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Una barbi. Relato breve.

Una barbi.

Mi modesto cuentito de Navidad.

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Maximiliano tenía unos siete u ocho años cuando le llegó el chisme de que tanto Papá Noel como los Reyes Magos eran invenciones de los adultos. El rumor era tan insistente por parte de sus informantes, que no tuvo más remedio que dudar. Esa misma tarde, después de que salió de la escuela, a la hora que su madre les servía el almuerzo a él y a su hermanita Julieta, Maxi dejó la mesa, fue hasta la cocina y en voz baja le contó a su madre lo que sus compañeros de escuela le habían revelado. Preguntó si era verdad.

La madre, con todo el amor del que era capaz, habló largamente con su hijo, explicándole el porqué del engaño. De esa forma, Maxi empezaba a darle formas concretas a esa palabra, amor, que tanta veces había oído hablar o había leído. Amor y mentira aparecían juntos en una historia de intrigas. El chico aceptó la explicación. Sólo le quedó un sabor amargo, nacido de la vergüenza de haber sido crédulo, pero, como suele ocurrir a esa edad, esos sentimientos desaparecieron muy rápido. Esa misma tarde, después de comer y de dormir su siesta, Maximiliano había regresado a su humor habitual. La vida, como es natural, siguió su curso para todo el mundo. Incluso para él, a pesar de la revelación.

Al año siguiente, meses después de esa tarde, Maxi regresó de la escuela con signos en el rostro de haber tenido una pelea con algún compañero. Una nota de la maestra en el cuaderno de las comunicaciones confirmaba esa presunción. La madre le pidió explicaciones y Maximiliano explicó. Le había dado una trompada a Juan Manuel porque éste le había dicho a Julieta que ni Papá Noel ni los Reyes Magos existían. Julieta era la hermanita menor de Maxi, y ese año concurría a su primer grado en la misma escuela. Los moretones que tenía en la cara no eran otra cosa que la réplica de esa trompada. Juan Manuel, claro, había reaccionado.

La madre limpió los raspones que tenía el chico en el rostro, firmó el cuaderno de comunicaciones y no dijo ni una palabra. Ese silencio de la madre, más la normalidad más absoluta que el hijo veía en los músculos de la cara de ella, bastaron para que Maximiliano interpretara que había hecho lo justo; o, al menos, que no había hecho nada inadecuado.

Esa noche, cuando el padre regresó a la casa de su trabajo, Maximiliano pudo ver que su madre, en la cocina, mientras tomaba un mate junto a su padre, contaba lo sucedido. El padre, luego, a la hora de sentarse a la mesa, le acarició la cabeza al chico, removiéndole los pelos. Finalmente durante la cena nadie mencionó, ni los moretones, ni el cuaderno de comunicaciones, ni nada. Julieta, mientras tomaba su comida, y con sus moditos de niña de cuatro años, dijo:

-Juama dijo que Papá Noel es un papá disfrazado.

El padre dibujó una sonrisa, y dirigiéndose a la niñita, dijo:

-Y decime…: ¿Qué le vas a pedir a papá Noel?

-Una ba’bi. –dijo la pequeña Julieta, al tiempo que luchaba con el tenedor para poder ensartar un trocito de milanesa que la madre le había cortado.

-Ajá. –remató el padre-. Una barbi.

Maxiliano abrío un pan, una espléndida milonguita de unos diez centímetros, metió una milanesa grande como una zapatilla entre las dos mitades del pan, lo tapó y apuntó el sánguche hacia la boca. De un mordisco arrancó un bocado grande que inmediatamente se dispuso a masticar con los modos más ramplones de que los chicos son capaces. Los músculos de la cara, del lado del moretón, le dolían al masticar. Pero tenía una sonrisa grande como una casa. Bueno, tal vez no como una casa. Grande como una de esas milanesas que hacía su madre y que tanto le gustaban.

A la mañana siguiente, como siempre, la vida siguió su curso para todos, incluso para Maximiliano, para Julieta, para los padres, y para todos los Juan Manuel que hay en el mundo.

Al despedir a sus hijos cuando estos subían al transporte escolar, la mujer le dijo a su hijo:

-Portate bien.

-Sí, ma.

Julieta caminó por el pasillo del micro escolar. Al llegar donde estaba sentado Juan Manuel, la pequeña, mostrando ese delicioso ceño que se tiene a los cuatro o cinco años, le dijo:

-E’túpido.

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Alfredo Arri (Theodoro)

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