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¡Que me quiten lo bailado!

Marina Palmer y su novela Kiss and tango.

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La Nación de hoy nos da cuenta de una noticia –simpática por cierto- que encierra dos aristas que pretendo destacar aquí. O, mejor expresado, algunas reflexiones anexas que pretendo desarrollar a partir de una historia.

La historia es la relatada por la propia protagonista y la puedo resumir así: La estadounidense Marina Palmer tenía 30 años en 1997. Trabajaba como publicista y carecía del tiempo suficiente para buscarse una pareja y pensar en una familia. En ese año se tomó un mes de vacaciones y vino a la Argentina. Aquí se enamoró del tango. De regreso a su patria tomó clases de tango y, al mismo tiempo, fantaseó con la idea de encontrar el amor en Buenos Aires, en una milonga. Regresó al país en 1999 y hasta el 2002 bailó tango doce horas por día. Llegó a bailar el tango, a la gorra, en la calle Florida. La crisis del 2001 – 2002 la desalentó y regresó a los Estados Unidos. Allí escribió en pocos meses su novela –Kiss and tango- en la que relata esa fantasía de la búsqueda del amor en una milonga. La novela obtiene un relativo éxito; es traducida a tres lenguas, y la próxima traducción –al español- llevará el título de “Quién me quita lo bailado”. Y como si esto fuera poco, Sandra Bullock le compró los derechos del libro para hacer una película con la historia. Una historia encantadora desde todo punto de vista. Los detalles de la noticia, en el enlace a La Nación que está al pie de esta entrada. (Hay una foto de la escritora).

La reflexión es la que está oculta detrás de la novela (o de la versión oficial de esta aventura), y es la que me ha movido a escribir esta entrada. A ver cómo lo digo.

Por supuesto que no voy a descreer de la versión de la aventura dada por autora estadounidense; la tomo por verdadera. Pero me permito dudar de que su amor al tango nació de súbito a partir de una visita casual a la Argentina. Me inclino a pensar que, de alguna u otra manera, consciente o no, existía en ella esa fantasía antes de su viaje a la Argentina y éste no fue más que el paso inicial hacia la realización de esa fantasía. ¿Por qué puedo arriesgar esta hipótesis, esta versión conjetural de su aventura? Pues porque es una fantasía muy común en muchos sitios del mundo. Mujeres de Europa y de Estados Unidos –aun de Asia- han elaborado fantasías de ese tipo, surgidas de dos imágenes muy fuertes: la naturaleza misma del tango (aun en su versión estereotipada), cuya sensualidad para el espectador de la danza es patente; y los estereotipos que alrededor del tango creó el cine, tanto el de Holywood como el de Europa.

Dice muy acertadamente Marina Palmer:

“El tango tiene un lado físico que me atrapó: todo empieza con un abrazo. Es el placer de estar mimada y contenida por un hombre. Es una entrega de la mujer, cosa que tiene también su lado complicado. Es cerrar los ojos y dejarse llevar por el hombre, confiar en él. Es una manera de volver a la contención del útero materno”

Una idealización. Y para quien vive en otras culturas, una fantasía. Tanto es así que Marina Palmer, cuando finalmente encuentra el amor (fuera de la milonga) y deja de bailar, puede afirmar lo siguiente:

“Cuando descubrí el amor verdadero fue todo muy distinto, muy real. En cambio, el tango es seducción y provocación, un histeriqueo de sensaciones que nunca se concretan”.

“Un histeriqueo de sensaciones que nunca se producen”. Acertadísima caracterización. Imperdonable si hubiese partido de una improvisada. Pero Marina Palmer, según nos cuenta en su página, no es ninguna improvisada. Nos conoce, y bien.

Para quienes me leen desde otras latitudes vale aclarar que el verbo histeriquear se utiliza por aquí, en el lenguaje coloquial, para caracterizar al hombre o la mujer que hacen de la seducción por la seducción misma todo un arte, evitando en forma más o menos constante la consumación de la conquista cuando esa seducción da resultados positivos. Te entusiasmo y cuando estás entusiasmado/a, me piro.

Y en el tango danza hoy, en la milonga, hay algo de ese histeriqueo. Debemos admitirlo. Es más, es la expresión cultural más apropiada para un histeriqueo políticamente correcto, delimitado a la liturgia de los tres minutos de la pieza musical y a un templo también delimitado, la milonga.

Tal vez hubo tiempos en que no fue así y el carácter masivo de la cultura del tango danza fue el medio más corriente de conocer pareja, aun el amor, en un baile de carnaval, o en un baile de club barrial. Miles de parejas se habrán conocido así en los treinta y cuarenta, y aun en los cincuenta del siglo pasado. Pero los “8 grandes bailes 8” devenidos milonga, y el tango danza devenido culto de milonguero dio lugar a otro tipo de personaje, el milonguero de peluquín o tintura que consuma su oficio de varón, por decirlo de algún modo, en los tres minutos de un tango. Y si a esto se le añade el factor Holywood, y esa fantasía mujeril que produce en los países del primer mundo tal factor, ha dado lugar a otro personaje, secundario pero real, el oportunista vividor de turistas, remedo posmoderno –flexibilizado- del clásico gigoló. Si éste iba a vivir como un duque con las fortunas de las damas en Europa; aquél pucherea gracias a la complacencia de algunas turistas del primer mundo –hoy extendido a América del Norte- que arriban al país a “vivir” el tango, según lo que creen que el tango es.

Que no está mal; es una manera módica de realizar esa fantasía. Pero mucho más productiva es realizarla a través de la literatura, que es lo que ha hecho Marina Palmer. Resultará interesante para nosotros, los argentinos, ver de qué manera realiza el libro de Marina Palmer la deliciosa Sandra Bullock en la peli, cuando la haga, si es que la hace.

Para cerrar. Tal vez algún milonguero que lea estas líneas se me enoje. Instintivamente, tal milonguero me preguntaría desde qué lado hablo. Milonguero no soy, si a eso apuntara la hipotética objeción. Pero puedo apoyarme en un milonguero de pura cepa para redondear la idea. Eduardo Cozarinsky, realizador de cine que vive en Francia desde hace años y que publicó hace meses su libro “Milongas”. Y en la entrevista que en ocasión de promover su libro le hiciera Ñ en noviembre último, dice el milonguero: “El milonguero tiene necesidad de ficción.”

Dice Cozarinsky:

“Este baile vuelve porque es fundamentalmente un diálogo de cuerpos donde el hombre propone y la mujer dispone… El tango pone en escena el deseo, pero además hay en los milongueros una necesidad de ficción –esa pequeña novela de tres minutos que viven los bailarines- donde ya no importa si el hombre tiene panza o la mujer no es linda,”
Revista Ñ, 215 10/11/07 pg. 22

Y luego reafirma su juicio citando a Ezequiel Martínez Estrada:

“Quizá ninguna música se preste como el tango a la ensoñación, entra y se posesiona de todo el ser como un narcótico, es posible, a su compás, detener el pensamiento y dejar flotar el alma en el cuerpo”. idem

Sensualidad, sí; pero ahí, en la pista y durante el baile. Afuera de la milonga, la vida de Buenos Aires no difiere en nada de ninguna ciudad del mundo. Y fuera del salón de baile, el milonguero y la milonguera no difieren en nada de ninguna persona corriente de cualquier parte de la tierra. Es en ese universo amplio donde hay que ir a buscar el amor con posibilidad de ser hallado: en cualquier calle de cualquier ciudad del mundo.
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Alfredo Arri (Theodoro)
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Norteamericana y milonguera
Sus aventuras porteñas en un film de Sandra Bullock
LANACION.com | Espectáculos | Miércoles 6 de febrero de 2008


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