Reír, llorar.
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Una de las primeras lecciones que aprendemos en la vida es la de ser premiados por reír. Nuestra risa es prematuramente celebrada y, de alguna manera, aprendemos -también prematuramente- a provocar esa celebración.
La risa, la facultad de reír, viene incorporada con los genes; pero me animo a creer que el uso especulativo de esa facultad, ya es cultural. Es un acto, aún reflejo, sin dudas, pero ya cultural.
Recuerdo estas palabras de un médico pediatra, dirigidas a una joven mamá que insistía en el carácter especularivo de la risa de su bebé. “No, señora; hasta después de los tres o cuatro meses de edad, los bebés no tienen risa social.” ¡Ja!, respondió la madre, practicando una risa, si se me permite, notoriamente antisocial.
Hay que aceptar, de todos modos, que a una edad tal, de meses apenas, no guardamos recuerdo de ninguno de nuestros actos especulativos, casi reflejos. Y así, ingresamos en una vida ya decididamente social con el olvido de esas prácticas tan prematuramente aprendidas.
Conservar o no conservar, al crecer, el hábito de reír para provocar en el otro una respuesta positiva es ya una cuestión de circunstancias. Algunos, decididamente, olvidan ese poder de su propia risa y devienen personas, si no antipáticas -que las hay-, al menos neutras en la relación con sus semejantes. Son tipos que están, pero es como si no estuvieran.
Aquellos otros que conservan esa práctica de reír para provocar una respuesta positiva, con el tiempo aprenden otra lección. Una que está relacionada con la anterior, y que es complemento de la misma. Es ésta: aprendemos que si la respuesta que nuestra risa provoca en el otro es su propia risa, ésta será para nosotros una forma de celebración tan gratificante que buscaremos, permanentemente, repetir esa experiencia. Descubrimos, en pocas palabras, que hacer reír es tan gozoso como reír.
Muchas personas hay que ejercen esa práctica sin dificultad alguna porque poseen, como lo expresa el lenguaje coloquial, la “risa contagiosa”.
Finalmente, está la forma superior de esa práctica, que es el de provocar la risa en el otro, ya no con una ruidosa risa que obliga a la emulación en los que tiene el reidor a su alrededor, sino con el manejo de palabras, situaciones, actitudes que provocan la risa en circunstanciados interlocutores. Es el caso del histriónico en el grupo íntimo de relaciones, o el caso del humorista en el campo más amplio del espectáculo.
Hacer reír sin exhibir previamente nuestra propia risa es ya todo un arte. De ahí al hacer reír sin intervención alguna de la propia risa hay un solo paso.
Ese estereotipo del payaso que, provocando la risa en los otros, sufre en silencio su dolor, no es una figura ficcional. Es un estereotipo, con su exageración alegórica por cierto, pero refleja una situación real. Más aún: es más o menos general la sospecha de que podría haber en todo humorista profesional algo de ese estereotipo. Una cosa es reír y contagiar la risa y otra muy diversa es provocar la risa para reír, o para tener la ilusión de que esa risa me será contagiada.
Reír con la risa ajena provocada por nosotros mismos puede ser un arte, y sin duda lo es, pero también podría ser la manifestación de un dolor, de una falta, de una ausencia, de un vacío.
Pero, podría. Sólo podría. También está el caso de quien ha aprendido a seducir con el humor. Y eso le sirve, tanto para cuestiones del amor como para otras cuestiones de orden pragmático. En este caso, el arte de provocar la sonrisa en el interlocutor sería algo así como la expresión táctica humorística de una estrategia que poco tiene que ver con el humor.
2
Meterse a reflexionar sobre la risa humana nos lleva irremediablemente a incursionar, no sin cierto desgano, por ciertos paisajes de las ciencias. Al tratar la risa humana, fisiólogos, médicos, psicólogos y especialistas en otras ramas biológicas del saber, nos ofrecen conceptos que ayudan a comprender un poco más este aspecto de la naturaleza humana.
El concepto más fácil de aceptar es que la risa viene con los genes, ya que su presencia, bajo sus formas específicas en cada caso, está presente en los animales, y no solamente en los primates. Y escribí que ese concepto es el más fácil de aceptar porque cualquiera que haya vivido lo suficiente y haya observado lo que está a la vista, ya sabe que los animales ríen. A su manera, pero ríen. Así que tiene sentido hablar de risa humana, para diferenciarla de la risa en general.
Más allá de este primer concepto, nos metemos en honduras. Sistema límbico, endorfinas, hipotálamo, músculos faciales, y muchos etcéteras. De todo este cúmulo de datos científicos alrededor de la risa humana, destaco la afirmación hecha por especialistas del comportamiento humano de que hay una real dificultad en el común de las personas para reconocer una risa falsa de una verdadera.
Este fenómeno, que ha llevado a psicólogos a edificar sistemas de reconocimiento a los efectos de “descubrir” objetivamente la risa falsa, a través del comportamiento del conjunto de los músculos faciales que intervienen en la risa, carece de misterios para mí.
La risa humana no difiere sino en su forma de otros modos de comunicación. Y en todo proceso de comunicación interviene siempre un emisor que es quien posee la facultad de manifestar algo que esté en correspondencia con lo que declara manifestar, o que no lo esté. Y en el otro polo está el receptor, una subjetividad en la cual la decodificación del mensaje dependerá, no ya de la voluntad de creer o no creer, sino de su acervo o inventario de elementos que posea para la decodificación que le permita creer o no creer. Vale este proceso tanto para el lenguaje oral como para el gestual. Cualquiera con mediana habilidad puede vender una risa, pero sólo la compra quien no posee las herramientas para establecer que lo que se le ofrece no es genuino.
Una misma persona puede descubrir con toda facilidad la risa falsa que le lanza alguien de su círculo íntimo, pero no puede hacer lo propio con una risa que recibe de personas cuyo universo cultural, y aún ético, el receptor no conoce. Por ejemplo, la que le viene de un político. Es por esto, tan obvio, que la famosa fotografía del candidato en campaña electoral que acaricia a un niño extraño y sonríe para la cámara mientras ejecuta la sonrisa, se vende con tanta facilidad.
El receptor de cualquier mensaje -y la risa dirigida es un mensaje- carece de voluntad. O cree, o no cree; y esto no depende de su voluntad, sino de su acervo de conocimientos necesarios para decodificar. Un político profesional, por muy poco formado culturalmente que esté, reconocerá de inmediato la sonrisa falsa de otro político porque su propio acervo posee los elementos de juicio suficientes para la correcta decodificación.
3
La risa está asociada siempre al placer. Reír es placentero. Provocar la risa lo es. Reír con otros lo es. Lo es, incluso, cuando surge de la manipulación lúdica de asuntos graves, como la muerte. El humor negro es una forma de humor, y más allá de las implicaciones freudianas que cualquiera pueda sacar de la práctica de componer (o festejar) chistes alrededor de cualquier tema, reír es placentero. Si la materia del chiste choca con nuestros principios, no reímos. Alguna vez -o muchas veces- nos ha sucedido, y no reímos. Sobre todo cuando el chiste no es otra cosa que un andamiaje más o menos ingenioso para “bajar línea”, para decirlo en términos de moda. Pero si reímos, cualquiera sea el motivo de chiste, experimentamos placer.
La ingeniosidad para la composición de chistes no tiene fin. El último que escuché dice así: Los científicos de diversas universidades denunciaron que se destinan quince veces más recursos financieros para la investigación de medicamentos que garanticen la erección en los hombres maduros, y para la investigación de nuevos materiales para la recomposición estética de las mujeres con senos caídos, que para la investigación de remedios contra el mal de Alzheimer. En pocos años, el mundo estará poblado de viejos con penes erectos y viejas con tetas firmes que no se acordarán para qué les sirven.
Las situaciones grotescas suelen provocar la risa. Todavía nos reímos en casa al recordar cuando la tía uruguaya, mil años atrás, en Aeroparque, de regreso a Mantevideo, al abordar un avión que aún eran a hélices, al pasar por delante de las hélices se le voló la peluca, provocando que varios empleados del aeropuerto corrieran a atrapar el quincho que rodaba por la pista a la manera de esas bolas de pasto seco que Holywood inventó para representar el viento en las películas de cowboys. Y la pobre tía, al pie del avión, calva como Kojac, haciendo aspaviento con sus manos para dar énfasis a su mal momento. La tía murió hace muchos años, sin embargo, sigue regalándonos, de alguna manera, una sonrisa de vez en cuando.
La réplica ingeniosa inmediata es otra forma eficaz de provocar la risa. ¿Quién no ha explotado en carcajadas tras cada respuesta contundente a un ¡aro aro aro! en alguna reunión de música folclórica? ¿Quién podría permanecer indiferente a la risa colectiva cuando aquel cordobés a quien el humo de la parrilla del choripanero le estaba entorpeciendo la visibilidad de la cancha desde la tribuna le gritó: “¡Che, nero, ponelo al mínimo, queréi!”
“La risa, remedio infalible” rezaba la sección de Selecciones del Reader’s Digest que mi viejo compraba religiosamente cada mes en los cincuenta y que yo leía diez veces cada número. Tan es así, que algunos médicos aprueban con entusiasmo las iniciativas de llevar el humor a los enfermos internados. La risa es un remedio para muchos males.
Algunas personas arguyen en contra de la risa por la risa misma que la vida es, en realidad, un valle de lágrimas, y que reír no es nada más que un paliativo. ¡Vaya con la noticia! Como habría dicho otra de mis tías, Esther, mujer de muy pocas palabras: Precisamente… precisamente.
4.
La risa no tiene su polo opuesto. El llanto no lo es.. Para el diccionario risa es la manifestación física de la alegría: 1. f. Movimiento de la boca y otras partes del rostro, que demuestra alegría. El llanto, para el diccionario, es nada más que profusión de lágrimas. Y está bien: cualquiera sabe que el llanto no denota necesariamente tristeza. Puede llorar uno por emociones diversas; incluso puede uno llorar de risa.
El llanto, como la risa, viene con los genes y su utilización como recurso expresivo para demandar algo es de uso automático al nacer. Instintivo, pero es. Y luego, como la risa, el niño que crece aprende a utilizar ese recurso en su beneficio. Es fama que las mujeres han sabido explotar ese recurso más allá de la infancia o aun de la adolescencia.
El llanto tiene en común con la risa, también, que es difícil descubrir cuándo es verdadero y cuándo no lo es. Sabemos que el llanto -su manifestación física- es real cuando lo vemos, pero no podemos saber si el sentimiento que pretende denunciar lo es. Normalmente lo es, pero, cuando no lo es, no nos resulta sencillo descubrir el engaño. Lágrimas de cocodrilo, que le dicen. Hay personas que lloran a voluntad y en forma pura, es decir, provocan a sus ojos para la “profusión de lágrimas” porque sí. Una habilidad como cualquier otra, como mover las orejas. Algunas culturas mencionan la profesión de “lloronas”, es decir, personas hábiles para el llanto gratuito pero bien ejecutado, que eran reclamadas para dar color a un velorio desabrido. Un muerto bien llorado ha de ser un muerto bien querido. Afortunadamente esas prácticas quedaron atrás y hoy, un muerto en cuyo velorio se da la risa junto al recogimiento, es un finado cuya partida se lamenta.
Llorar y reir en el mismo acto es una muestra sublime de la manifestación de los sentimientos, sobre todo cuando manifiestan sentimientos encontrados. Es un espectáculo tierno, conmovedor.
Pero no necesariamente han de ser encontrados los sentimientos para mover al llanto con risa o la risa llorona. A veces pueden ser expresiones de un estado de ánimo unívoco. El orgasmo puede ser un rotundo ejemplo de ello. Tanto el masculino como el femenino. Y también es un espectáculo, claro. A veces, hasta para los vecinos, pero ésa es otra historia.
Lágrimas y sonrisas. La expresión denota la esencia sentimental de la vida. Todos debemos ejecutar, infinitas veces en la vida, ambas acciones corporales. Son la prueba irrefutable de nuestra humanidad. Ya se sabe que el hombre que no ríe, como el hombre que no llora, son, ambos, ejemplares defectuosos en la perpetua producción de seres humanos.
No hay que confundir al hombre que no llora con el varón que no sabe llorar, que no se permite llorar. Esto es otra cosa; en todo caso, un fallo de otro tipo, cultural y, como tal, históricamente condenado a desaparecer.
La vida es un valle de lágrimas, sentencian las comadres. Es la versión pesimista de la vida o, en el mejor de los casos, la extrapolación, a toda la humanidad, de la propia experiencia de vida. ¡Ah: este valle de lágrimas…! Así se lamentaba mi tía Juana quien, como sospecharán, tuvo una vida de mierda, y no por su sola responsabilidad.
El varón que ríe, seduce; la mujer que llora, ablanda. El niño que rie; alegra; el niño que llora, conmueve. El actor que ríe, contagia; el actor que llora, convence. El pecador que ríe, enardece; el pecador que llora, implora.
Gorrindo escribió Las cuarenta.
Aprendí que en esta vida
hay que llorar si otros lloran;
y si la murga se ríe
uno se debe reír.
Tal vez se inspiró en el poema del mexicano Peza, Reir llorando, cuya última cuarteta reza así:
El carnaval del mundo engaña tanto
que las vidas son breves mascaradas
aquí aprendimos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.
Tal vez, sólo tal vez. De cualquier modo, pesimista el poeta mexicano, pesimista nuestro letrista. La vida es un carnaval, por supuesto. Pero hay que ver cómo se lo transita. Uno puede sobrellevarlo disfrazado de payaso o de colombina. Celia Cruz nos canta:
No hay, no hay que llorar
pues la vida es un carnaval
y es mas bello vivir cantando
No hay, no hay que llorar
pues la vida es un carnaval
y las penas se van cantando
Que vendría a ser la versión optimista. Todo se soluciona con una risa o cantando. Fórmula demasiado simple para ser verdadera. No, todo no se soluciona con la risa. Todo es una palabra un poco grande.
Prefiero ir al corso a cara descubierta.
Reír, llorar. Humanos somos. Y como soy un maduro con pretensiones de poeta, cierro con esto: ninguna de las acciones que los hombres somos capaces de hacer supera en humanidad a ese simple acto de beber una lágrima del ser amado con un beso. Es el primer paso para ayudarle a hallar, alguna vez, la sonrisa perdida.
Au revoir.
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Este post me recuerda la facilidad que tienen los políticos para sonreír cuando se dan la mano para hacer la foto.
Me parece muy lìrico el artìculo sobre reir y llorar. Puesto que hay que ser un verdadero artista para reir como el payaso Garry cuando su madre estaba muriendo y èl tenìa que hacer reìr a su pùblico, la funciòn tenìa que continuar. Mi inquietud era si alguien podìa saber reconocer cuando las lagrimas “de cocodrilo” de una mujer son mentiras o es la arma defensiva del gènero femenino. Por que cuando una dama se encuentra descubierta robando “rompe en llanto” para demostrar su fr`gil conduct de hoenstida y honradez, y los interlocutores le creen. Hay caso como el que mencionamos y acabamos de conocer el caso de una profesional y directiva de un colegio profesional.
Cèsar Benavides
Muchas gracias, César, por leer esta entrada y dejar su comentario en él.