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Milonguero viejo.

Soliloquios de un hombre maduro. Música popular.

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Milonguero viejo..

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Dicen (pero Alá sabe más) que los milongueros tienen sus orquestas de tango preferidas según sea su forma de bailar. O dicho de otro modo: que a cada orquesta de tango -de estilo singular bien definido, se entiende- le corresponde una determinada forma de bailar. Así, habría milongueros que se lucen con un D’Arienzo mientras que habría otros que empalidecen al resto de los bailarines con un Di Sarli. Como no soy milonguero no puedo, ni suscribir, ni desechar esa tesis, pero sí me animo a desconfiar de ella. Por el contrario creo, firmemente, que el buen milonguero tiene, por sobre todas las capacidadaes físicas (incluído el oído), la de gobernar su cuerpo conforme a un sentimiento muy hondo que poco tiene que ver con la música, o que tiene que ver con ella sólo tangencialmente. En palabras más redondas: creo que el buen danzarín es capaz de obrar belleza visual hacia el exterior con los movimientos de su cuerpo aun al ritmo del Arroz con leche. Si así fuera, y creo que así es, al buen milonguero le habrá de resultar indiferente la orquesta o aun la pieza con la que le toca bailar, y sus preferencias por tal o cual orquesta no serían muy diferentes a las razones que podrían argüir el resto de los mortales. Tampoco ignoro que puedan existir milongueros que prefiriesen alguna música en particular porque es sobre ella cuando podrían mostrar sus mejores brillos. Pero esto, si existe, ha de ser porque saben que con una pieza bien aprendida es cuando alcanzan la excelencia. Nada de concreto hay que indique que el milonguero que alcanzó la excelencia de su arte al compás de un D’Agostino, digamos, no pudo haberla obtenido,también, al compás de un Tanturi, o un Lomutto.
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César, un amigo que ha hecho de la milonga su religión principal, me ha confesado que si se lucía con Di Sarli eso fue porque de Di Sarli era el único long play de tango que tenía en la casa cuando chico; y que ya era un eximio danzarín cuando conoció el ritmo y la voz de otras orquestas. Por supuesto, mi amigo César brilla por igual con cualquier tango. En su caso al menos, a la hora de lucirse, la música le influye menos que la compañera con la que le toque bailar. Cuando la pega con ésta, da gusto verlo bailar, da gusto verlos bailar, más allá de la música que los acompañe. En los años en que compartió milongas con una tal Esther, de Villa Crespo tanto él como “la rusa” podían arrancar públicos aplausos e íntimas envidias aun cuando bailaran al compás de los Tubatango (con todo respeto).
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Creo, confieso creer, que aquella tesis de que a cada milonguero le cabe una orquesta mejor que otra según como sea su estilo de bailar es apropiada para quienes somos, para eso del baile, de madera. Creo que a esta categoría de chapuceros bailarines a la que pertenezco sí nos cabe esa máxima, ya que, en nuestras torpres humanidades, el oído pesa más que los pies. A nosotros no nos resulta igual una orquesta que otra. Con algunas, por razones que nadie podría precisar, zafamos; mientras que, con otras, bueno, con otras podríamos llegar hasta la torpeza del pisotón.
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Así, en mi caso, debo admitir que Carlos Di Sarli acomodó su orquesta para que yo pudiera bailar el tango. Esto no me allana el camino, ni mucho menos, para hacer mía, alguna vez, una rusa Esther. Pero, de esperanzas vive el hombre. Mientras tanto, me permito poner un disco:
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Carlos Di Sarli, en… ¡valga la paradoja!: Milonguero viejo.
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Cuando tenga sesenta y cuatro.

Soliloquios de un hombre maduro. Música Popular.

Cuando tenga sesenta y cuatro.

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Cuando Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band entró a casa y entre sus temas estaba el que da el título de esta entrada, ni siquiera mi padre tenía los sesenta y cuatro. Yo acaba de salir de la milicia, que en aquellos años era de cumplimiento obligatorio y se transitaba a los veinte.
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Mi inglés nunca pasó de lo elemental que nos enseñaban en el colegio, pero alcanzó para comprender qué tipo de fantasías enumeraban el joven Paul o el joven John cuando llegaran a los sesenta y cuatro.
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Sesenta y cuatro era para mí entonces, como cifra para una edad, algo incomprensible. Tal vez por eso no quería ir más allá en la comprensión de la letra de aquella canción. Pero hoy, cuando tengo a la mano una traducción de la misma, y cuando ya están en mi propia humanidad los inimaginables sesenta y cuatro, me puedo detener en su lectura con un poco más de atención.
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La letra es clara. El amante aspira llegar a la vejez con ella a su lado. Le propone que firme los papeles para siempre, y le advierte que ese para siempre comprende la inexorable vejez. Y pauta que para entonces: ella le siga bancando las pequeñas faltas; ella le siga regalando, de vez en cuando, una tarjeta de San Valentín, digamos; y, puntualmente, ella le regale una botella de vino para el cumpleaños. Por su parte él, confiesa, que podrá servir, al menos, para arreglar las goteras de las canillas, o quitar las malas hierbas del jardín.
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La felicidad para la edad del reposo queda esbozada en la imagen de la mujer tejiendo un suéter al lado de la chimenea y el hombre cambiando los fusibles de la caja de luz, con los nietos muy cerca, si es posible en los brazos, o sentados en las rodillas. Y como un colmo de dicha a la que se aspira, en la promesa está el sueño, si no es demasiado caro, alquilar una casita de campo en la isla de Wight.
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No tengo ni idea de cómo será la isla de Wight, pero no puede ser demasiado diferente a San Clemente del Tuyú, Valeria del Mar, las barrancas de Chpadmalal o alguna playa perdida de la extensa costa patagónica. Es verdad que no tenemos castillos por estos pagos sudamericanos, pero aun a los sesenta y cuatro puedo construir magníficos castillos de arena.
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Están en mí, pues, los sesenta y cuatro. Han llegado y al menos por año se quedarán conmigo. Y a mi lado está ella, tejiendo para los nietos. Y están las goteras que debo reparar. Y está, cómo no, la puntual botella de vino para las fechas en las que hay que celebrar. Porque siempre habrá algo para celebrar.
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En la vieja canción no se canta a los momentos duros que la vida reparte, en azarosas bazas de dolor, y que los amantes recibirán, implacablemente, como todos. No se los ignora: simplemente no se los mencionan. Es tan estúpido prometer un lecho de rosas como avisar sobre las negras noches que nos regalará la vida. Se promete lo que se puede prometer: Y se sueña lo que es prudente soñar: Estar juntos, a lo sesenta y cuatro, para mirar la salida o la puesta del sol, en una playa frente al mar. ¿Qué nás podríamos pedir?
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Estadio Azteca. Andrés Calamaro.

Andrés Calamaro. Estadio Azteca.

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Desde hace cuatro años, ilustro mi blog con este video. Decenas de veces me vi obligado a borrar la entrada porque el video desaparecía de Youtube; y otras decenas de veces lo volví a poner. Se ha convertido em algo así como un deporte. Pero no lo puedo evitar: esta canción debe estar aquí, en mi blog, porque sí, porque se me canta.

Así que: aquí va otra vez:

El regreso de Charly. Deberías saber por qué.

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Charly García está de nuevo entre nosotros.

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Deberías saber por qué es el clip de una de las canciones de su última presentación.

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Deberías saber por qué

Che, si en verdad me tomás en serio
Deberías saber por qué
En el fondo no hay un misterio
Deberías saber por qué
Te vas… ahí nomás
Todos van hasta ahí nomás
Ahí nomás.

Che, si te pones la camiseta
Deberías saber por qué…
Aunque digas que no me meta
Deberías saber por qué
Te vas ahí nomás.

Che, si en verdad me tomás en serio
Deberías saber por qué.

Hablando, custodiando
Vigilando y vagando
Exponiendo su manera de ser
Por qué no comprendo qué puede ser…

Che, si es que entrás a mi apartamento
Deberías saber por qué
Es muy fácil decir lo siento
Es muy fácil sentirse bien
Bien igual
Bien igual.

Che, si en verdad me tomas en serio
Deberías saber por que…
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Bruto pero chúcaro y libre.

Música Popular. Un grande del folclore de la llanura pampeana argentina; José Larralde.

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José Larralde

Bruto, pero chúcaro y libre.

Hace ya un tiempo publiqué una entrada con el título de El orejano. Remito a ella a mi lector para que tome lo escrito allí como introducción, como texto explicativo, a esta entrada. En ambos casos se trata de sendas muestras de ese espíritu libertario y rebelde que anida en nuestros desposeídos hombres de la amplia llanura pampeana. En esta entrada, se trata de una de las canciones más logradas de otro grande de la canción popular, José Larralde. El título es ¿Quién me enseñó? y aquí va.

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Quién me enseñó

Quién me enseñó a ser bruto,
Quién me enseñó, quién me enseñó,
Si en la panza de mama,
No había ni escuela ni pizarrón,
Y asigún dicen nací varón,
Porque en el pique faltaba un pión.
Quién me enseñó, quién me enseñó.
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Quién me enseñó a ser bruto,
Quién me enseñó, quién me enseñó.
Si me críe entre doctores
de reja y pico, pala y pastón,
Y asigún dicen, clavé el garrón,
Porque no quise ser chicharrón.
Quién me enseñó, quién me enseñó,
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Quién me enseñó a ser bruto,
Quién me enseñó, quien me enseñó
Léstima que no entienda,
De lengua fina pa’ ser señor,
Y asigún dijo un día el patrón,
que en Inglaterra se está mejor,
Me lo contó un día el patrón
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Quién me enseñó a ser bruto,
Quién me enseñó, quién me enseñó
A ser tan reviráo
Y a no aguantarle la procesión,
Será por sabio que no entendió,
Que el hambre engorda solo al que hambrió,
Quién me enseñó, quién me enseñó.
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Sé que soy hueso y carne,
alma y conciencia, pueblo y sudor,
Con eso ya me alcanza,
Pa´ ser un bruto que alza la voz,
Sin más motivo que la razón,
Del que no quiere ser chicharrón,
Quién me enseñó, quién me enseñó,
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Quién me enseñó a ser bruto,
Quién me enseñó, quién me enseñó
Si en la panza de mama,
No había ni escuela ni pizarrón,
Y asigún dicen nací varón,
Porque en el pique faltaba un pión.
Quién me enseñó, quién me enseñó,
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Quién me enseñó, quién me enseñó.
quién me enseñó
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Pagina Don José Larralde:

Agua de rosas. Lila Downs

Agua de rosas. Lila Downs

Lila DownsEsta bella mujer, Lila Downs, nació en un pueblito de Oaxaca, hija de madre indígena mixteca y padre de ascendencia escocesa. Estudió Bellas Artes y Antropología en la universidad de Minesota. Junto al saxofonista Paul Cohen comenzó a componer “cumbias y otras rolas”, según sus propias palabras en su página web. La influencia del jazz está presente en su música.

Esta música que pongo aquí, Agua de rosas, no puede ser calificada con otras palabras que éstas: melancólica y sublime belleza.

Escuchala.
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Sin Palabras. Tierra de luz. Lila Downs, Mercedes Sosa.

Tango Flamenco. Paco de Lucía.

Un clásico de entre los clásicos de la música popular-culta y del virtuosismo en guitarra.
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Tango Flamenco. Paco de Lucía.
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Escuchá, escuchá!

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El orejano.

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El orejano.

Hace cuarenta años, a los veinte de mi edad, las chicas y los muchachos solíamos reunirnos a guitarrear. En la casa de alguno; en los parques; en las playas en verano.

Promediaba una de las tantas dictaduras que mancharon la bandera de mi país y le dábamos a las canciones de protesta. Así las llamábamos, de protesta.

De entre todas aquellas canciones, una impactó fuertemente en mí: El orejano, un valseado criollo cuya letra pertenece a Serafín J. García, un uruguayo de aquéllos.

Y el impacto de esa letra en mí lo justifico ahora, cuarenta años después, afirmando que si bien entonces abrazaba, con muchos de los de mi generación, la causa de las izquierdas, muchos de nosotros éramos, en el fondo, jóvenes de clase media de formación liberal a los que la rebeldía nos había llevado hacia el extremismo del liberalismo, o sea al anarquismo.

Marx ironizaba acerca del anarquismo diciendo que el anarquismo eran el extremismo del liberalismo. Y era así: no éramos militantes del anarquismo político, que ya entonces estaba pasado de moda, sino que poseíamos un espíritu en el cual el ideal, muy en el fondo, era la libertad absoluta: ni ley, ni estado, ni dios.

Entonces escuché por primera vez “El orejano”. Ya se sabe qué impacto demoledor puede tener la música y las letras de las canciones en la espiritualidad del joven de veinte o menos.

Por eso en el pago me tienen idea:
porque entre los ceibos estorba un quebracho;
porque a tuitos ellos le han puesto la marca,
y tienen envidia de verme orejano.

Rechazaba -y rechazo- lo de la envidia. Ese estado del alma nunca lo entendí. Llevo más de cuarenta años de desacuerdo con las mayorías en algunos aspectos de la naturaleza humana: el de la envidia es uno de ellos.

Hay discordancia en cuanto a la definición. La mayor parte de las personas, ven en ese sentimiento o actitud algo malo, despreciable. “Es una envidiosa; es un envidioso” son para esa mayoría epítetos descalificantes de los más duros.

Yo no lo veo así. En mi caso, la envidia que siento hacia aquellos que pueden expresarse con la música (que es la envidia que reconozco padecer), nunca, jamás, me llevó a malquerer a ninguno de ellos. ¡Cómo podría!

Muchos dicen que eso no es envidia, que es admiración. Pero yo insisto que no; que la admiración se la podría dispensar a un músico virtuoso, pero la verdad es que yo quisiera ocupar el lugar de cualquier músico, virtuoso o no. Que los envidio; que me gustaría estar en sus zapatos; que quisiera para mí esa habilidad; que quisiera poseer eso que ellos poseen.

Por eso creo que hay en esta discusión acerca de la envidia un problema de definiciones. Y no soy el único. Muchos hablan de envidias sanas y envidias malsanas. Yo no estoy de acuerdo con esta división. Pero alguna dificultad debe haber en el planteo mismo del problema. Las dos definiciones que da el diccionario de la lengua no ayudan mucho. No es una discusión sencilla.

Pero, más allá de esta discusión sin término, es que si yo fuera el propietario del copyright de El Orejano, cambiaría envidia por inquina. Pondría, digamos, “me tienen inquina por verme orejano”. Pero como no lo soy, acepto lo de la envidia.

Pero la verdad es que no encaja. Y más en este caso del orejano, porque la mayoría de la gente del común no siente envidia del orejano. No quieren estar en su lugar; es más, les aterra la idea de no tener una marca, como las del ganado, colocada a fuego sobre la piel; los paraliza de terror la idea de no pertenecer a algo o a alguien. La mayoría no envidia al orejano, no; pero la mayoría sí lo mira con recelo. “Le tienen idea”, como dice en otra parte la letra de ese valsecito charrúa.

Yo no soy un anarquista militante; nunca lo fui. Vivo como ciudadano en un estado; cumplo con las leyes; me casé con papeles; mis hijos fueron a la escuela. Y cuando se me antojó hacer política fui militante de un partido de los que había en stock. Pero soy anarquista de espíritu. Por eso me siento identificado con esa letra.

…Soy chúcaro y libre.
No sigo a caudillos ni a leyes me atraco.
Voy por los rumbos clareaos de mi antojo.
Y a naides preciso pa’ hacerme baqueano
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Hoy, esta tarde de domingo de agua, quise dejar este comentario aquí. Algunos de los que azarosamente me lean tal vez crean que no tiene que ver con nada. Se equivocan, pero no tengo ganas de aclarar por qué.
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Hasta otra.
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El orejano

Valseado criollo
Letra de Serafín García

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Yo sé que en el pago me tienen idea,
porque a los que mandan no les cabresteo;
porque despreciando las güeyas ajenas,
sé abrirme camino pa’ dir ande quiera.

Porque no me han visto lamber la coyunda,
ni andar hocicando pa’ hacerme de un peso,
y saben de sobra que soy duro e’ boca,
y no me asujeta ni un freno mulero.

Porque cuando tengo que cantar verdades,
las canto derecho, nomás, a lo macho,
aunque esas verdades amuestren bicheras,
ande naides creiba que hubiera gusanos.

Porque al copetudo de riñón cubierto,
pa’ quien n’ usa leyes ningún comesario,
lo trato lo mesmo que el que solo tiene
chiripá de bolsa pa’ taparse’ l rabo.

Porque no me enllenan con cuatro mentiras,
los maracanases que vienen del pueblo,
a elogiar divisas ya desmerecidas,
y hacernos promesas que nunca cumplieron.

Porque cuando truje mi china pa’ l rancho,
me olvidé que hay jueces pa’ hacer casamientos,
y que nada vale la mujer más güena,
si su hombre por ella, no ha pagado derechos.

Porque a mis gurises los he criao infieles,
aunque’ l cura grite qu’ iran al infierno,
y digo ande cuadre que pa’ nada sirven
los que solo viven pirinchando el cielo.

Porque aunque no tengo ni ande cairme muerto,
soy más rico qu’ esos que ensanchan sus campos,
pagando en sancochos de tumbas resecas,
al pobre pión qu’ echa los bofes cinchando.

Por eso en el pago me tienen idea,
porque entre los ceibos estorba un quebracho,
porque a tuitos ellos les han puesto marca,
y tienen envidia de verme orejano.

¡Y a mí que m’ importa!. Soy chúcaro y libre,
no sigo a caudillos, ni en leyes me atraco,
y voy por los rumbos clariaos de mi antojo,
y naides preciso pa’ ser mi baquiano.

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Y, por supuesto, lo tenemos aquí en la voz del recordado Jorge Cafrune:
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En el último trago. Chavela Vargas.

¡Qué maravilloso es el arte! ¡Qué marvillosa es la música popular! ¡Qué maravilla esta artista!