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La interactividad en los medios de comunicación y el buen gusto.

Soliloquios de un hombre maduro.

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La interactividad en los medios de comunicación y el buen gusto.

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Entre otros fenómenos que ha producido (muchos de ellos positivos), la interactividad en los medios masivos de comunicación ha convertido en políticamente correcta la manifestación pública de las miserias humanas.

Antes, cuando los medios estaban a cargo exclusivamente de profesionales sujetos, a su vez, a normas de trabajo, esas miserias humanas eran mantenidas en el ámbito más adecuado si se pretende conservar una estética colectiva en la que el decoro sea norma: el ámbito de la intimidad, el ámbito privado.

Si un periodista, locutor, conductor, o artista que, por ejemplo, tenía para sí que un Fulano era un pelotudo, se guardaba muy bien en decirlo. Y sólo si era eximio en el arte de la retórica, podía sugerirlo elípticamente, y de una forma muy velada.

Hoy no. Hoy le basta a ese periodista, locutor, conductor, o artista que tiene por pelotudo a un Fulano, nombrarlo para que de inmediato una caterva de oyentes, lectores, o televidentes le inunden el estudio de radio o tv, o la redacción del diario, con miles de mails que dirán -¡oh sorpresa!-, Fulano es un pelotudo.

No sugiero que tales mensajes son falsos. No, no es eso lo que sugiero. Los mensajes son verdaderos. Les llegan de a miles. A favor y en contra del pelotudo; es decir, a favor y en contra del Fulano. No hace falta hacer ninguna trampa. Entre los muchos mensajes que dirán Fulano es un genio, habrá otros muchos que dirán: Fulano es un pelotudo.

Observaba mi tía Juanita que su vecina, cuando el ex presidente Menem y la caterva de adulones que lo seguían aparecían en cámara con esos trajes con un color y brillo que parecían de papel de aluminio para hornear matambre, o acerados como globos de cumpleaños, llamaba a la radio para decir que el presidente era seductor, elegante, que combinaba bien los colores, que era digno representante argentino a la hora de las reuniones internacionales. Y ahora –decía extrañada mi tía Juanita- esta misma vecina llama a la radio para decir que la ropa de Cristina la pagamos nosotros; que por qué no se fija en la plata que lleva en carteras y zapatos; que se maquilla como una vedette; que es una vergüenza de la manera que viste habiendo tantos pobres…

Los mensajes de la vecina de mi tía los pasan siempre en la radio. Para ella, cuenta mi tía, se ha convertido en una rutina. Llama para opinar de todo, y todo le pasan al aire. Hace poco estaba orgullosa porque en el programa de la tarde, a la hora de leerle el consabido mensaje, la mencionaron como “una oyente habitual”, es decir, la reconocían. De ahí a la fama hay poco trecho, pensará. Es la famosa “Gladys de Claypole”, para decirlo con una expresión ya popular y definitivamente metida en la jerga nacional.

La envidia, pues, es políticamente correcta para los medios masivos de comunicación. En nombre de la libertad de expresión, la envidia, el resentimiento, el odio inter étnico, la vulgaridad, la exposición pública de la más íntima intimidad, todo eso y mucho más es hoy políticamente correcto en los medios masivos de comunicación.

En la radio y en la televisión se tiene el recurso de la edición. No sucede lo propio en los diarios. En las versiones on line de los diarios se publican todos los comentarios de todas las Gladys de Claypole y de todos los Fernando de San Fernando. La única moderación que se conserva ahí es la eliminación de la obscenidad gratuita. Pero las miserias humanas, están ahí. Todas. La envidia, el resentimiento, el desprecio inter étnico, el odio de clases.

Hay que matarlos a todos
. ¿Quién no ha oído en la radio tal mensaje, leído por un locutor, o expuesto en la voz original del oyente, ya en vivo, ya grabado? Miles de veces. O sea, la propuesta pública de la venganza privada ejecutada por el estado.

Otros oyentes, o el mismo conductor del programa, dirá: No es la solución. Hasta ahí, estamos en los límites de lo políticamente correcto. Después de todo, tales expresiones no dejan de ser una manifestación, menor si se quiere, de un debate válido. Pero…

Hasta hace poco se oía con frecuencia: Hay que matarlos a todos. Ahora comienza a ser corriente oir: Hay que matarlos a todos a estos negros de mierda. ¿Se entiende hacia dónde marcho con esta reflexión? Las manifestaciones de este tipo ya no son políticamente correctas.

Tampoco lo es afirmar: Fulano es un pelotudo.

Por supuesto que la censura es un mal remedio por la sencilla razón de que no hay quien esté capacitado para ejercerla con probidad. O sea, no es remedio. Entonces, ¿qué hacer?

¿O no hay nada que hacer? ¿Es irreversible el camino hacia la peregrina vulgaridad en los medios de comunicación? ¿O es sólo una manifestación virulenta de una enfermedad nueva que el tiempo, por sí mismo, moderará?

“Yo, cuando orgasmo, grito mucho. Los vecinos me van a matar”, dijo por la radio una oyente que se identificó como una señora de más de cuarenta años. Mi nieta de diez, quien estaba a mi lado en ese momento, me preguntó qué era orgasmar.

No es tan difícil explicarle, de algún modo, a una niña de diez años qué es el orgasmo. Lo difícil, lo que me resulta imposible de resolver es cómo enseñarle –con la misma naturalidad que se le enseña que es malo robar, por ejemplo- que hay cosas de la intimidad de las personas que es de buen gusto no hacerlas públicas. ¿Con qué argumento? En el caso del no robarás, al menos, mi nieta ve en la televisión que el que roba debe ir preso. Pero eso del buen gusto… ¿Cómo carajo la podría aleccionar?

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Au revoir


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