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Poseidón, o como tirar dos pesos a la basura.

¿Te gusta el cine catástrofe? Si te gusta, no veas esta película.

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Ayer vi, en la comodidad del living y con la pachorra de la sobremesa, la remake de La aventura del Poseidón, Poseidón. En este caso ecaja a la perfección aquéllo de “nunca segundas partes fueron buenas”. Axioma falso, claro, pero que en este caso, repito, encaja perfectamente.

De todas maneras, no es ése el propósito de esta nota. Comentar una película que ya tiene un par de años es algo así como un despropósito; tampoco es éste un espacio de o para cinéfilos.

No, el propósito es otro: es relatar, a mi modo, el regusto amargo que me quedó después de ver la peli.

En la versión original, hay algo así como un planteo filósofico alrededor de categorías tales como el destino, la predestinación, el libre albedrío. Cuánto hay de dado en la suerte de las personas; y cuánto hay de logrado o producido en la suerte de las personas. En la buena y en la mala suerte, claro. En algún momento de la vieja Aventura…, se enfrentan las dos posturas y los creyentes de una se salvan, mientras que los adherentes a la otra son derrotados por la muerte. Por supuesto que aquella vieja película que en su momento causó impacto, no era más que una producción de las primeras en el tiempo de ese género llamado cine catástrofe. Una peli pionera, sencilla y nada más. Pero el planteo filosófico estaba subyacente.

En esta versión, en cambio, no hay nada de eso. Los estereotipos del capitalismo salvaje posreaganeano son demasiado evidentes:

El jugador que arriesga irresponsablemente, es el primero en perecer entre los potenciales sobrevivientes.

El camarero, un personaje sobre el cual el espectador no puede evitar asociarlo a la idea de hallarse ante la presencia de un latino, entra al círculo de los elegidos, tras la promesa de un pago extra, abandonando a los suyos, es decir, en forma subrepticia. La figura del inmigrante ilegal es obvia. Por supuesto, cuando las papas queman, se lo patea, con la complicidad, incluso, de quien lo había contratado. Para el caso de esta película, la expresión “se lo patea” es apropiada por litaral: En efecto el personaje que encarna Richard Dreyfus, se saca de encima al molesto ilegal a patadas, dejándolo caer a los abismos del infierno. Hay un minuto de silencio, es verdad. Pero a veces hay silencios que son tales porque las palabras que aclaran, oscurecen.

El personaje principal, por su parte, que representa al individualismo extremo del capitalismo salvaje en su arista ideológica, capaz de cualquier cosa para ganar, combatiendo con las banderas del “primero yo, después yo y siempre yo”, al final resulta ser un tipo sensible, capaz de arriesgar su vida para salvar al niño.

El político de antigua raza, desplazado del poder, también se inmola en favor de todos. Su pérdida del poder queda justificada por la abnegación hacia el sistema, en este caso, por su hija, el prometido de ésta y, por extensión, a todos los demás.

El capitán que da las órdenes equivocadas, a raíz del cumplimiento de las cuales mueren todos los pasajeros que confiaron en él es, por supuesto, un negro.

Y por último, el papel pasivo y estúpido asignado a las dos mujeres que intervienen en las peripecias de los finalmente sobrevivientes dentro de la nave puesta culo para arriba por una ola gigantesca, es francamente humillante para el género de las bellas.

En pocas palabras, una película de mierda. Dos pesos con setenta y cinco centavos pagué por el alquiler de esta superproducción clase B. Sí, clase B, porque, pregunto yo: ¿De dónde carajo sacó los anteojos Richard Dreyfus en una escena muy posterior a que le pasara una aplanadora por encima cuando no los tenía puestos? ¿Los tenía en el bolsillo? ¿O los sacó de los restos del shopping del crucero?

¡Dos pesos con setenta y cinco centavos! ¡Por Dios! Al menos, el gasto que quede justificado por esta entrada.

Au revoir.
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o0o


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