visitado con unas formas que denotaban menos la frialdad del que habla de lo cotidiano que el asombro del que descubre algo nuevo. Saudades, me decía yo mientras lo escuchaba, saudades…
Y así fue. Cuando llegó la hora del regreso a Italia, fuimos con Mary al aeropuerto a despedirlo. Fede estaba hecho mierda, Negro. Mirá, todo iba bien; besos de aquí, besos de allá, regalitos para uno, para otro… pero cuando la mina del altoparlante dio la orden de embarcar, el Fede se abrazó a la hermana mayor y se echó a llorar como un chico. Y no los podían despegar. Estaban quebrados los dos. Y los que estábamos ahí también nos quebramos. La mujer de Fede lloraba a mares; tal vez era la primera vez que veía llorar a su hombre de esa manera. El hijo tenía una cara de asombro que había logrado borrar esa otra de insulsez tan propia del adolescente entre adultos.
Mary se echó a llorar también y, como hizo toda la vida cada vez que el llanto la quebraba, se me agarró del brazo y me entró a apretar, a apretar… Toda la vida hizo eso, y yo siempre se lo agradecí porque con ese apretón ella me daba a entender que se apoyaba en mí y, también, de alguna manera, me daba fuerzas para que el nudo que yo mismo tenía en la garganta no se me desatara. Y esa mañana en Ezeiza volvió a pasar. Yo, con la voz entrecortada, le dije casi al oído a Mary: “y…la madre, que murio cuando Fede no podía venír..” Eso, y otras cosas le decía a Mary, Negro, como para consolarla. Pero ella dijo, así, de una: “No, no es eso: es que Fede se acaba de dar cuenta de que no volverá nunca más…”
Y tenía razón, Negro. Se fue el tipo, a esperar la carroza en Italia, rodeado de su familia y en la más absoluta soledad. ¡Esperar la carroza a los cincuenta y tantos, Negro! ¿Te das cuenta? Y así fue, no volvió nunca más. No escribió nunca más.
Es jodido, Negro. Siempre fue jodido. Acordate de nuestros propios abuelos. Morían aquí, donde habían levantado una familia que a la hora de la vejez podía contar en decenas de miembros, pero cuando les llegaba la hora morían con la mirada hacia el terruño, hacia el paesse.
¡Y yo que te pregunto a vos por qué! No me des bola, Negro. Retiro la pregunta. Hacés bien en no querer venir. ¿Venir para volverse a ir? ¿Para qué? Además, ¿sabés qué, Negro? El país está hecho mierda. No es el que dejaste; no es el que pateó. Quedate con la Argentina que tenés en el recuerdo; la que quisimos hacer y que nunca fue.
El nueve a la mañana me tenés en Montevideo, Negro. Voy directo al hotel donde se realiza el congreso y espero el primer receso para verte. ¡Puta madre: tengo unas ganas de abrazarte, loco!
En marzo enterramos al tío de Mary, Negro, el último de los tíos maternos que quedaba. Era el menor de diez y habían venido todos juntos, en el 24, en el Principessa Maffalda, ese buque que se hundió frente a Río de Janeiro en el 27.
El tío Alessandro tenía, cuando llegaron a Buenos Aires, unos seis o siete años y, como te dije, era el menor de todos ellos. A los trece lo metieron de aprendiz en una panadería y salió de la misma panadería jubilado como maestro panadero, a los sesenta y seis. Y cuando te digo la misma panadería, es porque es la misma panadería. Pasaban los propietarios pero los peones de cuadra quedaban. Iban con el inventario. Y él quedó. Siempre. Toda la vida. Desde los trece a los sesenta y seis. Después que se jubiló siguió unos años más en la misma panadería, trabajando en negro. Entraba a las diez, once de la noche, y regresaba a la casa a las siete y media de la mañana. Todos los días menos los domingos. El domingo a la mañana salía de la cuadra y regresaba el lunes a las diez de la noche. Así toda la vida. ¿La diversión? Los domingos el fútbol con los hermanos. Y a la vejez, la partida de naipes con amigos en el club de los jubilados. Y dos viajes de vacaciones con compañeros del sindicato; una vez a Córdoba; otra vez a Mar del Plata. Como te podés imaginar, nunca tuvo una novia. Si alguna vez pagó una moneda para echarse un polvo, no lo sé. Pero novia, lo que se dice novia, no.
Medio la vida que llevaba, medio cierta cortedad de trato, nunca conoció mujer. Poco antes de que muriera me vengo a enterar que en su juventud había estado enamorado de una vecina, y que nunca se animó a decírselo. ¿Cómo sabés?, le pregunté a la hija de la mujer de quien supuestamente el tío Alessandro había estado enamorado. Porque a mamá se lo habían dicho unas amigas que lo sabían por sus hermanos, me dijo. ¡Ah!, chismes. Chismes de barrio. Pero puede ser. Capáz que se enamoró alguna vez; de esa mujer o de cualquiera otra, pero nunca lo sabremos ya. No le gustaban los chistes verdes y se ponía colorado aún de viejo cuando oía alguna guarangada de tono sexual. Se reía del chiste, sí; pero para adentro y poniéndose colorado. Cuando tiré sus cosas, tiempo después de su muerte, le encontré sólo dos libros: un Evangelio en edición de bolsillo que seguramente le habían regalado alguna de sus hermanas, beatas de aquéllas; y una edición en rústica y versión resumida, muy amarillenta, de Los Tres Mosqueteros. Nada más. Ésa fue su vida. ¡Ah!, y un sobretodo que hacía años que no usaba y los trescientos sesenta pesos de su última pensión fue toda su herencia.
Era de mal vino, y más de una vez mostró su vena agresiva encendida por el alcohol. Pero sólo de palabra. Nunca descarriló.
Solterón y viejo, en sus últimos años montó una serie de pequeños ritos que debía cumplir con una devoción casi religiosa, o patológica. Cuando murió su última hermana cayó en una especie de desesperación senil que tuvimos que afrontar Mary y yo. ¡Sí, claro! ¿Quién si no? ¿Los otros sobrinos? ¿No te dije que dejó en herencia la última pensión y un sobretodo? Bueno, ahora te agrego el detalle: el sobretodo estuvo dos días en la calle. Ni los cartoneros se lo quisieron llevar. Pobre como una rata vivió… y murió. Así que los demás sobrinos…. Mejor no me doy manija, Negro, porque si no…
Como sea, ayudarlo a sostener esos ritos cotidianos fue una especie de carga extra que el destino nos dió por hacernos cargo del tío. Que los lunes, tal plato; que los martes, tal otro… Que los jueves la quiniela. Los sábados eran de pizza. Te cuento una: todos los sábados, a las 7:30 de la noche, llamábamos a la pizzería para hacer el pedido. Sí, ocho menos cuarto, cuando el pizzero recién se levantaba de la siesta. Y que se la trajeran a las ocho, ¡por que si no…! A los meses, llamábamos a la pizzería y el tipo, del otro lado, ni nos dejaba ni hablar. Sí, a las ocho, una grande de muzzarela, tal dirección, para el abuelo. Así con todo.
Así estuvimos un año o más, Negro. Finalmente el tío cayó en la decumbencia. Entonces sí, me tuve que hacer cargo yo, porque Mary, viste… ya había enterrado como a diez en su vida y éste era varón, y maniático. Y pesado. Darlo vuelta para cambiarle los pañales y el tipo que no embocaba movimiento para ayudarte, te digo que había que tener fuerza. Y estómago. Porque me pasé meses lavando dos veces al día las sábanas, y a mano. Y, sí, ¿con qué coraje podías meter eso en el lavarropas, con la ropa de todos?Ni ahí!; así que a mano. Y las remeras, porque por más pañales que le pusieras…
Cuando vimos que entraba en la etapa final llamamos a la obra social de los jubilados. No me lo querían internar. Señor: el abuelo se está muriendo; es mejor que muera en su casa, rodeado de los suyos.. No tiene a nadie, doctor; es mi tío político y no tiene a nadie. La Obra Social no está para eso, señor. La segunda vez me guié por consejos de quienes ya habían pasado por algo parecido y cuando el médico, después de “verlo” se sentó a escribir una nueva receta de esas boludeces que recetan para darle de comer a poderosas multinacionales, le dije: “¿Está escribiendo la orden de internación, doctor?”. No , señor: el abuelo no tiene nada, se está muriendo nada más; nosotros no podemos hacer nada. “Entonces aguardeme un segundo que voy a llamar a la policía. Quiero hacer una denuncia. Vaya dejándome número de matrícula y todo eso…” Está bien; yo se lo interno; pero le van a meter un suero y en un par de días se lo devuelven.
Así dos veces. Finalmente murió.
Lo vivido con el tío Alessandro en sus últimos meses me dejó dos experiencias extraordinarias, Negro. La primera fue a raíz de tener que afeitarlo, dos veces a la semana. Afeitar una cara ajena para quien no es barbero, Negro, es toda una historia. Sobre todo un rostro lleno de pliegues y arrugas. Era tarea difícil. Pero al poco tiempo me hice canchero. Lo extraordinario era la ansiedad con que el tío Alessandro esperaba ese momento de la afeitada. Se le iluminaban los ojos como un chico que está por recibir un juguete. No disimulaba la alegría. Aunque ya entonces le costaba coordinar los movimientos, se esforzaba por hacer las muecas que uno hace frente al espejo al afeitarse, como queriendo facilitar la tarea. Y después de quitarle los restos de la crema de afeitar con una toalla, yo me tiraba perfume en las dos manos y luego le pasaba las manos por el rostro recién afeitado, para que el alcohol diera en las pequeñas heridas que inevitablemente le producía. Y entonces un día me dí cuenta, Negro, que esa maniobra era para él una caricia. Y una noche, mientras cenaba, así, de golpe, comprendí que esas caricias bien podían ser las única que había recibido en toda su vida. Y en mi recuerdo está, Negro, devenida caricia amorosa, levemente sensual, lo que no era más que una maniobra higiénica. No sé por qué, Negrito, pero me siento bien por haber hecho eso.
Y la segunda experiencia extraordinaria fue en sus últimas horas de conciencia. Una nochecita caí por el hospital cuando ya estaba muy mal y le hice las preguntas formales de rigor. Nada. Hablaba, pero ya no era a mí a quien hablaba; ni siquiera me reconocía. De su boca no salían otras palabras que las de su dialecto friulán, al punto que con sus manos al aire quería señalar andá a saber qué cosas. ¿Y qué es lo extraordinario?, te preguntarás. Que el tío Alessandro nunca hablaba en friulán. Ni siquiera lo entendía cuando lo hablaban sus hermanas. Nunca. Y compartí con ellos cuarenta años; sé lo que digo. Nunca lo habló; no lo sabía; lo había olvidado.
El que esa tardecita hablaba por su boca, Negro, era un chico de cinco o seis años, que acaso estaba mirando con asombro las montañas de Udine, lejos, muy lejos de una miserable cama de un miserable hospital en el culo del mundo.
Cuando abandoné la habitación esa noche le di unos pesos al enfermero. “Tomá, Angelito, le dije, llamame por teléfono cuando el tío se entregue. No te calentés por la hora.”
Alfredo Arri (Theodoro)
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Con los ojitos pegados a la jaula. (Cartas a El Negro)
El Negro es un antiguo camarada que se tuvo que ir del país hace muchos años y nunca regresó. Siempre mantuvimos alguna correspondencia; últimamente con más frecuencia, dada la facilidad de las comunicaciones. Le pedí autorización para hacer públicas algunas de las mías y me respondió afirmativamente.
Ésta es la primera. Es de la primavera austral de 2006.
Negrito: esta semana nacieron los pichones de la segunda nidada de mis canarios. Mis canarios, mis canarios, como si tuviera mil; no, de mis dos canarios. Compré un casal en los últimos días del invierno y los puse en cría a principios de la primavera. En la primera nidada, Cristina puso dos huevos y sobrevivió un pichón. En esta segunda, la postura fue de cuatro y sobrevivieron tres. No sé dónde fue a parar el cadáver del cuarto. No lo encuentro por ninguna parte. No, Negro, ratas no tengo. Al menos en el ambiente en donde están los pájaros. Capáz que se lo comieron las hormigas, o se disecó. Andá a saber. Cuando salgan los pichones del nido veré si no quedó en el fondo del mismo, como una especie de colchoncito de plumas.
Crié canarios cuando era más joven, sabés, Negrito. Mis hijos eran muy chicos, así que hará… unos treinta años. Llegué a tener como sesenta canarios jóvenes en una voladora que me costó una fortuna y que gracias a Dios conservé todos estos años. Sí, tuve muchos. Después, las urgencias de la vida me quitaron tiempo; abandoné la afición y poco a poco fueron muriendo. Desde que se murió el último quise volver a criarlos. Pero nunca pude. Primero el tiempo, como te dije. Después, cuando tuve el tiempo, no tenía el dinero. Este año al fin se me dieron las circunstancias propicias. Me dije: primero los canarios, después la guitarra. Me lo gané, hermano. Me rompí el culo trabajando desde que pasó la crisis. Sí que me lo gané, ¡madre mía!. Los pajaritos ya están. Ahora voy a por la guitarra.
El pichón que nació en la primera nidada ya come semillas por sí solo; a ése lo bauticé Maxim. Elijo nombres así porque nunca aprendí a reconocer el sexo de los pichones a pura vista, soplando las plumas para ver la zona donde se supone que están los genitales. En aquella época lo intenté pero nunca aprendí: el famoso “botón”, para mis ojos poco expertos, era igual en machitos y hembritas así que esperaba a que tuvieran unos meses. Si cantaban, machos; si no, hembras. Así de fácil. Por eso elegí este nombre. Dentro de un tiempo veo: si empieza a cantar, será Máximo, sino Máxima. No te apurés, Negro; no tiene nada que ver con la princesa, che. Es que cuando compré el casal no encontrábamos nombres, entonces optamos por la fácil: Néstor y Cristina. Por eso Maxim, ¿’tendés?. Ahora, a estos tres ya no les voy a poner nombres. Y no, hermano, un poco está bien pero tampoco la pavada.
¿Querés que te diga?: La cosa no es como era antes. Sí, no sé. En aquella época, venían los vecinos a ver la voladora. Me venían a comprar… Si, sí, te juro; venían y me decían: ¡qué lindos!, ¿no me vende uno? Y yo al final los regalaba. Siempre fui medio boludo para los negocios. Además, ¿qué negocios vas a hacer con la venta de pajaritos? No, los regalaba…
Bueno, como te decía, Negro, los vecinos venían a verlos. Todos sabían de mis pájaros. El verdulero me guardaba la lechuga medio marchita. Los tenderos me preguntaban cómo andaban mis pájaros. Hasta vino un tipo, un día, a grabar el canto de uno que cantaba… ¡ah, cómo cantaba, Negrito! Mi mujer no lo supo nunca, pero ese canarito no era de los criaderos comunes, de los criaderos de canarios de color. No, para nada: ése era de un criadero de canto clásico. Ni te quieras enterar de cuánto lo pagué. Y te digo más: era el más barato del lote. Porque no tenía mucha pinta el bichito, viste. Para empezar era medio encorvadito, deslucido, de un amarillo medio pajizo, con una mancha negra en la cabeza. Como parecía que calaba un kepis lo llamé Moshé. ¡Cómo cantaba, Negro! Canto clásico, roller puro de pura cepa de los mejores criadores de Alemania. Con pedigree y todo. Una fortuna, Negro. No: mi mujer nunca supo cuánto lo pagué. Pero si un día se da la ocasión preguntarle si se acuerda de Moshé. Preguntále, preguntále. Vas a ver que hasta le cae una lágrima. ¡Cómo cantaba ese bichito, por Dios!
Ahora todo es diferente, hermanito. Mirá, te cuento: Como estaba tan ansioso, cometí la burrada de meter la jaula de cría en el negocio. ¡Claro: yo quería verlos a toda hora! Y como la jaula de cría no la podés mover desde el momento en que arman el nido… Ahí está, a la vista de todos los clientes. Y vienen los tipos y miran… No dicen nada; pero vos te das cuenta que te toman por loquito. Y los que se animan a decirte algo, te dicen “¡Ay, pobrecitos: ahí, enjaulados…! ¿No le da pena?” Sí, hermano, creéme que es así. Ésas cosas te dicen grandulones de pelo en pecho que son capaces de matar un cartonero si le raya el auto con el carrito.
Son los tiempos que corren, Negro. Es como el cigarrillo. ¿Viste que ahora los fumadores estamos a la defensiva?. Bueno, lo mismo con los bichos. Vos tenés un pajarito y te tiran con la Ecología, con la libertad y con la Declaración Universal de los Derechos de Las Mascotas, y con qué sé yo cuántas huevadas. Tal cual.
Con el cigarrillo a mí no me molesta. Después de todo es justo. Si tengo que ir a un bar y no fumar, no me chivo. Está bien. El faso mata. El gil es uno que fuma. Pero con los bichos… no sé. No estoy muy convencido. “¿No le da pena?”, te dicen. ¿Y qué le tenés que decir?: ¿Que no?. Entonces son un hijo de puta que no tenés sentimientos. ¿Que sí?. Entonces sos un sádico. Terminás diciéndole eso de que los canarios son bichos de cautiverio, que si los soltás no podrían sobrevivir. Lugares comunes para salir del paso, porque vos sabés bien que ese argumento es falso. Pero se lo decís igual, para guardar las formas de la urbanidad.
Después te preguntás si acaso no tienen razón los tipos estos de la ecología. Y no encontrás la respuesta. Yo no la encuentro. No estoy muy seguro. Dudo. A mí los bichitos estos, así enjaulados y todo, me dan placer. Vos los ves desde que comienzan a armar el nido; cómo el macho tira las primeras hilachas en el nido; cómo lo va armando la hembrita; cómo él le da de comer en el pico cuando ella se echó a empollar. Y despues cuando nacen los pichones… ¡Ah! Qué espectáculo, hermano. Te conmueven. En la otra época estaban mis hijos con los ojitos pegados a la jaula; ahora mis nietos. No sé, mirá: tengo la sensación que ese cautiverio encierra una clave. Una clave positiva. Sí, yo sé que es difícil de entender, pero tratá. Cuando los chicos ven todo ese proceso de cerca, así, pegaditos los ojos al nido, no es lo mismo que si lo vieran en el Animal Planet. No, para nada. ¡Vos tenés que verles las caritas! Y, no sé; pero yo estoy seguro que aprenden algo bueno de eso. No sé qué es, pero sé que es bueno.
Mirá, hermano; tengo un poemita de hace muchos años en uno de cuyos versos reinvindico para los pibes el derecho de matar un pájaro. No, pará, pará; no pongas caras, tío. No digo que cada pibe tenga que ir por ahí a matar un pájaro como una forma de cumplir con una suerte de iniciación. No, no es eso. Lo que digo es otra cosa. A ver si me sé explicar:
Cuando éramos chicos -¿te acordás?- andábamos por ahí con la gomera, cazando pajaritos. Formaba parte de la niñez de entonces. Noventa y nueve de cada cien tiros no le pegábamos a un pájaro en vuelo ni de casualidad. Posados en alguna rama alta, de vez en cuando le dábamos a uno. Formaba parte de nuestra niñez, y de la niñez de cada una de mil generaciones anteriores a la nuestra. Atávico, viste. Como las hogueras que hacíamos en la calle. Atávico, ancestral, ¿’tendés? Teníamos que entrenarnos para la guerra, para la caza, para la sobrevivencia. O para la supervivencia. La supervivencia del más apto, del más fuerte. Darwin o Hobbes, elegí el que te guste. Era así. Vos te acordás, ¿no?. Aprendíamos a sobrevivir. Y en ese aprendizaje estaba presente la muerte, la sangre y… la piedad.
Sí, Negro, la piedad. Sólo ante la vista del pájaro agonizante por tu propia mano podíamos darle valor a esa pregunta: “¡¿Para qué?!”. Y de ahí en más empezábamos a errar los tiros de gomera, a pesar de que cada vez éramos más expertos tiradores. ¿Me seguís? Piedad. Conmiseración. Clemencia. Humanidad. Sí, hermano, humanidad; porque los hombres somos hombres y los bichos son bichos. Ésa es una de mis tautologías preferidas, hermanito: los hombres somos hombres y los bichos bichos son.
Este sábado a la madrugada, te cuento, ví en la calle una banda de adolescentes, todos en pedo, dados vuelta. Alguno falopeado, de seguro. Eran como veinte. De repente uno dijo: “¡Un bolita; ahí va un bolita; vamos a darle para que tenga!” Y le dieron. ¡Cómo le dieron, hermano!. El boliviano quería zafar pero no podía. Lo estaban moliendo a patadas. Menos mal que justo apareció un patrullero y se produjo el desbande. Lo llevaron al hospital porque el pibe no quería que lo llevaran a la casa: le daba vergüenza que los padres lo vieran así. Y a dos o tres de los borrachitos los metieron en la jaula. Sí, por unas horas, pero bueno, qué sé yo…
No estoy muy seguro de lo que te voy a decir; pero tampoco me van a convencer fácilmente de lo contrario. Y lo que te digo, Negro, es que si esos pibes hubieran tenido una infancia en la que la oportunidad de matar un pájaro hubiese estado presente, otra habría sido la fortuna de ese boliviano de quince años en esta madrugada de sábado. ¿Qué no tiene nada que ver? Puede ser, yo no soy filósofo; sólo me parece. Convenceme de lo contrario…
El pájaro que agoniza por nuestra pedrada es real; su sangre es real, su grito de dolor es real; la conmiseración que nos despierta es real. Y su muerte es finalmente real. Definitiva. No es una muerte virtual, no es un play again…No es un matá que no muere; no es un morí que tenés tres vidas más.
Sí, ya lo sé. El mundo que viene es así. Que venga, Negro. Yo me voy pronto, así que me importa un carajo. Mientras, dejáme que a mis nietos les siga mostrando a mis canarios en cría; dejá que ellos los vean, así, con los ojitos pegados a la jaula.
Alfredo Arri (Theodoro)
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