Soneto.

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Hubo un tiempo en el que fui como esa sombra negra
que acecha en los oscuros rincones de la casa.
Una sombra que no está y sin embargo amenaza
porque es para los otros una ausencia imperfecta.
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Me refugiaba entonces en una estancia lenta,
desdeñoso del tiempo, como si fuese falsa
la declinación del sol, y apenas otra cara
de la nada la noche, en estrellas truculenta.
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Una mañana vi el sol como lo vio el primero
de los mortales y fue como si el día fuera
el patíbulo que Dios armó para mi duelo.
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Yo mismo, con mis manos, estrangulé la cuerda
hasta que ella, la Furia, escupió su postrimero
estertor y otras sombras entraron en escena.
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Alfredo Arri (Theodoro) febrero 2010
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