Epicuro y los muchachos pirronistas.
Filosofetas.

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Cuando uno se mete en honduras filosóficas, la primera de las tentaciones que lo asaltan durante el necesario paseo histórico en la busca de la verdad, es el epicureísmo. Epícuro y sus precursores son tentadores, redondamente tentadores. Sobre todo su precursor Pirrón, cuyo nombre por sí solo nos provoca ingeniosidades chuscas, tales como Pirrón, Pirrón, qué grande sos. Pero más allá de esta inmediata simpatía por Pirrón, es el modo de ver la vida de este Pirrón lo que me sedujo, lo que me tentó y entonces no tengo ningún prurito en confesar que por un tiempo fui epicureísta, o suelo ser epicureísta de vez en cuando. Por ejemplo, ahora estoy en uno de esos períodos epicureístas.
Para empezar, el esceptismo siempre seduce. Y si a una forma de escepticismo se le da el elegante nombre de acatalepsia, no sólo me siento digno cofrade de doxólogos de nota, como el doctor Mariano Grondona, sino un poquitín elegante dentro de una tilinguería razonable, o políticamente correcta.
¿Qué sería la acatalepsia? La imposibilidad de comprender y saber nada. Pero cuando digo nada, es nada de nada. Aquí es donde empecé a tentarme.
Aceptada la acatalepsia, no tengo más remedio que adherir a la epojé, que sería algo así como: ¿Para qué andar echando juicios a diestra y siniestra si después de todo es imposible comprender nada?
Y cuando surge la primera objeción a este escepticismo, como es esa voz interior que te dice: Pero, ¡cómo!, ¿nada es verdadero? Entonces Pirrón le responde a tu voz interior: Sí, cómo no. Por supuesto que hay algo verdadero: el fenómeno.
Aceptado todo esto, no queda otra que alcanzar ese estado en el que se alcanza la serenidad del alma, porque después de todo, si lo único verdadero es el fenómeno que me oculta el ser, al que nunca podré llegar, ¿para qué andar dilapidando el tiempo en búsquedas tan vanas como los juicios de valor?
Los libros de historia de la filosofía no lo dicen, pero resulta obvio que esa máxima de atorrante que uno aprende con los muchachos de la barra, ésa que reza: no calentarum largum vivirum, tiene su origen en Pirrón. Razón de más para redoblar el entusiasmo al entonar los versos de alabanza al precursor: Pirrón, Pirrón, que grande sos.
Aficionado al pirronismo, pues, avanzo en mis investigaciones y doy con Epícuro. Y el tipo viene a decir: la única verdad es la realidad. Bueno, en realidad no lo dijo así. Esas palabras célebres le pertencen a otro, pero, de alguna manera…. como se verá, a ellas se llegará.
Epicuro dice que la única verdad es la sensación. Esto tiene un corolario simple pero convincente: Si todo se reduce a la sensación, todo cuanto existe es corporal, ya que sin algo externo y real que mueva a la sensación no hay sensación posible. ¿Y qué son esos cuerpos? ¡Y qué se yo! Son cuerpos que se expresan en fenómenos. Eso es todo. Sin cuerpo no hay fenómeno.
Esta filosofía permite elaborar juicios tan rotundos, bellos y tentadores como éste: El hombre está ausente de su propia muerte.
La frase, entrecomillada, en Google, no da resultado alguno. Y como en el libro de la que lo recogí no está entrecomillada, se la adjudico al autor del libro, Emile Gouiran. La bella frase está en este contexto:
En cuanto a la muerte, si es cierto que el alma y el cuerpo son productos de una agrupación de átomos, mientras el ser exista ambos permanecerán unidos; pero cuando el agregado alma se desintegra, deja libre al cuerpo que, privado de su envoltura, se disipa y desaparece. La destrucción del cuerpo no implica, pues, más que la desaparición de un fenómeno: el hombre está ausente de su propia muerte. O como dice Robin: “la muerte no es nada que nos afecte; pues una vez salida el alma del cuerpo, dejamos de sentir: la ilusión de una vida futura se desvanece.
Emilio Gouiran. Historia de la filosofía, Ediciones Centurion Buenos Aires 1947, pg. 72
Tentador es pues Epícuro y sus muchachos pirronistas. Eso del mundo material compuesto por átomos es la idea más simple, más fácil de representar y más fácil de aceptar para cualquiera que tenga dos dedos de frente y no se ponga a filosofar motivado por la condicionante idea de hallar alguna justificación para la superación a la realidad de la muerte como expresión de un final verdadero e ineludible.
Pero hay más para tentarse con Epicuro. A una metafísica tan en correspondencia con los sentidos, a una teoría del conocimiento en la cual la sensación es el primer criterio de verdad, Epicuro suma dos criterios más: El recuerdo de la sensación, que nos permite, por ejemplo construir edificios de doscientos pisos en medio del desierto. Y un tercero que es el afecto. La moral, que descansa en los afectos del alma. ¿Cuál es el soberano bien al que debe tender el sabio? Epicuro no duda: el placer. Si tomamos el placer por falta de dolor, a la manera de Schopenhauer, y no al living la vida loca de las clases populares posmodernas, estamos hechos. Ya tenemos una filosofía. Una filosofía en la cual, como dije, adhiero y dejo de adherir con regular recurrencia.
Dícese que tender a la búsqueda del placer, a la ausencia del dolor, a la larga inmoviliza. El placer se estabiliza, se vuelve una ausencia de dolor y a la vez ausencia del placer deseado. Esto, también se dice, conduce a los adeptos del epicureísmo a un asceticismo imperfecto. Y al final del camino el epicureísta “se vuelve semejante a un dios entre los hombres, pues nada se asemeja menos a un ser mortal que aquél cuya vida, siendo buena, se desarrolla en medio de bienes inmortales.” (obra citada)
El último párrafo parece complicado, pero es fácil de entender: es cuando el asceticismo te lleva a rodearte todo el tiempo de cuñadas que prenden sahumerios a los muertos y hablan todo el día de los amores de las estrellas de la tele y el cine; o alcanzás un punto de ascetismo tal que un gol de la selección nacional de fútbol te resulta indiferente. Es un amesetamiento de la ausencia de dolor que duele tanto que es estúpido llamarlo placer.
Es en ese punto de toma de conciencia súbita de que he avanzado demasiado en ese camino del asceticismo cuando termino rompiendo el carné de la Escuela de Epícuro para afiliarme, por ejemplo, al partido de los platónicos recalcitrantes. O de los loquitos adoradores de Nitzche. Pero al poco tiempo, cuando el mucho ejercicio del idealismo me termina por producir el dolor de la estupidez que se padece pudiendo uno evitársela; o el hedonismo nihilista o alpedista me empieza a molestar a mí mismo, vuelvo a pedir la solicitud de ingreso en la Escuela del Jardín de Epícuro, y al mismo tiempo, para eludir algunos de los efectos colaterales de esta escuela filosófica, recomienzo la lectura de El Capital.
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Alfredo Arri. (Theodoro) febrero 2010
Soneto.

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Hubo un tiempo en el que fui como esa sombra negra
que acecha en los oscuros rincones de la casa.
Una sombra que no está y sin embargo amenaza
porque es para los otros una ausencia imperfecta.
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Me refugiaba entonces en una estancia lenta,
desdeñoso del tiempo, como si fuese falsa
la declinación del sol, y apenas otra cara
de la nada la noche, en estrellas truculenta.
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Una mañana vi el sol como lo vio el primero
de los mortales y fue como si el día fuera
el patíbulo que Dios armó para mi duelo.
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Yo mismo, con mis manos, estrangulé la cuerda
hasta que ella, la Furia, escupió su postrimero
estertor y otras sombras entraron en escena.
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Alfredo Arri (Theodoro) febrero 2010
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Estadio Azteca. Andrés Calamaro.
Andrés Calamaro. Estadio Azteca.
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Desde hace cuatro años, ilustro mi blog con este video. Decenas de veces me vi obligado a borrar la entrada porque el video desaparecía de Youtube; y otras decenas de veces lo volví a poner. Se ha convertido em algo así como un deporte. Pero no lo puedo evitar: esta canción debe estar aquí, en mi blog, porque sí, porque se me canta.
Así que: aquí va otra vez:
Epitafio industrial.
Epitafio industrial.
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He aprendido que el más dramático objetivo de todo hombre es tratar de anular para sí el implacable destino de la vida, cual es morir para ingresar, a partir de la muerte, y para siempre, en la más absoluta nada. Los más desgarradores desvelos de cada hombre, mientras vive, se agotan en esa tarea: eludir el fatal destino de que su nombre -lo único que le es propio- se pierda en el polvo y el olvido. A poco de andar por la vida sabe que ese objetivo es casi imposible de lograr, pero no se amedrenta. Se apresura para tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. En esas tres acciones deposita todas sus esperanzas de inmortalidad. Ése es el más doloroso drama de todo hombre: qué hacer en vida para no morir cuando al fin se ha resignado a aceptar que sí habrá de morir. Todo lo que inventa, todo lo que hace, está hecho con ese fin. A veces acierta con alguna de esas obras de tan soberbio propósito y se gana el derecho de que su nombre sea pronunciado -con devoción o con odio- por las generaciones futuras. Lo he logrado, se dirá tras el éxito, y esperará la muerte descansado en su obra. No le interesará demasiado si ésta ha sido una pócima que salvó millones de vidas de una muerte prematura, o si ha sido una bomba atómica que destruyó decenas de miles de vidas en un solo instante. Le dará igual. Lo importante para él será que, de alguna manera, habrá de permanecer entretejido en las palabras de muchos otros hombres, por muchas generaciones. El sueño más íntimo de todo hombre es ganarse el derecho a pensar en su epitafio.
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La inmensa, la abrumadora mayoría de los mortales fracasaremos en ese intento; entonces una abrumadora mayoría de esa abrumadora mayoría de mortales no tendrán más remedio que apelar a la obra humana que más ha trascendido a sus (paradojalmente) anónimos creadores: un dios, un poderoso dios que los seduzca con alguna morada para después de sus inevitables muertes, aunque sea en los infiernos. Otros, en cambio, apenas unos pocos elegiremos abandonar el mundo vírgenes de quimeras de consolación. Así, la inmensa, la abrumadora mayoría de los hombres, llevaremos al pie de nuestros tumbas, en lugar del artesanal y raro epitafio, una simple placa de chapa que, al lado de las dos fechas, reza así: Qüepedé.
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Alfredo Arri.
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Sólo una vez
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Sólo una vez.
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Ya verás cuando te llegue el día
en el cual confieses un te quiero
y encuentres en el rostro de la otra
o del otro
la mirada irrepetible
del asombro, la sorpresa, la alegría.
Ya verás cuando te llegue el día
en que oigas el te quiero que te asombre
y encuentres en el rostro de la otra
o del otro
la mirada indescifrable
de quien ama o cree que ama
y dice lo que siente o cree que siente
y promete lo que acaso nunca cumpla
y selle con un beso
la promesa (o la mentira) y la mirada.
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Alfredo Arri noviembre 2009
Tilingo
Tilingo.
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Hay veces en la que me apena mi condición de simple. No es vergüenza, quiero aclarar y aclaro. No me avergüenza pertenecer a la clase de los simples. Más aún, normalmente siento orgullo de pertenecer a esa clase para la cual el trabajo honesto y las pequeñas alegrías compartidas son algo así como el sostén espiritual de una vida. No: no es vergüenza; es pena. Es imaginar, o creer, con una pizca de dolor, que acaso pude tener una vida más acorde con lo que son, con lo que siempre han sido, mis inclinaciones, mis aficiones, mis anhelos, mis gustos.
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Éstos, mis aficiones, mis inclinaciones, mis gustos, pertenecen en realidad a un mundo que no es precisamente el de los hombres simples. Pertenecen al mundo de los notables, de los hombres y mujeres que disponen de tiempo y de medios para satisfacer esos gustos. Es un mundo estético que se expone o realiza en teatros, en museos, en salones de arte. Es un mundo que se mueve y para moverse en él y con él es vital viajar, conocer sitios y personas, parajes y circunstancias. Es un mundo en el que se hace necesario frecuentar.
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Hubo un tiempo en que mansamente acepté sustituir todos esos requisitos por los sucedáneos que la industria de los hombres notables ha preparado para el consumo de los hombres simples. Así, adquirí reproducciones de Van Gogh y de Leonardo, discos de la Filamórnica de Londres, y en lugar de viajar por el mundo coleccioné una buena cantidad de videos documentales. Un tiempo después de haber consumidos estos objetos comprendí que me había transformado en un auténtico tilingo.
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Tilingo es una palabra que tiene un uso exclusivamente peyorativo, pero debo admitir que su uso en este caso es justo, y la tengo por bella además. Finalmente, es nuestra, es decir, de nuestro idioma rioplatense. En la parte que me toca, me cabe el término por aquello de persona insubstancial, que dice tonterías y que suele comportarse con afectación. Y aunque son más las veces que me comporto con afectación que las que digo tonterías, acepto el calificativo, por justo y por apropiado. Tilingo fui durante mucho tiempo. Y tal vez algo me quede aún, a pesar de haber arrojado en el fondo de un volquete mis reproducciones de Van Gohg y de Leonardo, mis discos de vinilo de la Filarmónica de Londres, y mi colección de documentales en vhs y en cd. Y digo que tal vez algo de tilingo me quede aún porque, a pesar de haber abandonado el hábito de comportarme con afectación, aún suelo decir tonterías. O escribirlas, que es peor aún. He ahí mi pena.
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Alfredo Arri.
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La batalla. Un relato breve.
Relatos breves.
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Ver datos ilustración al final de la entrada.
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La batalla.
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El sol buscaba perderse detrás del gran pico nevado y el techo de la selva perdía, de a poco, la violencia de su luminoso verdor. Los cavernícolas decidieron que era el momento propicio para iniciar un nuevo ataque. Tomaron las armas, abandonaron sus cuevas y bajaron hacia la selva. Con el sigilo que habían aprendido de los animales de la espesura, se acercaron hasta la aldea y, ni bien la floresta se abrió de golpe en la luz de la mínima aldea, se lanzaron a la carrera hacia las chozas. Una voz, la de un aldeano viejo, gritó con fuerza, para anunciar a los suyos, desprevenidos, el ataque. Fue un grito en vano, o tardío, o sin juicio: la primera lanza que encendieron de muerte los cavernícolas atravesó el pecho del viejo que había dado el alerta y éste cayó pesadamente a tierra. Un leve y efímero remolino de polvo envolvió su cuerpo. De las chozas salieron los defensores más decididos, arma en mano, dispuestos a defender sus vidas y las vidas de los suyos a sangre y sangre. El más aguerrido de todos, el hijo del jefe, el que estaba llamado a regir los destinos de los suyos cuando su padre partiera hacia la muerte, fue quien cayó primero después del viejo. Uno de los invasores, armado con una maza, le había asestado un duro golpe en la cabeza y el guerrero quedó como paralizado en el tiempo, inmóvil, de pie, con los ojos perdidos en una mirada horrorosa. De su mano cayó el arma, una tosca lanza de metal, y al instante, varios, muchos invasores se abalanzaron sobre él y lo descuartizaron, a golpes de mazas y a filo de hachas y de fierros. Quien acaso era el jefe de los invasores, se alzó con la cabeza del joven troceado y, enarbolándola con la mano que sostenía el arma, dejó salir de su interior estentóreos y fieros gritos de victoria, o de muerte, o de enajenación gozosa. De todas las chozas salieron todos los hombres. Unos, armados con palos y hachas; otros, con metales y puntas. Un nuevo combate dio comienzo. El clamor en la aldea devino rápidamente en furor de voces y de ayes. Todos los pájaros de la selva más cercana volaron al unísono, en un acorde de alas espantadas y agudos chillidos. Sobre la tierra, los cuerpos se trenzaron rápidamente en lucha, en el estrecho espacio del sitio. En el amasijo de cuerpos y cosas, los guerreros en lucha alzaron una nube de polvo que oscureció todo. Los perros volvieron a enloquecer, una vez más, e hincaban los dientes en las carnes de los invasores. La batalla duró lo que agota una fiera del bosque en rugir un par de veces. Al cabo del combate, los invasores se retiraron raudos hacia la floresta, abandonando las armas, los muertos y los heridos. Los aldeanos, una vez más victoriosos, remataron uno a uno a todos los heridos de la horda invasora, y despenaron uno a uno a los irreparables de entre sus propios hombres. Un guerrero joven, quien había jugado su pellejo en la vana persecución de los que hubieron huido hacia la selva, apareció por entre la floresta hacia el claro. Portaba en una mano, de regreso, la cabeza del hijo del viejo jefe. En silencio, entre el silencio de todos, el joven caminó hacia el viejo y ni bien hubo llegado al lado del notable, alzó la mano que sostenía la cabeza. El venerable compuso una mueca incomprensible y, tras girar su cuerpo, se marchó hacia el interior de su choza. Esa noche, los aldeanos encendieron fogatas en el claro, sobre las llamas de las cuales asaron la carne de los cavernícolas caídos en la refriega. Luego de comer aldeanos y perros, se embriagaron los hombres con el brebaje frutal que esa tribu resistente reservaba con celo nada más que para las jornadas sangrientas, a la hora de reparar en el estrago. Más tarde, cayeron en el sueño del veneno y del cansancio. Al alba, todos, hombres y mujeres, portaron sobre yacijas vegetales los cuerpos de los suyos hasta el río, a cuyas aguas los arrojaron, en medio de gritos y otros sonidos elementales que nadie podrá saber jamás si se trataba de exclamaciones de dolor, de llamados a los dioses o de vagos juramentos de venganza. De regreso en la aldea, amontonaron los restos mutilados de sus eternos enemigos, los hombres de las cuevas de la montaña nevada, y allí los dejaron, para que el sol y las alimañas del día dieran cuenta de esa carne en el día, y la luna y las sabandijas de la noche dieran cuenta de esa carne en la noche. El jefe, con gestos más que con palabras, dio una orden. Obedientes y dispuestas, varias ancianas tomaron cestos repletos de la fruta consagrada y se dieron a la tarea de machacar los frutos con palos, en los cóncavos fondos de los rústicos y gastados morteros de piedra. Cuando en el interior de los morteros los frutos devinieron maceración cabal, los hombres jóvenes, al paso de uno en uno ante los morteros y frente a las viejas, abandonando sus cuerpos al ritmo de un par de tambores, lanzaron sendas escupiduras sobre las porciones del mejunje. En unas pocas lunas, las entonces secas vasijas de cuero volverían a llenarse con la imprescindible pócima.
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Lentamente, sol a sol, luna a luna, la fragancia de las frutas maceradas fue apagando el hedor, ese pesado olor de la muerte.
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Alfredo Arri. Nov 2009
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Ficha técnica de la ilustración de este relato. Título: Guerrero con garza y otro herido. Autor: Miguel Cavarrubias. Lápiz sobre papel. 134 x 163 mm. Universidad de las Américas. Puebla. México. Link.
http://catarina.udlap.mx/u_dl_a/acervos/covarrubias/elemento.jsp?nombre=aztecas_dibujos_y_fotografias&clave=3274
Simplemente quilombo.
Simplemente quilombo.
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Tenía para mí que la palabra quilombo tenía en nuestra lengua únicamente los tres significados que denuncia el diccionario de la Real Academia, esto es, prostíbulo una, y desorden o barullo otra (en ambos casos como vocablo de uso en la región rioplatense, incluyendo el Paraguay y sur de Brasil); y un tercer uso de vocablo, equivalente a andurrial, en Venezuela.
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Así que me sorprendí al hallar la palabra en un blog español en un contexto que, a primera lectura, podía ser interpretado como el equivalente a desorden. Concretamente, en ese blog se daba cuenta de una manifestación de protesta, en España, que había terminado “en un quilombo”. Vaya, vaya -se me dio por exclamar- resultó que nuestro quilombo ha cruzado los mares. Pero resultó que no. Resultó que en realidad, los tres significados que denuncia el diccionario oficial de nuestra lengua para el término quilombo están todos relacionados entre sí y derivan de su significado original, en lengua bunda, y extendido por los conquistadores portugueses, que era campamento. Así que en ese blog, cuando se dice que la manifestación hubo terminado “en un quilombo”, quería decir, en realidad, que habían terminado acampando sus manifestantes.
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Entusiasmado con el módico hallazgo, me puse a navegar en la red, en busca de un poco más de la historia de este vocablo. Palabra que, por estos pagos rioplatenses usamos aún con pudor, dado que, a pesar de que ya nadie se refiere a un prostíbulo como un quilombo, reservando este vocablo para designar un desorden, una batahola, etc., todavía se conserva socialmente el regusto de palabrota que tal término arrastra.
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¿De dónde viene quilombo?
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Cuenta la historienda (mitad historia, mitad leyenda), que
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…durante la colonia, confinados a vivir en míseras condiciones en áreas que rodeaban a las haciendas señoriales, los esclavos negros huyeron en grandes contingentes a las montañas, donde constituyeron áreas donde vivían libremente llamadas quilombos. El mayor de ellos, situado en la frontera entre los estados de Alagoas y Permambuco ha sido conocido como la República de los Palmares (1618-1693). Ganga Zumba y Zumbi fueron sus principales líderes. Algunos cronistas han calculado en 30.000 la cantidad de negros que vivían en los quilombos.
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Fuente: Marta Harnecker, Sin Tierra, construyendo el movimiento social. Siglo XXI España, 2002, pg 178, en Google Books.
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En ese libro no se tiene ningún prurito en calificar de República de los Palmares a aquel notable quilombo, nombre con el que es conocido en la historiografía brasileña. Pero este reconocimiento es actual, ya que resulta curioso advertir de qué manera diferente se juzgaban los procesos sociales e históricos hasta hace pocos años: La revista Crisis, editada por The Crisis Publishing Company, en uno de sus números del año 1959, comenta el libro Quilombo Dos Palmares (The Fugitive Slave Settlement of Palmares), del autor Edison Carneiro, Editora nacional, 1958. En el artículo podemos leer, refiriéndose el crítico del texto al Quilombo de Palmares:
No fue una república, tal como fue caracterizado pero sí fue, como el autor lo deja bien claro, “una parte de Africa trasplantada en el norte de Brasil”· Los líderes eran los mejores guerreros y sus jefes no eran elegidos por ningún procedimiento democrático.
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Fuente: Crisis, número citado en el texto, pg. 250 (Google books)
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Sorprendente eso de hacer notar la ausencia de formas electorales democráticas para una sociedad de antiguos esclavos establecidos en la selva a mediados del siglo XVII, individuos que ni habían oído hablar de Atenas y que sobrellevaban su drama en comunidades existentes mucho antes de que se establecieran las democracias modernas. Aun el recurso retórico del autor de la nota, en el sentido de considerar el Quilombo de Palmares como un trasplante del Africa en el norte de Brasil no parece feliz. En efecto, no sólo porque en esas comunidades de esclavos fugitivos se practicaban formas diversas de catocilismo (religión por entonces extraña a las tribus libres africanas de donde se proveían de hombres los traficantes de esclavos), sino además porque en esos quilombos las formas de organización social lograban superar, de algún modo las atávicas diferencias y aun odios interétnicos de las diversas tribus africanas de las que sus individuos eran originarios o descendientes. No era una república en términos formales, pero…
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Más allá de esta curiosidad de una manifestación prejuiciosa de mediados del siglo XX, merece destacarse que en esa nota se informa de la existencia actual (1958) de supervivientes quilombólas en Curiaú en Pará. Para ser más precisos, el autor informa que en el Quilombo de Curiaú hay descendientes de los antiguos quilombólas que aun viven. (“This is a quilombo, Curiaú in Pará, in wich the descendents o quilombólas still live”) (fuente: la misma de la cita anterior).
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Y no ya en 1958 sino en estos primeros años del siglo XXI, entre las normas de organización que la autora del libro citado más arriba recomienda para los movimientos sociales (Sin tierra.., Marta Harnecker), hay una que recomienda respetar las costumbres culturales de las comunidades indígenas establecidas, así como las de los quilombos existentes.
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Me voy a permitir una digresión. En la búsqueda de antecedentes del vocablo quilombo, lo hallé también en un libro de 1831, el Diccionario Histórico y Biografía universal compendiada, en cuyo tomo IV encontré el vocablo que nos vuelve a ubicar en Brasil y en Africa y a mediados del siglo XVII. Pero como es interesante la referencia, dado que en la misma se dan los datos biográficos de un apellido que ha adquirido lustre por estas tierras sudamericanas, no está demás relatar las hazañas de uno de los portadores del ilustre apellido, antes del lustre. Dice la nota biográfica:
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Correa de Saa, Salvador. Almirante portugués, gobernador de Brasil, nacido de una ilustre familia de Cádiz donde su abuelo materno había sido gobernador. Sucedió a su padre en el gobierno de Río Janeiro, aumentó y hermoseó la ciudad de San Sebastián fundada por su abuelo y fundó también en Brasil la ciudad de Pernagua. Había ya dado pruebas de su valor y habilidad ganando muchas victorias contra los holandeses, cuando pasó el cetro de Portugal a la casa de Braganza en 1641. El Rey Juan IV nombró a Correa vice almirante de las costas del Sud, y le mandó construir un fuerte en Quilombo, en el reino de Benguela cerca de Angola. Salió Correa del puerto de Río Janeiro, y tomando rumbo a África se presentó ante Loanda; atacó aquella fortaleza, sojuzgó el reino de Benguela y se apoderó de la isla de Sto Tomás, derrotó el ejército del Rey de Congo aliado de los holandeses, conquistó todo el reino de Angola, e hizo construir el fuerte de Quilombo y volver a entrar a toda la costa austral del África bajo la dominación de los portugueses. En memoria de estos esclarecidos hechos, le permitió Juan IV que añadiese a sus armas dos reyes negros por soporte. Correa, siendo por tercera vez gobernador de Rio Janeiro en 1658 hizo construir el navío más grande que se había visto jamás y le denominó El Padre Eterno. Manesson-Mallet, en su Descripción del Universo, tomo 1 fugura 92, presenta el diseño de aquel inmenso navío que estaba abandonado en su tiempo en el puerto de Aldea Gallega, cerca de Lisboa. Tenía ciento ochenta pasos de quilla, ciento ochenta cañones de bronce, seis puentes, y su tripulación ordinaria debía constar de tres a cuatro mil hombres. El almirante portugués había propuesto a la corte de Portugal el descubrimiento (sic) de las ricas minas de oro de San Pablo, conocidas después con el nombre de Minas Geraes, y del cual marca muy bien la situación en un mapa general de Brasil que él había levantado, pero este proyecto quedó paralizado a causa de la muerte de Correa, ocurrida en Lisboa en 1680.
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Fuente: Diccionario Histórico, Barcelona, 1831, pg. Tomo IV 449, en Google Books.
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La digresión, de todos modos, nos permite comprobar que el vocablo quilombo es también de uso toponímico, lo cual, teniendo en cuenta su significado (campamento), no es extraño. Cabe destacar que en libros de relatos de navegantes portugueses por las costas africanas es común hallar la construcción verbal fazer quilombo para referir: acampar o hacer campamento.
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Sigo: en un folleto turístico del moderno Brasil se puede leer:
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La República de los esclavos. A principios del siglo XVII, en las plantaciones del noreste se produjeron varias revueltas de esclavos y varios de ellos huyeron a las montañas del interior, donde fundaron unas comunidades llamadas quilombos o mocambos. Hay quien dice que la capoeira nació entre estos guerreros que defendían sus comunidades frente a los capitâes do mato, cazadores de esclavos huidos. Palmares, el quilombo más famoso fue fundado por escalvos angoleños en 1604, en la Serra das Barriga de Alagoas. Con el tiempo llegó a ser una auténtica república autogestionada de 20000 rebeldes, hombres, mujeres y niños, que consiguió resistir los ataques de los soldados portugueses durante casi un siglo, hasta 1694.
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Fuente: Descubre Brasil. Guias Descubre Michelin.
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A través de ese folleto nos enteramos, pues, de que existe la creencia, probablemente mítica, de que la capoeira nació de los quilombos.
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Por su parte el célebre escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, en colaboración con Aleandro Maciel, Eric Nepomuceno y Omar Prego publica en 2001 Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco, obra que no conozco y de la que nada sé, pero cuya mención sirve para traernos el vocablo un poco más al sur.
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El vocablo quilombo en sí pertenece a la lengua bunda y significa campamento, según la opinión de Beaurepaire-Rohán, citado en el Vocabulario Rioplatense Razonado, publicado en Montevideo en 1890, bajo la dirección de Daniel Granada. Pero el vocablo ya se hallaba al sur de la región y como toponimia, ya que en un documento de 1837 uno de nuestros militares, el Coronel de ingenieros José María Cabrer incluye Quilombo chico en el inventario de toponimias que su informe geográfico militar expide.
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Así que en resumidas cuentas, tenemos que quilombo tiene su origen en la lengua bunda, que significó campamento o establecimiento, que fue usado como toponimia por los navegantes portugueses y que el término trascendió su uso específico a partir de las rebeliones de esclavos en el siglo XVII en el norte de Brasil.
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Claro que para terminar con esta módica investigación de blogger, no puedo evitar de caer en la tentación de introducir en esta historia la simpática (siendo piadoso) idiosincrasia yanqui. Ya, para hacerla simple: alguien les dijo a los del Congreso de los EUA, años ha, que quilombo era una brazilian dance y así lo definieron en el catálogo del Congreso. Así que, ni lerdos ni perezosos, los yanquis se dieron a la tarea de difundir comercialmente el insólito género musical y coreográfico quilombo. Así entontré, en la Revista Cincinati, en uno de sus números de 1995, el pintoresco anuncio de una gala organizada por una fundación proteccionista de la vida salvaje. Se trató de una reunión llamada Tesoros de Trinidad y Tobago, y en el anuncio se daba cuenta de que animarían la velada varias bandas, entre ellas… ¡The Cincinati Quilombo Quartet!
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El término aparece en Nuevo Diccionario da lingua portugueza de 1798, aunque en la edición de 1806 se define con precisión que quilombo es un aposento donde se refugian los pretos fugitivos, “a que chamao la calhanbolas.” Y en el diccionario de la lengua portuguesa está definido como choza.
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Escribí esta nota, con notorios fines de divertimento personal, exactamente en el día en que uno de los movimientos sociales más grandes de Argentina decidió hacer un campamento de treinta y seis horas en medio de la Avenida 9 de Julio, ocasionando un desorden en el tráfico de automóviles y buses pocas veces visto en la ciudad de Buenos Aires. La conclusión es obvia: es ésta una excelente ocasión para decir que esa protesta ha sido un auténtico quilombo, en todos los sentidos de la expresión. Es decir, una excelente ocasión para reivindicar el carácter de palabra útil del hermoso término quilombo.
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Alfredo Arri.
Inagotable
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La parte más dramática de la doctrina de la reencarnación es que, en la eternidad, fatalmente hubimos o habremos de reencarnar en todas las reencarnaciones posibles, que son infinitas. Así, por ejemplo, si en una vida anterior o por venir formamos o formaremos parte de la batalla de Waterloo como guerreros franceses, en otra formamos parte o volveremos a formar parte de la misma batalla como guerreros británicos, o belgas. También, si en una vida anterior o futura fuimos o seremos César, en otra fuimos o seremos Cleopatra; o si en una vida somos mariposa cazada, en otra somos el cazador de mariposas. Como se comprende de suyo, este inventario de posibilidades no tiene fin. La doctrina produce rechazo, porque lo inagotable repugna a la mente. Sin embargo, esa idea siempre ha seducido a los hombres. Tal vez porque en cada uno de nosotros hay al mismo tiempo un patriota y un traidor, un hombre y una mujer, un victimario y una víctima; y esa doctrina viene como anillo al dedo para justificar esas incómodas contradicciones. O para emparchar la herida de una frustración: suele ocurrir que los devotos de la reencarnación afirman haber descubierto -mediante técnicas refinadas, siempre obtenidas a cambio de un caro arancel- que en otras vidas fueron Julio César, Cleopatra, Napoleón, Darwin. Nunca un campesino, un albañil o una puta de burdel suburbano. Y por supuesto, jamás un gusano, una ameba o un cacto, sino más bien una paloma, un tigre o una flor de lis.
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Yo prefiero elegir mis reencarnaciones: ahora soy Sandokan, tigre de la Malasia, pero mi sentido del decoro me obliga a afirmar que habré de manifestarme a los hombres como un verdulero de Villa Caraza, de nombre Ismael. Seré boliviano, y mi ayudante será un joven blanco, descendiente de polacos, que hubo estado mucho tiempo desocupado. Este ayudante dirá en su momento que su nombre es Miguel, pero yo sé aquí y ahora que su verdadero nombre es Yañez de Gomera. Por supuesto, mi inveterada lucha contra el Imperio de Su Majestad la Reina quedará impregnada en mi alma y no se extinguirá con la muerte. Sé que esa rebeldía se habrá de manifestar de alguna manera. Por ejemplo, ese malhadado verdulero de Caraza actuará como un tigre a la hora de discutir el precio de las papas y las cebollas con el papero. Nadie lo dude: ese aprovechador del papero que dirá llamarse Juan es ahora, en esta vida, el odiado James Brooke. Mis tigrecillos, ¡a mí! ¡Al abordaje!
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Alfredo Arri.
A la espera de una teodicea justa.
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. Sería un conveniente auto de fe de esa ausente religión la afirmación de que Dios sí superará felizmente la prueba. Y sería un buen tema de debate teológico, en esa religión, el determinar cuál podría ser el destino para la eternidad de Dios en el caso de que fuera condenado por los justos.
Estoy a la espera de que un Profeta o Fundador revele o exponga una religión en la cual se tenga por dogma de fe la existencia de un Día del Juicio Final, en el cual Dios habrá de rendir cuenta a los hombres por Su obra. Por supuesto que a los réprobos les estará vedada la entrada al juicio; pero los justos tendrán derecho a reclamarle a Dios una clara y convincente justificación de todas y cada una de las fechorías cometidas por Él en la tierra. Si pasa con éxito la prueba, Dios podrá permanecer en el Reino de los Cielos, junto a los justos. Si en cambio no logra la absolución luego del juicio de los justos, el Reo será expulsado del Reino de los Cielos.
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Alfredo Arri.
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