Inagotable
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La parte más dramática de la doctrina de la reencarnación es que, en la eternidad, fatalmente hubimos o habremos de reencarnar en todas las reencarnaciones posibles, que son infinitas. Así, por ejemplo, si en una vida anterior o por venir formamos o formaremos parte de la batalla de Waterloo como guerreros franceses, en otra formamos parte o volveremos a formar parte de la misma batalla como guerreros británicos, o belgas. También, si en una vida anterior o futura fuimos o seremos César, en otra fuimos o seremos Cleopatra; o si en una vida somos mariposa cazada, en otra somos el cazador de mariposas. Como se comprende de suyo, este inventario de posibilidades no tiene fin. La doctrina produce rechazo, porque lo inagotable repugna a la mente. Sin embargo, esa idea siempre ha seducido a los hombres. Tal vez porque en cada uno de nosotros hay al mismo tiempo un patriota y un traidor, un hombre y una mujer, un victimario y una víctima; y esa doctrina viene como anillo al dedo para justificar esas incómodas contradicciones. O para emparchar la herida de una frustración: suele ocurrir que los devotos de la reencarnación afirman haber descubierto -mediante técnicas refinadas, siempre obtenidas a cambio de un caro arancel- que en otras vidas fueron Julio César, Cleopatra, Napoleón, Darwin. Nunca un campesino, un albañil o una puta de burdel suburbano. Y por supuesto, jamás un gusano, una ameba o un cacto, sino más bien una paloma, un tigre o una flor de lis.
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Yo prefiero elegir mis reencarnaciones: ahora soy Sandokan, tigre de la Malasia, pero mi sentido del decoro me obliga a afirmar que habré de manifestarme a los hombres como un verdulero de Villa Caraza, de nombre Ismael. Seré boliviano, y mi ayudante será un joven blanco, descendiente de polacos, que hubo estado mucho tiempo desocupado. Este ayudante dirá en su momento que su nombre es Miguel, pero yo sé aquí y ahora que su verdadero nombre es Yañez de Gomera. Por supuesto, mi inveterada lucha contra el Imperio de Su Majestad la Reina quedará impregnada en mi alma y no se extinguirá con la muerte. Sé que esa rebeldía se habrá de manifestar de alguna manera. Por ejemplo, ese malhadado verdulero de Caraza actuará como un tigre a la hora de discutir el precio de las papas y las cebollas con el papero. Nadie lo dude: ese aprovechador del papero que dirá llamarse Juan es ahora, en esta vida, el odiado James Brooke. Mis tigrecillos, ¡a mí! ¡Al abordaje!
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Alfredo Arri.
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fijate bien Theo que con envariada ocacion venia pensando en el enigma que transcurre entre la vida y muerte y con sorprendente ocacion me me tropesada
con admiracion con ciertos autores; Dante entre sus multiples infiernos inscritos en un espejo del hombre, Swedenborg con su propio cielo e infierno a eleccion, platon con sus ideas platoncias y nithzche con su amargo sabor a universalidad, schopenhauer al explicar nuestra energia vital, incluso un poco a los libros sagrados budistas, que explican que somos un sueño de buda que dura aprox/ 8500 millones de años, para despertar y luego seguir soñando… sin embargo……GRACIAS Theo por compartir este post, sencillamente nunca habia escucado de esta idea, y es absolutamente asombrosa.!!!!!!!