Miguel Ángel Solá. Por Jorge Belaunzarán.
En un pequeño ensayo que tengo en preparación, recurriré a ciertas citas como apoyatura. Uno a quien citaré ha de ser el talentoso actor Miguel Ángel Solá quien, como es sabido, decidió radicarse en España algunos años ha. Entre las declaraciones más recientes del actor se encuentran éstas, producto de una entrevista que le hiciera el periodista Jorge Belaunzarán. Dado que el autor me ha autorizado para reproducirla, tengo el inmenso placer de colocarla aquí, a disposición de mis lectores, y del público más amplio que tiene la red.
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Alfredo Arri (Theodoro).
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Una entrevista de Jorge Belaunzarán para Asterisco. Mayo 2008.
“Apuro el paso si sé que me espera mi mujer.”
Si hubiera que refutar el dicho que dice “el que no está en la tele no existe”, habría que usar su nombre. Más de 50 películas, una obra de gira por diez años y la felicidad en la piel. Orgulloso de tanto, no alardea. Tampoco reniega. Simplemente lo vive.
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Participó de un hecho extraordinario, aunque no sea noticia: integrar el elenco de El diario de Adán y Eva, que convocó a más de un millón de espectadores. Y, según los que saben, eso sólo lo consigue el dos por ciento de las piezas en el mundo. Trabaja con su mujer, lo cual, dijo, es una dicha. Está feliz con sus hijas y su vida en familia. Todo esto en un mundo que no deja de lamentar lo mal que está, los sufrimientos que padece, la infelicidad que transita. ¿Cómo se siente en esa situación?
-Mientras vivo sin pensarlo, normal. En todo caso, agradecido, porque es un privilegio que vivo sin dañar a nadie; amo a quien amo; crio y educo a quienes amo y no dejo de pertenecer a este mundo sufriente y desquiciado, soy parte de él y, a mi modo, creo con todas mis fuerzas que ayudo a que no sea peor. Puedo hacer más, seguro, y en cuanto descubro qué y cómo, lo hago. Pero lo que no puedo es ser infeliz por se feliz.
-Javier Daulte dijo en Asterisco que si a su obra La felicidad le hubiera puesto La infelicidad, nadie habría preguntado nada. Y agregó: “no estamos acostumbrados a ver gente feliz ni a ser felices, entonces cuando lo somos no decimos nada por las dudas”.
-Soy Feliz porque mis sentimientos no se apagan. Apuro el paso si sé que mi mujer me espera. Deseo llegar a casa porque ahí están los besos, los abrazos, el deseo del día que viene. Soy feliz porque en cada caricia, aunque estamos de paso, toma nota de cierta forma de inmortalidad. Me quieren, confían en mí, me invitan a seguir creyendo… Tengo cincuenta y siete años, y podría callar que soy feliz , ¿por pudor?, ¿porque hay mucho infeliz?… Me da pena la infelicidad de otro, pero no opaca mi felicidad. Llegará el tiempo en que no pueda valerme por mí mismo, llegará el tiempo de la derrota, de la infelicidad. Aún no. No todavía.
-En las entrevistas leídas que le hicieron en España se lo nota muy amable, incluso al responder aquello con lo que disiente totalmente. Es cierto que la palabra escrita es distinta a la oral, y quizá por eso el recuerdo engaña: cuando estaba en la Argentina se lo sentía con mayor aspereza y dureza al referirse a ciertos temas. ¿Es una percepción errada o cambió su disposición hacia la prensa?
-No sé si tiene que ver con España y sus instituciones –la prensa “a granel”, como corporación, me merece el mismo respeto que el sindicato empresarial de balleneros-, sino con las personas y con los temas. Ignoro qué ha leído o escuchado de mi letra o de mi boca. Soy amable con quien es amable. Y no con quien no. Nunca fui cínico, ni hipócrita, ni siquiera un simpático de mierda. Las palabras genocida, torturador, cómplice, estafador, criminal, ladrón, pedofílico, violador, armamentista, traficante, corporativista siguen teniendo el mismo significado para mí. Aquí o allá opino que los hijos de puta son y serán hijos de puta. Y que la vergüenza se pierde una sola vez y ya no se recupera. Y que, a partir de ahí, todo es cuesta abajo. Y que el que mató una vez va a intentar seguir matando para ocultar esa primera muerte. Y así el que mintió. Y que todos esos manipuladores de la esencia humana se han inventado una excusa para convencerse de que las circunstancias los han llevado hasta allí. Y podrán seguir burlándose del que se empeña en ser honesto, pero no van a evitar que éste les lleve una enorme ventaja: la vergüenza, que da una fuerza que a todos esos les falta y que protege de hacer las canalladas que hacen. Pero eso, lejos de darme una categoría de normal en mi país, me ha hecho un áspero. Ironías argentinas.
-Cuando lo llamaron desde Argentina por su accidente en el mar se mostró molesto porque sólo se acordaran en ese momento.
-La verdad es la verdad, la diga quien la diga, y para lo que la diga, amigo. ¿A mí qué puede importarme que “la noticia” sea que el hombre mordió al perro, si yo no adhiero a ese tipo de noticias? Es lógico entonces que, si un tipo como yo de áspero dice “soy feliz”, desconcierte. ¿A mí qué puede importarme la necrofilia de tres minutos si en vida no me han querido cuidar? ¿Dónde estaban los “preocupados” cuando realmente los necesité, mucho antes del accidente? He hecho cosas plenas de vida en este tiempo, mucho más que esa de estar casi muerto o paralítico. Pero no les han inspirado nada. Y si lo que fui construyendo aquí día a día, sin otra ayuda que mi capacidad, no les ha servido jamás de noticia, ¡que llenen sus espacios no publicitarios con los hábitos de quienes siempre se prestan! Decididamente, prefiero ser áspero. Ásperamente feliz.
-¿Cómo fue eso de “volver a nacer”? ¿Podría dimensionarlo? ¿Qué cambios concretos, en lo cotidiano, hubo en su vida?
-Volver a nacer es todo eso que se pueda imaginar cuando se tiene que reaprender a vivir desde lo más elemental, pero no con un cuerpo nuevo, sino con uno usado y en peores condiciones que el anterior al accidente. Noches de vigilia, respirando mal, intentando anticipar cada pulsión que no avisa, esperando que el dolor pase y no vuelva. Todos los sentidos engañados: un acceso de vómito era, en realida, un estornudo; una jaqueca, el preludio de un pis; una presión insoportable en el esófago a toda hora la señal de que ese cuerpo no toleraba ya las medicinas que lo curaban; vidrio molido en todos los miembros; calambres; desmayos; bultos; picores… Y nada era real. “Claro que los dolores son insportables, hombre, pero no son verdaderos dolores; son las terminaciones nerviosas que están tontas, que no se encuentran…”, ironías españolas. Y ahí, los míos, mis caras queridas, mis voces queridas, lo porqué de mi felicidad: “Mi amor, come”. “Papi, ¿movemos los dedos?”, “Venga, Migue, has hecho diez metros, descansa un poco”. Un pie, el otro… ¿y ahora cuál? Noche a noche, día a día… Deforme como el hombre elefante; apnea en cada sueño… Y así hasta hoy, y mañana, y el mes que viene, y el próximo año, poniéndome a prueba… No sé qué de malo ni qué de bueno quedó en el camino, no he hecho inventario, ni siquiera provisional, ando conociéndome, que ya es trabajo.
-De todas maneras, su relación con el cuerpo sufrió tensiones importantes a partir de lo laboral.
-Los tuve, los tengo y los tendré –ahora más, por supuesto-; es el hándicap que he dado siempre. Igual pude, allá y aquí.
-En ese sentido, dijo una vez que “si el personaje dicta eso (en este caso un movimiento nervioso en las piernas) yo tengo que seguirlo como sea”. ¿Cómo se maneja actualmente con su físico y el trabajo? ¿Encontró algún “truco” que le permita sobrellevar mejor la cosa? ¿O hubo un cambio de perspectiva, de mirada, de cómo se relacionaba con su trabajo para no sufrir mayores malestares?
-No puedo hacer teatro por la energía que demanda y por las exigencias que un personaje teatral, el que sea, impone. No soy “truquista”. Los “trucos” son para los que memorizan y repiten, y yo, de eso, nada. Creo en otra dimensión del teatro. Hago televisión mientras espero el momento en que –llegará, estoy seguro- pueda retomar mi “Diario….”
-¿Y cómo sabe lo que un personaje le pide?
-Sucede, como la picazón. Y a rascarse. Una noche empieza a hacer por mí. Parece que fuera yo, pero no, yo sé cuando obro solo. Luego, analizando lo ocurrido, incluso esos momentos en los que me ha quedado la sensación de no haber existido, porque no hay memoria –un charco, una laguna, perdido, sin rastros-, sé que me he dejado guiar. ¿Cómo recuperar ese tiempo en mi recuerdo? ¿Cómo, para poder revivir lo hecho? No hay manera… Los contiene otra memoria, no la mía. Y quedan allí, irreproducibles, originales, como huellas en el agua. No sirven para los demás ni para el curriculum; me sirven, sí, para comprender que por mí pasó el teatro, y gracias a él, un inmaterial que tuvo la feliz ocurrencia de atravesarme y dejar constancia.
-Dijo: “El teatro es riesgo y el cine cómodo”. Y hay quienes dicen que lo que incomoda al actor en cine es que no tiene el control del producto, y que por eso el cine no alimentaría tanto su ego.
-El teatro no admite “top-manta”, ni “va de nuevo”, ni “ponéle la cebolla, que no puede llorar”, ni “toma catorce”… En cuanto a esos “quiénes” que dicen boludeces, terminarán destruyendo la capa de ozono con su halitosis.
-Hace poco Javier Bardén ganó un Oscar. En Argentina se habló de la influencia de los actores argentinos. ¿Son una especie de maestros? ¿Lo siguen siendo o eso se diluyó con el tiempo y los propios problemas argentinos?
-Nunca fui maestro de nadie. Nadie me enseñó. Mal puedo opinar. Sé que los argentinos somos apasionados en la necesidad de creer y trasmitir. Sé también que hay argentinos de nacimiento, y hay argentinos de profesión.
-Respecto al cine y después de haber hecho más de cincuenta películas, ¿todavía piensa que no le llegó su personaje?
-Quizá no haya hecho mérito suficiente. Quizás me sorprenda y en los años a venir pueda dejar alguna huella. A veces ocurre.
-Usted a través de su trabajo vive de alguna manera de las palabras, ¿cuál es el lugar que les otorga en una sociedad comprometida con la imagen?
-La imagen no me importa si no transforma. La imagen ya está ahí, antes que la cámara la “descubra”, esperando a que se le haga alguna cosquilla. Y la palabra, si no sana algo, si no contiene la misión de lo que nombra, tampoco importa.
-¿Qué tipo de relación mantiene con Argentina? ¿Es un prejuicio o no pudo concretar el deseo de ser feliz en su tierra? Disculpe la insistencia, pero uno no deja de sentirse curioso por conocer qué llevó a otro a alcanzar aquello que desea para sí mismo, pero que no abunda.
-Yo he sido feliz en mi tierra. Pero muy pocas veces se me preguntó si era feliz. No creo que me creyeran con derecho, por portación de cara, supongo. A pesar de eso he sido muy feliz. Aclaro, que mi felicidad no es tonta, que incluyo en ella el sufrir. Sufrir por aquello que te jugás y te acarrea problemas, sacrificios, tristezas, peligros… El amor es eso también, y el hijo, y el proceso creativo con la equivocación pasajera, y la duda que carcome, y la fe incierta… Y todo eso lo viví allá durante cincuenta años. En mi tierra conocí a mi mujer, y a los míos, y a casi todos los seres que llegué a admirar y a querer… ¿Cómo que no he sido feliz allá? Toda la mitad primera de mi vida está en Argentina, por mal que la cuenten los que no me creyeron con derecho. De todos modos, no creo que mi felicidad pueda aclarar la tuya. Será tu palabra la que la deletree en tu librito, ¿no te parece?
-Por último, ¿la búsqueda del hombre finalmente es el amor?
-El amor está ahí, para ser tocado, oído, saboreado, olido, y a la vista de cualquiera. Y el que no se da cuenta, que se lo pierda sin arruinar la creencia a los demás, que la tiña es contagiosa, y el mundo no para de lamentarse de lo mal que está. Somos los únicos bichos de la creación con capacidad conciente para revertir esto que es en lo que podría ser. El problema son los derechos de autor a repartir. Y los repartidores, y los intermediarios, y los impuestos, y los tilingos, los ignorantes y los falaces que creen que se debe seguir jodiendo a los ya suficientemente jodidos, porque “el mundo fue y será una porquería y no hay quien lo cambie”…(Esto es amable, o áspero? ¿A oídos de quién?).
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Miguel Ángel Solá, por Jorge Belaunzarán. En Asterisco, mayo 2008.
Reproducido con la autorización del autor. Todos los derechos reservados. Copyright del autor y de la revista Asterisco.
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