Epicuro y los muchachos pirronistas.
Filosofetas.

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Cuando uno se mete en honduras filosóficas, la primera de las tentaciones que lo asaltan durante el necesario paseo histórico en la busca de la verdad, es el epicureísmo. Epícuro y sus precursores son tentadores, redondamente tentadores. Sobre todo su precursor Pirrón, cuyo nombre por sí solo nos provoca ingeniosidades chuscas, tales como Pirrón, Pirrón, qué grande sos. Pero más allá de esta inmediata simpatía por Pirrón, es el modo de ver la vida de este Pirrón lo que me sedujo, lo que me tentó y entonces no tengo ningún prurito en confesar que por un tiempo fui epicureísta, o suelo ser epicureísta de vez en cuando. Por ejemplo, ahora estoy en uno de esos períodos epicureístas.
Para empezar, el esceptismo siempre seduce. Y si a una forma de escepticismo se le da el elegante nombre de acatalepsia, no sólo me siento digno cofrade de doxólogos de nota, como el doctor Mariano Grondona, sino un poquitín elegante dentro de una tilinguería razonable, o políticamente correcta.
¿Qué sería la acatalepsia? La imposibilidad de comprender y saber nada. Pero cuando digo nada, es nada de nada. Aquí es donde empecé a tentarme.
Aceptada la acatalepsia, no tengo más remedio que adherir a la epojé, que sería algo así como: ¿Para qué andar echando juicios a diestra y siniestra si después de todo es imposible comprender nada?
Y cuando surge la primera objeción a este escepticismo, como es esa voz interior que te dice: Pero, ¡cómo!, ¿nada es verdadero? Entonces Pirrón le responde a tu voz interior: Sí, cómo no. Por supuesto que hay algo verdadero: el fenómeno.
Aceptado todo esto, no queda otra que alcanzar ese estado en el que se alcanza la serenidad del alma, porque después de todo, si lo único verdadero es el fenómeno que me oculta el ser, al que nunca podré llegar, ¿para qué andar dilapidando el tiempo en búsquedas tan vanas como los juicios de valor?
Los libros de historia de la filosofía no lo dicen, pero resulta obvio que esa máxima de atorrante que uno aprende con los muchachos de la barra, ésa que reza: no calentarum largum vivirum, tiene su origen en Pirrón. Razón de más para redoblar el entusiasmo al entonar los versos de alabanza al precursor: Pirrón, Pirrón, que grande sos.
Aficionado al pirronismo, pues, avanzo en mis investigaciones y doy con Epícuro. Y el tipo viene a decir: la única verdad es la realidad. Bueno, en realidad no lo dijo así. Esas palabras célebres le pertencen a otro, pero, de alguna manera…. como se verá, a ellas se llegará.
Epicuro dice que la única verdad es la sensación. Esto tiene un corolario simple pero convincente: Si todo se reduce a la sensación, todo cuanto existe es corporal, ya que sin algo externo y real que mueva a la sensación no hay sensación posible. ¿Y qué son esos cuerpos? ¡Y qué se yo! Son cuerpos que se expresan en fenómenos. Eso es todo. Sin cuerpo no hay fenómeno.
Esta filosofía permite elaborar juicios tan rotundos, bellos y tentadores como éste: El hombre está ausente de su propia muerte.
La frase, entrecomillada, en Google, no da resultado alguno. Y como en el libro de la que lo recogí no está entrecomillada, se la adjudico al autor del libro, Emile Gouiran. La bella frase está en este contexto:
En cuanto a la muerte, si es cierto que el alma y el cuerpo son productos de una agrupación de átomos, mientras el ser exista ambos permanecerán unidos; pero cuando el agregado alma se desintegra, deja libre al cuerpo que, privado de su envoltura, se disipa y desaparece. La destrucción del cuerpo no implica, pues, más que la desaparición de un fenómeno: el hombre está ausente de su propia muerte. O como dice Robin: “la muerte no es nada que nos afecte; pues una vez salida el alma del cuerpo, dejamos de sentir: la ilusión de una vida futura se desvanece.
Emilio Gouiran. Historia de la filosofía, Ediciones Centurion Buenos Aires 1947, pg. 72
Tentador es pues Epícuro y sus muchachos pirronistas. Eso del mundo material compuesto por átomos es la idea más simple, más fácil de representar y más fácil de aceptar para cualquiera que tenga dos dedos de frente y no se ponga a filosofar motivado por la condicionante idea de hallar alguna justificación para la superación a la realidad de la muerte como expresión de un final verdadero e ineludible.
Pero hay más para tentarse con Epicuro. A una metafísica tan en correspondencia con los sentidos, a una teoría del conocimiento en la cual la sensación es el primer criterio de verdad, Epicuro suma dos criterios más: El recuerdo de la sensación, que nos permite, por ejemplo construir edificios de doscientos pisos en medio del desierto. Y un tercero que es el afecto. La moral, que descansa en los afectos del alma. ¿Cuál es el soberano bien al que debe tender el sabio? Epicuro no duda: el placer. Si tomamos el placer por falta de dolor, a la manera de Schopenhauer, y no al living la vida loca de las clases populares posmodernas, estamos hechos. Ya tenemos una filosofía. Una filosofía en la cual, como dije, adhiero y dejo de adherir con regular recurrencia.
Dícese que tender a la búsqueda del placer, a la ausencia del dolor, a la larga inmoviliza. El placer se estabiliza, se vuelve una ausencia de dolor y a la vez ausencia del placer deseado. Esto, también se dice, conduce a los adeptos del epicureísmo a un asceticismo imperfecto. Y al final del camino el epicureísta “se vuelve semejante a un dios entre los hombres, pues nada se asemeja menos a un ser mortal que aquél cuya vida, siendo buena, se desarrolla en medio de bienes inmortales.” (obra citada)
El último párrafo parece complicado, pero es fácil de entender: es cuando el asceticismo te lleva a rodearte todo el tiempo de cuñadas que prenden sahumerios a los muertos y hablan todo el día de los amores de las estrellas de la tele y el cine; o alcanzás un punto de ascetismo tal que un gol de la selección nacional de fútbol te resulta indiferente. Es un amesetamiento de la ausencia de dolor que duele tanto que es estúpido llamarlo placer.
Es en ese punto de toma de conciencia súbita de que he avanzado demasiado en ese camino del asceticismo cuando termino rompiendo el carné de la Escuela de Epícuro para afiliarme, por ejemplo, al partido de los platónicos recalcitrantes. O de los loquitos adoradores de Nitzche. Pero al poco tiempo, cuando el mucho ejercicio del idealismo me termina por producir el dolor de la estupidez que se padece pudiendo uno evitársela; o el hedonismo nihilista o alpedista me empieza a molestar a mí mismo, vuelvo a pedir la solicitud de ingreso en la Escuela del Jardín de Epícuro, y al mismo tiempo, para eludir algunos de los efectos colaterales de esta escuela filosófica, recomienzo la lectura de El Capital.
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Alfredo Arri. (Theodoro) febrero 2010
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Hola Alfredo.
Hace rato que le perdí el rastro de sus comentarios políticos y lo encuentro filosofando sobre los griegos filosóficos, me alegra que suscriba al poderoso escepticismo de Pirrón que tanto lo hacía dudar, desconfiaba hasta de sus cuerdas vocales, que las malas lenguas comentan, se las arranco , aunque no quiero ser cínico con el pobre Pirrón, pero lo dudo.
Bueno Alfredo, saludos y sigua filosofando.
Hola, Fabián.
Es una verdadera alegría para mí que me haya encontrado, ya que tuve que abandonar el otro blog sin tener el tiempo de avisar ni siquiera a mis lectores. Es decir: quiero ser más claro: hubiese preferido poder avisarle, a usted y a otros lectores consecuentes (no muchos, por cierto), de la mudanza. Así que, antes que nada, me siento disculpado por la falta.
Espero que haya tomado el link del nuevo blog político. Imagino que sí, pero como lo que abunda no daña, es este:
http://theodoroalfredo.blogspot.com/
Buen domingo, Fabián.
Hola Alfredo.
Muchas gracias por dejar el nuevo link, que dejaré nuevamente agregado a los favoritos.
Saludos